En este artículo, la autora nos propone sus coordenadas reflexivas de la mano de pensadoras como Simone Weil y Gabriela Mistral para leer estos intensos días de movilizaciones y su porvenir. Justicia, Igualdad y Libertad adquieren realidad en el ejercicio de una facultad desde ahora clave: el consentimiento mutuo.

«La humanidad es todavía algo que hay que humanizar». Palabras de Gabriela Mistral, en el frontis del GAM, en el centro de Santiago.

Recorto una imagen con dos frases, “Nadie lo vio venir” y “hasta que valga la pena vivir”. Tal vez puedan bosquejar algo de la fisionomía de este momento. La primera fue la cuña favorita no sólo del periodismo de los primeros días consecutivos al 18 de Octubre; el titular del diario «La Tercera» del día domingo 20 de Octubre rezaba La crisis que nadie previó, con una fotografía dramática del metro de Santiago calcinado en tres cuartos de la portada. También fue la frase reiterada de políticos y altos empresarios acompañada de la sorpresa propia ante un repentino desastre natural. La segunda fue titular del medio de prensa argentino «Página 12», el día miércoles 23 de Octubre con una fotografía que ocupaba el mismo espacio de la portada, en la que se ve un escuadrón militar en la calle acordonando el frente de una masiva concentración bajo el sol quemante metropolitano. Me encontré con la frase varias veces más, entre cacerolazos, concentraciones y hashtags.

Que nadie lo viera venir es falso y superfluo. Es una higiénica pancarta tecnocrática, es la sordera de la vana política. Que la vida deba valer la pena, es verdadero y profundo. No es una pancarta, pesa demasiado para levantarla así no más, pero tal vez sea un pararrayos; no se doma ni frena un rayo. Se capta, se canaliza, se lleva a tierra.

Orden

La élite intelectual chilena ha intentado explicarse lo que nos sucede. Lo que describen las columnas y entrevistas de un Peña, un Fontaine o un Fermandois, es que el estallido no es simple, a diferencia de las intervenciones de Sebastián Piñera. Pero para todos ellos, la crisis política no se resuelve sin orden. Esto último es particularmente interesante y de entrada se entiende como un rechazo a la delincuencia, en los casos vergonzosos, alarma ante un terrorismo interno y/o externo y hasta alienígena organizado. Vergonzoso por paranoicos, por insistentes y desenfocados respecto de las voces articuladas de estas movilizaciones, según el termómetro social de NMDesoc, CMicrodatos y COES, las palabras que más mencionan el más del 80% que aprueba estas movilizaciones, se encuentran primero “justicia”, seguida de “desigualdad”, “necesarias”, “derechos” y “dignidad”.

Algunos pasos más allá, nos percatamos que no es posible concebir orden alguno, puesto que la palabra en estas circunstancias indica dos cosas: obedecer a una autoridad deslegitimada y aceptar términos que sólo una minoría privilegiada puede considerar pertinentes y útiles para dialogar. Esto lo soslayan: el germen del desorden lo soslayan. El que nadie lo viera venir, o más precisamente que ellos no lo vieran venir, sólo evidencia el encajonamiento político en el que el poder se administra y reproduce.

Cuando les toca referirse al qué expresa este estallido y quiénes lo expresan, la miopía crece hasta una curiosa ceguera: se esgrimen pulsiones irracionales propias de una psiquis reprimida, que no hay desesperación sino datos fuera de la curva, que es el egocéntrico millenial.

Cuenta de todo esto es que cuando les toca referirse al qué expresa este estallido y quiénes lo expresan, la miopía crece hasta una curiosa ceguera: se esgrimen pulsiones irracionales propias de una psiquis reprimida, que no hay desesperación sino datos fuera de la curva, que es el egocéntrico millenial: nacidos todos para la doble caída, la del muro de Berlín y con ello, el de las ideologías como forjadoras de sentido para la acción, entonces un ato de disociados e incapaces de cualquier responsabilidad a largo plazo. Los jóvenes que han sido parte de estas manifestaciones son condenados a una mera reacción emocional y acotados a una caricatura generacional que si en algo sirve realmente, es indicar una cohorte que ha vivido bajo las contradicciones de una supuesta democracia y que no naturaliza que unos pocos concentren la riqueza y el poder en detrimento del interés público, que ante los famosos indicadores de crecimiento se pregunta también por los indicadores de valor producido, para el cual muchos estudian endeudándose. Pero se ha dicho también que es una asonada sólo posible en una economía privilegiada, se ha dicho que no es más que malestar inorgánico, local, transitorio a un modelo perfectible… En tanto los expertos interpreten adecuadamente y los políticos oigan: habrá futuro. En definitiva, el estallido fue considerado como un desastre natural con relatos más o menos sofisticados. La violencia inusitada del fenómeno debía ser contenido; entonces el llamado al orden y la normalidad justificaba el inédito Estado de emergencia con cara de Estado de sitio en que el poder militar reemplazó la ineptitud del poder político. La obediencia a la fuerza. El orden como el último bastión de la patria.

Dignidad

Ellos pueden mirar lo que para nosotros es vivencia. Claramente la valencia en juego es distinta. Todo esto es tan provocador e increíble que a todos convence que protestar sólo es el síntoma expreso de una rasgadura que llevaba décadas aguantando a punta de remansos y pobres suturaciones y parches. La estructura del sistema se sostiene con anteojeras, camisa de fuerza y antidepresivos. Aunque los neoliberales insistan que el estallido es más cercano a los chaqueta amarillas franceses que a las de nuestros vecinos latinoamericanos, el sentido de la crisis es campo abierto en disputa, les guste o no. El modelo sí puede ser tocado en la medida en que las condiciones de su propia posibilidad depende de una mayoría que no come ni aspira indicadores. Si nuestras cifras macroeconómicas son las de un país más cercano al primer que al tercer mundo, entonces en vías de un supuesto desarrollo, tal vez que nuestra salud y educación no lo sean, evidencia en este perfecto experimento, que el mercado no produce direcciones culturales humanizantes, ni asienta valores de convivencia, ni reproduce valores morales que cualquier país requiere para obedecer a una autoridad. Las políticas sociales abandonadas, profundizaron con la desigualdad concomitante un abismo clave entre los actores de nuestra sociedad. A punta de copia y calco y alejado de su asentamiento en la propia cultura, el libre mercado es una fuerza que produce un vacío cuyo contrapeso está en nuestra vereda, al ser quienes vivimos las consecuencias de primera mano; podemos pensarlas.

Política

La bella palabra libertad que dicen algunos defender no es verdadera libertad. Toca cuestionar. La libertad no es patrimonio ni ventaja ideológica de ellos. Pero si Chile puede ser único, también lo es porque ha sido pionero en esfuerzos sin precedentes, como un intento democrático y pacífico hacia el socialismo. Primer o tercer mundo, da lo mismo. Si es necesario, pensemos un cuarto mundo. Y a esto, a esta legítima cuestión de sentido común de poder decidir libremente sobre los términos de nuestra vida común es una idea que horroriza a unos pocos, pero poderosos.

Se habla de despertar. Abrimos los ojos no sólo para constatar lo que de facto vivimos, sino para efectivamente plantearnos hacer algo al respecto.

Nosotros, el resto si se quiere, una heterogeneidad sin igual, vemos en las movilizaciones un reflejo de diferentes aspectos de nuestra vida donde el bien común es simplemente un abstracto: sistema de pensiones, vivienda, educación, salud, transporte, probidad institucional, salarios, democracia… ¿Para qué enumerar, para qué insistir? pues para evidenciar que es una falla sistémica producto de injusticias concretas y no de sufrimientos existenciales cíclicos, o de expectativas no cumplidas. La textura de nuestra propia vida vista en el entramado general, impacta. Vemos en otros, nuestros sufrimientos, pesares y desconciertos. Vemos con otros, tanto preguntas sin responder, como respuestas operativas sin sentido o cuyas respectivas preguntas, suspenden o ignoran la realidad. Muchas columnas han señalado que fueron niñatos (sin ir más lejos, la columna reciente de Vargas Llosa en «La Tercera», El enigma chileno, domingo 3 de Noviembre) a quienes supuestamente no les afectó el precio del pasaje, lo que describiría el carácter primermundista del conflicto, como si no pudiera apelarse primero a la empatía de aquellos con los adultos que los rodean. Si se habla de despertar, creo que la metáfora alude a algo que omitimos en el sueño de un modelo que decía funcionar, abrimos los ojos no sólo para constatar lo que de facto vivimos, sino para efectivamente plantearnos hacer algo al respecto. Hacer algo al respecto juntos. La transversalidad constatadísíma no es peticionista justamente por esto. Su imagen es la masiva marcha nacional el día viernes 25 de Octubre. La potencia de esta transversalidad de la cual ésta fuera símbolo, explica que muchos pensemos que una nueva constitución es necesaria: reglas nuevas, un rayado de cancha para lo que es de todos y de ninguno a la vez, lo público. Una nueva constitución es menos un manifiesto, menos un proyecto país (deseo existente pero hay que considerar que desborda al campo normativo) y más una carta de límites. Límites al ejercicio del poder. Eso representa para mí y muchos chilenos una nueva constitución, una que reconozca y ofrezca mecanismos racionales y honorables para la mantención de la vida en común. Reglas construidas soberanamente. La igualdad que funda un acuerdo libre e informado entre los involucrados.

Una nueva constitución, debe reconocer y ofrecer mecanismos racionales y honorables para la mantención de la vida en común. Reglas construidas soberanamente. La igualdad que funda un acuerdo libre e informado entre los involucrados.

El viejo problema que polariza hasta la caricatura el binario Mercado/Estado no sirve a mi entender. Si es que es precisamos de coordenadas, mejor es Mercado/Política. A esta conciencia, la de poner al centro las formas en que nos relacionamos, como el campo propiamente político y no reducible al esquema de partidos es a la que Chile parece haber despertado. En esa maraña de fuerzas y voluntades surge la necesidad de producir nuevas direcciones, inscritas en un sentido humanizado de la política; donde nuestras acciones, ya no como individuos, átomos, puntos en la masa de datos, sino como seres humanos, animales sociales, afectivos y reflexionantes que vivimos y hacemos comunidades.

“La humanidad es todavía algo que hay que humanizar” dice la filosa Gabriela Mistral, no la de piececitos de niño, ciertamente. La que acompañada de marchas, flamea en plena Alameda como pendón del edificio GAM con renovada actualidad. Reapropiarnos de la política humanizándola.

Justicia

Hasta ahora he ocupado palabras que me exceden: soberanía, orden, límite… Pero necesito comprender y me salen al paso. Intimidan las grandes palabras sólo cuando entumecidas, brillan a lo lejos, en el vocabulario olímpico de expertos, frías y fijas no pueden responder a su contenido. Yo creo que debemos ensuciarlas con vida, y rigurosamente. Para intentar hacerlo y a sabiendas que muchos otros lo hacen mejor, me preguntaré a la vez exhortando a todos los ávidos ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de un orden? ¿a qué orden aspiramos? Para mí y muchos la clave está en producir un acuerdo social, un pacto social que supone algo esencial: el consentimiento libre. Posible asumiendo el carácter conflictivo de nuestra situación política y permitiéndonos replantear e implementar las prioridades. Asumir el carácter conflictivo es reconocer que la manoseada democracia representativa no produce acuerdo, lo supone. Y como no ha habido uno que contemple a la mayoría de la nación, nuestra actual democracia no es legítima. Hay que disolver el abismo.

¿Cuáles son las condiciones de posibilidad de un orden? ¿a qué orden aspiramos? Para mí y muchos la clave está en producir un acuerdo social, un pacto social que supone algo esencial: el consentimiento libre.

“Muchas de la controversias entre la izquierda y la derecha se reducen a la oposición entre el gusto por el capricho individual y el gusto por la obligación social; o quizá más exactamente, entre el horror hacia la obligación social y el horror hacia el capricho individual.” Y nada de esto tiene que ver con la justicia, ni la igualdad que se sigue de ella, necesaria para un acuerdo. La cita es una de las tantos fragmentos que desdeñan las trincheras ilusorias que nos apartan o nos someten con facilidad. El reflexionar de la francesa Simone Weil es pertinente ahora. Escribirá hasta el último día de su vida (murió a sus cortos e intensos 34 años) en la convulsa política de la Segunda Guerra (ver Escritos desde Londres y últimas cartas). Fuera señalado su genio por Albert Camus al atreverse a pensar algo que Marx supuestamente no hiciera: la emancipación en el trabajo. Su filosofía nos obliga a pensar un concepto de libertad en nuestra vida, es decir a la medida de la experiencia y no por ello, individualista.

La nueva constitución tiene dos caras, si una es limitar el ejercicio del poder otorgado por mandato soberano, la otra es asumir que produciremos un orden y que tal, contempla su obediencia, de allí la necesidad de un co-diseño con la ciudadanía; una asamblea constituyente vinculante. Para Weil existen dos tipos de obediencia: consentida y no consentida. Dirá que “Allí donde existe obediencia consentida, hay libertad, y en ningún otro lugar”. Dirá que la justicia no es relativa al espectro político o valórico contingente, su expresión sí, pero su aclaración nos indica que la justicia, no es una mera obligación social, es un principio humanizante en la medida en que encarnaría “el ejercicio terrenal de la facultad del consentimiento”. Facultad de todos, no de algunos: “Lo que nos proporciona la posibilidad del consentimiento es una vida que contienen los móviles para el consentimiento. La indigencia, las privaciones del alma y del cuerpo impiden que el consentimiento pueda operar en el secreto del corazón”. Crear condiciones dignas es crear condiciones para la deliberación. La libertad entendida entonces no como la de elegir entre lo predispuesto, sino como “la posibilidad real de acordar un consentimiento”, que trae consigo la tarea de producir un plano común y así de legitimación. Es una libertad cuya existencia y realidad nos permite distinguir entre lo posible y lo justo y nos despercude de la ilusión de que el resultado de determinadas acciones vale sólo para quién las realiza. Una libertad que produce responsabilidades relativas a actores concretos. A esta libertad más honda y compleja es a la que creo aspiramos como pueblo.

Crear condiciones dignas es crear condiciones para la deliberación. La libertad entendida entonces no como la de elegir entre lo predispuesto, sino como “la posibilidad real de acordar un consentimiento”, que trae consigo la tarea de producir un plano común y así de legitimación.

Desde aquí entiendo qué tiene que ver la justicia con un nuevo pacto. La igualdad deseada, no sólo material como ya hemos visto, comprendida y medida con la vara de la justicia, nos forja el criterio para considerar absurdo el paquete de medidas sociales del Gobierno lanzado el día 22 de Octubre. “La justicia es la soberanía de la soberanía. Por ese motivo mediante la justicia el débil alcanza al que es muy poderoso, como mediante una orden real”: así surge un sentido de la dignidad completo. Es algo más concreto que una cantidad determinada de dinero o recursos, la gente no sólo quiere vivir decentemente, en mejores circunstancias materiales para después elegir qué comprar, o finalmente acumular. Todos sospechamos que la concreción de tales aspiraciones si se relacionan con el infortunio ajeno o la destrucción del medioambiente, deben ser reconsideradas. La cuestión se puede postergar, pero a condición de no ver venir la debacle.

Pan y poesía

Entonces la libertad, con la justicia de fondo es harto diferente a la puramente individual y la justicia harto más profunda que una obligación social. “Allí donde existe libertad, florecen la felicidad, la belleza y la poesía; se trata quizá de la única señal certera”. Esta sencilla visión recuerda nuevamente la nitidez de Gabriela Mistral, aquella que con toda seguridad habría sentido venir lo que hoy vivimos. La misma que escribiera “Menos cóndor y más huemul” cultivó el recado social; más que simples notas periodísticas, constituyen cuadros políticos de gran sensibilidad. En uno de ellos, en rechazo de la militarización de los conflictos políticos de la nación (ver El Estado gendarme) dice hacia el final: “El trabajo intelectual no puede permanecer indiferente a la suerte de los pueblos, el derecho que tienen de expresar sus dudas y sus anhelos. América en su historia no representa sino la lucha pasada y presente de un mundo que busca en la libertad el triunfo del espíritu. Nuestro siglo no puede rebajarse de la libertad a la servidumbre. Se sirve al campesino, al obrero, a la mujer, al estudiante, enseñándole a ser libres, porque se les respeta su dignidad”. Mistral enseña que necesitamos tanto de pan como de poesía, porque la libertad se cifra en el común denominador a ambos: la justicia. Pan y poesía no quiere decir sustento y lujo. Quiere decir, materia y espíritu. Entonces “Allí donde no hay más móviles conocidos que la obligación, el dinero y un entusiasmo cuidadosamente mantenido y estimulado, no hay posibilidad de libertad” completaría Weil, para luego decir que: “el consentimiento ni se compra ni se vende. Por consiguiente, sean las que sean las instituciones políticas, en una sociedad en la que los intercambios monetarios dominan la mayor parte de la actividad social, en la que casi toda obediencia se compra o se vende, no puede existir libertad.” Para que la vida valga la pena de ser vivida requerimos propiciar y cultivar esta libertad, una inconmensurable a los criterios del mercado y que de momento se encarna en un nuevo decidir popular.

Gabriela Mistral enseña que necesitamos tanto de pan como de poesía, porque la libertad se cifra en el común denominador a ambos: la justicia. Pan y poesía no quiere decir sustento y lujo. Quiere decir, materia y espíritu.

No se pide consentimiento a quién no puede rehusarse o disentir, este es el poder y la responsabilidad de la desobediencia. Pero a su vez es la fuente de legitimidad de toda autoridad: al poder no sólo se le debe fiscalizar y limitar; se le debe poder castigar cuando no atiende al sentido pactado. Por esto no es difícil comprender los llamados a la renuncia del presidente y su gabinete. Como he dicho, a todos nos preocupa no sólo el objetivo de una nueva constitución. Nos preocupa el cómo lo haremos para que sea legítima. Y esta preocupación es obvia dada la casta política empresarial que nos gobierna. Dudamos con razones de su súbita lealtad al interés público. Nuestros mejores hombres y mujeres de ciencias y humanidades de este país tendrán un rol para con el interés público en la implementación técnica y política de un nuevo pacto. En este sentido, el rol de los expertos deberá ser el de contribuir no sólo con evidencias y teorías fragmentarias de la realidad, sino que y a su vez, revelar y comunicar sus criterios con transparencia a la totalidad de la población y justificar con claridad su ajuste y relación a una determinada representación del bien común. La urgencia y la dificultad de los desafíos prácticos en esto, no deberán nublarnos ni apartarnos del debate. Si Chile despertó, lo hizo a una madurez por descubrir. En cada medida, en cada decisión política de la que formemos parte, preguntémonos dónde está el bien común representado y si acaso contamos con las condiciones para una adecuada deliberación.

Expresarse

Algo que me incita a compartir este ensayo, si se quiere ingenuo, es arriesgarse a admitir que lo que tenemos en frente es una tarea  afirmativa de muchas capas que afecta a la muy íntima del pensar personal. Compartir nuestros criterios, explicitarlos, nos permite progresar. Parte de una buena pedagogía contemplaría esto como primera necesidad. Acaso no terminemos siendo el Pueblo soberano inculto que combatiera tenazmente Gabriela Mistral (ensayo del año 1941).

Expresarse no para profundizar el culto sordo a la personalidad que generan las redes sociales y sus cámaras de eco, sino para ampliar horizontes en el ofrecimiento y en el encuentro con el distinto. Tales expresiones, por más sencillas que sean forjan criterio y hace de todo conflicto un foco productor de sentido. Este es un aspecto del valor de los cabildos autoconvocados hoy en día; recrean un encuentro fundamental que ni la hiperconexión ofrece y donde la palabra hablada se cuece de uso. Esa experiencia de encuentro y organización es la misma que en los lugares de trabajo, articula y convoca trabajadores que ya no reúnen las apenas sobrevivientes formas sindicales actuales. En este sentido, el sindicato es una de las tantas forma saludables que deberíamos recuperar. El a boleta, el subcontrata, el a contrata de clase x, y, z categorías, cuando se encuentra en espacios deliberativos concretos, puede cultivar y expresarse articuladamente a la luz y contraste de la realidad de sus pares y jefes. Encontrarse, producir criterios y exigir condiciones para la deliberación es brújula esencial para mejorar el nivel del debate público y político. Así no sólo surgen las causas comunes, así surge lo que no produce la democracia neoliberal, el germen de acuerdo.