Hace frío en San Miguel y Roberto Fuentes (1973) nos abre las puertas de su casa. Viste ropa holgada y parece relajado. Ésta no es la primera ni será la última entrevista que dará. Ha publicado más de diez libros, entre novelas y cuentos, dirigidos principalmente a niños y jóvenes. Después de leer La ciudad y los perros supo que quería ser escritor y desde entonces no ha dejado de estar ligado a la literatura. En Sexo, salmo y procesión (Libros de Mentira, 2013), la pluma ágil de Roberto Fuentes narra el despertar sexual de la clase media baja, lo cómico y lo sacro en una novela que no pasa inadvertida.

 

¿Cómo viviste el proceso de creación de Sexo, salmo y procesión?
—A mí siempre me ha interesado escribir sobre esa edad de formación. Quería escribir sobre los jóvenes que no dejan de serlo. Con todo lo que implica: el descubrimiento, lo que quieren experimentar y que está por sobre los valores, incluso, por sobre lo que creen. Una forma de ejemplificar eso es a través de la peregrinación de los Andes. Quería hacer este paralelo entre miles de jóvenes que marchan por horas para llegar a la Santa, la Teresita, pero que durante la noche siguen siendo ellos.


—En tu novela retratas la cultura de los años noventa, una generación que no contaba con Internet a nivel masivo, que no usaba redes sociales y que no tenía las posibilidades de hoy: ¿cuánto crees que ha cambiado la forma de vivir las primeras experiencias amorosas en la juventud?

—Puede ser que se hayan adelantado. A lo mejor ahora se tienen muchas más posibilidades de iniciarse sexualmente porque tienes muchas más oportunidades de conocer gente a través de otros medios. Los jóvenes tienen acceso a mucha gente, no sólo a su círculo.


—Existe una relación conflictiva entre lo religioso, lo sagrado, y por otra parte lo ateo, lo sexual y lo prohibido: ¿crees que es una polaridad frecuente en los chilenos? ¿Por qué decides enmarcar al protagonista en una institución en que la libertad sexual sigue siendo un tabú?

—El recato existe en la privacidad más que en cualquier otro espacio. No creo que seamos tan recatados, hay sectores de la sociedad que lo son y tienen harta prensa, pero en general no. Obviamente se juega con la idea de la Iglesia, de lo sacro. Yo creo que lo humano siempre prevalece sobre lo divino. Hay un juego en el despertar sexual dentro de una peregrinación. Al final el protagonista revisa su vida amorosa a través de esta experiencia. Imagínate, lleno de jóvenes, está lleno de hormonas.

—Otro punto que abordas en Sexo, salmo y procesión es el joven proletario que no muchas veces es representado en la literatura nacional. A tu juicio, ¿por qué crees que sucede esto?
—Los escritores nos basamos en nuestras vivencias y en nuestro mundo. La mayoría de los escritores no vienen de un sector popular. Hay algunos que tenemos un pasado más corriente, el mismo Zambra. Yo no escribo como una reivindicación social, escribo porque es el mundo que conozco, que puede resultar interesante para alguien. No se ha explorado mucho ese mundo, pero Manuel Rojas lo hizo en su momento de forma brillante. Yo creo que si uno busca, hay. No escriben sobre jóvenes de clase baja porque desconocen, no hay especial discriminación. Yo me acuerdo de haber leído un cuento de Jorge Edwards. Él escribía sobre un joven que tenía su primera experiencia sexual con la nana. Era un buen cuento, pero no me lo imagino escribiendo sobre un joven en La Pintana, porque lo más probable es que no haya estado allá. No sé si desde una mirada comercial es un tema beneficioso, generalmente a la gente le gusta descubrir el mundo en el que vive, lo atingente. La mayoría del público que compra libros no pertenece a la clase baja. Por ahí aparecen cosas como Hernán Rivera Letelier que tiene un mundo que ha apasionado a mucha gente de distintas clases sociales, pero es la excepción.


—¿Crees que hay alguna forma de que estos mundos desconocidos se vuelvan visibles?

—A mí me gustaría por ejemplo que jóvenes o niños de sectores más acomodados tuvieran acceso a un tipo de literatura así, para que conocieran un poco más del mundo, para que pudieran ver que no hace mucho existieron jóvenes y niños que tuvieron que cargar con muchas cosas que ellos ni se imaginan. Yo he dado charlas en colegios con nombre inglés y me doy cuenta que no conocen Estación Central, que no conocen ni el centro de Santiago. Quizá hay libros que les hablan de un mundo que para ellos puede ser más lejano que Buenos Aires o Madrid.


—En tu libro hay pasajes donde se relata el despertar sexual del protagonista de forma bien explícita: ¿has pensado profundizar en narrativa erótica?

—En mis libros siempre aparece algo sobre lo erótico, pero nunca he pensado experimentar sobre el género. Generalmente escribo sobre vivencias, pueden haber escenas eróticas, terror o fantasía, pero nunca para encasillarme en un género. Yo hablo sobre lo que quiero transmitir y en la vida de los personajes suceden cosas y el sexo está ahí. En este libro si bien hay escenas explícitas, al final es la búsqueda de la identidad del protagonista. No sabe de quién está enamorado o si está enamorado o si sólo le interesa tirar. Pero puede ser incluso una novela de amor.


—¿Cómo observas el panorama de la literatura y los nuevos narradores en Chile? ¿Crees que tienen un sello que los identifique? ¿Los has leído?

—He leído a varios, hay contemporáneos míos que me gustan, como el Marcelo Leonard y la Nona Fernández, y he leído algunos jóvenes que han sacado cuentos, novelas. Pero no sé si haya un sello que los caracterice más allá de las ganas de escribir. Hay ciertos escritores que tienen sello, por ejemplo la Nona que escribe sobre la postdictadura y todo lo que implica. La dictadura militar creo que es un tema del que se ha escrito poco. Porque a lo mejor las editoriales también están un poco cansadas del tema. Creo que se ha escrito, pero publican poco. Los escritores jóvenes de ahora lo ven como un tema lejano. No es necesario escribir tan directamente sobre la dictadura, pero si yo escribo una novela de los ochenta sobre un niño que vive en una población, la dictadura está ahí, está presente, está en la atmosfera. No creo que sea falta de arrojo de los escritores, es falta de arrojo de las editoriales.

 

¿Por qué crees falta voluntad editorial para sacar estos libros?
—Porque la poca gente que lee pertenece a estratos medios altos. Mientras no se masifique la lectura, seguirá siendo un nicho de élite. A ese mundo a lo mejor no le interesa tanto la dictadura. A la señora de clase alta que lee hartos libros tampoco le interesa el tema. Entonces las editoriales recogen eso. En cambio, si se leyera mucho en Chile habría más espacio.


—¿Cuáles son tus influencias literarias, nacionales y extranjeras?
Igual que todos los niños de mi época empecé con El Principito y Papelucho. Hay una novela que me marcó mucho de Vargas Llosa, que es La ciudad y los perros, me dio el impulso final para empezar a escribir. Me gusta mucho lo que hizo Roberto Bolaño y hay una serie de libros de iniciación como El guardián entre el centeno. Me acuerdo que leí mucha literatura de Carver, Chéjov y eso me ayudó a ver que había un tipo de literatura mucho más simple, entre comillas, que no era tan descriptiva y sí más minimalista. A través de ese minimalismo puedes contar un mundo infinito.

 

—¿Cuáles son tus proyectos futuros? ¿Tienes alguna novela en mente?
—Ahora estoy terminando un libro de cuentos y por ahí tengo unos proyectos de novela. Tengo una novela situada en el 89, antes de la elección de Aylwin. También trabajo en un libro de cuentos que quiero afirmar y terminar. Se escriben cuentos, pero se publican en editoriales más independientes, las editoriales grandes no los publican, porque comercialmente no es atractivo. La gente prefiere las novelas.