El 2016 Emecé reeditó esta novela de Pedro Mairal, elogiada y traducida a múltiples idiomas después de su primera publicación, el año 2008. Nuestra colaboradora Verónica Calderón la leyó, le gustó y acá comparte su experiencia de hurgar una historia familiar, la de los personajes y la propia.

Salvatierra
Pedro Mairal
Editorial Emecé
2016

La distancia que hay entre mi papá y yo es enorme. Vivimos en el mismo país, en la misma ciudad, nos vemos casi todas las semanas pero cuando hablamos puedo notar que somos dos islas distantes unidas apenas por un puente muy largo y delgado. A veces ocurre, a lo lejos, que nuestras ideas se encuentran en la mitad de ese puente, se saludan, se respetan y son capaces de vibrar en un lenguaje común. Eso pasa, sobre todo, cuando me cuenta de su infancia. En esas ocasiones aflora en mí un sentimiento de pertenencia y bondad alimentado por puras imágenes medio borrosas del campo, amaneceres largos, zambullidas en acequias, caídas en caballo y zarzamoras.

Lo que tiene mi padre para mí, son historias. Lo que yo tengo para él es un deseo de entender, gracias a esas historias, quién es él y, de rebote, quién soy yo.

En Salvatierra, Mairal nos narra la historia de un hijo con su padre y de la aventura definitiva que es hurgar en la historia familiar.

El padre: Juan Salvatierra, un hombre que a los 9 años sufre un accidente en caballo, queda mudo y se convierte en pintor.

El hijo: Miguel, un hombre de 40 años que cuando muere su padre comienza a reunir su obra inédita para exhibirla por primera vez: un acopio de lienzos enrollados que en suma alcanzan casi 4 kilómetros y que es la autobiografía pintada año tras año por Salvatierra:

«Si digo que mi padre tardó años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que la pintó a lo largo de sesenta años».

Para Mairal es necesario precisar esa diferencia: una obra que tiene la poesía del transcurrir del tiempo, del fluir, de pintarse sin otra ambición que narrar la vida con imágenes a falta de palabras:

«Quizás debido a su mudez, Salvatierra necesitaba narrarse a sí mismo. Contarse su propia experiencia en un mural continuo. Estaba contento con pintar su vida. No necesitaba mostrarla. Vivir su vida, para él, era pintarla”.

El problema es que a esta obra le falta una pieza, el lienzo del año 1961. Un conflicto que se suma para indicarnos que el viaje por la memoria no es gratuito. Que nos vamos a encontrar con esos secretos de familia que terminan por transformarnos en otras personas con el remezón que le da sentido a esas cosas cotidianas que están ahí, como fantasmas, como espacios oscuros, sin colores.

Miguel, movido por el deseo de saber qué espacios no pintó su padre –y por lo tanto, qué espacios podía llenar él–, comenzará a buscar el lienzo perdido, a desenrollar la historia familiar y su propia historia.

«Si faltaba un rollo, no iba a poder mirarlo todo, conocerlo todo, y seguiría habiendo incógnitas, cosas que Salvatierra quizá había pintado sin que yo lo supiera. Pero si lo encontraba, habría un límite para ese mundo de imágenes”.

Es el comienzo de ese acto mágico que es sacar a un familiar de su contexto habitual y se nos transforma en una persona distinta, con relieves y complejidades. Acá también aparece la inclinación metafísica y sicológica de Mairal: todo tiene un sentido.

La exhibición de la obra completa en un museo declara la libertad conquistada por Miguel. Surge en él una nueva energía y deja su antigua vida para convertirse en escritor.

En mi caso, volver una vez más a las historias de mi papá y entender qué cosas lo conforman como el hombre que es, como el padre que ha sido, es también un ejercicio de auto análisis. A veces es necesario alejarse dos pasos, observar el cuadro completo y encontrarse.

Narrada en primera persona con el lenguaje que ya es un sello de Mairal —convincente, sin artificios, cercano como un amigo—, “Salvatierra” logró dejarme con la sensación de pertenencia, de libertad conquistada luego de haber descubierto emociones propias en una historia íntima y familiar.


PS.: Hasta unos minutos antes de enviar este texto a los amigos de OET, no estaba convencida de hablar sobre el efecto que tenía en mí la forma en que Mairal elabora el mundo expresivo de Juan Salvatierra. Pero como un espoiler difícil de guardar, lo anuncio y lo dejo bajo su responsabilidad: cada vez que Miguel repasa una de las escenas pintadas en el lienzo, mi mente rendereaba algún cuadro de Joaquín Sorolla y ahí me quedaba: mirando la pintura entre palabras.