Todos tenemos secretos. Grandes, pequeños, terribles, graciosos. Hay uno que recuerdo y que me da vergüenza. Y ahora que lo voy a contar dejará de ser secreto, pero me seguirá dando vergüenza. Y lo voy a contar por culpa de Marisol Misenta, conocida como Isol, quien escribió e ilustró un libro, su libro, llamado Secreto de familia (FCE).

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Todos tenemos secretos. Grandes, pequeños, terribles, graciosos. Hay uno que recuerdo y que me da vergüenza. Y ahora que lo voy a contar dejará de ser secreto, pero me seguirá dando vergüenza. Y lo voy a contar por culpa de Marisol Misenta, conocida como Isol, quien escribió e ilustró un libro, su libro, llamado Secreto de familia (FCE).

Mi mamá no es la típica mamá. Y con eso no me refiero al cliché de que madre hay una sola y que la mamá, la de uno, es la mejor del mundo. Aunque resulta completamente cierto. Mi mamá es la mejor del mundo. Y mi mamá, que no es la típica mamá, es fanática de Kiss, tiene una colección incipiente (y admirable) de cuanto producto extraño ha salido de la banda, varios de sus artículos se conservan en las cajas selladas, se pinta las uñas de todos los colores posibles (y se hace diseños en ellas como nuevo pasatiempo), escucha y baila sin pudor las canciones de Justin Timberlake, es buena para rematar historias y dar consejos citando refranes, y hasta el día de hoy sufre-sufre cuando se le habla de Felipe (Felipito para ella) Camiroaga y su terrible desenlace.

Isol le dedica este libro a la suya, escribiendo: “A mi madre, Gloria, madrugadora y original”. Me encontré con el libro, su libro, de casualidad. Fue uno de esos momentos inesperados y felices, como cuando uno encuentra plata el bolsillo de una chaqueta o aún mejor, en la calle. Estábamos en Los libros del pasaje, habíamos ido a ver a una pareja de amigos que viven en Buenos Aires. Cada uno recorría a su ritmo la tienda, hasta que me encontré de frente con el libro. Su título me intrigó, lo abrí y leí la dedicatoria. Pensé en “madrugadora y original”, mi mamá es igual, es Gloria. Me puse a leer. Con el secreto de Isol, con el secreto que arrastran muchas familias, recordé el nuestro y el mío.

No sé exactamente el momento en que descubrí el animal que éramos (somos) nosotros. En Secreto de familia, la protagonista se entera que su mamá es un puercoespín un día que despierta más temprano que otras veces. Tras el asombro inicial, se mira frente al espejo y ve cómo cada mañana ella también amanece transformada en uno.

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Nosotros, en cambio, no somos puercoespines. Somos osos.

Y no quería que nadie se enterara. A mi mamá le daba lo mismo, pero a mí no.

Al igual que la acongojada-avergonzada-estupefacta protagonista, durante mi infancia, traté de ocultar mi condición de animal. Si dormía en casa de amigas me hacía un moño para disimular (a costa de dormir con el cuello chueco), si me lo dejaba suelto en la noche despertaba antes que el resto para correr al baño a calmar a la bestia entre cepillados y pinches.

3Pero peinar a un oso es un acto terrible. Y mi madre, que nunca se avergonzó de su condición, al comprender mis reparos trató de ayudarme a disimular. Aún recuerdo cuanto odiaba que me cepillaran el pelo, el tirón del moño y sentir los ojos chinos.

En cada una de las páginas y en el sencillo relato de Isol, me vi – nos vi. No estaba sola. Empatía ilustrada y literal.

“Realmente no estoy tan sola”, parada en esa librería, pensando en la frase terrible de las canciones terribles de Arjona, me sonreí.

Me sonreí, pero después me acordé de mi secreto.

Tenía entre ocho y nueve años. La tía Lucy, conductora del furgón del colegio que me iba a buscar de las primeras y dejar de las últimas, llegó por mí. Pero a diferencia de otros días, no venía sola, atrás iba una compañera de curso.

Mi mamá por las mañanas era (aún lo es) un ser irreconocible, una osa abultada y con algo de delineador difuminado bajo los ojos. Esa mañana, como siempre lo hacía, salió a dejarme a la puerta. Me estaba despidiendo de ella cuando vi a mi compañera mirarnos con una cara que mezclaba a la perfección asombro y espanto.

Nos habían descubierto.

¿ESA ES TU MAMÁ?, me preguntó maliciosamente apenas me senté. Me entró el pánico. No, le respondí. Y no hablé más. Negué a mi madre. A mi santa madre. Mi santa y osa madre. La protagonista de Secreto de familia pasó una noche fuera de casa, para calmar sus nervios por ver la verdad oculta de su progenitora. Yo la sabía de antes, quizás de siempre, y la negué. Pésimo. Desde entonces me persiguió la culpa, hasta que hace unos años le conté. Mi mamá se río, porque siempre se ríe. Pero yo me acuerdo y me vuelve a dar vergüenza.

4Si este libro hubiese aparecido antes en mi vida, nada de esto habría pasado. Me hubiese sentido menos sola y sin pudor de mi cabellera frondosa y crespa.

Pero al menos me encontré con él – me encontré en él y a falta de máquina del tiempo para enmendar lo dicho, ese día compré dos copias. Una para mí y otra para mi osa mayor. Días después de habérselo pasado me mandó un mensaje a mi teléfono que decía “Hermoso cuento” al que agregó un dibujo donde salía ella, uno de mis hermanos y yo, titulado Los Robletran. Dibuja como una niña chica, eran cuerpos de palito y cabezas redondas y chasconas llenas de rulos. Mi mamá no es la típica mamá. Sigue siendo madrugadora y original, como Gloria.

Gracias, Isol.

Perdón (de nuevo), mamá.

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