“Su tío había dicho: ‘Cualquiera sabe que no porque un grupo de personas aparezca en la foto se trata de una familia. Y el hecho de que esas personas estén riendo, todas juntas, tampoco prueba que se trata de una familia’”. Fragmento del libro.


Dos familias. Jorge y sus padres. Eugenio y Victoria, su sobrina. También otros nombres: una genealogía. ¿Cuál es la juntura? ¿El lazo siniestro? Valparaíso y sus cerros. Perderse. Enmarañarse. El tiempo. Un incendio. Muchas imágenes. Como dice la destacada poeta Malú Urriola en la contraportada del libro. “Nicolás Poblete construye un universo finamente narrado e íntimo en el recuerdo de lo que alguna vez ardió y se ha vuelto un miedo sublimado… Si ellos vieran, es una poética de la ausencia”. Un libro extraño. Sí, podríamos ocupar esa palabra. Porque Si ellos vieran (Editorial Furtiva, 2016) se escapa de cierta narrativa naif que reconoce escenarios comunes y líneas argumentales predecibles y escuetas, del tipo x que hace z y esto es lo que pasa, o no pasa, y así termina.  

El autor echa mano a un lenguaje poético y ampuloso, un barroco de las formas que explica el barroco del contenido: los miedos atávicos como presencias fantasmales, inasibles a la comprensión diurna, en forma de fotos familiares y otras anónimas.

Locura. Apretar el obturador. 

Una foto “artera” que detona la hecatombe. Muertes.

 “Y cualquier foto puede ser una venganza”.

 “Hay una reiteración cansina. Semejante a un espectro, luz fragmentada en mil fondos oscuros. Fotos en blanco y negro vistas cien, mil veces; la foto que puede descoserte los miembros, sorprenderte en la calle y obligarte a caer dentro de ti mismo; dislocarte un tobillo, hacerte tragar una espina de pescado” (pág. 20).

“Las voces habían aguardado, la esperaban a ella. Exclusivamente. Exhalaciones angustiosas. Un aliento quizá había empañado el cristal de su copa, a pesar del frío creciente de la sala. Un hálito insistente, rodeando a Victoria y el aire agrio entrando en sus orejas, en la izquierda primero, y luego en la derecha, una y otra vez” (pág. 56-57).

 “Son las fotos, sus gemidos en un último reclamo, llanto queriendo descansar” (pág. 177).

“La cama se inclina, como dentro de un barco. Arañando y clamando a la vez, todos ellos, convocados por el quejido protagónico, se han concentrado bajo el cuerpo de Victoria” (pág. 231).

Es más: la novela de más de doscientas páginas, y que cuenta con ilustraciones originales a cargo de la artista italiana Barbara Alongi, despliega toda una tectónica de lo ominoso, donde abundan criaturas nocturnas, seres extraños y difuminados, gemidos aterradores, perversiones, secretos, sentimientos imprecisos, en medio de ensoñaciones e incertezas, donde no está claro dónde comienza la realidad o dónde termina la pesadilla. Fotografías. Vetustas fotografías. El frío sótano de la casona, el lugar “dramático” de una historia trágica.

“Duda; no hay alivio, ninguna verdad o auxilio divino” (pág. 18).

 “Victoria no se atrevía a preguntar de cuánta gente estaba hablando, cuántas personas habían muerto ahí” (pág. 52).

“En el sótano, polillas muertas, suciedad sobrenatural” (pág. 196).

“Después de una estadía en la casona sentirías sus paredes constriñéndose, desgastándose y pudriéndose a tu alrededor. La madera, los cuadros, alfombras y sillones desintegrándose frente a tus ojos, momento a momento” (pág. 77).

Flora y fauna. Hierba/ piedrecillas/ hongos/ pelícanos/ escuálidas gaviotas/ lechuzas/ delfines/ mariposas/ orugas/ polillas/ ratas/ perros/ gatos/ cucarachas/ el jacarandá y el mar. Siempre el mar. El mar y las algas/ cochayuyos cobrizos/ pulpos/ un pez con rostro humano. El mar y el puerto. El agua/ las redes/ el musgo ocre y oleoso. No es posible hilar una historia de naufragios personales sin la intervención de las fuerzas iracundas y primigenias de la naturaleza, aquí Poblete encuentra los torcimientos, el caldo de cultivo para el terror más íntimo y destructivo.

“Las gaviotas, hambrientas como siempre, gritan sobre su cabeza. Chillidos urgentes, despiadados; metal contra metal, maquinaria oxidada forzada a marchar. Hálito desvencijado escapando por el aire salado, amplificado en un eco impúdico que hiere los oídos” (pág. 24).

“(…) lechuza con cuernos, orejas emplumadas, garras como las manos quemadas de un moribundo, dedos ahumados y engarfiados: el pico una nariz humana. Y los ojos sin parpadear, binoculares espejeantes, expuestos y aterrados, de imposible camuflaje; ojos sin la membrana que ha sido lo primero en quemarse, junto con las pestañas y las cejas, y el cabello. Todo el pelo, todo” (pág. 70-71).

“(…) cuerpos que se derrumban y muestran su fragilidad como huevos, huesos antiguos. Y sobre ellos, ojos, ojos sigilosos buscando rastros, siluetas; tras la palidez en forma de corona que resalta sobre el pasto. Delicadas las setas, sí, pero también mortíferas, si se sabe cómo buscar. Una infinidad de hongos en ese inmenso jardín, muchísimos tipos, cientos de formas, tamaños” (pág. 156-157).

“Cucarachas en el cajón de los cubiertos, entre los tenedores, dentro de una bolsa de té que ha quedado rezagada en una esquina de la alacena. Desde el borde del refrigerador otra cucaracha, rápida como una mosca volando, se precipita hacia el suelo y se esconde bajo la nevera” (pág. 224).

La casona y la ciudad a punto del desastre. Valparaíso. ¿Quién dice que las casas no se precipitarán por los cerros? ¿Quién dice que allí todavía habitan hogares? ¿Quién dice que no pueden los incendios? Los espantos acechan, serpentean, bajo las tablas donde debería estar la seguridad del piso firme.

Salir. Sal de ahí.

¿Es posible?