La editora y directora de la revista Granta y de las editoriales Granta Books y Portobello Books, Sigrid Rausing, comenta sobre las gratificaciones y las dificultades de la publicación para el cambio social, un concepto mucho más amplio de lo que comúnmente se cree y que se basa en la convicción de que la lectura nunca se perderá.

Sigrid Rausing.

Existe una cierta dificultad endémica para atraer el interés de las personas sobre temas que todos podemos encontrar importantes. El activismo social y político nunca será más que un interés minoritario, simplemente porque los activistas mismos son una minoría. Ciertas campañas y asuntos, sin embargo, han sido muy exitosos en los últimos 50 años o algo así, y vale la pena preguntarse por qué. Estoy pensando, por ejemplo, en la conciencia pública del Holocausto, el feminismo y la persecución de los disidentes soviéticos. Otras causas, como la Campaña por el Desarme Nuclear (CDN), la independencia del Tíbet y el bienestar de los animales, han recibido una enorme publicidad sin, hasta ahora, mucho éxito concreto.

Una de las razones, sospecho, es que lo que captura la imaginación de las personas es el poder de la palabra: la ficción y la no ficción bien escritas. Primo Levi, Elie Wiesel y Anna Frank fueron todos escritores sobresalientes y son nombres ahora conocidos. Los diarios de la era nazi de Victor Klemperer son fascinantes por su contenido histórico, pero también son inmensamente legibles. Por el contrario, sabemos muy poco sobre el holocausto romaní porque, de manera trágica, no produjo un gran cronista, y ahora es probablemente demasiado tarde. No sabemos prácticamente nada de los crímenes de guerra japoneses en China, y en particular sabemos muy poco, por la misma razón, acerca de las aterradoras armas y los experimentos patogénicos en seres humanos.

Lo que captura la imaginación de las personas es el poder de la palabra: la ficción y la no ficción bien escritas.

Los disidentes soviéticos tuvieron a Solzhenitsyn para hablar por ellos: un escritor extraordinario, que más que nadie estuvo obsesionado con el proyecto de hacer la crónica del Gulag. Su libro, Aliados invisibles, rinde homenaje a sus amigos y aliados en el enorme proyecto de investigación, escritura, ocultación, traducción y transporte de Archipiélago Gulag. Sin él, y sin el cuerpo de la obra samizdat de otros disidentes, sabríamos relativamente poco sobre la represión soviética. Sin Bob Bernstein en la editorial Random House, cuyo ardoroso interés en los derechos humanos lo llevó a fundar Human Rights Watch y a publicar a Sakharov y a otros escritores disidentes, habríamos tenido apenas una idea de la terrible represión de la sociedad soviética.

Solzhenitsyn (1974).


Del mismo modo, el feminismo fue principalmente un movimiento de escritoras: Simone de Beauvoir, Betty Friedan, GermaineGreer, Kate Millet, Gloria Steinem, Toni Morrison y Doris Lessing. Eventualmente olvidamos a las sufragistas, a pesar de su extraordinario activismo. A pesar del hecho de que ellas lograron el voto para las mujeres, fueron las escritoras quienes llevaron el feminismo a un punto de inflexión.

Estos son tres grandes cuerpos de literatura que han influido profundamente en cómo pensamos en la opresión. El desarme nuclear, la independencia del Tíbet y el bienestar de los animales, todos temas importantes, no han producido nada remotamente parecido. Dejando a un lado a NevilShute y J. M. Coetzee, hay pequeñas selecciones, con una gran cantidad de libros de autoayuda cuasi-budistas que probablemente presten al Tíbet una activa falta de apoyo. Se podría argumentar que esos temas son menos importantes, lo cual puede ser cierto, pero los grandes escritores dan forma a la manera  en que pensamos acerca de la historia y acerca de nosotros mismos y los otros.

El libro 1984 de George Orwell tuvo un profundo efecto en las ideas de la gente sobre el comunismo y el poder estatal; Jane Austen influyó en las percepciones de la inteligencia de las mujeres y en las ideas sobre el autocontrol y el orden moral; Charles Dickens expuso la injusticia de la pobreza; John le Carré moldeó nuestra noción de los espías y la soledad del ocultamiento; Graham Greene y Evelyn Waugh, ambos conversos, influyeron en las percepciones del catolicismo; Anita Brookner evocó la melancolía de los inmigrantes europeos de segunda generación; Iris Murdoch analizó un tipo particular de amistad inglesa; Raymond Carver permitió a los lectores identificarse con la alienada y alcohólica clase baja estadounidense; John Steinbeck hizo lo mismo para la Gran Depresión; Scott Fitzgerald evocó el espíritu de la década de 1920. Los estoy escogiendo al azar; se podría continuar.

Nosotros (en Granta Books y en Portobello Books) hemos publicado una serie de libros que pueden describirse como no ficción activista.

Nosotros (en Granta Books y en Portobello Books) hemos publicado una serie de libros que pueden describirse como no ficción activista, incluido el libro de Rahila Gupt aEnslaved: The New British Slavery, por ejemplo, y el de Jeremy Leggettsobre el cénit del petróleo (HalfGone: Oil, Gas, Hot Air and the Global Energy Crisis). También hemos publicado varios libros que no son —estrictamente hablando— no ficción activista, pero que, sin embargo, creo que tendrán un efecto de cambio social. We Are Iran, de Nasrin Alavi, es una selección de blogs y comentarios iraníes, que es hermosa y, por lo tanto, humanizadora en un momento en que muchas voces pedían ataques aéreos unilaterales contra Irán. El filósofo y el lobo, de Mark Rowlands, es un recuento de su relación con su lobo, Brenin, y la relación más amplia entre los humanos y el mundo animal. Viaje a ninguna parte,  de Eva Figes, es una trágica denuncia de Israel, escrita por alguien para quien Israel y el sionismo podrían haber sido una salvación. Roman’s Journey, de Roman Halter, nos recuerda cómo era realmente el Holocausto, en un momento en que parece estar cada vez más mitificado y atenuado, con libros como El niño con el pijama de rayas ,de John Boyne, y películas como La vida es bella. Coda, de Simon Gray, es un diario de su enfermedad final, cáncer de pulmón. Aunque al final murió de un aneurisma, su libro al menos ayudó a Ian Jack, su editor, a dejar de fumar. Es, en cierto sentido, una crónica de los últimos días de la Gran Bretaña fumadora, porque coincidió con la prohibición de fumar en lugares públicos cerrados. Finalmente, la memoria de Yasmin Alibhai-Brown, The Settler’s Cookbook: A Memoir of Love, Migration, and Food tendrá, espero, un efecto anti-xenófobo, porque está muy bien escrita. Creo que cada uno de esos libros, y otros no publicados por nosotros, —el maravillo Mala ciencia, de Ben Goldacre o The Islamist, de Ed Husain—tendrán efectos de cambio social. No se formulan ni se juzgan de esa manera, pero los cambios vendrán.

Rushdie Fatwa.

Eso no quiere decir que publicar siempre sea fácil. Las dificultades son principalmente financieras, pero ocasionalmente también hay peligros. Hace veinte años, el ayatolá Jomeini emitió su fatwa sobre Salman Rushdie: “Hago saber a todos los celosos musulmanes del mundo que el autor del libro titulado Los versos satánicos. . . y todos los involucrados en su publicación que eran conscientes de su contenido han sido condenados a muerte”. Esas palabras llevaron a la violencia y la muerte en muchos países. Peter Mayer, editor de Rushdie, recibió amenazas de muerte en el teléfono de su casa y advertencias manchadas de sangre en su buzón. “La suerte del libro”, escribió Peter Mayer recientemente en la revista Indexon Censorship, “afectó el futuro de la investigación libre, sin la cual no habría industria editorial tal como las conocíamos, pero tampoco, por extensión, no habría sociedad civil tal como la conocíamos”. Las repercusiones para la editorial Penguin fueron inmensas: los enormes costos de seguridad, los calendarios de publicación interrumpidos y el miedo, con razón, del personal. Sin embargo, escribió, “éramos editores”. “Pensé que eso significaba algo”. Y así fue.

Hace veinte años, el ayatolá Jomeini emitió su fatwa sobre Salman Rushdie: “Hago saber a todos los celosos musulmanes del mundo que el autor del libro titulado Los versos satánicos. . . y todos los involucrados en su publicación que eran conscientes de su contenido han sido condenados a muerte”

En 2004, la obra de teatro Behzti (Deshonra) fue cancelada por el teatro Birmingham Repertory después de las protestas sijs, a pesar de las extensas consultas con la comunidad antes de que la obra se estrenara. Un grupo de hombres reclamó abuso, arrojó ladrillos a través de las ventanas del teatro y aterrorizó a la audiencia en el vestíbulo. Es importante recordar que a veces el terrorismo es tan local y de baja tecnología como esto: hombres arrojando ladrillos pueden cancelar una obra de teatro. Eso también es censura.

El año pasado, la editorial Random House en los Estados Unidos sacó la novela de Sherry Jones, La joya de Medina, sobre la base de que podría ser tan inflamatoria como Los versos satánicos. La editorial Gibson Square en el Reino Unido acordó publicarla, con el resultado de que la casa del editor Martin Rynja fue atacada con bombas incendiarias—otro ejemplo de terrorismo de baja tecnología—. Él todavía, creo, planea seguir adelante con el libro.

Protesta contra obra Deshonra.

En Rusia, la editorial Atticus recientemente se desistió de publicar Los que susurran, de Orlando Figes, que es un proyecto de historia oral sobre el estalinismo. Él lo investigó en colaboración con la ONG Memorial, dedicada a rastrear y exponer la represión estalinista y del gulag. Los archivos de Memorial fueron allanados en diciembre de 2008, y los discos duros de las computadoras que contenían miles de entrevistas, fotografías y documentos, fueron confiscados. El Kremlin actual intenta rehabilitar a Stalin y presentarlo como un vigoroso líder que hizo grande a la Unión Soviética y ha creado un clima en el que se considera “antipatriótico” enfocarse en las atrocidades estalinistas contra los derechos humanos. Al mismo tiempo, Rusia se ha convertido, según el Comité para la Protección de los Periodistas, en el tercer país más peligroso del mundo para los periodistas, sólo superado por Irak y Argelia. La cancelación del contrato de Figes quizá no sea sorprendente en ese contexto. No sabemos qué presión, si la hubo, se ejerció sobre la editorial Atticus.

La publicación para el cambio social, entonces, es un concepto mucho más amplio de lo que comúnmente creemos. De manera que, aunque podemos pensar que sería un desafío convertir al típico lector del periódico Daily Mail a la perspectiva de que todo solicitante ilegal de asilo es un ser humano con recuerdos, esperanzas y temores, creo que ellos ya saben eso, en lo profundo. ¿Y cómo lo saben? Debido a Shakespeare: “¿Si nos hacéis un corte, no sangramos? ¿Si nos hacéis cosquillas, no reímos? ¿Si nos ponéis veneno, no morimos?” (El mercader de Venecia). Los ingleses conocen a Shakespeare incluso si no conocen a Shakespeare: lo tienen en sus huesos. Pero al decir eso, simplemente estoy parafraseando a otra gran escritora, Jane Austen, quien escribe sobre la lectura de Shakespeare en Mansfield Park. Creo en lo que ella escribe porque fue una gran escritora, tal como creo, por la misma razón, en la noción del mal de C. S. Lewis: ruido aleatorio, jerga incomprensible, pequeños pasos graduales, manipulación, ambición excesiva. Por razones antropológicas igualmente complicadas, creo que la voz de Alan Bennett leyéndole Winnie the Pooh a mi sobrino de ocho años es una combinación particularmente beneficiosa.

Vivimos en un mundo profundamente literario; la idea del libro está en nuestra columna vertebral.  El placer de leer es parte de nuestro ADN, es algo, sospecho, heredado, tal como nuestra predisposición a la religión y nuestro amor por la naturaleza. Por mucho que lamentemos la pérdida de la alfabetización (o la religión o la apreciación de la naturaleza o la naturaleza misma) nunca realmente la perderemos. El hábito de leer, la necesidad de leer y el amor por la lectura son demasiado poderosos.

“Publishing for Social Change” es la transcripción de una conferencia impartida en Oxford.  Publicada en “Development in Practice” 21-1 (2011). Traducción: Patricio Tapia.