¿Hay una relación directa entre la complejidad del pensamiento y la complejidad de la escritura? La clasicista alemana afincada en Australia Julia Kindt cree que no, al menos en lo que respecta a la escritura académica. El sentido del estilo lleva a que la buena escritura, académica o no, sea clara y accesible, en un proceso que garantiza un refinamiento constante.

Una vez devolví a su autor un ensayo estudiantil sin calificar con el comentario: “Usted puede escribir su ensayo en inglés, alemán, francés, italiano, griego antiguo o latín, pero no en esto”. Con “esto” me refería a la prosa ilegible en la que el ensayo estaba escrito, un estilo excesivamente técnico, lleno de jerga y grandes palabras.

Afortunadamente, el estudiante no se ofendió. Más bien, se tomó mi comentario como yo pretendía: con algo de humor pero lo suficientemente en serio como para revisarlo y volverlo a enviar. Un producto mucho más pulido apareció en mi buzón un poco después. El que yo no sea hablante nativa del inglés probablemente me ayudó a salir impune con mi petición.

Lamentablemente, este encuentro no ha permanecido como una experiencia única. A lo largo de los años, he recibido numerosos ensayos bellamente argumentados y bien escritos que me cautivaron. Sin embargo, al mismo tiempo, de vez en cuando todavía me sorprende cuán pobremente escrito puede estar el trabajo de estudiantes incluso muy avanzados. Y, por supuesto, la mala escritura de ninguna manera está limitada a los ensayos de los estudiantes: se puede encontrar en la escritura académica en todos los niveles.

La mala escritura de ninguna manera está limitada a los ensayos de los estudiantes: se puede encontrar en la escritura académica en todos los niveles.

Desde hace algún tiempo me he estado preguntando: ¿por qué una profesión tan fundamentalmente involucrada en el asunto de la escritura —y en cuanto académicos y estudiantes de las artes, las humanidades y las ciencias sociales, todos somos escritores profesionales— presta tan poca atención a este aspecto de su labor? No hay una respuesta simple, pero probablemente no estamos lejos de la realidad si suponemos que la forma en que consideramos la escritura tiene algo que ver con eso.

Parte de la respuesta probablemente tenga que ver con lo que Judith Brett, en un provocativo artículo, ha llamado “la burocratización de la escritura”: la forma en que cierto estilo de escritura es fomentado, quizá incluso recompensado, en la academia (Brett, 1991). También existe una tendencia a considerar la escritura como una mera formalidad. La suposición subyacente aquí parece ser que el contenido real de la investigación propia existe antes e independientemente de su forma escrita.

No sólo me opondría a este punto de vista sobre bases filosóficas: Wittgenstein —él mismo no era un maestro de la prosa lúcida, pero eso no importa— señaló las formas en que el lenguaje da forma al mundo que habitamos. Más fundamentalmente, la investigación cognitiva ha demostrado que la escritura es, en esencia, exactamente eso: pensar (ver, por ejemplo, Badley (2009a). Ver también Bradley (2009b): sobre la escritura como una “forma de investigación en sí misma”)).

Papiro de Rávena.


Es en este punto cuando entran los tradicionalistas y argumentan que, después de todo, existe una correlación directa entre forma y contenido: una de mayor o menor complejidad. Cuanto más complicada es la prosa de uno, según el argumento, más sofisticadas son las ideas expresadas en ella. Un estilo de escritura más sencillo, se sigue, puede ser apropiado en otros contextos, por ejemplo, para leer en el tiempo libre. La complejidad del lenguaje académico, por contraste, se dice que refleja la complejidad del debate académico.

Los estudios sobre el desarrollo del lenguaje en niños, adolescentes y adultos jóvenes sugieren que existe un vínculo directo entre la complejidad del pensamiento y la complejidad en la escritura. Estos estudios muestran una correlación directa entre la madurez en el pensamiento, que avanza con la edad, y la madurez en la escritura, medible, por ejemplo, en el rango de vocabulario utilizado y en las estructuras cada vez más complejas de las oraciones (Hudson, 2009; Odell, 1979).

Un efecto probable de esta investigación sobre la enseñanza de niños y estudiantes es que se les alienta a adoptar un estilo de escritura cada vez más complejo. No hay, en principio, nada de malo en esto. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿esta correlación también se aplica a la escritura profesional? ¿Debería nuestra escritura volverse más compleja a medida que avanzamos en los programas de posgrado y en los empleos académicos?

Varios libros y artículos académicos han abogado recientemente por un estilo de escritura más simple y accesible, en particular para la prosa profesional.

Creo que no. Y la razón para esto es que, como los involucrados en el negocio de vender ideas, debemos tratar de presentarlas de una manera que garantice su mayor éxito posible. Desafortunadamente, hay muy poca investigación sobre la evolución posterior de la escritura, en particular la escritura profesional, más adelante en la vida. Sin embargo, varios libros y artículos académicos han abogado recientemente por un estilo de escritura más simple y accesible, en particular para la prosa profesional (ver, por ejemplo, Pinker, 2014; Thomas y Turner, 2011).

Esta investigación con frecuencia también se basa en estudios cognitivos. Sin embargo, se centra en el producto antes que en el proceso de la escritura y utiliza esta investigación para ilustrar qué funciona mejor en términos de retener la atención del lector y transmitir el mensaje. Esta investigación sugiere que la prosa profesional adulta debería evolucionar, pero de maneras diferentes que la escritura de niños y adolescentes. Debería tener en cuenta el punto de vista del lector y trabajar hacia un estilo de escritura que clarifique el argumento de uno sobre el nivel de palabras, oraciones y estructura de párrafos. Este punto parece ser particularmente importante para la escritura académica que, como ha argumentado Graham Badley, es, por su propia naturaleza, un espacio de disputa, crítica y debate, un espacio en el que el investigador-escritor y sus interlocutores de lectura se encuentran (Badley, 2009b).

En esta etapa, debo decir que mi propia escritura ha evolucionado de forma fundamental con el tiempo y que lo ha hecho de maneras completamente inesperadas: se ha vuelto más simple. La razón principal de esto es que comencé a escribir prosa académica en otro idioma que mi lengua materna (el alemán).

Cuando me mudé al Reino Unido en el año 2000 para obtener un doctorado en Historia Clásica y Antigua en Cambridge, estaba emocionada y, por supuesto, intimidada por la perspectiva de escribir en un idioma extranjero. Poco sabía que mi estilo cambiaría para siempre como resultado de eso. Al principio, mi inglés simplemente no era lo suficientemente bueno como para poder continuar con el mismo estilo con el que solía escribir en mi lengua materna. De hecho, al principio sufrí mucho porque lo que hasta ahora había llegado naturalmente —el lenguaje— probó ser un gran desafío. Al final, sin embargo, esta experiencia bastante dolorosa tuvo un efecto positivo: la escritura, el lenguaje, la forma en que las ideas toman forma, de repente emergió en mi radar como algo en lo que pensar. Después de unos cuantos años, mi inglés había avanzado lo suficiente como para poder complicar mi prosa de nuevo. Sin embargo, ya no sentía el deseo de hacerlo. En algún punto del camino, había captado suficiente sentido del estilo como para no volver a mis viejas costumbres nuevamente. El hecho de que me haya forzado a decir las cosas de manera más simple en inglés fue sin duda una de las razones de esto; otra fue que comencé de nuevo a pensar en la escritura académica —esta vez, sin embargo, como profesora y no como estudiante.

En 2003, me mudé a los Estados Unidos para ocupar mi primer empleo académico. Dos pasantes de escritura apoyaron mi trabajo como joven profesora asistente colegiada que enseñaba en el programa del núcleo de Humanidades de la Universidad de Chicago. Ellos fueron capacitados para proporcionar a mis alumnos comentarios e instrucciones sobre las convenciones de la escritura expositiva. Junto con mis estudiantes de Chicago, nuevamente pensé en las tuercas y tornillos de la escritura académica.

Hoy en día si tomo una copia de mi tesis de maestría, escrita hace muchos años en alemán, me da escalofríos. Está llena de exactamente la misma jerga que le reclamé en el ensayo de mi estudiante. ¡Revisar y enviar de nuevo!, me diría a mí misma hoy. Tengo la suerte de haber tenido la oportunidad de adquirir esta importante habilidad en algún punto del camino. No es que piense que la tengo completamente ya. Tampoco espero tenerla. La buena escritura es un proceso que garantiza un refinamiento constante. Con todo, hay un giro más en la historia. Hace poco, cuando comencé a escribir alemán académico nuevamente, me sorprendió descubrir que, en el intertanto, mi alemán escrito también había cambiado. También se ha vuelto más simple y más accesible. Un sentido del estilo, parece, no está limitado a un idioma particular.

La buena escritura académica no es una mera formalidad; ni se trata de rebajar los pensamientos de uno. Es una habilidad que vale la pena aprender.

Entonces, ¿qué estoy proponiendo aquí? ¿Que todos comencemos a escribir en otro idioma? Difícilmente. ¿Que todos revisemos y enviemos de nuevo? Quizá. Por lo menos, creo que deberíamos esforzarnos más para inspirar en nuestros estudiantes un sentido de esta dimensión esencial de nuestra labor (ver Sword (2009) para algunas ideas prácticas sobre enseñar a mejores escritores académicos).

La buena escritura académica no es una mera formalidad; ni se trata de rebajar los pensamientos de uno. Es una habilidad que vale la pena aprender. Después de todo, el poder de la buena escritura es uno de los activos universalmente más importantes que una educación universitaria puede y debe proporcionar —no importa si es en inglés, alemán, francés, italiano, griego antiguo o latín.

El artículo “On academic writing: a personal note», de Julia Kindt, apareció en Higher Education Research & Development 35-5 (2016). ©HERDSA, reproducido con permiso de Taylor & Francis Ltd (http://www.tandfonline.com) por HERDSA. Traducción: Patricio Tapia.

Referencias:

Badley, G. (2009a). Academic writing as shaping and re-shaping. Teaching in Higher Education, 14 (2), 209–219.

Badley, G. (2009b). Academic writing: Contested knowledge in the making? Quality Assurance in Education, 17(2), 104–117.

Brett, J. (1991). The bureaucratization of writing: Why so few academics are public intellectuals. Meanjin, 50(4), 513–522.

Hudson, R. (2009). Measuring maturity. En R. Beard, D. Myhill y J. Riley (eds.), Handbook of writing development (pp. 340–362). London: Sage.

Odell, L. (1979). Redefining maturity in writing. En A. Freedman, I. Pringle y J. Yalden (eds.), Learning to write: First language, second language (pp. 98–113). London: Routledge.

Pinker, S. (2014). The sense of style: The thinking person’s guide to writing in the 21st century. London: Penguin. [Hay versión castellana: Pinker, S. (2019). El sentido del estilo: la guía de la escritura del pensador del siglo XXI. Madrid: Capotán Swing].

Sword, H. (2009). Writing higher education differently: A manifesto on style. Studies in Higher Education, 34(3), 319–336.

Thomas, F.-N. y Turner,M.(2011). Clear and simple as the truth: Writing classical prose (2ª ed.). Princeton, NJ: Princeton University Press.