Difícilmente lo individual no será el reflejo de una situación colectiva y dos libros de autoras chilenas así parecen sostenerlo: “Ferocidad” (Overol, 2018), de Virginia Gutiérrez, y “La trayectoria de los aviones en el aire” (Libros del fuego, 2018), de Constanza Ternicier. La incomodidad que ambos libros relatan, puede leerse como el relato íntimo de un país que no ha podido darles a sus habitantes un espacio digno donde vivir.

Las (os) protagonistas de estas dos narraciones son incomodadas(os) por situaciones que les producen un insoportable malestar y fatiga con el mundo. Por un lado, por la definición de género y la necesidad de darle sentido a la propia historia; por otro, por la posibilidad de volver a una vida de la que se escapó.

De pertenecer a un neo género literario, podrían hacerlo al de la autoficción: relatos ficticios pero alimentados fundamentalmente con experiencias biográficas -o presumiblemente biográficas- que producen historias casi calcadas a las de las autoras y una narración centrada en la descripción íntima de los personajes. Esto genera riqueza (y se aleja del peligro de exponer solo el metro cuadrado de las autoras) principalmente porque lo individual, lo íntimo, se presenta constantemente enfrentado a lo colectivo.

Se leen incomodidades en ambas obras como reflejos de desacoplamientos de estas (os) protagonistas con sus propios cuerpos, su historia y su situación actual.

Se leen estas incomodidades como reflejos de desacoplamientos de estas (os) protagonistas con sus propios cuerpos, su historia y su situación actual. Ambos relatos se estructuran en torno a flashbacks dinámicos que nos llevan a conocer sus propias biografías y las dudas que las han llevado al conflicto en desarrollo. Si bien hay una marcada centralidad en las historias individuales, hay un rol protagónico del contexto social de los personajes, como reflejo del papel de lo colectivo en las historias personales que se cuentan, lo que llena de sentido a estas reflexiones a la luz del estallido social chileno de este octubre. La misma incomodidad que relatan, puede leerse como como el relato íntimo de un país que no ha podido darles a sus habitantes un espacio digno donde vivir.

Hay un rol protagónico del contexto social de los personajes, como reflejo del papel de lo colectivo en las historias personales que se cuentan, lo que llena de sentido a estas reflexiones a la luz del estallido social chileno de este octubre.

La/el narrador/a de “Ferocidad” de Virginia Gutiérrez es Julia/Javier, un personaje en constante transición de género y conflicto con sus amistades y su pasado, donde hay juicios inconclusos e historias con finales que no complacen. A través de un relato que circula por el presente y el pasado acompañamos a este/a protagonista que intenta solucionar los dilemas de su historia, quizás en gran parte para definir su propia indefinición: ser hombre o ser mujer. A veces nosotros mismos no sabemos, en nuestra posición de lector, si narra Julia o Javier, muchas veces incluso sabemos más de los otros personajes que de este/a narrador/a, misma condición de ella/él, porque vive en una situación en la que siente constante presión del mundo que la rodea (“Pasa que por amor a otros me quedaría con un cuerpo que no sé si es el mío, porque me importa más que me quieran que ser el cuerpo que quiero ser”).

Para Julia/Javier puede que las definiciones no lleguen, que a pesar de conocer la historia completa no podamos creer en las razones esgrimidas, que incluso tras una intensa reflexión no podamos explicar o clasificar lo sucedido (quiebres de amistades, cambios de actitudes). Esa parece ser la tesis del libro, llegamos a un mundo desajustado y ajustarlo requiere una fuerza que quizás muchos no podemos tener: “Cisgénero, ese ajuste completo entre el cuerpo y cómo la sociedad quiere percibir ese cuerpo, es un privilegio que no existe más que en los que dedican su vida a encarnarlo: actores, modelos (…) Todos los demás vivimos con desajuste más o menos intenso -con maquillaje, con zapatos de taco, con dietas, las mujeres; con vergüenza de tener pechugas, los hombres que tienen pechugas, vergüenza de no ser altos, de no tener los hombros tan anchos. No tenemos el cuerpo que deberíamos tener, ninguno de nosotros, y ser trans es asumir ese desajuste con una valentía que yo no tengo”.

En “La trayectoria de los aviones en el aire”, de Constanza Ternicier, Amaya despierta desorientada en un hospital londinense. Por medio de la segunda y tercera persona, flaskbacks y conversaciones con sus padres presentes, nos vamos enterando que le ha sucedido un colapso mental, el que pudo haber estado relacionado al consumo de drogas o a una condición desconocida, pero de cualquier forma localizada en algún lugar dentro de la cabeza de Amaya. No hay certezas (“la medicina es una ciencia inexacta” le repiten) para ellos, ni para el o la lectora. La mayor certeza de la historia es que Amaya (quizás también Ternicier) ha dejado su país principalmente por tedio (“…la vida reducida a insustancial nada”).

Esta experiencia y la consecuente presencia de sus padres nos inserta en la constante incomodidad que afecta a la protagonista. De haber armado una nueva vida en Barcelona -donde no es feliz, pero al menos no está en Chile-, ahora se encuentra entre algodones, sobreprotegida por sus padres y con el constante temor de que el extraño mal alojado en su cabeza puede volver a atacarla. Esta incertidumbre parece ser la principal amenaza a su futuro y lo que la puede llevar de vuelta a su país natal (“Vas reconociendo la sensación de vivir en Chile. Ya llevan demasiado rato hablando de ese país que está al otro lado del océano, al otro lado de la cordillera, al otro lado de todo. Un país que se volvió demasiado lejano con el tiempo”).

“La trayectoria…” fue publicada por primera vez en Barcelona por Comba, en 2016, y en noviembre de 2018 fue reeditada por la venezolana Libros del fuego. No parece casual este punto de vista internacional cuando nos encontramos con abundantes descripciones y críticas al país (“…Chile, donde las novedades y las reformas de ley siempre estaban llegando bastante tarde”) que acentúan la incomodidad que Amaya está sintiendo ante la presencia de sus padres y la posibilidad de volver a Chile. De alguna forma, el tránsito de la segunda a la tercera persona que se va intercalando entre los capítulos puede ser leída como esa misma incomodidad, es un tránsito para encontrar un lugar donde ella misma se encuentre en comodidad y pueda narrarse. Como reflejo de su propia incomodidad con su cuerpo, que de alguna manera se ha rebelado contra ella (“Los cuerpos acabaron convirtiéndose en un campo de batalla, aunque ello no debiera ocurrir nunca”).

En «La trayectoria…» se encuentra de manera explícita el reproche adolescente-becario de quien no encuentra -o no quiere encontrar- su lugar en el país, lo que puede volver tediosa su lectura. Hoy, sin embargo, con la situación país, muchas de estos reclamos cobran sentido (“Un odio adolescente hacia ese maldito país donde te miraban con desconfianza si no hacías lo que ellos querían, (…) donde sin una AFP y un ahorro provisional voluntario eras un perfecto imbécil(…) donde todavía no se hacía justicia y la gente de los hospitales se moría a cada rato sin que a nadie le importara, donde había que hipotecar la propia vida para pagar una universidad mediocre…”).

Ambos son libros valiosos para comprendernos a nosotros mismos y el mundo en que vivimos, que pude ser líquido, moderno o posmoderno, pero fundamentalmente incómodo para una gran parte.

Gutiérrez en “Ferocidad” también reflexiona sobre este país intrínsecamente desigual y falto de libertad -muchas veces puede caer en el peligro de lo pedagógico, especialmente en los pasajes sobre género-, reflexión que ingenuamente podríamos catalogar como profética; más bien, es una descripción acertada de una realidad manifiesta (“Pasó que si uno quiere indefinición, el gasto de las hormonas, el riesgo físico de las hormonas, su relativa irrevocabilidad, es demasiado costo social y emocional en un país donde cuesta tanto eso, donde trabajo en tantos lugares: tener que presentarme en todos esos lugares de nuevo y esperar que me acepten con otro nombre y otro cuerpo es demasiado riesgoso. Caminar en la calle es demasiado riesgo”).

“Ferocidad” y “Los aviones…” presentan mundos presumiblemente similares al de las autoras, pero a pesar de la concentración en la experiencia íntima y el individualismo que se puede sospechar de esto, son capaces de colocar estos(as) individuos (o individuas) en contraposición a sus contextos -la confrontación a lo colectivo- y de esta forma son libros valiosos para comprendernos a nosotros mismos y el mundo en que vivimos, que pude ser líquido, moderno o posmoderno, pero fundamentalmente incómodo para una gran parte.