30 años después, Sonia Montecino retoma La revuelta, una novela que fue su primera incursión en la narrativa.

Sonia Montecino [Crédito fotografía: La Tercera]

Nudos-obsesiones. Así le llama Sonia Montecino, antropóloga y escritora, a los temas que han rondado su obra, en todas sus variadas formas, a lo largo de los años. Diversos intentos de decir o desatar los mismos problemas. Hay veces que son ensayos, otras veces géneros híbridos que entrecruzan lo documental con lo narrativo. Y también, una vez, hubo una novela: se tituló La revuelta y fue publicada en 1989. No había vuelto a ser editada hasta ahora, en que la editorial Universidad de Santiago de Chile (USACH) la vuelve a imprimir.

La revuelta es una historia sobre mujeres que deciden, por diversas razones, tomar otras identidades: de otras mujeres, de hombres, de personajes, de otras culturas, etc. La narración gira en torno a una mujer, pareja de un desaparecido, y su hija recién entrada en la pubertad–Noemí y Amelia-, quienes dejan la periferia para unirse a otra periferia: la lucha libre.

“Yo quise jugar con el título en esos momentos, con el concepto de revuelta como desorden de todo tipo: sexual, político, de las identidades y de las etnicidades, de la propia escritura, todo mezclado, “revuelto” como en una olla”, explica Montecino sobre la escritura del libro. La intención de complejizar cruza todo el texto: no solamente los personajes femeninos ocupan múltiples disfraces, también las palabras y las frases adquieren otros sentidos y los puntos de vista se multiplican. La autora continúa con la analogía de la cocina: los ingredientes crudos, se cuecen “al fuego de un horizonte de transformaciones, de lo binario, de la opresión a la subversión”.

La primera novela de Montecino nació en el taller de José Donoso, a mediados de la década del 1980. Allí entró con la intención de experimentar con la narrativa, aunque sin claridad de cuál sería el resultado. “En esos momentos estábamos en la re-emergencia del movimiento feminista, en plena dictadura, y yo ensayaba textos ligados a la liberación de las mujeres de las opresiones masculinas y especialmente de esa figura tremenda y patriarcal de los militares, también algunos relacionados con el mundo mapuche”, recuerda. Finalmente, La Revuelta cobró vida fuera del taller, aunque contó con la lectura y comentario de Donoso. Y el resultado final recoge las inquietudes de esos borradores.

Yo quise jugar con el título en esos momentos, con el concepto de revuelta como desorden de todo tipo: sexual, político, de las identidades y de las etnicidades, de la propia escritura, todo mezclado.

La historia está cruzada por la cultura popular: Noemí se enorgullece de ser una seductora doble de Sandro, pero deja ese talento de lado para incursionar en la lucha libre entre mujeres. Nace así otra identidad más: Bibí, la invencible. Más adelante irrumpe el mundo mapuche para enfrentar a madre e hija con su origen mestizo, revelando otra identidad.

La revuelta se reedita en un momento trascendental para nuestro país, de urgencia similar a la que vio nacer la novela a fines de la dictadura. Es una extraña coincidencia que su título sea una de las maneras en que nos referimos a las circunstancias políticas y sociales del último tiempo en Chile: revuelta social, revolución, estallido. Sin ser una novela abiertamente política, su contenido es constantemente subversivo: “Yo creo que de algún modo toda narración es política en tanto escenario de negociaciones con el lenguaje, con los imaginarios y con los sentidos”, explica Montecino. “En muchos casos con la búsqueda de producir, precisamente, nuevos engarces y relaciones de esos imaginarios y sentidos”.

En esta búsqueda, la ficción le ofrecía herramientas interesantes, “Muchos de los tópicos de La Revuelta, los plasmé después en ensayos, en autoficción (Sueño con Menguante: biografía de una machi) y en el híbrido Cuadernos de Economía Doméstica”, dice. “Pero por cierto la ficción permite juegos que no puedes abordar en otros géneros. Sobre todo cuando la imaginación, la intuición, los mensajes oníricos y otras formas cognitivas visitan tu mente y colonizan tus deseos de escritura”.

Del archivo de Ojo en Tinta