Nuestro colaborador Hugo Bello se pregunta dónde se inscriben estos relatos de Constanza Gutiérrez. “En la tradición de la crónica, del nuevo periodismo, del cine posmoderno (pienso en algunas películas de Jarmusch, por ejemplo). Pero no por ello los relatos son menos literatura, pues, finalmente, no pueden escapar a aquello que Roland Barhes bien describe cuando se refiere al efecto de realidad”.

Fotografía por Hueders

Terriers
Constanza Gutiérrez
Montacerdos/Hueders
2017


Terriers es un conjunto de relatos, siete. Todos tienen en común el que una voz, en primera persona, inscrita dentro del mundo narrado, refiere una anécdota, o varias en torno a una central. A la prosa de Gutiérrez no le sobra nada, es escueta, no siempre expurgada de uno que otro gazapo, pero es diáfana, como cada uno de los relatos. La sensación de “antes visto”, o leído, es quizás parte de las diversas estrategias de producción de los relatos, porque en ellos la ansiedad por trascender o inscribir una reflexión es una seña de identidad de los tiempos que corren. Como con los relatos del argentino Federico Falco que, por cierto, es quien firma una pequeña recensión de la contraportada, la prosa es extraordinariamente similar a la que en algunos de sus mejores relatos lograba Raymond Carver.

Me explico. La prosa de Gutiérrez, como la de Falco, entro otros, es transparente porque lo que se busca finalmente es narrar mundos privados, “vidas mínimas” habría dicho en otro momento José González Vera, de tal modo que no quede lugar a la metáfora, la figura. Vidas sin ningún fantasma, sin épica y desangeladas. Ni la experiencia personal trasciende ni menos aún la anomia histórica en la que se inscriben los mundos narrados.

Esa elusión de la transcendencia o de la épica es una condición de la modernidad tardía que se cuela por cada uno de los relatos de Gutiérrez. Un mundo en el que las esperanzas no tienen cabida. Sí, en cambio la desazón, el descalabro de las relaciones sociales y morales, el desnudo cuerpo de las conductas humanas tironeadas básicamente por el instinto y la supervivencia, la dramática sensación de que la vida carece de drama, de tragedia y de comedia, inclusive.

Estos relatos inscriben, entonces, su horizonte de afinidades literarias en el de una suerte de ruptura. La ruptura con los géneros literarios tradicionales. ¿Dónde se inscriben, entonces? En la tradición de la crónica, del nuevo periodismo, del cine posmoderno (pienso en algunas películas de Jarmusch, por ejemplo). Pero no por ello los relatos son menos literatura, pues, finalmente, no pueden escapar a aquello que Roland Barhes bien describe cuando se refiere al efecto de realidad. Y es precisamente la poderosa savia realista la que persevera en la constitución tanto de la prosa como de los mundos narrados que componen la prosa de Constanza Gutiérrez.

En el título que ampara a los siete relatos se inscribe un anagrama (con cierta trampa) del apellido de la autora. El significante “Terriers” está inscrito, de manera incompleta, en el apellido Gutiérrez; aunque no sea más que en su referencia fonética. Esta clave de lectura unifica a los personajes, que siendo todos finalmente distintos, son una misma fuente de relatos. O, dicho de otro modo, todos los personajes pertenecen a una misma raza de canes: una voz, a veces demasiado homogénea, de la que brotan todos los relatos.

La génesis de cada una de las historias relaciona asimismo los textos, pues en ellos no es que finalmente predominen voces distintas que enuncian desde una misma posición (en una suerte de permanente confesión), sino que se trata de una misma voz que finge distintas posiciones en un mundo reducido, microscópico del mundo. La microscopía de los relatos es la severa señal de una suerte de unanimidad literaria, realista, que cruza a los relatos de Gutiérrez y que la llevan a conectarlos con la tradición de escritores como los ya mencionados Falco, Carver, González Vera. Todos en la senda de Chejov, Hemingway. Una tradición que en la escritura de Gutiérrez intenta perdurar mediante la representación del mundo contemporáneo donde la imaginación pierde terreno, en el que la fantasía declina y el deseo se transforma en instante, fragmento, expresando un mundo que entra a una fase de destrucción de cuanto fuese sólido, trascendente, homogéneo y promisorio.

Terriers ejemplifica mediante una suerte de casuística, los mundos de la provincia y la adolescencia, asolados por las mismas persistentes olas de desencantamiento que recorren las plazas y malls, las torres de departamentos y los trenes metropolitanos. Su lengua, a veces machacona, expresa la voz de una juventud que entra en decadencia antes de haber emergido y sobrevolado cualquier idea de alcance épico.