Recientemente, Lolita Editores lanzó Tito Mundt, el último gran reportero, una antología que reúne las mejores crónicas que Mundt publicó en el diario «La Tercera de la Hora» entre 1955 y 1971. Con mucho humor e inteligencia, Mundt escribió sobre variados temas, dedicándole especial atención a la identidad chilena. Así,  se refiere, por ejemplo, al chaqueteo, a los tontos graves y a la siutiquería. Cuando el 14 de junio de 1957 el escritor chileno Manuel Rojas recibió el Premio Nacional de Literatura, Mundt se puso serio y escribió una crónica demostrando su admiración por Rojas, a quien, leyó, observó y escuchó atentamente. Publicamos íntegramente aquí aquella crónica, sacada del nuevo libro de Lolita Editores.

Manuel Rojas en 1957 [Memoria Chilena]

Manuel Rojas en 1957 [Memoria Chilena]

Un triunfador: Manuel Rojas (18/06/1957)

 

Tiene la cara de roble, las maneras de roble, la mirada de roble. Y es un roble. Un viejo roble del sur, que ha nacido para reírse de los temporales y de las nubes viajeras. Con lo que ha vivido habría para veinte novelas. De él o de Jack London. Están hechos de la misma pasta y de la misma reciedumbre. Nada de palabras bonitas ni de términos rebuscados. La verdad pura y simple. La verdad que hay que sacar a tajos debajo de la piel, aunque salga sangre. Y chille más de alguien.

9789568970567La otra noche, lo oí leer con una voz vieja y pura su cuento «El vaso de leche». Yo no conocí a Jack London, pero me imagino que debe haber leído así sus cuentos de Alaska y sus relatos de perros y de lobos. Una voz en que hablaba la hombría y que parecía evocar el sur de Chile, los lanchones enterrados en la playa con la panza al sol, las redes tendidas a secar, las nubes color cobre, los cielos dramáticos…

Cuando Manuel Rojas era niño llevó vida de vagabundo. Supo lo que era no saber dónde dormir la próxima noche. No hay cosa que eduque más que la vida sin destino fijo. Como los taxis. Manuel dormía donde podía. Y comía lo que le llegaba a la boca. En vez de juguetes tuvo callos en las manos. Aprendió la lenta manera de hablar de la gente de los campos, de la mina, del mar. De las partes más serias y profundas de Chile. Allí conoció a sus futuros personajes. No aprendió en los libros ni soñó en francés para poder escribir en castellano. Vivió, que era una cosa básica. Y vivió a fondo. Su Hijo de Ladrón lo había topado cien veces antes de sentarse a la máquina.

¿Sentarse a la máquina? No creo. Manuel no tiene mentalidad de secretaria ni de taquígrafa. Tiene que hacerlo a mano. Y ojalá sobre un viejo roble recién cortado, con toda la carne fresca al aire.

No le gusta la charla larga y vacía. Y menos la sobremesa. Cuando habla, deja caer cada frase lenta como una pedrada. Mira lentamente con esos ojos que parecen hechos de la piel misma. No se le agitan las tiesas mechas que le crecen sobre la frente. Busca pausadamente las palabras. Sin prisa inútil. Habla cuando tiene que hablar y no queda otra cosa. En todo caso prefiere actuar.

Me lo imagino en los viejos tiempos del año 20, lo veo caminar bajo una lluvia antigua y ya enterrada entre los recuerdos por un Santiago viejo, con piedras de huevo, entre pacos azules y anarquistas románticos. No lo veo, en cambio, en charlas de café con poetas trasnochados ni niñas sofisticadas, expertas en complejos y abismos mentales disfrazados de chistes y paradojas.

Tiene algo de la gente elemental que está más cerca de los perros lobos, de los árboles, del agua, del fuego, de los elementos que pueblan la naturaleza, de lo no civilizado y sobre lo que no se ha posado aún la mano del hombre. Por suerte.

Ahora le acaban de dar el Premio Nacional de Literatura por unos pocos libros. Nada de espesos batallones de volúmenes. Escasas obras bien hechas y con caracteres que quedarán para siempre.

Él ha recibido la noticia sin charangas ni griteríos. Sencillamente. Como es. Debe haber sacado un largo cigarrillo amarillo. Y debe haber echado una lenta pitada, recordando sus viejos tiempos de obrero, de peón, de agitador, de poeta de diarios obreros, de anarquista solitario, de escritor que vive al margen de los batallones apretados de los clubes literarios y de las sociedades en comandita.

Es bueno que venza la gente sola. Y que lo haga precisamente… sola.