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En 2011, en plena efervescencia estudiantil, el crimen de un joven llamado Manuel Gutiérrez enlutó al movimiento y remeció al gobierno de Sebastián Piñera. En el libro «Todos somos Manuel Gutiérrez», la periodista Tania Tamayo Grez reconstruye el conflicto social que provocó la muerte de Manuel. Lee el capítulo «El último tiempo, el último dolor» que publicamos en exclusiva.

 

En su vida, Manuel tuvo una larga lista de enamoradas y pololas, varias de su iglesia. Lista que le había otorgado el sobrenombre de “carroñero”.  “A mis encantos, súmenle que soy moreno de ojos pardos”, escribió una vez en alguna red social porque sabía que el color de ojos era un plus que contrastaba en las fotos junto a su boca gruesa y roja. Pero al morir Manuel amaba a Cynthia, a quien había conocido luego de mirarla meses subir al mismo bus amarillo del Transantiago, el D07. Y si no hubiera sido por la broma de un amigo suyo, que le dijo a la muchacha que el niño de “ojos lindos” era padre de gemelas, haciendo que la joven reculara, Manuel y Cynthia habrían comenzado a pololear antes.

 

Solo empezaron a hablar el 8 de abril de 2011, cuando los terceros y cuartos medios del liceo técnico y comercial Saint Lawrence se dispusieron a hacer una colecta para la fundación “Nuestros Hijos”, momento en que Manuel se había acercado a saludarla con la capucha de la fundación, un tarrito para las monedas en la mano derecha y un rollo de autoadhesivos en la izquierda.  Y ella —que en esa época se teñía el pelo rojo, se estiraba los calcetines grises del uniforme hasta arriba y se apretaba el nudo de la corbata—, se hizo la indiferente, incluso cuando él le dijo, canchero: “Suerte, que te den harta plata”.

 

Cynthia nunca dejaría de ponerse nerviosa con su presencia. Lo encontraba de su tipo: ni blanco ni moreno, de ojos claros, alto y macizo como ella. Un “chico de familia”, a pesar de compartir eso de los padres separados que tanto les dolía a ambos, razón por la cual una mañana Manuel le pidió que lo abrazara fuerte, pero que no le preguntara nada. Se había enterado de un secreto que no le podía contar. Era lo de su hermanastra. Cynthia lo supo después de la muerte.

todosmEn sus últimos años el joven estudiante cristiano había ido a buscar una y otra vez a su mamá al cibercafé del Sandro, donde ella llamaba insistentemente  a su ex esposo y a la nueva pareja de este a la ciudad de Coronel, perdiendo la noción del tiempo y haciendo los últimos intentos por revivir un amor ya muerto. “Sácamelo de mi corazón, Señor, solo tú puedes sacarme este amor que me hace tanto daño”, oraba Mireya y gemía, a esas alturas, o se quedaba dormida frente al computador de la casa escuchando canciones de Marco Antonio Solís, hasta que un día su hija mayor la tomó de los hombros y le gritó que reaccionara, que hasta cuándo sufría, que tenía que pensar en sus hijos.

 

—Mamita, ¿hasta cuándo? ¿Por qué llamaste a la tipa esa? —le preguntó Manuel una noche en que todo se escapó de las manos.
—No sé, Manuelito, es que tu papá me miente. Ya no doy más.
—Mamita, olvídate. No estai bien. Tú no eres así. Ponte en manos del Señor, te lo pido.
Y después  de eso el joven tomaría un celular prestado y llamaría a escondidas a la “otra mujer”; le pediría disculpas en nombre de su madre y calmaría las aguas porque a su papá también lo quería, y mucho.

 

Con su padre, en el último verano, se tomó una foto en una plaza de la ciudad de Coronel, la única vez que veranearon solos. Con esa foto el progenitor se hizo un llavero, pero tras la muerte del muchacho el líquido de alguna taza cayó infaustamente  sobre ella y se mojó. Ahora el hombre la lleva en la billetera esperando que se enderece y se estire como al principio. “Ese viaje fue precioso”, recuerda Manuel padre. “El Mane vino a verme y nos echábamos a conversar a la cama, nadie nos podía molestar. Mi hijo ese año estaba más grande, más hombre, era como un amigo más”.

 

Tal vez ese crecimiento hizo que Manuel participara, aunque someramente, del movimiento estudiantil, visitando la toma de su colegio que fue organizada debido a importantes demandas internas: los baños en mal estado y el aporreado tercer piso de la construcción que desde el terremoto de febrero de 2010 nunca fue arreglado por el sostenedor, que no estaba invirtiendo en seguridad, decían los alumnos, quienes se las arreglaron periódicamente para hacer ollas comunes y jornadas de reflexión.

 

Y asistió  a una marcha con el mismo Benjamín del Coro de Proyección: la marcha del 30 de junio de 2011 que reunió a más de 100 mil estudiantes en la Alameda. Se habían juntado en la población, sin pedir permiso, habían tomado el bus 514 del Transantiago y mientras este avanzaba por la calle Salvador se rieron porque era la primera vez que hacían algo así.

 

—¿Llevai una polera?
—¿Pa’ qué?
—Pa’ taparnos la cara, poh.
—Ah, sí llevo.

 

Jóvenes y evangélicos de la Pentecostal marchando por una causa social era una contradicción vital. Así llegaron a Plaza Italia y caminaron con las columnas eternas de estudiantes hasta Los Héroes, gritando completas las consignas que entonaba la mayoría: “a ver, a ver, quién lleva la batuta, los estudiantes o los hijos de puta”. A ratos a Benjamín  se le perdía Manuel y se asustaba, sentía que estaba en una batalla campal.

 

Luego de una encerrona policial corrieron con un grupo de secundarios hasta una casona abandonada donde se armó un caos grande por las lacrimógenas que los hicieron toser y botar mocos húmedos hasta la boca. “Métete acá, hueón”, se aconsejaban. Pero apenas veían, por eso no les importó que en la edificación que los protegía, con aires de palacete, las murallas, puertas y ventanas estuviesen a punto de caer.

 

—¿Qué estamos haciendo aquí? Podríamos estar en la casa —dijo Manuel, riéndose.
—Tomando desayunito —respondió Benjamín.
—Viendo tele —contribuyó Manuel.
—¡Hablen despacio que afuera andan los pacos a caballo!—alguien dio la orden.

 

Entonces repararon en una vendedora de sopaipillas que también se escondía junto a su carro, y que como buena comerciante ahora vendía limones para las consecuencias del gas. Le compraron dos, los chuparon, se secaron los mocos y salieron del lugar creyéndose el cuento. Ya en plena Alameda se encontraron con una centena de encapuchados lanzando piedras a Carabineros. Y sin hablar,  porque no era necesario, cada uno sacó una camiseta que había guardado en la mochila justo para eso, porque si estaban ahí había que vivir la experiencia de verdad y no a medias: se encapucharon.  Después se acercaron a la trifulca y lanzaron todo lo que encontraron hacia los funcionarios de Fuerzas Especiales, pero tras la batalla campal, y cuando por un lado venía la policía montada y por otro los carabineros en moto, se detuvieron, descubrieron sus rostros y caminaron disimulando por la vereda de la Panamericana hacia el sur. Hasta que finalmente tomaron el metro Toesca para volver a la Jaime Eyzaguirre. “Puta que la corrimos, hueón”, dijo uno. “Hicimos harto ejercicio”, dijo el otro, mientras avanzaban molidos y fatigados.

 

manuelgutierrez2A Manuel no le gustaban las flores, decía que si moría jamás le pusieran amarillas porque eran poco masculinas, aún así Mireya después de la muerte le ha llevado amarillas, rojas y hasta tornasoles al cementerio.  Y bromeaba  en todos los lugares, como la vez en que se subió a la silla de ruedas de Gerson y, en plena calle, se levantó gritando “¡milagro, milagro!”, ante la mirada atónita de los automovilistas.

 

Dicen que era bueno para comer charquicán y lentejas, que todo lo que comió y la leche que tomó le sirvió para quedar solo con hematomas después de caerse a una piscina, con un pie atrapado en la baranda, el 12 de febrero de 2011. Que todo el mundo dijo que era porque tenía huesos fuertes y que a cualquier otro chico el accidente le habría fracturado las piernas. El tobillo, cuentan, giró casi en 180 grados por el peso de su cuerpo.

 

En su último día, Manuel volvió corriendo de la casa de Cynthia. Había estado excesivamente cariñoso con ella, le había tocado las manos y la cara, más que otros días. Los brazos. También entró al baño de la casa de la muchacha para arreglarse el pelo recién cortado con una patilla fina, y le pidió que le tomara una foto. Ella se había acercado por la espalda mientras él se reflejaba y, con su celular, inmortalizó una imagen donde aparece él en primer plano y ella en segundo, con su cara tapada por el celular. Luego se tomaron la primera y única foto besándose con los labios puestos, uno sobre otro. Él había ido a comprar huevos para preparar panqueques y al volver le dijo a Cynthia que la señora del almacén le “cerró el ojo”, flirteando. Cynthia no le hizo caso, Manuel era bromista y coqueto, ella solo respondió con fuerza el abrazo largo que se dieron en la despedida.

 

En su última noche, la noche del 25 de agosto de 2011, el joven se recostó junto a su madre en el dormitorio de suelo de concreto y construcción liviana. La conectó a Facebook desde su celular, le conversó banalidades, se le acurrucó en posición fetal. Conversaron acerca de una colcha que la familia paterna de Manuel le había regalado al muchacho y que Mireya, que no se llevaba nada de bien con los Gutiérrez, menos después de la separación, le quería cambiar por “cualquier cosa”, entonces le ofreció alternativas:

 

—Ya que no me la vas a regalar, Manuelito, véndemela.
—No, viejita chica, la cuestión es de pluma, así que me tendrías que pagar mucha plata.
—¿Y si te la cambio por ropa? ¿Te regalo un polerón?
—¿Y qué más?
—Zapatillas.
—¡Hecho!

 

A las 23:15, después de su último momento en el regazo materno, cuando Mireya le sintió el olor de la piel y le acarició el cabello recién cortado, el joven pidió permiso para ir a dar una vuelta, sin decirle donde realmente iría: “mamá, déjame salir un ratito”.

 

Luego de eso, el asesinato.