El relato de la vida y obra de un grupo de compositores en uno de los años fundamentales del también fundamental siglo XIX para la música. Esa es la tarea que se propone Hugh Macdonald, en su libro Música en 1853: relatar cómo estos compositores se relacionan, cómo se encuentran en distintas ciudades y se influyen. Intenta escribir no la biografía de una sola persona durante mucho tiempo, sino la biografía de varias personas durante un período breve. Algunas de esas personas, claro, son “colosos”: Brahms, Liszt, Berlioz o Wagner.

Salón musical

Este es un libro acerca de detalles. Hugh Macdonald rastrea las historias de seis figuras mayores a lo largo de un período de diez meses, desde abril de 1853 hasta febrero de 1854: Johannes Brahms, Joseph Joachim, Robert Schumann, Héctor Berlioz, Franz Liszt y Richard Wagner. La organización es cronológica, y la narración se desarrolla en catorce capítulos, cada uno de los cuales describe los movimientos de uno o más de los personajes en un lugar determinado y durante un período de uno a tres meses. El punto de inicio es la partida de Brahms de su hogar en Hamburgo a la edad de diecinueve años, y el último capítulo cierra con Schumann saliendo hacia el asilo en Endenich luego de su colapso mental. En el camino, Macdonald proporciona una gran cantidad de información sobre la vida musical en Londres, París, Leipzig, la corte de Hannover, Baden-Baden, Karlsruhe, Zurich, Weimar y Düsseldorf y sobre las contribuciones de otros músicos, incluidos Edo Reményi, Clara Schumann, Louis Spohr, Hans von Bülow y Peter Cornelius; de los empresarios Frederick Gye (Covent Garden) y Edouard Bénazet (Baden-Baden); y de sus parejas Carolyne Sayn-Wittgenstein (Liszt), Marie Recio (Berlioz) y Minna Wagner. También describe el impacto de la expansión del sistema ferroviario y el eficiente servicio postal en el trabajo diario de los músicos. El volumen resultante es a la vez una fascinante mirada en primer plano a un lapso breve pero particularmente rico en la vida de los principales compositores del siglo, así como en las formas en que sus historias individuales se entrelazan.

Música en 1853.
Hugh Macdonald.
Editorial Acantilado, Barcelona, 2019, 396 pp.

¿Qué experimentaron los personajes principales en estos diez meses? Brahms lanzó su carrera; realizó una gira como pianista de concierto con el violinista húngaro Reményi; entabló amistad con Joachim, Robert y Clara Schumann, Julius Otto Grimm y otros músicos que iban a tener un profundo impacto en su vida; fue presentado públicamente a través del artículo de revista «NeueBahnen» (“Nuevas sendas”) de Robert Schumann; y vio aparecer sus primeras composiciones publicadas. Joachim, dos años mayor que Brahms, se desempeñó como maestro de conciertos en la corte de Hannover, compuso un concierto para violín y también una “Obertura” para Hamlet que escuchó tocar en Weimar y Düsseldorf, presentada en eventos de alto perfil tales como el Festival de Música del Bajo Rin (dirigido por Schumann y Ferdinand Hiller) y el Festival de Música de Karlsruhe (dirigido por Liszt), y se alejó progresivamente de los ideales de su mentor, Liszt, y se acercó más a los de Schumann y Brahms. Liszt (con cuarenta y dos años en octubre), en el centro de la vida cultural en la corte ducal de Weimar, recibió a Brahms, Reményi y Joachim como invitados; visitó a Wagner en Zurich en dos ocasiones, la segunda con un grupo de músicos más jóvenes a cuestas; programó la música de Wagner y otros compositores progresivos en varios lugares, incluido el Festival de Karlsruhe (donde también dirigió la Novena Sinfonía de Beethoven); y viajó a París para visitar a los tres hijos de él y la condesa Marie d’Agoult y a su madre. Berlioz (con cincuenta años en diciembre) se promocionó a sí mismo y a su música en el extranjero. Se aferró a un agotador itinerario de viaje y trabajo, liderando muchas semanas de ensayos para Benvenuto Cellini en el Covent Garden y para grandes conciertos en Baden-Baden y en la Gewandhaus de Leipzig. En diciembre volvió a componer después de una pausa de tres años. Robert Schumann (con cuarenta y tres años en junio) recibió al Brahms de veinte años en su casa el primero de octubre, publicó su ensayo profético en la NeueZeitschriftfürMusik, luchó sin éxito por mantener su puesto de director en Düsseldorf, recorrió Holanda con su celebrada esposa, y fue atormentado por disturbios mentales cada vez más severos que lo llevaron a arrojarse al Rhin el 27 de febrero de 1854. Cuando Wagner celebró su cuadragésimo cumpleaños en mayo de 1853 con tres conciertos de su propia música en Zurich, ya había pasado allí cuatro años en exilio.Dirigió las Sinfonías 3 y 7 de Beethoven, disfrutó leyendo en voz alta a sus amigos su poema recientemente impreso de El anillo del nibelungo, prosperó con la compañía y el aliento de Liszt, y soportó varios meses inestables mientras se preparaba para comenzar a redactar Das Rheingold, finalmente, a fines del año. Pero estos son sólo los contornos más escuetos. Macdonald sigue a estas figuras semana a semana, a veces hora por hora: por ejemplo, rastreando la caminata de Brahms a lo largo del Rhin desde Maguncia hasta Bonn y detallando los compromisos sociales de Berlioz y Brahms en Leipzig. Él proporciona una descripción afectuosa de los días de Liszt y Wagner juntos en Zúrich y un recuento notablemente enrevesado de la gira de un mes de Schumann por varias ciudades holandesas.

El volumen es a la vez una fascinante mirada en primer plano a un lapso breve pero particularmente rico en la vida de los principales compositores del siglo XIX, así como en las formas en que sus historias individuales se entrelazan.

Se podría suponer que Macdonald realizó una extensa investigación de archivo para el libro, pero no es así. Recurrió, en cambio, a fuentes publicadas, incluyendo correspondencia, reminiscencias, diarios, informes de prensa y biografías tempranas. Lo que es nuevo aquí no son los datos mismos, sino su coordinación en una narración que cruza y vuelve a cruzar las vidas de los compositores que en 1853 se encontraban en diferentes etapas vitales, que sostenían (o todavía desarrollaban) diferentes puntos de vista estéticos, y que estaban activos en diferentes aptitudes, aunque con superposiciones intrigantes. Y estaban muy activos. Uno se imagina las paredes de estudio del autor enlucidas con líneas de tiempo, calendarios y mapas codificados por colores, con alfileres que muestran la ubicación y los proyectos actuales de cada uno de estos viajeros empedernidos en cualquier día de ese período de diez meses.

Wagner

Aunque hay mucho que leer sobre la vida musical europea a mediados de siglo XIX, el ojo de Macdonald está fijado en los grandes, vista “desde la perspectiva de una época en la que ya no existen Grandes Hombres, al menos en el ámbito de las artes”. (¿En serio? ¿Ninguno?). Escribe con particular entusiasmo sobre Wagner, cuyo gran avance pendiente impulsa la narración en varios puntos, incluso cuando el tema es otra persona. El punto más alto se alcanza en un arranque francamente impresionante en respuesta a la epifanía de Wagner del 4 de septiembre de que El anillo del nibelungo se abriría con más de cinco minutos de una sostenida tríada en mi-bemol, un golpe de inspiración“s urgido en un estado de conciencia confuso, agravado por la enfermedad y el agotamiento» en el puerto italiano de La Spezia, donde el compositor había venido a trabajar: “La fuerza musical más poderosa desde Beethoven estaba a punto de ser liberada en todo su inimaginable esplendor. De aquella mente en ebullición no sólo emergería El anillo del nibelungo, sino también Tristán e Isolda, Los maestros cantores de Núremberg y Parsifal. Wagner nunca más dejaría de componer durante un período tan largo como el comprendido entre 1848 y 1853. Toda la cultura fin-de-siècle habría sido diferente sin la enorme  sombra de Wagner proyectándose sobre ella. ¡Gracias, La Spezia!”.

Lo que es nuevo en este libro no son los datos mismos, sino su coordinación en una narración que cruza y vuelve a cruzar las vidas de los compositores que en 1853 se encontraban en diferentes etapas vitales.

En la introducción, Macdonald explica que no ha incluido citas de referencia, ya que “el aparato de notas necesario para indicar la procedencia de cada frase habría adquirido unas dimensiones monstruosas”. Asegura a los lectores que la bibliografía identifica todas sus fuentes (con listas para cada compositor y para cada capítulo), y que “no ha inventado hechos o incidentes a sabiendas”. Aunque proporcionar referencias habría hecho que el libro fuera más incómodo, su ausencia crea problemas para los lectores que deseen involucrarse con los puntos de vista del autor. Los lectores que no estén familiarizados con la literatura pueden buscar durante mucho tiempo los componentes que el autor reúne en su recuento sincrónico. ¿Y qué ocurre con el lector que conoce las fuentes de un compositor dado pero se sorprende con una declaración que Macdonald presenta simplemente como un hecho? Este lector sólo puede hacer un seguimiento escribiendo directamente al autor. Sin embargo, la ausencia de citas no debe desalentar el uso del libro por parte de los estudiosos, ya que ofrece la posibilidad de significativos momentos “ajajá”. Esta reseñista, para su deleite, ganó nuevas capas de comprensión de varios eventos sobre los cuales había leído muchas veces. El libro, que se basa en muchas fuentes primarias no disponibles en inglés, también será de interés para los no especialistas que deseen aprender sobre las experiencias cotidianas de algunos de los individuos más creativos del siglo.

Brahms y Remenyi

Los lectores anticipando una síntesis de cierre, sin embargo, se decepcionarán. La narración simplemente se detiene, con la observación final de Macdonald de que cada uno de aquellos cuyas vidas se examinan “atravesaban el estrecho mundo como colosos”. Un epílogo de pocas páginas ofrece un convincente resumen de los desarrollos en la música europea de finales del siglo XIX, especialmente el papel cambiante del intérprete y el partidismo enraizado en opiniones contradictorias sobre la naturaleza fundamental de la música que ya eran evidentes en 1853. Le siguen los resúmenes en cápsulas de las carreras posteriores de sus seis personajes principales, más Bülow, Cornelius, Hiller, Reményi, Spohr y Clara Schumann. Al explicar el propósito del libro, Macdonald observa que la acumulación de los detalles en la vida de los compositores “delinea las personalidades en las que cobran vida las grandes ideas”. El autor interpreta sus materiales a lo largo del camino, pero esta lectora se quedó con ganas de una conclusión que reuniera al menos algunos hilos de la narración. ¿Qué revela esta “biografía horizontal” (como la llama el autor) sobre las personalidades de quienes son su objeto, de las rutas hacia el éxito, de las relaciones entre ellos y de los lugares en su mundo? Si, como dice Macdonald, las grandes mentes estaban más cerca una de la otra de lo que pensamos, y su “energía colectiva…impulsaba su  capacidad creativa con una fuerza extraordinaria”, ¿cómo deberían nuestras percepciones de ellas ser remodeladas o enriquecidas a la luz de los acontecimientos de 1853?

El libro, que se basa en muchas fuentes primarias no disponibles en inglés, también será de interés para los no especialistas que deseen aprender sobre las experiencias cotidianas de algunos de los individuos más creativos del siglo.

Música en 1853 es un libro inusual que inspira a los lectores a pensar de nuevas maneras sobre temas familiares. Opera contra la tendencia a dividir en compartimentos y generalizar en exceso, y da fe una y otra vez de la energía y seriedad de propósito con las que estos artistas crearon música y la presentaron al público. Es un recordatorio efectivo de que incluso la vida de estos “colosos” no siguió un camino siempre directo y seguro, sino que incluyó momentos de mal cálculo, procrastinación, incertidumbre y fracaso. Macdonald nos permite viajar junto con estos extraordinarios seres humanos durante un año crucial y acercarnos a entender el mundo como ellos lo hicieron.

[Esta reseña apareció en Journal of Musicological Research 33-4 (2014). Se traduce con la gentil autorización de su autora y de la revista. Traducción: Patricio Tapia].