Los personajes de López-Aliaga se construyen desde una simpleza binaria: son historias mínimas que por la forma en que son narradas escapan a lo anecdótico y pueril. // Lee un fragmento de “Mundo salvaje”.

Mundo salvaje
Luis López-Aliaga
Emecé
2017

Los viernes por la tarde tengo por ritual caminar por los alrededores de la Universidad Alberto Hurtado. En ese radio siempre se pueden conseguir libros por pocos pesos. Podría enumerar muchas joyitas literarias que he encontrado allí; sin embargo, me quedo con dos: los cuentos reunidos de Hebe Uhart y “Los pichiciegos” de Fogwill, ambos por tres lucas. También aprovecho de almorzar: la comida es rica, no es sana y es barata. Esa manzana urbana, a la salida del metro Los Héroes, es un lugar desconocido. Ajeno al bullicio snob de otros barrios, pero que esconde una vida subterránea que requiere ser visitada. Viernes expectantes y tranquilos -sobre todo tranquilos- con los cuales encarar el fin de semana.

Hace pocos días, en uno de mis paseos habituales encontré el libro “Mundo salvaje” de Luis López Aliaga dentro de una caja de ofertas. Estaba nuevo y a un precio inmejorable. Era parte de los tesoros de la calle Almirante Barroso. Por lo mismo, lo guardé rápidamente en mi mochila, como si alguien me lo fuera a robar. Me fui a trabajar. Siempre que llego a mi puesto de trabajo saco todo lo que tengo en la mochila, como si siquiera desprenderme de tanto peso, como si tener el escritorio desordenado me proveyera de una mayor productividad. Arrumbado entre papeles, lápices y un jabón líquido fue la última vez que vi el libro de López-Aliaga. Lo busqué en todos lados —incluso en la basura— y el texto no apareció. No lo podía creer. Incluso en un momento llegué a pensar que no lo había comprado y que todo fue parte de una ficción. Me fui al departamento, y en un intento absurdo y desesperado comencé a buscarlo en los libros de mi biblioteca. Nada: no estaba…

Cerca de la medianoche me llamó el Pato de Ojo en tinta. Me preguntó si tenía interés en reseñar el último libro de López Aliaga. Le dije que sí un tanto contrariado, pensando que se trataba de una broma. Le colgué, y en mi fuero interno creí —aunque no lo debería escribir— que fue él quien —de alguna inexplicable manera— me lo robó.

“Mundo salvaje” (Emecé, 2017) es un libro de cuentos en el que siempre está presente un animal. Casi nunca son protagónicos —o por lo menos no en el sentido convencional en el cual se nos enseña a leer—, más bien, atraviesan los relatos en forma silenciosa como acompañantes vitales dentro de un coro narrativo que siempre gira en torno a ellos. Es importante recalcar que la forma en que López-Aliaga inserta animales en los escritos está bastante alejada del trato que tienen animalistas y veganos en relación al reino animal. No se escribe desde lo políticamente correcto. Más bien, el autor les entrega otro giro que escapa a las tendencias posmodernas que habitan hoy en día en la sociedad chilena.

En cada uno de los relatos hallamos personajes que viajan y huyen de su cotidianeidad; siguiendo a Milan Kundera, creen que la vida está en otra parte. Asistimos a huidas espaciales y físicas, es decir, hay un traslado que suponen necesario, pero que aun así no alcanza para revitalizar sus vidas: siempre les falta algo. Carecen de un todo que quizás nunca vayan a encontrar, sin embargo, no dejan de tener esperanzas —no manifiestas— de que el viaje sea como un escape que les permite saltar de su abismo diario. Los personajes de López-Aliaga se construyen desde una simpleza binaria: son historias mínimas que por la forma en que son narradas escapan a lo anecdótico y pueril. Se erigen en una cotidianidad clásica que atrapa y complejiza a los personajes, pues en forma posterior a los conflictos de la trama —y es aquí donde está la segunda variable— aparecen los cuestionamientos, las urgencias, las dudas políticas, los miedos personales.

Un adolescente le miente a sus padres y no asiste a la fiesta de su colegio; un par de primos que viven en una zona rural terminan torturando hasta la muerte a la cría de un porcino; un nostálgico dirigente estudiantil del cual se confunden sus palabras con el ruido de los pájaros; un atleta peruano, apodado el Cóndor, buscando auspiciadores para una maratón entre la comunidad inmigrante; un viaje a Iquique en el que dos amantes terminan perdidos en un carnaval de bailes, máscaras y melancolía. Estos son algunos de los relatos de López-Aliaga, plagados de personajes náufragos y perdidos, acabados y destinados. Todos ellos transmiten nostalgia y la melancolía de ese mundo salvaje que siempre mira con dolor hacia el pasado.

Termino la reseña. Abro el correo. Mando el adjunto. Me pregunto, mientras bostezo, dónde carajo habrá quedado mi otro ejemplar.