A pesar de su enorme prestigio y sus muchos premios, la obra de William Gass (muerto en 2017) no es tan conocida en castellano. Para remediarlo se ha traducido uno de sus libros más célebres «En el corazón del corazón del país» que comenta Joanna Scott.

William Gass [Crédito foto: Michael Eastman]

En el corazón del corazón de este libro, bien al interior del relato que le da título, el narrador contempla a su gato, el Señor Tick: «Eres un gato —no puedes entenderlo—, te sale ser un gato de forma natural». El confiado Señor Tick, a diferencia del narrador, no se preocupa por su mortalidad ni piensa en el peso de la autoconciencia. A él no le importa que el pasado es pasado. No teme la posibilidad ni se imagina a sí mismo como algo distinto que el gato que es. El Señor Tick pasa su tiempo asesinando pájaros y caminando a través de los tejados. Contento solo por estar vivo, se mueve elegantemente, «su larga cola rimando con sus patas», dejando que nuestro desamparado narrador se defienda de la soledad por sí mismo, con la única arma que tiene a su disposición: las palabras.

En el corazón del corazón del país.
Traducción de Rebeca García Nieto, Editorial La navaja suiza, Madrid,
2016, 276 pp.

Las palabras son gratis, están ahí para tomarlas, y William Gass se asegura de que seamos conscientes de su potencial infinito. Las palabras se pueden usar para dar órdenes, para describir, para denigrar. Se pueden engarzar en oraciones y desgañitarse en una canción «de tal forma que desde lejos parezca una armonía, una obra de teatro de Strindberg, un anillo de amistad». Entendemos los matices y aprendemos a prepararnos para las consecuencias con ayuda de las palabras. Podemos hacer cosas hermosas con palabras. Aquellos con esa inclinación pueden atreverse a tratar el medio del lenguaje como una fuente inagotable de arte.

El arte es el asunto de los escritores en serio, insiste Gass. Ensayista brillante al mismo tiempo que uno de los novelistas más importantes de Estados Unidos, Gass argumenta en su ensayo «La filosofía y la forma de la ficción» que la tarea de un escritor en serio es doble: «Debe mostrar o exhibir su mundo, y para hacer esto debe en realidad crear algo, no simplemente describir algo que podría ser creado». Con su énfasis en crear, Gass propone que el sentido generado por una obra de ficción va más allá de su familiaridad mimética. El propósito de una narración imaginativa no es confirmar lo que creemos que ya sabemos sobre la realidad; sino que más bien ofrecer «un registro de las opciones, inadvertidas o deliberadas, que el autor ha hecho a partir de todas las posibilidades del lenguaje». Un gato ficticio puede reflejar las cualidades de un gato real, pero se lo aprecia mejor como un producto de la ágil mente del autor.

Las palabras son gratis, están ahí para tomarlas, y William Gass se asegura de que seamos conscientes de su potencial infinito.

Los cuentos que comprende En el corazón del corazón del país comenzaron a aparecer en publicaciones periódicas a fines de la década de 1950. Para Gass y su generación, en ese momento, el modernismo era un precursor tan gigantesco que amenazaba con obscurecer la obra que lo siguió. Si ellos consideraron el modernismo literario un experimento fallido, caracterizado por H. G. Wells como un «egoísmo monstruoso de artífice» o como un gran éxito que expresa, en la estimación de Virginia Woolf, «la rapidez de la mente», los novelistas que comenzaban sus carreras en los años 50 y 60 necesariamente tuvieron que posicionarse en respuesta al dramático cambio de forma que acababa de ocurrir en su género. El Ulises de Joyce, es posible que el libro más influyente del siglo XX, se erigió en un modelo particularmente poderoso de innovación formal. Para aquellos que optaron por construir fuera del modernismo, la ficción se convirtió en un campo para exploraciones radicales en la forma y la voz narrativas. Los escritores partieron en busca de nuevas técnicas que pudieran servir como fuentes de descubrimiento y ofrecieran oportunidades únicas de ampliar el significado latente de su asunto.

Mirando hacia atrás sobre este período vertiginoso en la cultura literaria estadounidense, John Gardner afirmaría que nadie que  escribiera en ese momento «estaba dispuesto a vivir según las viejas y correctas reglas». La ficción, como todo arte, se suponía que estaba libre de los grilletes de reglas. El llamado de Ezra Pound a «hacerlo nuevo» (un eslogan que Pound recicló reveladoramente de fuentes históricas chinas) continuó repercutiendo como el desafío decisivo.

Gardner reconoció la necesidad de dar a estos nuevos escritores aventureros un lugar y en 1960 cofundó la revista literaria MSS, con sede en California. Mientras recolectaba material para publicar en el primer volumen, un cuento titulado «El chico de Pedersen», de un joven escritor llamado William Gass, llamó su atención. Otro editor le dijo a Gardner que el cuento había sido rechazado en otra revista porque tenía «un lenguaje discutible; se habían expresado dudas sobre el significado y el punto de vista». Sabemos por Gass que había estado enviando el cuento durante siete u ocho años antes de que aterrizara en el escritorio de Gardner. Gardner aprovechó la oportunidad para publicarlo.

En «El chico de Pedersen» —el cuento principal de En el corazón del corazón del país—, Gass ha creado una narración que, con sus rupturas e inmersiones, recuerda el capítulo de Quentin en El sonido y la furia. Como Faulkner, Gass hace más que describir las experiencias de un chico; ofrece una representación completa de la confusión de un niño. Mientras Jorge se esfuerza por evaluar el peligro de su situación cerca del final de la historia, incluso lo impreso adopta una forma dramática en una expresión de miedo: «Puede que incluso vuelva en sí. Oh, no, Dios, por favor. En sí». Al mismo tiempo, Gass transmite el impacto físico del escenario con una intensidad sin par, ofreciendo, a través de la percepción de Jorge, un paisaje del Medio Oeste donde la nieve es «tan azul como el cielo», las estrellas son «copos de nieve que nacen y no caerán jamás», y las alondras en verano «sacudían la cola al levantar el vuelo».

Gass nos recuerda que el arte es una auténtica gloria humana y que la literatura comparte con todo gran arte el potencial de expandir nuestro discernimiento.

Consagrado a la excelencia artística, Gass nunca se ha sentido intimidado por las audaces ambiciones de los modernistas. Justo lo contrario. En sus ensayos, rinde homenaje a los escritores a los que asocia con lo que llama «una vanguardia permanente» -—Gertrude Stein, Henry James, Kafka, Beckett, Joyce—. La ficción esencial propia de Gass, escrita durante el último medio siglo, nos ofrece una gama sorprendentemente variada de formas, todas enriquecidas con ingenio, intensa emoción y provocación, todas llenas de la promesa del descubrimiento. A él no le importa cuando la inteligencia de un escritor se despliega, especialmente porque valora la inteligencia de un lector perceptivo. Él nos recuerda que el arte es una auténtica gloria humana y que la literatura comparte con todo gran arte el potencial de expandir nuestro discernimiento.

En el corazón del corazón del país, publicado por primera vez en 1968, se extiende a través de dos grandes extensiones: el áspero y plano paisaje exterior del Medio Oeste y el misterioso paisaje interior de la conciencia humana. Ambos paisajes esconden secretos. Cuidado con el vendedor Pearson, en el cuento de Gass «Carámbanos», que enrolla su revista y con un golpe afirma su certeza: «Está tan claro. Es tan fácil. Tan sencillo». En estas ficciones, Gass nos muestra que la certeza es una presa escurridiza. Los ventisqueros cubren la evidencia de un crimen terrible. Cajas de cintas de máquina de escribir esconden la obsesión de una ama de casa. Un hombre entra a su casa, cierra su puerta y cierra sus ojos —»sencillamente no hay manera de saber hasta qué punto está solo y vacío. . . aquí, en el corazón del país».

Viajamos con Gass a través de esta colección hacia un centro que atrae, el corazón dentro del corazón. «Este Medio Oeste», dice el narrador del cuento del título, «una disonancia de partes y personas, somos una consonancia de ciudades. Como un hombre a quien le engorda todo menos el corazón, trabajamos demasiado; nuestra actitud nunca es en realidad urbana, tampoco del todo rural; nos agrandamos y, al mismo tiempo, permanecemos iguales, como Alicia en el libro cuando cambiaba de aspecto sin variar». Para Gass —nacido en Dakota del Norte, criado en Ohio y enraizado durante las últimas décadas en St. Louis— el Medio Oeste estadounidense es su hogar. La región, con toda su consonancia y disonancia, enriquece sus exploraciones literarias. El panorama y el clima, los ruidos de sus granjas y vecindarios, los conflictos y los anhelos de su gente se entregan de manera vívida. Pero el Medio Oeste ficcional de Gass también está impregnado de misterio: «epifánico», afirma, y ​​aún así «un enigma».

Los cuentos nos invitan a seguir el mapa del autor y enfocar nuestra atención. «Y por eso he navegado los mares y venido. . . / a B. . . / una pequeña ciudad aferrada a un campo de Indiana».  Puede parecer tierra estéril desde lejos, pero de cerca vemos que está llena de personajes singulares. Conoce a la formidable tía Pet, que levantará el pomo de su bastón hasta el nivel de tus ojos. Está Big Hans, que deja caer al congelado chico Pedersen sobre la mesa, sobre la masa de galletas. Rodar y rastrillar, girar y recortar, hacer la guerra contra las malezas, esa es la señora Ruin, no es su verdadero nombre, pero le va muy bien. Una pandilla de niños recorre este libro: el niño conocido solo como el chico Pedersen, Jorge, Ames, Nancy, Toll, Tim, Cheryl Pipes, Paula Frosty. Y paseando por el vecindario va ese gato digno con su nombre perfecto, el Señor Tick.

Las palabras son nombres que vinculamos a las cosas para crear una definición. En las manos de Gass, el bosquejo del significado se completa y se amplía con comparaciones, contrastes, implicaciones, confesiones, refutaciones, preguntas, argumentos, burlas y repeticiones. Las palabras a tener en cuenta en estos cuentos incluyen nieve (es hermosa, mortal, aburrida y desafiante), adentro (donde los personajes buscan refugio del frío, donde se esconden y donde no pueden escapar de sí mismos), imaginación (aprendemos del ama de casa en «El orden de los insectos» cuán fácil es perder el control de ella), mundo (empujando un poco y aparece: «El mundo —qué grandiosa, qué monumental, solemne y mortal es esta palabra»), y, por supuesto, corazón.

Reunidas en oraciones y párrafos, las palabras son los signos que proporcionan una ruta hacia la verdad. Hacemos un túnel a través de los ventisqueros y nos adentramos, buscando descubrir qué yace en los corazones de estos personajes. No es, como el vendedor Pearson pretende, claro, fácil o sencillo. Ni debería serlo, no con tanto en juego. Gass nos da la oportunidad de aprender más de lo que pensamos posible saber sobre sus sujetos, y de disfrutar el placer que proviene de una profundización de la comprensión. Imaginamos cómo es habitar otros yoes. A través de ellos, podemos comenzar a comprender la belleza y la enormidad del mundo que este escritor ha creado.

Traducción: Patricio Tapia.