La
Primera Guerra Mundial terminaba al ritmo del jazz y Francis Scott Fitzgerald, ex estudiante de la Universidad de Princeton, descubría el amor. Zelda Sayre, de 19 años y de buena familia, tenía pocas preocupaciones en la vida. Era una flapper: usaba faldas cortas, lucía el corte bob cut , y disfrutaba del licor y del foxtrot . Un ícono de bella rebeldía que caería rendida ante los encantos de un ansioso escritor.

El proceso de conquista no fue fácil, pero la insistencia de Fitzgerald terminó por convencer a Zelda, quien le confesaba por correo: «Sé que tú puedes cuidarme mucho mejor que yo misma y siempre seré muy muy feliz contigo, excepto cuando nos enzarcemos en nuestras discusiones semanales, e incluso entonces lo pasaré bastante bien». Gran parte de la correspondencia quedó inmortalizada en Cartas de amor y guerra (1919-1940) .

En 1920, Francis Scott Fitzgerald publicó su primera novela, A este lado del paraíso , que resultó un éxito editorial. Días después contrajo matrimonio con su amada.

Un año más tarde, la pareja inició un recorrido por Europa. Fitzgerald publicó decenas de cuentos, además de sus novelas Hermosos y malditos (1922) y El gran Gatsby (1925). En el Viejo Continente, Zelda decidió dedicarse al ballet profesional.

La Gran Depresión

1930. Meses después del martes negro Zelda le escribía a Scott desde un sanatorio. «Me alegra que tú estés mejor. Parece extraño que alguna vez hayamos sido una pequeña familia amorosa, segura en un hogar». ¿Qué había pasado? Alcohol, noches de fiesta, una infidelidad de por medio; el nacimiento de Scottie, su hija; millonarias deudas y la lejanía de ese enamoramiento adolescente. El escritor responde en un borrador: «Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro».

Los años pasaron y Zelda Sayre sufrió diversas crisis psiquiátricas hasta 1948. Estaba obsesionada con la idea de que su esposo era homosexual. En el sanatorio, Zelda inició su faceta de escritora, publicó algunos cuentos y Save me the waltz (1932), novela que raya en la autobiografía.

«Trabajaba a base de café, café y más café, nunca con alcohol. A las cinco o seis horas me levantaba de la mesa pálido y tembloroso con un continuo ardor de estómago, para ir a cenar», declaraba Scott a un psiquiatra. Rigor literario. La presión de costear una vida lujosa en Europa junto a su esposa que no trabajaba, argumenta en un escrito, influyó luego para encontrar en el alcohol una vía de escape.

La crítica se hizo esquiva y la literatura no lo motivaba como antes. Algo de ello se vislumbra en su cuento «La tarde de un escritor» (1936), en el que habla de cosechar un campo ya muy cosechado. Por esos tiempos, Fitzgerald trabajaba, sin éxito, como guionista para la MGM y escribía algunos cuentos. Vivía en Hollywood, agobiado por las deudas. «Es curioso que el corazón sea uno de los órganos que se curan solos», escribió en su penúltima carta.

Scott intentó revertir la mala racha con una nueva apuesta: El amor del último magnate . Pero un infarto se encargó de dejar este trabajo a medio camino pocos días antes de la Navidad de 1940. Ocho años después, en una noche de marzo, Zelda moriría atrapada en las llamas que destruyeron el sanatorio psiquiátrico Highland, de Ashville.

El final de El gran Gatsby les sirvió de epitafio: «Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado». Los restos de los Fitzgerald hoy descansan en un pequeño cementerio de Maryland rodeado de centros comerciales. Lejos, muy lejos del jazz.

Fitzgerald y Chile

Carlos Franz (1959) se refiere, desde España, a Francis Scott Fitzgerald como FSF. «A pesar de las toneladas de cursilería acumuladas sobre él, El gran Gatsby mantiene su misterio trágico. Si ni Robert Redford logró arruinarlo, debe significar que FSF logró un personaje indestructible. La crónica de su decadencia, El derrumbe , contiene una de las más honestas descripciones de un fracaso humano, que conozca». Franz cree que de FSF «debiera estar vigente su brillante escritura. En sus cuentos, sobre todo. Pero más bien está vigente su mito personal (alcoholismo, jazz y glamour , mezcla fatal). Su obra sigue malentendiéndose, en general, como la malentendió Hemingway. Quien leyó ‘frivolidad’ donde decía ‘tragedia’ «.

Poli Délano (1936) trasladó al español, en los 60, El derrumbe, que recuerda como su traducción más compleja debido al uso del slang de los 20, «que estaba ya fuera de cualquier diccionario. Para saber muchos de los términos que Fitzgerald utilizaba tuve que recurrir a norteamericanos ya viejos que hubieran sido jóvenes por esos años». Délano destaca El gran Gatsby y Suave es la noche , y asegura que el gran mérito de este escritor es que «proyecta situaciones individuales ficcionales a verdades universales; es lo que hace la gran literatura».