El poeta Jorge Teillier solía frecuentar bares, lo sabemos, pero también, como gran lector, pasó mucho de su tiempo en la Biblioteca Nacional. En esta crónica, publicada en Puro Chile el 23 de octubre de 1970, dice sobre su llegada a Santiago desde el sur de Chile: «Una de mis primeras alegrías fue la de poder entrar a la Biblioteca Nacional, en donde casi un millón de libros y revistas estaban a mi gratuita disposición». Aquí Teillier hace explícito su amor por las bibliotecas y la lectura.

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El vicio impune

Supongo que está olvidado o ya no es demasiado conocido entre nosotros Valery Larbaud, un autor francés de principios de siglo para el cual el único vicio impune era la lectura. Claro está que olvidaba por ejemplo de Don Quijote, que de tanto leer se sintió caballero andante, y salió por los caminos de España a “desfacer entuertos”. Sin pretender, por supuesto, compararme con el Ingenioso Hidalgo –o Caballero de la Triste Figura como prefiramos llamarlo- reconozco que mi único vicio impune es la lectura, a tal punto que si no encuentro nada para leer, puedo enfrascarme desde El eco de Lourdes hasta los avisos económicos de un diario de cuyo nombre no quiero acordarme. Y tal vez cuando me muera, mi fantasma saldrá a recorrer el cementerio para leer las inscripciones de las lápidas, como dicen se ha visto el fantasma de un crítico y bibliófilo chileno fallecido recientemente.

Cuando llegue a estudiar de Santiago, una de mis primeras alegrías fue la de poder entrar a la Biblioteca Nacional, en donde casi un millón de libros y revistas estaban a mi gratuita disposición. Yo era el muchacho que tenía “Sésamo, ábrete” para entrar a la gruta del tesoro. Alguna vez tuve inconvenientes; recuerdo que una funcionaria celosa de la moral no me quería prestar (seguramente por el título) Una temporada en el infierno, de Rimbaud, por ser yo menor de 21 años, en circunstancias de que el autor lo había escrito a los 18. Pero ese no es sino un detalle pintoresco. Desde mis días de estudiante no tengo sino buenos recuerdos para la Biblioteca Nacional, en donde pasé tantas horas, no sólo leyendo, sino a veces mirando un rayo de sol que caía en la cabellera oscura de una muchacha que leía misteriosamente, siempre el mismo libro que yo había querido leer. En donde conocí por primera vez amigos como los poetas Juvencio Valle, Francisco Santana, Teófilo Cid –que pasaba del bar el Bosco muchas veces directamente a leer a Balzac a las 9 de la mañana en la sala del Fondo General-, a Rolando Cárdenas, Jorge Onfray, Eduardo Molina Ventura; y tantos otros, como los antiguos funcionarios que más recuerdo: Mario Medina y Ulises Bustamente.

Hubo un tiempo en que don Guillermo Feliú-Cruz –por lo demás, admirable profesor e historiador y eficaz déspota ilustrado-, en un excesivo celo para controlar el vandalismo antilibresco de unos pocos malos habitués, casi transformó la Biblioteca en un Museo, limitando excesivamente la entrada al recinto. Sin apartarse de ciertos positivos avances de la administración anterior, el director actual, poeta Roque Esteban Scarpa, se ha reestablecido un equilibrio, transformando la Biblioteca en un lugar de más vivo acceso. Ahora, lo que echo de menos es un horario más amplio, Hasta un poco tiempo se podía ir por lo menos los domingos de 3 a 6. Ahora, ese día permanece cerrada. Los sábados el horario se ha limitado. Y son precisamente los días en que obreros, estudiantes y empleados tienen más tiempo para concurrir. Sobre todo, los obreros. Segúna una reciente encuesta de Armand y Michéle Mattelart, entre los jóvenes chilenos, leen libros el 88% de los universitarios contra un 58% de los obreros (y en las obreras esta cifra se rebaja al 24%) .El afán de leer –pese a la competencia de la televisión y el cine- no está muerto, ni siquiera va en retroceso. El libro es el amigo con el cual se puede dialogar siempre, como dice Ray Bradbury, y el lector no será jamás un hombre enajenado, sino que un ser pensante enfrentado a otros de su época o cualquiera. Claro está que no se puede recargar al actual personal de la Biblioteca –y de todas las bibliotecas- con horas extraordinarias, ya que cumplen una tarea sacrificada y mal pagada, pero un Gobierno Popular debe tener en vista que aumenten sus horario y sus días de atención, no sólo en Santiago, sino en todo el país.

Así sea, podemos terminar diciendo.