Como una pulsión. Así recuerda Daniela Catrileo (Santiago, 1987) sus primeros acercamientos con la escritura. Fue en la biblioteca del colegio, en los ejemplares que le llevaba su abuelo, que descubrió su fascinación por la literatura. Hoy es una de las voces jóvenes que ha seguido el legado de poetas mapuche como Elicura Chihuailaf, Roxana Miranda Rupailaf, Eliana Pulquillanca y David Aniñir. Su primer libro, Río Herido, fue publicado por primera vez en 2013 por Libros del Perro Negro. El título proviene de su apellido, Catrileo o catri-leufu: río detenido, cortado, herido. En diciembre de 2016 Río Herido fue reeditado por Edícola Ediciones y este mes será presentado en la Feria del Zócalo en Ciudad de México. Además, esta joven escritora acaba de lanzar una publicación autogestionada llamada El territorio del viaje. Pronto será el turno de su libro Guerra Florida. Aquí Daniela Catrileo habló de sus proyectos literarios, la posibilidad de un feminismo mapuche y la violencia que se vive en la zona de la Araucanía.

 —En Río Herido está muy presente la idea del territorio zanjado. Considerando que Nueva Imperial está marcado por la destrucción de los asentamientos mapuche y que hoy es una de las zonas que tiene más población indígena en nuestro país, ¿Cuál es la presencia de este lugar y del Wallmapu en Río Herido?

—La imagen de Wallmapu en Río Herido está establecida en una búsqueda constante de regreso. Mi familia es de Nueva Imperial, de Lumahue, y se vinieron a finales de los años 60 a vivir a Santiago después de un proceso de empobrecimiento de las comunidades. A partir de la muerte de la mamá de mi papá los niños quedan huérfanos y mi abuelo se tiene que ir a buscar trabajo a Santiago. Al ser muchos hermanos se los tiene que traer de a poco. Río herido es un encuentro con mi viejo y con mi abuelo. Mi papá vivió en una ruca toda su vida, hasta los 8-9 años. Entonces toda esa infancia está compuesta de ciertos imaginarios que están en el libro. Incluso hay una parte muy bonita que la añadí a esta versión, que es cuando mi papá estaba paseando por los campos abiertos en Wallmapu. El ve unas bolas de fuego atravesando los campos, mientras iba en la carreta con mi abuelo. Entonces le pregunta a su papá ¿qué es esto? y mi chaw le contesta que son los brujos que están peleando en la noche. Wallmapu está atravesado por muchas heridas en el libro, tiene que ver con el arrebato, con la pérdida de un territorio, con viajar desde ahí, pero siempre con un porvenir de la vuelta. En un momento empecé a tener pewma (sueños) con la mamá de mi papá. Me llamaba mucho la atención que yo soñara con alguien que nunca conocí. Me transformó la vida y ahí empezó una búsqueda muy intensa.

—En este libro se nota además una intención de dejar registro, de salvaguardar la memoria. Si pensamos en la historia como algo que constantemente se está reescribiendo, ¿cómo ha sido para ti el encuentro entre la poesía, tu historia personal y la historia de un pueblo?

Es muy bonito pensarlo así, esa unión entre la historia y la escritura. Siento que mi escritura ha ido cambiando en la medida en que yo me he ido acercando a mis orígenes. Hay un momento en que algo empieza a no calzar y ahí nace una escritura nueva con una pulsión distinta. El año 2014 me fui a vivir a una comunidad un tiempo y desde ahí cambió una perspectiva entera. Participar de un primer nguillatun, estar haciendo txawun en comunidades, estar en la lucha de los presos y las presas políticas mapuche. Ya no puedes volver a una forma antigua de escritura cuando todo eso te va marcando la vida y te das cuenta de las urgencias políticas que hay. A pesar de que no me reconozco en un espacio panfletario de la escritura, hay una experiencia que está trazada por ese gesto, por esa crisis de identidad, de búsqueda, de volver.

—Y pensando en poetas como Jaime Huenun, Elicura Chihuailaf, Faumelisa Manquepillan, Roxana Miranda Rupailaf, Eliana Pulquillanca y David Aniñir, por nombrar a algunos que han permitido visibilizar la poesía mapuche. ¿Piensas que se han abierto espacios?, ¿cómo ves eso desde la perspectiva de lo que han sido los últimos años?

Creo que justamente esos nombres han abierto un espacio de literatura mapuche. Son personas que están constantemente trabajando en la recuperación. La mapuchada, como le decimos con cariño, se conoce en una comunidad solidaria. No solamente nos conocemos músicos, escritores, artistas, sino también gente que está haciendo trabajo político. En una de esas comunidades conocí a la Eliana Pulquillanca y al David también lo conocí por solidaridad, por los presos y presas políticas. Al Jaime Huenun también, sobre todo a los warriache. Los que habitamos la ciudad nos empezamos a reconocer. Yo creo que ellos son los primeros que empiezan a transformar una perspectiva, porque siempre se escribió de lo mapuche, pero no desde poetas mapuche, que es muy distinto. Tomar la voz tiene una resignificación en esa justicia por la voz. En la escritura hay algo que me mueve más a pensar en una especie de escritura champurriada. Es algo que venimos trabajando con mi colectivo hace un rato: la posibilidad de potencia común que tiene lo champurria, de no ser totalmente identitario o esencialista, que a veces puede jugar en contra. Ahora hay muchos estudios con respecto a la escritura indígena. Muchos suelen tener una mirada etnográfica, donde se sigue viendo a los cuerpos indígenas como algo que estudiar y no se considera que ellos mismos puedan tener voz. Creo que es importante tomar la trinchera de escribir sobre nosotros y recolectar nuestras memorias.

—Con respecto a lo que dices, se podría decir que la poesía mapuche desde los 90´ ha estado inclinada más hacia los hombres, a pesar de que hay escritoras. ¿Estás de acuerdo con esta idea? y si es así, ¿por qué crees que sucede?

—Yo creo que es transversal. No solamente en la poesía, sino en el pensamiento, en el arte en general dentro del pueblo mapuche. Siento que en los 90´se abre esto más fuerte, sobre todo por el premio que ganó Leonel Lienlaf –Premio Municipal de Literatura de Santiago- en 1990, donde se hace visible una poesía que no estaba.  Y bueno, Elicura y Huenun, que son los grandes hombres de la poesía en ese momento. Hay que pensar que también hay una literatura muy importante que se refiere al ülkantun (cantos), que son parte cotidiana del mundo mapuche. Nosotras ahora escribimos, pero el canto o los lamentos es algo que ha estado desde las machis, desde las mujeres que hacían el witral (telar) cuando tejían o cocinaban. Es parte esencial de entender algo mucho más allá, una mirada poética. Entonces con respecto a las mujeres, sí, hay una invisibilización, pero se ha ido transformando. Hay una parte muy fuerte que tiene que ver con una lucha política de las mujeres, sobre todo en los últimos años. Ellas han puesto un estándar distinto. Por ejemplo está la Maribel Mora Curriao que hizo una antología con los lamentos de las machi, que son muy antiguos. Desde las crónicas del 1600 estaban esos cantos. Ahora figuras como Eliana Pulquillanca tienen todo el trazo warriache de la migración, pero también de ser nana y ser escritora. Está la Adriana Pinda, la Liliana Ancalao, la María Huenuñir. Siento que hay algo que se está potenciando desde una lucha política de establecer a las mujeres mapuche como mujeres fuertes de un pueblo. Las generaciones posteriores a los 90´permitieron que no solo la literatura emergiera, sino que también las mujeres fueran empoderándose de su rol de escritoras.

—Eso es muy interesante. Bueno, tú has dicho en varias ocasiones que te sientes feminista.  A la hora de llevarlo al papel, ¿cómo vinculas esta posición ideológica con la escritura?

Es un poco complicado responder eso, porque desde el feminismo estoy empezando a ver esa posibilidad con mis compañeras del colectivo Rangiñtulewfü (entre ríos). Para nosotras el feminismo desde una perspectiva mapuche siempre ha sido una pregunta, una posibilidad más que una afirmación.  Nuestro nombre da cuenta de un proceso que no tiene un estancamiento ni un esencialismo. No solamente somos mujeres en el colectivo, sino que también hay otros tránsitos identitarios mapuche que no son reconocidos en una categoría heteronormativa. Esos otros cuerpos han existido, pero se han invisibilizado por las historias hegemónicas de reconocer el complemento hombre-mujer como la cosmovisión espiritual mapuche. Están estos otros cuerpos como las machis weye o están los alka zomo que son mujeres masculinas. Las primeras crónicas que cuentan de eso son de Cautiverio Feliz” de Pineda. Lo escribe como criollo, con esta mirada occidental y cristiana. Y claro, cuando ve a alguien masculino que se estaba travistiendo en el ritual para ser machi weye, lo ve como algo totalmente bárbaro, salvaje, sodomita. Hay una cuestión que se repite en la colonización latinoamericana en hartos pueblos indígenas con respecto a los cuerpos que no son totalmente masculinos o femeninos, sino que se trata de un tránsito diferente. Estamos investigando otros tránsitos que no necesariamente están en la historia. Entonces, en cuanto a ser feminista con la escritura, también tengo todo un rollo con una escritura académica. Hay otras cosas que las escribo ahí. No sé si necesariamente tienen que estar en mi poesía o en mi narrativa.

—Claro, no es un deber ser. También hay un cuidado de no caer en el panfleto.

—Sí, porque es reductivo. Te posiciona fácilmente en ciertas categorías. Ahora estoy pensando más la cuestión, pero desde cuerpos que han pasado por distintas opresiones. Porque también el feminismo que a mí me hace sentido es un feminismo interseccional, decolonial, no un feminismo huinca o blanco. No solamente estoy pensando en el patriarcado como mi opresión, porque también vivimos en un territorio. Siento que  ciertos feminismos en Chile redundan bajo las lógicas del patriarcado y no son capaces de ver otras opresiones. Por ejemplo, la del pueblo mapuche, u otras comunidades indígenas que están sufriendo los daños de las empresas extractivistas. La otra vez en una marcha estaba con unas amigas repartiendo folletos sobre el proceso que está viviendo la machi Francisca Linconao. Y unas locas que estaban en la marcha no quisieron recibir los panfletos porque no se iban a ensuciar las manos por un proceso todavía abierto. Quedamos súper bloqueadas, pensar que a ellas no les interesan los términos de clase porque siempre han sido privilegiadas. No les interesa ahondar en términos de raza porque siempre han estado en una posición desde lo blanco. Creo que ese tipo de feminismos son dañinos porque finalmente reproducen un discurso vacío.

—Bueno y respecto a lo que está pasando en la zona de la Araucanía, cada cierto tiempo se habla de terrorismo, sobretodo en sectores políticos de derecha. ¿Qué opinas tú de la complejidad de la situación que se está viviendo?

—Ahora somos terroristas, pero siempre hemos tenido categorías peyorativas desde los huincas. En la colonización primera fuimos los que no teníamos alma, después fuimos los borrachos o los flojos y ahora somos terroristas. Hay que comprender que los dispositivos de control tienen estas armas espectaculares para hablar de los pueblos indígenas y de los pueblos que se levantan como reivindicativos. Muy pocas veces se habla de cosas más profundas, se nos cataloga fácilmente y es algo que la gente reproduce, siendo muy dañino. Con respecto a lo complicado que está pasando en Wallmapu, lo peor es que es una guerra desigual. Nosotros no somos los que tenemos las armas ni tenemos el contingente policial. Es un lugar que está militarizado, donde hay zonas que no se pueden transitar y donde drones y helicópteros circulan siempre. Es muy diferente ver un paco en Santiago que ver un paco en Wallmapu, que parece destinado a la guerra. Creo que los que tienen mucho que perder son nuestros niños y niñas, son los pichikeche, todo su imaginario de infancia tiene que ver con esta violencia. Aquí hay algo que nadie ha querido resolver y las comunidades están intentando defenderse con lo que pueden. Hay una recuperación de tierras que están haciendo a pulso, incluso con mucha resistencia y mucho newen. Podría haber una posible respuesta si se pensara en un Estado plurinacional donde se reconozca nuestro pueblo y les importemos con nuestros derechos, nuestras formas de organización. Pero les interesamos para otras cosas, para folclorizarnos cuando les conviene. Es un conflicto que no han querido resolver y que lamentablemente va a seguir fortaleciéndose.  Por otra parte, si bien el tema del conflicto es desolador, hay un porvenir que se está haciendo desde distintas trincheras. No necesariamente todos están poniendo el cuerpo en la recuperación de las tierras, sino que también están recuperando la lengua o trabajando con niños y niñas, fortaleciendo las comunidades.

—Ya por último respecto a Guerra Florida, el libro que pronto vas a publicar, ¿qué temas aborda? ¿sigue en la misma línea de lo que has publicado o es distinto?

Guerra Florida sale este año, hace muy poco terminé de pulirlo. Yo no quise que saliera antes porque quería que Río Herido tuviera su proceso. Siento que las palabras tienen que macerar, esperarse a ellas mismas, encontrar su voz. Este próximo libro es súper diferente a lo que es Río Herido en el lenguaje. Es más excesivo y juega con la idea de la guerra de las imágenes. Tiene un aspecto muy barroco, de un desborde del lenguaje. Hay un imaginario de guerra, de lo apocalíptico, de lo desgarrador. Se llama Guerra Florida porque pensé en una guerra latinoamericana, indígena. Es un libro que podría leerse de manera narrativa de principio a fin. Comienza con una gestación donde todavía llegan las imágenes de los colonos. Hay un momento donde está todo tranquilo y empieza una cadencia de batalla. Lo interesante de este libro es que está siendo trabajado al mapudungun por un amigo que se llama Arturo Ahumada. En el fondo es un imaginario de cómo existe una nueva colonización.