Raúl Ruiz no fue complaciente con Chile. En sus palabaras, “este país es intragable”. Sin embargo, nunca dejó de soprenderse de los chilenos, a quienes consideraba un misterio. Algunas de las características que identificó del pueblo chileno: el lenguaje, el sentido del humor y la melancolía. Este artículo compila algunas opiniones del cineasta chileno sobre nuestro país, extraídas del libro de entrevistas Ruiz (UDP), editado por Bruno Cuneo.

Siendo chileno no me gusta nada de lo chileno. Tengo derecho a criticar porque para eso sirve ser chileno. Ahora, que no me guste no significa que no me guste (Pág. 201).

Los chilenos, incluso en tiempos corrientes, son un pueblo al que le cuesta aceptar las situaciones serias; se burlan de ellos mismos para evitar que lo hagan los demás (Pág. 83).

Otro aspecto cultural de Chile, que también me pertenece, es la relación casi volteriana que tenemos con lo fantástico. Lo fantástico está ahí, ocurren cosas chocantes pero, por decirlo de algún modo, nosotros no creemos en ellas o al menos lo hacemos con alguna distancia, sin dejar que nos asombren (Pág. 123).

Chile se va desdibujando cada vez más. El hecho de que sea el país de América Latina de mayor eficacia capitalista, implica que es el país más abstracto y, por lo tanto, el más inexistente, si cabe emplear ese término. El otro día vi a unos amigos en el barrio Bellavista y, claro, eso ya es otra cosa. Uno de ellos me decía que lo único que se puede hacer en este país es comprarse un auto nuevo de vez en cuando (Pág. 175).

Lo que me gusta de Chile es esa manera tan especial que tenemos de hablar los chilenos y que muchos creen que viene de los años de la dictadura, pero yo sé, porque viví aquí, que antes de eso también era así. El hecho de que los chilenos a veces son capaces de hablar sin usar ni verbo ni sujeto, o usan los verbos y el sujeto desplazado, lo que hace que hablen horas y no se sabe de qué. (…) Esa manera incierta de hablar, que hace que todos los chilenos hablen como en las obras de Samuel Beckett, es interesante (…) Todo chileno habla exclusivamente entre comillas. Es alguien que pone la retórica antes que la realidad (…) Chile fabrica una forma muy curiosa de lenguaje artificial en el que la entonación tiene casi tanta importancia como las palabras que se emiten (…) Más que el acento es la sintaxis rara. Se empieza una frase y se termina con puntos suspensivos, se empieza otra y otra y lo que pasa es que la gente está hablando con tres discursos paralelos, y pasan de uno a otro como en una fuga de Bach y no dicen nada. Y, entremedio de todo esto, dicen contradicciones y constantemente están metiendo chistes que lo anulan todo” (Pág. 201-202).

Ahora en Chile se piensa que la sustitución es en sí progreso, que todo cambio implica ya progreso. Y así nos encontramos con que ese viejo chiste sobre aquel caballero que cambia a su mujer de 50 años por dos de 25 se ha transformado en una práctica cotidiana (Pág. 178).

Insistir en ser chileno es como insistir en estar resfriado, pero aun así es un país que existe e insiste (Pág. 189).

(Chile es) un misterio y una paradoja: por qué, mientras más pobre, más elegante. Uno va a hablar con los huasos y es como estar en Versalles, subes de nivel social y te encuentras, en el mejor de los casos, con The Clinic, es decir, el caballero arrotado, que es una actitud voluntaria. Ese es un misterio: que la elegancia, un concepto burgués, sea monopolio de los pobres es una realidad extraña. Hablo de los pobres rurales, no los de Santiago por supuesto. Por ejemplo, el campesino en Chile usa la palabra gruesa, el garabato, solamente cuando está enojado y no por principio, lo que es una cosa extraña, que no ocurre en muchas partes del mundo” (Pág. 190).

La deshonestidad está convertida en la virtud suprema. Ser deshonesto es la única manera de ser chileno. En ese sentido, es cierto lo que decía un poeta, que “Chile es la Esparta de América Latina”: todos ladrones, y orgullosos de serlo (Pág. 188).

Admiro de mis compatriotas su capacidad para decir disparates, para bromear todo la noche o varios días seguidos, por puro deporte. Es la manera chilena de filosofar. Se juega con las palabras por puro gusto, se le da vuelta a un problema en todos los sentidos para festinarlo. La poesía popular no hace otra cosa, y como yo soy de origen campesino, y criado con cuentos, esta ebriedad de palabras me apasiona (Pág. 203).

Chile es muy difícil de asir porque es metamórfico. Posee una cultura sin núcleo duro; es decir, una cultura totalmente disponible, que un día va en un sentido y mañana, en otro. Los compañeros de mi último viaje a Chile abandonaron muy prontamente los museos para deambular por las calles a la siga de peatones de comportamiento extraño: por la vereda nadie camina en línea recta (…) Mis compatriotas son incapaces de planificar un día, de administrar el tiempo. Por eso hay tantos poetas y tan pocos novelistas. Los chilenos nos están acostumbrados a salir de sí mismos (Pág. 204).

El sentido del humor y la melancolía son propios de lo chileno. Muchas películas del cine chileno tienen en común que son melancólicas. No hay razón para estar tristes, la tristeza es parte de la vida, del flujo vital. Ese es el contacto nuestro con los portugueses. La saudade, algunos dicen que es un sentimiento alegre, una especie de satisfacción de la tristeza (Pág. 206).

Uno de los roles más importante del artista chileno es quizás producir signos con los cuales toda una tribu se identifique. No me refiero a signos de identidad exteriores, como la bandera, el himno nacional o el Chino Ríos, sino a otros más profundos, que le dan a la gente la convicción de que está viviendo en un lugar del mundo y no en otro. Pero eso se murió hace mucho tiempo en Chile y no creo que vaya a existir nunca más (Pág. 180).

Chile es un país donde el elemento motor de toda emocionalidad es la vergüenza ajena, un país que no puede tomarse en serio en la Historia, porque no es un país serio. Lo que, por lo demás, no tiene ninguna importancia. Chile no es ni será jamás un gran país y eso a mí me parece fantástico (Pág. 203).

Detalle de “El Jardín de las Delicias”, de Hieronymus Bosch

Aquí todo el mundo está convencido de que los chilenos son intercambiables porque son iguales. Y los chilenos no somos iguales: somos parecidos. Hace dos días estaba buscando metáforas, imágenes, para definir la sensación que me produce Chile ahora. Por ejemplo, un amigo me contaba que, una vez, en una fiesta, quería sacar a bailar a una niña que le gustaba, pero tenía un poco de miedo. Y cuando la fue a sacar, en la mitad del camino se desvió y sacó a bailar a la hermana, que no le gustaba, y como ya estaba en eso, se le declaró y siguió adelante. Y otra imagen, ya más apocalíptica, me vino mirando El Hijo Pródigo, de Hyeronimus Bosch (probablemente, Ruiz se refiere a “El Jardín de las Delicias”), un cuadro donde el hijo pródigo está representado por alguien a quien literalmente lo hicieron huevo de pato. El hijo pródigo tiene patas de pato, el huevo está quebrado y hay una escalera que sube hacia el huevo, por la cual va trepando un hombre desnudo atravesado por una lanza o una flecha, y dentro del huevo hay una taberna, un bar, donde la gente está tomando cerveza. Después tú te enteras de que esa taberna, en la tradición flamenca, es el lugar donde los condenados al infierno pasan a tomarse la última cerveza, y al pensar en eso, me dije: “Eso es Chile”. Ésta es la taberna donde pasamos antes de irnos al infierno de una vez por todas (Pág. 176).

 

 

Ruiz
Entrevistas escogidas – filmografía comentada
Selección, edición y prólogo de Bruno Cuneo
Ediciones UDP