Autor de la celebrada novela Nieve, perro, pie, publicada en Chile por Edicola, el escritor italiano vuelve a los ambientes montañeses en su nueva novela, Le pietre, en la que el tono irónico se diferencia del más bien trágico del libro anterior. En ambas novelas el paisaje duro de las alturas rodea y afecta a los seres que lo habitan.

Quienes suben a las montañas, dice el escritor de viajes Robert Macfarlane, están medio enamorados de sí mismos y medio enamorados del olvido. Algunos de los personajes del escritor italiano Claudio Morandini no es que suban montañas sino que viven en ellas y más que estar enamorados parecen odiarse a sí mismos (también eventualmente a sus vecinos), pero es cierto que el olvido está siempre acechando en sus vidas.

Morandini es autor de libros muy variados, como si no quisiera repetirse nunca y por los que ha ganado premios prestigiados. El rudo paisaje de las montañas, sin embargo, se ha apoderado de sus dos últimas novelas.

Nieve, perro, pie (2015, traducida en Chile en 2017) es la historia de un viejo misántropo. Algo anda mal en su cabeza: casi no distingue sueño y realidad, tiene vacíos permanentes en su memoria, no se ha lavado en años (cree que la higiene lo debilita), desconfía de todos y prefiere vivir aislado en un refugio de la montaña, donde satisface sus necesidades elementales de manera también elemental. Pero se topa con un perro, que lo sigue, y con el que cree hablar… Es su única compañía. Los años pasan indistintos, marcados por la alternancia de las estaciones, hasta que en un deshielo primaveral, en su primera salida a buscar animales atrapados por la avalancha para comerlos antes de que se pudran, descubre un pie humano entre los restos de un alud…

En la última novela de Morandini, Le Pietre, el tono predominante es irónico. Allí un narrador, que a menudo habla en nombre de la comunidad, cuenta cómo comenzó y las consecuencias de un fenómeno inexplicable: la progresiva proliferación y animación de miles de piedras en una localidad. Las piedras entran en las casas (al principio, en la sala de estar de un par de profesores), luego en los jardines, en la sopa, en las pesadillas y en las mentes de los habitantes del pueblo, a veces golpeándolos, así como a los que visitan el lugar, como un sacerdote que llega para dar la bendición, una cantidad de magos y “expertos” que vienen para tratar de explicar el fenómeno o los curiosos.

—En “Nieve, perro, pie”, el protagonista es un ermitaño algo salvaje. No parece un buen modelo a seguir con su aislamiento y su compleja relación con la naturaleza. Sin embargo, genera simpatía. ¿Por qué?

—¡Quién sabe! Cuando imaginé a Adelmo Farandola, estaba buscando una figura que estuviera lejos de mí y de la experiencia de cada lector. El resultado fue un personaje primitivo y bárbaro, que se ha olvidado de la civilización, desagradable. Sin embargo, su deseo de aislamiento en un valle fuera del tiempo y los raros e inesperados momentos de ternura lo hicieron simpatizar inmediatamente con aquellos lectores que se sienten oprimidos por las distorsiones de la civilización contemporánea, y su fuga solitaria, animalesca, fue interpretada como una búsqueda de algo, de una nueva dimensión, de una sintonía con la naturaleza, de una vida distinta… Digamos que siempre hay algo que se escapa en él, que no se deja interpretar, que suena contradictorio, que se abre a interpretaciones contrastantes. Sigo sintiendo a Adelmo Farandola como un personaje que me mantiene a distancia y me obliga a seguirlo de lejos u oculto. He querido respetar el misterio de este personaje y relatar la imposibilidad de revelar su complejidad hasta el final.

Cuando imaginé a Adelmo Farandola, estaba buscando una figura que estuviera lejos de mí y de la experiencia de cada lector. El resultado fue un personaje primitivo y bárbaro

—La compañía del perro es su mayor signo de humanidad …

—Es cierto que el viejo perro lleva, paradójicamente, un poco de civilización y de humanidad a la vida bárbára de Adelmo: el perro es un buen conversador, tiene un cierto sentido del humor, conserva el recuerdo de sus experiencias pasadas, obliga a Adelmo a redescubrir en sí mismo signos de humanidad, lo invita a gestos de solidaridad, a reencontrar el gusto de la compañía, a mirar las cosas con dos pares de ojos. No importa si el hablar del perro es fruto de las alucinaciones de Adelmo o si es parte de la naturaleza de fábula del animal. El efecto beneficioso de la compañía del perro durará un par de estaciones, no más, pero durante un tiempo parece transformar al viejo ermitaño loco en algo diferente, más “humano”.

—En “Historia de esta historia”, al final del libro, el narrador recuerda un encuentro con el personaje. ¿Eso ocurrió o es parte de la ficción?

—Ese episodio no sucedió en realidad. Las últimas páginas del libro quieren razonar en torno a la voz de quien ha contado la historia de Adelmo Farandola, pero al mismo tiempo no renunciarn al placer de la invención y continúan el juego de la narración. Con esas páginas también quería construir una especie de “cámara de descompresión” a la cual invitar al lector a quedarse un poco antes de volver a emerger de las profundidades a las que nos había conducido la locura cada vez más alucinada de Adelmo. En resumen, el episodio no es cierto, pero es de todos modos verosímil, como me lo han confirmado diversos lectores que de verdad han experimentado la experiencia de un encuentro con un viejo de montaña de mal carácter.

—También dice que usted es un hombre de la llanura que ha aceptado el desafío de escribir una obra de montaña. En su nueva novela “Le pietre” retorna a las alturas. ¿De dónde viene su interés por las montañas?

—Vivo en Aosta, una pequeña ciudad rodeada por los Alpes, y cuando digo que me siento un “hombre de llanura” quiero decir que “padezco” las montañas y siempre he vivido con molestia la retórica sobre la montaña, hasta el punto que antes la he mantenido siempre lejos de mis horizontes narrativos. Con Nieve, perro, pie, que es mi sexta novela, he aceptado hacer frente a la montaña, narrándola a mi modo, explorándola como si fuese un planeta desconocido, un ambiente hostil y feo, inestable y cambiante, que no tiene nada de arcádico, de complaciente, que parece estar gobernado por una locura incomprensible y que vuelve locos a las comunidades que alberga. La montaña nunca se entrega del todo, contarla “desde dentro” es imposible, es un engaño, al menos para mí: no creo que escribiría mejor sobre la montaña si me convirtiera en un hombre de montaña, como han hecho otros autores de manera convincente. En las montañas prefiero vagar y perderme como forastero, con circunspección, incluso con incomodidad, con sospecha, porque algo de ellas siempre escapará a nuestra capacidad de interpretar o se rebelará contra nuestro gusto estético.

La montaña nunca se entrega del todo, contarla “desde dentro” es imposible, es un engaño, al menos para mí

—Las piedras, que ya habían aparecido de manera importante en “Nieve, perro, pie”, en este nuevo libro se mueven solas, como una verdadera revolución mineral.

—El entorno en el que se movía Adelmo ya se caracterizaba por la presencia opresiva de las piedras y las rocas, y no se parecía para nada a las imágenes de postal de los valles montañosos más turísticos. El verdadero paisaje de montaña está hecho de piedras, y todavía cuenta la lucha de las comunidades alpinas para desgarrar porciones de pastoreo desde las rocas y las piedras. La idea de la convivencia imposible entre los habitantes del pueblo de Sostigno y la “comunidad” de las piedras que habitan en el mismo valle simplemente me llegó al observar los rastros de esta relación ancestral en el paisaje. Como en Nieve, perro, pie, también en Le pietre la naturaleza toma la iniciativa, dicta sus condiciones, exige atención, comunica ruidosamente algo: simplemente es imposible entender qué.

—Hay cosas parecidas en las dos novelas, pero también muchas diferencias: “Le pietre” tiene muchos personajes, un narrador que a veces adopta una voz colectiva.

—Por fortuna, hay infinitas maneras de contar la montaña. Después de la voz particular de Nieve, perro, pie, en Le pietre traté de reproducir una polifonía de voces, la de quien era niño en la época de las primeras piedras semovientes en la casa de los Saponara y luego se hizo adulto y vio el multiplicarse del mundo mineral. Son voces diversas, que se mezclan como en las noches de invierno cuando las comunidades de los pueblos de montaña pasan el tiempo contando, recordando e inventando.

El valle de Adelmo Farandola no está lejos del valle donde ocurren los hechos contados en Le pietre, las dos novelas esconden referencias mutuas. Cada novela constituye la observación de una parte de un territorio más vasto, que estoy explorando poco a poco.

Necesitamos mirar alrededor con curiosidad y desencanto, alargar la mirada hacia lo que escapa de la atención, hacia las rarezas

—También aparece un humor irónico más marcado. ¿Le gusta ese registro?

—Me gusta mucho, no podría estar sin él. Es el registro del realismo escrupuloso y la mirada desapegada, atento a todo y dispuesto a poner todo en discusión, confiado en la inteligencia del lector o del oyente. Es una pena que muchos autores de historias de montaña sean demasiado “serios”, demasiado solemnes. Necesitamos mirar alrededor con curiosidad y desencanto, alargar la mirada hacia lo que escapa de la atención, hacia las rarezas, las debilidades, los errores y los malentendidos, no tener miedo de abandonar ciertas convenciones sociales o literarias, no contentarse con las explicaciones más cómodas, no dar ya más respuestas definitivas y presuntuosas. Esto es el humor, para mí.