Fotografías por Matías Gallardo

“Disculpa”, es lo primero que me dice Diego Alfaro Palma, un poco atareado, vía correo electrónico desde Chiloé, donde estuvo de vacaciones, para luego, en un frenesí estival, volver a Limache, para partir finalmente a Buenos Aires, el pasado 16 de febrero. La vida es una vorágine para este joven poeta quien con solo 32 años obtuvo el Premio Municipal de Poesía (2015), el mismo galardón que alcanzaran figuras como Pablo Neruda o Raúl Zurita.

 

—¿Cuál fue la primera aproximación que recuerdes al mundo de la poesía y los libros?
—La poesía nunca me interesó. La verdad es que la miraba bien de lejos y hasta los quince no sabía muy bien de qué se trataba. Mi mamá y mi abuelo eran los surtidores de libros, sobre todo en los cumpleaños. En la casa de mi abuelo en Limache habían varias enciclopedias que me encantaba revisar: una en especial, sobre la historia de los inventos. Mi mamá, por su lado, me leía versiones de los cuentos clásicos, una edición del Quijote para niños que aún está y un par de enciclopedia sobre animales. No es que tuviera muchos libros, pero los leía y releía. La poesía quizás llegó más por las que mi mamá escribía en un cuaderno y después me recitaba antes de dormir; a ella le gustaba José Martí, a mi abuelo Gabriela Mistral y un poema maravilloso titulado “El lago” de Lamartine que dice: “El hombre no tiene puerto; el tiempo no tiene orilla”.

 

—Diego, tu padre es marino mercante, ¿crees que existe alguna influencia de eso en tu proceso escritural?
—Es raro, pero el primer libro que escribí, era una cartulina verde doblada y corcheteada, sobre la vida y viajes de Cristóbal Colón. Debo haber tenido 7 u 8 años. Obviamente que es una influencia grande, porque cada vez que nos vemos hay una historia que contar: al revés de muchos chilenos, mi tradición oral viene por mi padre y la escrita por mi mamá. Yo navegué bastante de niño y adolescente, atravesé el Mar de los Sargazos, los Canales del Sur, el Golfo de México y el Estrecho de Magallanes. Vi cachalotes, una ballena azul con su cría, tortugas, peces voladores. Ese conocimiento marino de ubicarse en un mapa, de conocer las constelaciones, incluso eso de sentir el viento golpear en la cara, con las manos llenas de grasa y óxido es un imaginario que llevo muy adentro. Recién vengo llegando de viajar por Chiloé y en cada barcaza que me subía sentía algo que me conmovía, como que quería el viaje no terminara nunca y que el capitán se olvidara de la orilla y nos fuéramos bien lejos mar adentro.

 

—¿Cuál es la banda sonora a la que recurres para escribir?
—Cada etapa de la vida es una película distinta, así que las bandas sonoras son muchas. Peor si uno es melómano y toca algún instrumento, en mi caso la batería y la percusión. Creo que para Paseantes la línea iba mucho por el lado de Bob Dylan, Nick Drake, Jeff Buckley o Joy Division. Para Tordo fue más la psicodelia americana, el krautrock alemán y el postpunk; en cierta forma buscaba crear poemas largos, de un único flujo compuesto con distintas capas de sonido. En ese momento apareció un libro que me ayudó mucho para entender la acusmática, es decir, todo aquel sonido que no posee una fuente identificable y por tanto es fantasmal: Resonancia Siniestra de David Toop.

 

—Aparte de poeta, fuiste docente, eres editor, traductor y librero, ¿existe sincronía entre estas facetas?
—No creo que haya un poeta de mi generación que no tenga estas u otras facetas. No creo que en la historia de la poesía en Chile haya existido algo así como “el poeta único”, alguien que sólo se dedicara a sentar cabeza en el escritorio. Para dedicarse a esto uno explora todas las dimensiones de la producción literaria; en sí, el poeta en Chile es el ser menos especializado de la galaxia laboral, pero el que mejor conoce la materia de su trabajo. Todos somos editores, profesores, editores, gestores culturales, distribuidores, libreros, bibliotecarios, traductores, talleristas, etc. Y muchos además se dedican a la política. Eso te da una mirada más amplia de tu contexto, de cómo se mueven los libros, a quiénes llegan y sobre todo a quienes no. Esa mirada del poeta como un tonto solemne que solo escribe versos me parece patética. Y hay un par que todavía se la cree.

 

—Tu poesía es un ejercicio variopinto, desde la contingencia hasta la descripción de animales, ¿cómo surgen aquellos insumos para la construcción de tus textos?
—Quizás eso se da más por hábitos que uno establece en el día a día. Leo bastante las noticias, ensayos sobre la contingencia y sobre el tema medioambiental, que es un tema que me preocupa bastante. Después uno sale a la calle, escucha lo que dice la gente, anota, los mira, a veces conversa. En la micro uno lee a otros poetas. En el trabajo también lee, piensa, le da vueltas. Escucha música. Las imágenes se empiezan a mezclar: la guerra en Siria, las ballenas varadas en la Patagonia, una expresión que oyó, una atmósfera que a uno le interesó. ¿Cómo se mezcla eso con lo que estoy viviendo, con lo que siento y me cuesta decir? Uno lee más, investiga, se escucha a sí mismo, conversa. Los poemas van apareciendo como una suma de recortes, es un multimedia procesado en palabras, pero sin mayores efectos especiales: y en esa mezcla no se puede mentir, no se pueden falsear los documentos, el lugar desde donde uno escribe.

 

—Alguna vez dijiste que “el poeta tiene que ser un Dj que mezcla distintos elementos de la cultura”, ¿podrías definir tu escritura como un modelo para armar, parafraseando a Julio Cortázar?
Claro, es justamente lo que decía antes. Es un modelo para armar y quizás tal vez por eso no es una poesía muy fácil de leer, pero tampoco es que sea tan engorroso como un catálogo de artes visuales o una notificación judicial. El poeta es el Dj que está parado en la tarima, ajustando un sonido con otro, un sentido con su contraparte. Cuando pienso en el Dj me imagino a Víctor López bailando (es un gran bailarín) y haciendo sus poemas en pequeñas hojitas que luego va juntando. Cuando trabajé con él siempre me iba encontrando esa hojas amarillas, post-it creo o el pedazo de atrás de una devolución de libros. A veces lo hemos dicho, que su libro Erosión es hermano de Tordo, nacen en el mismo momento y con ideas parecidas, al menos sobre la poesía, el contexto y esa experiencia del montaje, el documental, la mixtura entre la emoción y el desarrollo de una tecnología de la palabra.

 

— ¿Cuál es la influencia de autores como Enrique Lihn en tu escritura, en particular, en “Tordo”?
—Me acuerdo que en la universidad había un compañero que le copiaba el estilo a Borges para escribir los trabajos y ensayos que nos pedían. Nos metió a todos en el baile, así que siempre citábamos a Borges y le copiábamos los giros. Para los profesores tiene que haber sido algo infernal, pero para nosotros fue la mejor escuela. Lo mismo pasaba en poesía; nos juntábamos después de clases a leer a Lihn y cada uno, seguramente, llegaba a su casa a imitarlo. Después salían organismos informes, pero que parecían tener esa tonalidad tan Lihn, esa solemnidad ironizada, esa tensión de formas distintas. Llegué tarde a Lihn, primero para mí fue Teillier, pero mudarme a Santiago me hizo entenderlo mejor y me dediqué a buscar los restos de su naufragio. Hace 15 años era difícil encontrar un libro de él que no fuera la antología de Eduardo Llanos. En la universidad varios profesores lo habían conocido desde Pedro Lastra al mismo Llanos. Así que hice mi tesis sobre Lihn, sobre el tema del compromiso político en el periodo que va de La pieza oscura a la Musiquilla de las pobres esferas, una revisión a su poesía, sus ensayos y entrevistas. Ahora que lo pienso fue un delirio, meses en la Biblioteca Nacional leyendo toda la teoría marxista que él leyó. Alucinante. Una serie de autores como Ernst Fischer que hoy están medios desaparecidos, pero que para su formación como escritor fueron fundamentales.

 

—¿Hay sobrevivencia en este mundo tan violento y enrarecido, donde todo se sucede vertiginosamente, para lo que representa el “Tordo”?
—Hay sobrevivencia. Ya Albert Camus decía que el valor más alto en tiempos violentos y enrarecidos es la amistad. Esa es la expresión mayor de la conciencia de la libertad y del ejercicio de esta. Es pura gratuidad. Bakunin decía que logrando un individuo libre se puede lograr una sociedad libre, libre ante todo del miedo. Y el tordo puede ser interpretado de distintas formas en el libro, pero para mí una de sus aristas es la del hombre común, alienado que conquista la consciencia de sí, liberándose de sus ataduras de clase y de sus prejuicios ideológicos, que entra en un espacio de sinceridad sobre su biografía oscura, su lengua y el lugar donde nació. Hacerse cargo de eso es tomar el camino más largo y abrupto. El tordo para los mapuches era un ave protectora de la comunidad, todo artista lo es, todo ser atento a su entorno y a sí mismo lo es: un guardián de la tierra y la palabra. Eso no quiere decir que también destruya su comunidad cuando esta se enferma de fascismo.

 

 

—A propósito del centralismo en nuestro país, donde todo pareciera partir y terminar en Santiago, ¿qué significa escribir no solo desde Limache, sino desde Buenos Aires? Al respecto, ¿crees que existe una revalorización de los poetas que no escriben desde y para Santiago?
—Hoy por hoy, para disgusto de los santiaguinos, todo recae en Limache. Es el centro de una gran discusión sobre el planteo político que está haciendo el Estado sobre el uso y desuso de los recursos naturales. La instalación de una termoeléctrica en la zona, sin consulta ciudadana anterior, y los nefastos resultados que va a traer a una reconocida área agrícola y de importante biodiversidad son devastadores. Digo Limache, porque es uno de los sitios en donde esto está pasando, uno de tantos pueblos pequeños. Chile hoy se plantea desde Santiago ignorando el valor de cada uno de esos pueblos del interior intervenidos a partir de la ignorancia del centralismo. En ese sentido el Estado de Chile y sus políticas en favor de la gran industria son las de un absolutismo y totalitarismo feroz que creo sólo se puede aplacar como se aplacaron otros momentos absolutistas y totalitarios: con la cabeza de los líderes. No sé si la guillotina es lo mejor, pero la interpelación directa sí. Y eso ha estado haciendo mucha poesía desde los márgenes del país (porque escribir desde regiones o desde el exterior es una condición real de marginalidad y no una impostura intelectual). Es cosa de ver el trabajo de poetas como Felipe Moncada que ha reflexionado sobre esa poética de la ruralidad y de los oficios campesinos. Te lo puedo decir: Chile es más que la Avenida Providencia, es una verdadera minga mental: somos más conocidos afuera por nuestra poesía y nuestros grandes artistas que por nuestras ínfulas de ser tecnócratas 24 horas al día.

 

—¿Crees que la poesía sigue siendo (si ha sido alguna vez) algo así como un pacto de confianza más íntimo, entre un poeta y el lector, considerando el panorama lector en nuestro país?
—Siempre lo ha sido, no tengo dudas. Aunque hoy por hoy tengo la extraña certeza de que los más jóvenes leen más poesía o al menos están más cerca de ella. Hay un interés genuino en ella que quizás se deba por su incorruptible manera de ver y pensar el mundo, mientras todo el mundo es capitalizable o se construye como rebelde de escritorio. La poesía pareciera ser la verdadera resistencia contra un mundo que recicla poco y desecha mucho. Yo mismo veo esa actitud en gente como Elvira Hernández, el norteamericano Charles Wright o Seamus Heaney, poetas quitados de bulla, que siempre han tomado una posición a pesar de que ello les pueda pesar biográficamente. Son ejemplos extremos, pero ejemplos al fin que muestran que la poesía está más apegada a la tierra que lo que muchos creen y que tiene que ver con la defensa de un mundo que es pura herencia. Por lo tanto, leer poesía, entrar en esa intimidad, requiere una paciencia, un cambio de velocidad en el mundo de lo instantáneo. La poesía es el verdadero desafío humano de nuestros tiempos, porque mal que mal, nos plantea una mirada total.

 

—Hay un verso que extraje de “Tordo” y que dice “las ciudades arden y toda promesa es una revolución posible”, ¿existen las grandes promesas y las posibles revoluciones hoy en día?
—Las grandes promesas son las que le debemos a nuestros abuelos o a nuestros hijos. Dependen de si somos los suficientemente voluntariosos para cuidar lo que recibimos y lo que entregaremos. Esas promesas grandes están hechas en silencio, no necesitan grandes proclamas, son ajenas al espectáculo. Hoy por hoy defender una comunidad es una revolución, crear una comunidad también. Generar autonomía, independencia de la tecnología de consumo, reconstruir y volver a dar uso a los objetos, ser consciente de lo que se come, saber a quién uno le compra, con quien hace uno canje, defender el uso de los recursos, compartir la lectura, en todo esto hay una actitud que define una ecología de la libertad colectiva.