Hay ciudades —Santiago específicamente— a las que se desprecia con facilidad. Si podemos mirar con distancia la ciudad que construye Alfredo Gómez Morel, el Río del que se habla es una línea que fisura el orden y el proyecto higiénico de una ciudad modernizada.

El Río
Alfredo Gómez Morel
Tajamar Ediciones
2014

Hace unos meses conversaba con un amigo, quien editará este texto antes de publicarlo, acerca de la gente que detesta Santiago y sus razones. Una de las hipótesis que en esa ocasión levantamos fue que no conocían suficiente literatura que le diera sentido a la ciudad. Una ciudad puede o no ser un buen lugar para vivir, pero debe ser un lugar con carácter y eso se lo aporta la literatura que se escribe al respecto. Esta anécdota que puede ser secundaria para un lector de El Río, para mí es el eje central de su importancia.

El Río de Alfredo Gómez Morel fue publicada por primera vez en 1962. Cuando el autor murió en 1984 el libro ya tenía dieciseis ediciones. Es sin duda alguna una obra fundamental de la literatura chilena del siglo XX y que hasta esta edición de Tajamar Editores permanecía como un libro difícil, sino imposible, de encontrar en librerías.

En este lugar canónico aparecen dos lecturas que han sido evidentes: la primera es una lectura biográfica de la que es difícil desprenderse. Este libro, tal como señala Gómez Morel en la carta a la Directora del Centro de Investigaciones Criminológicas de la Universidad de Chile, Loreley Friedman, lo comenzó a escribir en la cárcel. También, en la crónica “Por qué me convertí en delincuente”, publicado originalmente en la revista Paula en el año 1971 (ambos textos incluidos en la edición de Tajamar), el autor narra varios acontecimientos de su vida que ya habían sido contados en la novela varios años antes. De esa forma iguala el mundo representado con su historia personal.

Una segunda lectura evidente es ver El Río como una novela de formación. La obra narra una secuencia temporal desde la infancia del protagonista hasta cuando ya va a cumplir dieciocho años. En ese periodo el niño se ha formado como un delincuente gracias a las decisiones que fue tomando en respuesta al entorno violento en el que se vio inmerso: una familia disfuncional, el mundo delictual y un sistema de jerarquías y abusos en el Río (el autor lo escribe con mayúscula para personificarlo, como también lo hace con la Ciudad y el Cauce). Ambas lecturas, aunque correctas, no son capaces de dar cuenta de la magnitud de El Río, una magnitud mayor que el Mapocho mismo, precisamente porque lo que se escribe de las cosas es lo que las vuelve realmente impresionantes.

Al centrarse en la formación del protagonista, la novela posterga a un segundo plano a las mujeres de la historia. Sin embargo, detrás de esta historia, estas mujeres no están inmóviles ni planas. Hay varias historias que pueden leerse con un sistema de significaciones que bien justificarían el texto si no estuviera la historia principal. La madre del protagonista, quien lo abandonó cuando era un niño y luego lo fue a recuperar, no puede evitar sentir rechazo hacia el él por ser guacho. A pesar de no poder desprenderse de ese carga cultural, sí le hace frente en su sexualidad y se permite ser infiel, desear y amar. Ella incluso protagonizará un encuentro incestuoso con su hijo.

Este niño, protagonista de la historia, es obviamente el personaje de quien más información tenemos. Además de su proceso de formación como delincuente, está el hecho de que tuvo cuatro nombres: Luis, Vicente, Toño y Alfredo. Este hecho no es puramente anecdótico, los nombres servían a los demás para clasificarlo, para reconocerlo o para incorporarlo a un sistema de significado. Para él el nombre no era algo relevante, el nombre es lo que otras personas dicen de ti. Por eso le acomoda más el apodo Toño, como le decían en el Río, porque les recordaba a otro niño. Lo mismo pasaba con el Zanahoria, uno de los líderes del grupo, que reniega del nombre que le dieron sus padres. El Río está lleno de apodos, es un sistema propio de significantes que prescinde de las denominaciones de la sociedad.

El protagonista de la novela experimenta varios encuentros homoeróticos,  sin llegar a constituirse en una identidad homosexual. En realidad, más que reflexionar sobre la identidad sexual, lo que hace es tomar el deseo homosexual como un elemento discursivo para establecer relaciones de poder. Los encuentros de este tipo aparecen en violaciones y en relaciones asimétricas de servidumbre. La homosexualidad es un elemento tabú del comportamiento de personajes al interior de la cárcel. El personaje provoca el deseo y con eso le tiende una trampa al policía que lo va a visitar de noche y termina siendo golpeado. El protagonista se permite la experimentación sexual con hombres porque a través de ella obtiene favores y en una sociedad moralista obtiene el poder de tener el secreto de quienes lo desean, ya sea un sacerdote o el policía que mencionamos anteriormente.

El Río es un espacio ordenado con códigos sociales propios. No es, como se pensaría, el espacio donde cualquier niño abandonado se puede refugiar. Algunos niños solo pueden vivir en el Cauce. El Río es el espacio apropiado para un tipo de niño que desconfía de los nuevos que pueden ser más débiles y terminar arruinando su sistema de delincuencia. El sistema es sofisticado, coexiste con el sistema de otros delincuentes, la gente de la Vega, los reducidores y las prostitutas. Con las prostitutas se relacionan esporádicamente, pero también se distancian. Por ejemplo cuando se habla de Mayita, que es una chica de las noches mapochinas, que tiene una breve aparición en la novela, se dice que a mujeres como ella el Río las protege: “Es la mujer que se prostituye ocasionalmente porque no tiene otra salida. El Río teme y desprecia a la prostituta profesional. La desprecia por su sentimiento de servidumbre y degradación” (143).

Aquí aparece nuevamente el rechazo a los poderosos y a los ricos de la ciudad. Se puede obtener beneficios de ellos, como lo hace la prostituta ocasional o el delincuente del Río que roba para comer, pero no se les otorga poder ni se les sirve. Si podemos mirar con distancia la ciudad que construye Alfredo Gómez Morel, el Río del que se habla es una línea que fisura el orden y el proyecto higiénico de una ciudad modernizada y eso le da sentido a una ciudad a la que se le desprecia con facilidad.