Fotografía por Hueders

El segundo libro de la escritora chilena Constanza Gutiérrez es, como formato, un compendio de siete cuentos que crecen de menos a más hasta culminar con un cierre eficaz, el que por supuesto en ningún pasaje de la lectura se hace evidente (y a eso se debe uno de sus grandes atractivos).

 

La ruta a seguir a través de las interacciones y vivencias desarrolladas en provincias a lo largo de Chile, experimentadas en la niñez, adolescencia y juventud de sus protagonistas, se forja en un camino que recorre diferencias y diversidades, pequeños relatos que interactúan entre sí a través de paradas en las que van quedando atrás estereotipos y prejuicios que nos consumen en la palabra escrita y hablada.

 

Expresadas con mesura y relajo, las historias que viven en Terriers evidencian conflictos transitorios importantes: la madurez, crecer, las emociones enrevesadas, disfuncionalidades familiares y sus vaivenes, muertes de cercanos, infidelidades, homosexualidad, padres ausentes, diferencias socioeconómicas, y un largo etcétera, escenarios comunes acontecidos en nuestro paradigma cultural contemporáneo (o mejor dicho, el de siempre), los que van creando tensiones sociales que nunca son excluyentes entre sí. Un entramado de tópicos que le dan riqueza a un imaginario foráneo al caos citadino y sus posibles atracciones que establecen las creaciones nacidas desde la metropolis.

 

Pese a la universalidad de los reveses y pensamientos compartidos en cada cuento, la narrativa aquí presente carece de la inmensidad esperada en la bullada generación de nuevos narradores locales; su contenido es real, pero a la vez poco profundo, algo que a lo largo del viaje termina por convencer de que es una condición secundaria, porque inevitablemente, en mayor o menor proporción, nosotros somos, en cierta medida, el propio libro. Lo anterior convive con una forzada voluntad por encontrar una voz propia para relatar rutinas fraguadas en la masculinidad/homosexualidad, las que si bien responden a un registro autoral atendible, terminan siendo poco convincentes, volviendo algunos pasajes poco genuinos, lo que sin duda le resta fuerza al proyecto general.

 

De todos modos, después de dos publicaciones podríamos decir que Gutiérrez es una narradora de relevancia: queda claro que no subestima ni aburre a sus lectores, nos invita a adentrarnos en la intimidad de cada ficción, y eliminó de su ideal literario la palabra pretensión, tan presente en la literatura sudamericana. Crea con talento supremo una complicidad entre los personajes y sus lectores, jocosas narraciones que conforman un almanaque social digno de ser conocido, experimentado y acreditado, aunque sea en segunda y tercera persona, de una nación cooptada por la innecesaria preeminencia que el protagonismo santiaguino promueve.

 

Terriers es una valiosa invitación para adentrarse en el mundo de la literatura cuando eres un adolescente en búsqueda de textos que incentiven el hábito de la lectura. Dicen que los libros más valiosos son aquellos que pudieron haber sido escritos por cualquiera y al mismo tiempo no, y eso es precisamente lo que ocurre aquí; desde la perplejidad, pero nunca inseguridad, Constanza Gutiérrez nos brinda una agradable sensación de acogida, protección, pero por sobre todo intimidad, logros narrativos y artísticos que solo alcanzan unos pocos.

 

Cabe destacar que Terriers es la primera coedición entre las editoriales independientes Montacerdos y Hueders, las que acertaron sin margen de error al escoger este manuscrito.