Invitado a la Cátedra abierta en homenaje a Roberto Bolaño de la UDP, el editor Manuel Borrás, de la prestigiada editorial española Pre-textos, visita Chile. Su conferencia será el día lunes 13 de agosto a las 11: 30 horas.

Manuel Borrás. Crédito foto: Cabildo Insular de La Palma.

A la hora de las generalizaciones, la edición puede adoptar, medio en broma, medio en serio, tonos tanto favorables como catastróficos. El editor estadounidense Robert Gottlieb afirma que editar “es esencialmente el acto de hacer público el propio entusiasmo”, mientras que para el francés René Julliard: “es el arte de ensuciar con tinta un papel costoso para hacerlo invendible”.

De la misma manera, las figuras estereotipadas del editor suelen fluctuar entre la brutalidad negativa y la sofisticación favorable: en la primera es un perezoso explotador de las capacidades ajenas, en la segunda es un dandy benefactor de la alta cultura.

Es verdad que la imagen que se deduce del editor es diversa según le va la fiesta a cada uno. Pasamos de ser una especie de sacamantecas a gozar de cierto glamour social

“Es verdad que la imagen que se deduce del editor es diversa según le va la fiesta a cada uno. Pasamos de ser una especie de sacamantecas a gozar de cierto glamour social”, apunta Manuel Borrás, uno de los fundadores y director literario de la editorial Pre-Textos. “Es decir, pasamos casi sin transición de ser unos abusantes y explotadores del talento de los otros a una figura de respeto social. Y como de la transición a la tradición existe sólo el baile de una letra, según, claro, nuestros detractores, ¿qué se le puede pedir a una sociedad en cuya tradición va inscrita el desconocimiento más profundo de lo que es y significa ser editor? A contrario, por ejemplo, de lo que acontece en un medio como el anglosajón”.

Tradición y transición, por cierto, son palabras que cuadran con Pre-textos. La editorial forma parte de la mejor tradición editorial hispana y surgió en plena “transición” política. Nació en la ciudad de Valencia, donde sigue funcionando, el año 1976, poco después de la muerte de Franco. La editorial fue pionera en temas como traducir el pensamiento francés contemporáneo (nombres como Blanchot, Deleuze o Bataille), así como el rescate de autores del exilio republicano. “Esa fue en efecto nuestra meta primera”, señala Borrás, antes de su viaje a Chile, por primera vez: “la recuperación de la memoria del exilio republicano español, algo que era urgente para la reconciliación en España y su transición democrática”.

En Pre-textos (junto a Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba), Borrás ha ido configurando un catálogo en el que aparecen Juan Larrea, Ramón Gaya, María Zambrano lo mismo que escritores que sin estar en el exilio habían pasado en voz baja, como José Antonio Muñoz Rojas. Prescindiendo, lo que no es poco, de la traducción de obras desde otros idiomas, tan sólo en castellano su labor considera el descubrimiento o la estrecha vinculación con autores como Juan Bonilla, Andrés Trapiello (y su gran proyecto de diarios), Darío Jaramillo Agudelo, Mariano Peyrou o Abraham Gragera (y hace ya un tiempo están publicando algunos libros del chileno David Rosenmann-Taub).

Aunque se precia de no ser un editor-autor, Borrás tiene algunos artículos dispersos en revistas o diarios y ha hecho una selección de cien poemas en nuestro idioma.

Los tres socios de Pre-textos: Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez

—¿Editar, es un oficio agradable?

—Según se vea. Para mí al menos, desde luego. Creo que hemos sido los editores más jóvenes en los anales de la historia de la edición en nuestra lengua. Nosotros pusimos nuestro primer libro en circulación a la temprana edad de los veinte años y hemos remado hasta ahora. Si no hubiese sido feliz en mi profesión hubiera sido un masoquista. Y eso jamás.

—De cierto modo es usted la cara más visible de una “trinidad”. ¿Cuál es el secreto para una unión que ya supera las cuatro décadas?

—El secreto ha sido, aparte del amor que nos profesamos, que los tres “elementos” que hemos constituido esa trinidad hemos sabido mantenerla desde la clara conciencia de que para que eso se logre hay que tener muy claro la independencia de las partes que constituyen ese, digamos, triángulo. Yo tuve mucha suerte de encontrarme en mi camino a dos personas excepcionales como son Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez. Ojalá haya sabido yo corresponderles en la misma medida. En verdad soy una criatura afortunada.

Creo que los españoles tenemos una deuda de amor con América

—La elección de temas o autores, ¿responde a una especie de instinto o es un proceso más explicable?

—Yo soy de esos raros editores que antepone la intuición a la información. Claro que también sé que nuestra intuición en sí misma vale poco, si no la conjugas con tu experiencia.

—La editorial tuvo una vocación latinoamericana temprana. ¿Hay alguna razón?

—Sí, mi descubrimiento por inducción de mi madre cuando yo era muchacho de la poesía de Rubén Darío. César Vallejo la apuntaló. Yo creo que los españoles tenemos una deuda de amor con América. Y me duele en lo más profundo cuando sólo os vemos como potenciales clientes y no por las cualidades que os avalan, sobre todo en lo que a la cultura respecta.

—Chile, en ese sentido, ¿era una especie de asignatura pendiente?

—Chile es en efecto una asignatura pendiente para mí y debo decir que no porque no lo haya intentado, sino porque por desgracia, y espero que no se me malinterprete, es un país muy impermeable y quizás un tanto autosuficiente en lo que a la cultura respecta.

Chile es un país muy impermeable y quizás un tanto autosuficiente en lo que a la cultura respecta

—Otra característica ha sido siempre estar atentos a las nuevas voces. ¿Vale la pena el riesgo?

—Yo creo que un editor literario que no apuesta por voces no consensuadas previamente no merece considerarse un editor realmente literario. Hay demasiado, aunque legítimo, oportunismo en nuestra profesión.

—De creer a algunos epistolarios y memorias las relaciones entre autor y editor suelen no ser pacíficas. ¿Cómo ha sido su experiencia?

—Mi experiencia al respecto ha sido, por regla general, más bien plácida. Nosotros siempre hemos tratado de que nuestro catálogo fuese una casa común en la que pudiesen habitar en armonía distintos autores y de procedencias muy diferentes. Hemos tratado, en fin, que prevaleciese la amistad antes que el negocio. Y así nos luce el pelo…

—¿Cuán importante es la artesanía del libro: la elección de papel o la tipografía?

—En el cuidado de un libro va impreso el respeto a los autores y, desde luego, a los lectores. Un editor de nuestras características no se dirige al público, sino al lector, al lector gustoso.

—Actualmente hay un gran florecimiento de pequeñas editoriales independientes. ¿Qué opina del fenómeno?

—Yo soy un cerrado defensor de la bibliodiversidad, pero también creo que hacer un libro es muy fácil y editar, en sentido estricto, muy difícil. Yo celebro la llegada de cualquier joven editor, pero también les aconsejaría que fuesen muy rigurosos a la hora de aplicar su criterio de excelencia desde la elección del libro que ofrecen a los lectores hasta su cuidado físico.

Hay que distinguir, aun pecando de maniqueísmo, entre editores industriales y literarios. Urge

—De vez en cuando se escucha de editores que lamentan ya no tener tiempo para leer.

—Claro, eso lo dicen los que tienen esta profesión simplemente como un negocio y jamás han contemplado aportar seriamente un proyecto cultural. Hay que distinguir, aun pecando de maniqueísmo, entre editores industriales y literarios. Urge.

—¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre, que no sea leer?

—Siempre entre amigos y cuando estoy solo, que es casi siempre, con la música, mi otra gran pasión.

Ficha
Cien poemas en español
Manue Borrás (selección y prólogo)
Editorial Luna Libros, Bogotá, 2015, 296 pp. Disponible en Chile.