El ilustrador español Pablo Amargo —Licenciado en Bellas Artes y Premio Nacional de Ilustración en España— colabora regularmente en prestigiosos medios de comunicación. Es en los libros, sin embargo, en los que se exige particularmente. Ha ilustrado más de 10 títulos, que pueden ser disfrutados por todas las edades. El más premiado es Casualidad (BFE), escrito por Pepe Monteserín, que le tomó ocho años realizar. Queda claro, Amargo es un ilustrador reflexivo.

Pablo Amargo ilustrado por Fabián Rivas

Pablo Amargo ilustrado por Fabián Rivas

—¿Cuándo te diste cuenta de que querías ilustrar? ¿Hubo un momento revelador?

—Cuando era pequeño, además de leer muchos libros y cómics, dibujaba. El momento revelador fue cuando crecí y me encontré solo. Mis hermanos y compañeros habían dejado de dibujar. Algo que yo continuaba haciendo con la misma pasión. Realmente con los dibujantes pasa no que llega un momento en el que nos ponemos a dibujar, sino en el que los demás dejan de hacerlo. Mi momento revelador fue cuando me encontré solo con esta obsesión, que era el dibujo.

Y sigo leyendo también. Leo muchos ensayos y biografías de artistas, como Picasso, y todos tienen un rincón en mí. Hay un libro de psicología visual que se llama “Arte y percepción”, de Rudolf Arnheim, que para mí es el manual básico de todo ilustrador. Y desde luego veo a muchos dibujantes. Ya no veo tanta ilustración, estoy pendiente de otras manifestaciones.

— “Hacer un libro es lo más maravilloso que un ilustrador puede hacer”, has dicho. ¿Por qué el libro ocupa en tu producción un lugar tan importante?

—Mi manera de entender la ilustración hace que los libros estén en el punto superior de la pirámide jerárquica. No solo porque yo me he educado viendo libros, sino porque hacer un libro implica que ahí puedes, y debes, desarrollar todos tus talentos. Un libro, además —a diferencia de una ilustración en prensa o en carteles, que tienen un tiempo de vida muy concreto— está hecho para durar, si es posible, eternamente. Aunque esté descatalogado, alguien tendrá un ejemplar tuyo en su casa, lo guardará. Y ese libro, dentro de 10 o 15 años, debería seguir funcionando, debería seguir siendo igual de excitante que cuando recién salió. Nos recordarán por nuestros libros; no por nuestros trabajos en prensa.

Sem Ilustrada 2013

—¿Has logrado que la ilustración editorial sea un trabajo rentable para ti?

Si antes podía conseguir algún tipo de ingreso por los libros, es algo que ahora yo ya he descartado. Para mí hacer un libro no tiene una motivación económica, sino que de otro tipo: creativa y de prestigio, cuando el libro es reconocido. Es como una carta de presentación. Pero los libros no dan dinero. Y no me parece mal que sea así. Creo que si mi alquiler dependiera del número de ejemplares que vendo de un libro, probablemente ilustraría de otra manera. Me gusta esa libertad que tiene actualmente hacer un libro. Sabes que lo haces no de una manera calculada; lo haces porque es tu testamento, tu identidad está concretada en las páginas de un libro.

Para mí hacer un libro no tiene una motivación económica

Para hacer un libro tengo mis estrategias y mis maneras. Por ejemplo, con los editores nunca negocio los adelantos. No firmo contratos hasta que el libro esté hecho. Así puedo sentir la mayor libertad posible y no tengo ningún tipo de condicionante mientras lo hago. Eso me da libertad para arriesgarme.

—Casualidad es precisamente un libro arriesgado. Es un libro único, de formato alargado, que hasta juega con la tipografía.

casualidadCasualidad es un álbum ilustrado; no un libro con ilustraciones. El álbum es un género muy joven, sin reglas definidas, que permite todo. Es un género fascinante para experimentar. No para experimentar con las técnicas, sino que con las lecturas. Para ello yo me valgo de todo, no sólo de la imagen, sino que también con la forma del libro. Para complicar o estorbar las lecturas en vez de facilitarlas. También la tipografía, que ya no es solo un elemento que comunica, sino que puede ser un elemento que expresa. Esta hibridación entre palabra e imagen ha creado para mí un género nuevo y fascinante que es el álbum ilustrado.

—Es posible percibir rastros de la cultura japonesa en tu trabajo.

—Me interesa mucho la manera de ver de los grabadores japoneses. Su manera limpia de representar. Para ellos el espacio no era algo a llenar de cosas, sino que estudiaban los vacíos y los llenos. Para ellos todo lo que sucedía entre aquellas cuatro líneas era importante. El ukiyo-e cuando llega a Europa cambia la manera de pensar de los pintores y de los ilustradores. De repente de Doré pasamos a Beardsley, ilustrador inglés que es puro Japón. Y hay algo muy sensitivo en esa manera de entender el espacio, que aplicado a los libros le da esa singularidad espiritual que no tiene un libro con ilustraciones.

Hokusai es una figura fascinante. Es una delicia. Y tiene anécdotas fantásticas también. Cambió de nombre muchas veces, porque cambiar de nombre es desapegarse. Muchas veces dibujamos pensando que debemos responder a cierto estilo. Cuando creas un nombre o una firma, te quedas pegado a ella. Cambiar de nombre es volver a nacer. Hokusai cambio docenas de veces de nombre a lo largo de su vida.

Creo que lo que me interesa de la cultura japonesa es una sensación, que tiene que ver sobre todo con la elegancia. Es algo que echo en falta en muchos libros ilustrados para niños o para adultos: una mirada elegante de ver el mundo, de ver las cosas. Plantear el álbum ilustrado o los dibujos como una ofrenda al lector, una ofrenda respetuosa al lector. Y los orientales son maestros de la elegancia, del silencio, del saber estar.

—¿Está el lector presente en tu momento creativo? ¿Cómo es ese lector que tienes en mente?

—Es un lector imaginario, no es real ni tiene ciertas características especiales. No es un lector concreto. Pienso en ese lector ideal como alguien que comparte conmigo el momento presente, es mi contemporáneo. Comparte conmigo las lecturas, las películas vistas, un acervo cultural. Pero, a diferencia de mí, está un poco más allá. Es mejor. Yo lo idealizo. De modo que me siento observado por él, examinado. Y quiero que no se sienta defraudado con lo que le voy a dar. Es una buena manera para autoexigirte. A mí me preocuparía que alguien sintiese que lo he infravalorado. Yo no creo que haya lectores que no merezcan un trabajo digno.

—Cuando trabajas en ilustraciones para un libro, ¿te relacionas con el autor del texto, tienes conversaciones con él?

—Prefiero que no, porque el escritor va intentar meterse en mi terreno. Siempre dicen lo mismo, además: “Te voy a contar lo que yo quería decir en el texto”. No, les respondo. Lo que querías decir ya lo has dicho. Y además por escrito. Déjame ahora a mí relacionarme con lo que has escrito, no contigo. Yo quiero empezar a crear a través de tu creación, no de tus intenciones.

Esto lo suelen entender todos los escritores. Y me da la sensación de que el escritor que intenta involucrarse en la ilustración es el que no es buen escritor porque quiere que le ayudes a corregir lo que él probablemente sabe que han sido errores en el texto. Los buenos escritores permiten, aceptan y exigen que tú seas creativo con su trabajo.

Plato Amargo—¿Tienes una metodología para trabajar en base a textos?

—Hay mucho de intuición. Mi método, que no es cerrado, me he dado cuenta de que es el siguiente: yo leo un texto y acudo mucho al recuerdo del texto. No lo estoy leyendo y releyendo. Lo leo y después voy dejando que pase el tiempo y lo voy recordando vagamente, mientras dibujo. Y cuando ya pasan algunas semanas y no se me ocurren más ideas, acudo al texto original y compruebo si hay conexiones entre lo que he dibujado. Y esto me ha dado buenos resultados, porque evito redundancias y consultas al texto como si fuera un guion. Me permite olvidarme un poco y centrarme en mi mundo. Al hacer ilustraciones en prensa tienes que sacar ideas sobre un texto y no hay tanto tiempo, muchas veces se te ocurren ideas que están bien, pero no para esto. Pero yo no boto nada de lo que hago. Todo queda archivado. Las ideas que han quedado ahí están esperando su momento.

—En una entrevista publicada en el sitio Creame.es, dicen de tu trabajo: “Ver una imagen de Pablo Amargo adquiere un carácter de reto intelectual en el que nuestra mente tiene que desplazarse y ponerse a trabajar”. ¿Es esa la intención de tus ilustraciones, poner a trabajar las mentes?

—Sería soberbio que pensara que con mis imágenes pongo a trabajar la mente. Para mí ilustrar es una gimnasia diaria en la que necesito dar lo mejor, superarme. Cuando trabajo en el estudio, sobre el cuaderno, siento que soy otra persona. No el que está aquí hablando. El que está aquí hablando es el que hace relaciones públicas. El tipo que está en la mesa detesta a este tipo que está hablando aquí porque no lo necesita, él está concentrado en el cuaderno, porque desea llegar al final de la jornada con al menos una buena idea.

Para mí ilustrar es una gimnasia diaria en la que necesito dar lo mejor

Una buena idea tiene características difíciles de definir, pero cuando consigues dar con una, la reconoces inmediatamente. Después me dicen que sí, que esas imágenes pueden resultar estimulantes, que pueden ser para un público ingeniosas, pero yo no pienso en un público concreto, determinado. Pero claro que me interesa la sensación eufórica cuando trasciendes al sentimiento para llegar al pensamiento.

Esto no es nuevo, viene de una tradición que tiene muchos años en la que las imágenes no están buscando solo la belleza estética —que no es poco—, sino que quieren entrar a comunicar, a contar algo.

No me interesa el realismo. Tampoco la fantasía, que asociamos a la imaginación, cuando muchas veces la fantasía actual no tiene ni una pizca de imaginación, sino que está llena de lugares comunes. Sin embargo, en medio, entre la realidad y la fantasía, hay un espacio fascinante, hay un momento de deslizamiento que es el territorio que a mí me interesa. Como David Lynch o Haruki Murakami, maneras de narrar que parten de algo tangible y sin darnos cuenta nos meten en otro mundo. Ese deslizamiento, que no podemos percibir cuándo se produce, ha sido tan sutil, tan lógico. Los maestros de este deslizamiento son también los humoristas gráficos, son fascinantes. Juegan mucho con esto. El humor es genial para desestabilizar el mundo real.

gatoamargo—En uno de tus cuadernos está escrito: “Llegué a ese punto en el que sólo se dibuja para defender la dignidad”.

—En todos los cuadernos muchas veces escribo anotaciones, a veces por frustración. Y quedan registradas. Algo me estaría pasando en aquel momento… Pero efectivamente, creo que dibujar muchas veces se ha convertido en la única tabla de salvación que tengo. No me he dedicado a ninguna otra cosa en la vida que dibujar. Vivo de mis dibujos. Mis dibujos me dan la vida y la comida. Pero hay veces en que la comida no llega. Y sigo dibujando. Y te sientes agredido por las circunstancias y al final siempre recurres al dibujo, que es el único lugar donde encuentras ese momento que te da sentido.

Hace poco, en una mesa, salió el tema de no darle importancia a algunas cosa y tomárselas a la ligera. Yo no estoy de acuerdo con eso. Yo creo que es importante que al menos algo en la vida uno se lo tome en serio. No importa lo que sea. En mi caso es el dibujo. Tomárselo en serio es lo que te da la dignidad. Lo que te da sentido.

Cuaderno de Amargo

Cuaderno de Amargo

La idea antes que la técnica

 

—Has colaborado con tus ilustraciones para varios medios de prensa, de distintos lugares del mundo ¿Qué músculos se entrenan trabajando en prensa como ilustrador?

—No soy un ilustrador de prensa. Me considero un ilustrador en prensa. Porque el tipo de ilustración que realizo puede servir para muchas aplicaciones. La prensa para mí es actualmente lo que me ocupa más tiempo. Es a veces muy absorbente. Si pudiera haría menos prensa. Pero cuando he rechazado trabajos por una temporada, me he dado cuenta de que he perdido una buena gimnasia. El almacén de imágenes que te obliga a hacer la prensa es fantástico. Todas las semanas tener que sacar varias ilustraciones y que te obligues a que tengan el nivel alto, con el tiempo resulta en cientos de imágenes. Y para mí las imágenes nunca acaban cuando se publican, sino que continúan. De manera que muchas ilustraciones de prensa que he hecho han sido luego desarrolladas en libros o carteles. Todas mis ilustraciones son como un magma que se va moviendo y mezclando.

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El problema con la prensa es que los temas de actualidad no funcionan con mi ilustración. No funcionan en absoluto. La actualidad es muy narrativa y mi trabajo tiene que ver con, no me gusta esta palabra, la poesía. De tal manera que intento evitar textos de actualidad. Yo trabajo regularmente con periódicos y a veces hay temas de actualidad que para mí son un engorro.

Y es muy distinto trabajar para España que para Estados Unidos. Cuando es en España no hay tanto problema. Hay libertad absoluta, nunca un editor me ha llamado para decir que no se entiende una ilustración. Pero en Estado Unidos es muy diferente la manera de trabajar en prensa. Ellos son muy profesionales. Cuando te llega un encargo de ellos, aplican las cuatro T: tema, tamaño, tiempo y tarifas. El mínimo que te piden son tres ideas. Es decir, trabajas por tres. Yo siempre pienso que ya tengo problemas para encontrar una idea. La tentación es decir: haré una buena y dos para rellenar y problema resuelto. ¿Pero qué pasa si escogen la que es para rellenar? Para evitar que elijan una mala, es mejor hacer tres buenas, lo que te deja agotado. De estas tres ideas ellos al final elijen una y te dan mucho tiempo para realizarla. Más del que yo necesito. Para mí el 80% del trabajo es la idea y el 20% es la realización. Para Estado Unidos es al revés. Y a veces no funcionaron las tres primeras ideas y tienes que proponer tres más. Esto ya empieza ser complicado. Es un mercado difícil, sobre todo si lo comparo con el español.

Para mí el 80% del trabajo es la idea y el 20% es la realización

—Has hecho mucho énfasis en la importancia de la idea, dejando en segundo lugar la técnica. ¿Cómo ejercitar la aparición de ideas?

—Es una gran pregunta y sólo he encontrado una respuesta: mediante la voluntad. Nosotros tenemos ideas cuando tenemos necesidad. El ingenio se agudiza con la necesidad. ¿Qué ocurre cuando no tienes necesidad? Mi día a día no tiene necesidad de tener ideas. Entonces tengo que obligar a la mente a que no se distraiga y vuelva otra vez a la hoja del papel y que siga indagando.

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Tengo estrategias y métodos para sacar ideas, pero son míos, particulares. Yo no tengo problemas con la hoja en blanco. Nunca parto de cero. Tengo cuadernos que estoy continuamente revisando. A una idea que había abandonado, luego le puedo ver caminos. Mi estrategia es estar todos los días en el estudio. Muchos escritores hacen lo mismo, estar delante de la máquina de escribir, aunque no se sepa qué escribir. Yo hago lo mismo. Intento que se me ocurra algo. Y si no, no me marcho, continúo allí. Intento estar todas las jornadas buscando ideas. Y tarde o temprano alguna llega. Los humoristas gráficos, que saben de esto, dicen que siempre acaba llegando la idea.

En el caso de las actividades creativas la obsesión es buena. Y yo soy una persona obsesionada. Con una serie neurosis. Así que así las reglas autoimpuestas crecen. Es como si jugaras a tu propio juego con tus propias reglas, que no debes traicionar. Y cada año se complican más las cosas. Cuando me dicen que me las salte, que qué más da, no. Son para mí. No dibujo para los demás, dibujo para mí. La disciplina consiste en esto: mantenerse firme a estas reglas. Por ejemplo, en el dibujo, dibujar está lleno de clichés. Es normal que se dibuje como otros lo han hecho. Yo no quiero clichés. Por eso recurro siempre a la naturaleza. Eso es una regla anecdótica. El computador lo reduzco a la mínima expresión. Es algo básico. No utilizo artificios para dar aspecto manual a algo que es artificial. Son en esa dirección mis reglas: el de hacer un trabajo honesto.

—Hay mucho trabajo retórico en tus ilustraciones, como paradojas y metáforas. ¿Es algo que te propones forzadamente?

No. De hecho, intento trabajar cada ilustración como si fuera la primera vez, aunque al final llegue a territorios semejantes. Nadie hace poesía diciendo: “Pondré una metáfora”, sino que es algo que va surgiendo. Pero es verdad que mis intereses propician mucho estas circunstancias. A mí me interesa mucho el cubismo, porque es el primer movimiento pictórico que deja de estar interesado en pintar el mundo para empezar a pintar la propia pintura. Ahí se genera un bucle, un lenguaje que mira el propio lenguaje. Y eso genera situaciones paradójicas, que cuando las aplico pensando de la misma manera me dan estos resultados. Soy un dibujante muy de laboratorio. Y de ilustraciones que trabajan sobre ilustraciones, no sobre el mundo. Utilizo el mundo como la musa al principio para encontrar las formas, para aplicarlas. Pero realmente el motor de mi ilustración es la propia historia de la ilustración o de la gráfica. Hay un lenguaje y yo estudio en ese lenguaje, intento hablar ese lenguaje y ahí se producen esas retóricas. Todo está propiciado para que salga, pero hacerlo a priori es imposible, y hasta resultaría artificial.

Afiche de Amargo

—Tu trabajo, queda claro, requiere tiempo. ¿A qué dilemas éticos te has enfrentado?

Pese a todo, este es un oficio que parte del encargo. Puede haber casos, como un libro, en el que tú arrancas de cero, te demoras lo que quieres y luego vas a una editorial. Pero generalmente no es así. Generalmente te llega un encargo de una editorial o de un periódico. Y ahí empieza el primer problema. Porque es inevitable que te sientas halagado porque alguien te elige. Y no quieres defraudar esa confianza. Pero si quieres ser alguien creativo eso no te tiene que importar. Puede que aquel cliente se sienta defraudado, pero tú no debes sentirte defraudado con lo que haces. Para esto tengo una manera de pensar: siempre el primer cliente es el último. Nunca más va a volver a trabajar conmigo. Eso me da mucha libertad.

No debes sentirte defraudado con lo que haces

Esto le ha pasado a todos los artistas, porque todos han querido vivir de su trabajo. Pero ellos con el tiempo se han dado cuenta de que a veces los deseos del cliente son inferiores a los que la propia obra está demandando. Las reglas nos las exige nuestro propio oficio. Es un oficio que está continuamente poniendo trampas y son trampas emocionales, que tienen que ver con la gestión del ego, de las ambiciones, del deseo de reconocimiento. Pero cuando somos capaces de dejar eso de lado y dejamos a la obra hablar, allí se encuentran todas sus exigencias. Mi material de trabajo tiene mucho que ver con la duda. Soy una persona que duda mucho. Hace poco unos diseñadores decían que si no dudas es que no has explorado suficiente. Dudar es el resultado de explorar. Yo dudo y pruebo todo. Y cuando lo he probado todo, ya el trabajo me va demandando cuál es la opción correcta. Es una cuestión de oído, pese a que son imágenes. Si estamos escuchando lo externo al trabajo, como clientes o lo que puedan opinar amigos o compañeros de oficio, vamos añadiendo ruido y dejamos de escuchar lo que nos está pidiendo el trabajo. Hay que saber actuar y escuchar.

[Esta entrevista a Pablo Amargo fue realizada por el equipo de Ojo en Tinta el año 2014 en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Providencia]