La versión original de Las aventuras de Pinocho, escrita por el italiano Carlo Collodi y publicada inicialmente por capítulos en un periódico de Roma en 1881, acaba de ser lanzada por el sello chileno La Pollera con una nueva traducción. “Pinocho nos habla a todos”, asegura Francesca Barbera, la traductora.

Primer libro que recopiló Las aventuras de Pinocho (1883), publicadas inicialmente en un periódico de Roma.

“Es hora de que figure entre los grandes libros de la literatura italiana”*, escribió Italo Calvino sobre Pinocho en 1981, cuando el relato escrito por el florentino Carlo Collodi (1826-1890) cumplía 100 años. De esta narración Calvino destacaba, entre otras cosas, sus oscuros toques fantásticos (que hubieran encantado a Poe y a E.T.A Hoffmann), su humor, su fuerza visual y su forma: “Pinocho es uno de los pocos libros en prosa que, por las cualidades de su escritura, invita a ser recordado palabra a palabra, como si fuera un poema en verso”. Pinocho, sin embargo, ha sido poco leído de forma directa y lo celebrado por Calvino se ha perdido a través de los años en adaptaciones, como la versión cinematográfica hecha por Walt Disney en 1940, que elimina, cambia o suaviza elementos de la historia original.

Las aventuras de Pinocho: historia de una marioneta. Carlo Collodi. Editorial La Pollera, Santiago, 2021, 192 páginas.

El 2021, justo cuando Pinocho cumple 140 años, la editorial chilena La Pollera lanza una nueva traducción del relato original de Collodi. Las aventuras de Pinocho: historia de una marioneta, de esta forma, se suma a la colección de títulos traducidos por este sello, que tiene a otro clásico para niñas y niños: Peter Pan y Wendy, del escocés J.M. Barrie. “Nuestra intención fue traerlos de vuelta por un asunto literario, no por profundizar una línea infantil —explica Simón Ergas, editor de La Pollera—. Hay muchos de estos clásicos que si se encuentran, quedan por ahí en españoles acentuados que a cualquiera ponen medio incómodo”.

La traductora de esta nueva edición de Pinocho es Francesca Barbera, Licenciada en Letras Inglesas UC y Magíster en Estudios de la Era Moderna de University College London, quien aprendió italiano a través de su padre genovés. Sobre la necesidad de esta edición, Barbera comenta: “Creo que es importante volver al original de Pinocho porque las adaptaciones han dejado cosas importantes de lado. La adaptación de Walt Disney, por ejemplo, está muy cargada hacia la moraleja fácil: no mientas y vas a ser recompensado o feliz o bueno. Eso no es así en el libro; sí, la transformación de Pinocho es moral, pero seguir el buen camino es difícil. Hay sutilezas que se pierden cuando haces de la historia una simple moraleja o guía de conducta”. 

La verdadera historia

“Había una vez un pedazo de madera”, es la forma en que Collodi comienza la historia de Pinocho, una historia que gozó de un éxito jamás sospechado por su autor. Collodi, aunque había incursionado en la literatura infantil con anterioridad y había traducido los cuentos de hadas de Perrault, dedicaba la mayor parte de su tiempo a su labor como dramaturgo, crítico y periodista político. En 1880, cuando su amigo Ferdinando Martini funda un periódico para niñas y niños y le pide su colaboración, Collodi envía Pinocho con el siguiente mensaje: “Ahí te mando esa chiquillada; haz con ella lo que te parezca; pero si la publicas, págamela bien, para que me entren las ganas de continuarla”**. Fue así como en 1881 Pinocho comenzó a ser publicado en el periódico romano “Giornale per i bambini” bajo el nombre Storia di un Burattino (Historia de un títere), hasta 1883. 

Primera aparición de Pinocho en 1881.

Fue Ugo Fleres el encargado de ilustrar Pinocho en el periódico. Luego, cuando Pinocho fue publicado por primera vez en forma de libro, en 1883, a cargo de las ilustraciones estuvo Enrico Mazzanti. Siguieron Carlos Chiostri, en 1901, y la popular versión de Attilio Mussino, en 1911, junto a muchos ilustradores más con los años, tanto dentro como fuera de Italia.

En la portada de La Pollera, es el Pinocho de Mazzanti el que aparece, aunque no hay más ilustraciones en el interior del libro. “Buscamos no infantilizar en exceso las ediciones —explica Ergas sobre la ausencia de ilustraciones— debido a que son lecturas pensadas para adultos que crecieron con Pinocho o Peter Pan y que estarán interesados en el original. De todas formas, son obras recomendables para los niños. Sobre todo para ser leídas a ellos. Si bien hay desajustes con la moral de la época, como por ejemplo alguna muerte sangrienta en un enfrentamiento que hoy nos parecería quizás escandaloso en una «obra infantil», creo que la lectura acompañada puede matizar y enfrentarnos a reflexiones que a veces, por tender exageradamente a un mundo fácil y correcto, hemos evitado enfrentar”.

Uno de los elementos violentos comentados por Ergas se ve en el primer final que pensó Collodi para Pinocho: la marioneta muere después de ser colgada de la rama de un roble por un gato y un zorro que se aprovechan de su ingenuidad (página 63 en edición de La Pollera). Tanto protestaron los pequeños lectores italianos del Giornale, sin embargo, que Collodi debió continuar la historia. “El señor C. Collodi me comunica que su amigo Pinocho sigue vivo y que aún podrá contarnos estupendas hazañas de su parte. Era natural: un muñeco, un objeto de madera como Pinocho, tiene los huesos duros, y no es tan fácil como parece mandarlo al otro mundo”, escribió Martini como explicación en el periódico. La historia finalmente tuvo un final feliz ya conocido: Pinocho, con la ayuda mágica de un hada, se convierte en un niño de verdad. 

Por un lado, Pinocho es una obra didáctica, que busca guiar a niñas y niños en el camino de la virtud. Las moralejas son explícitas y Pinocho es duramente castigado cada vez que es desobediente, lo que se repite una y otra vez. Es por esto que Pinocho se convierte en burro cuando evita la escuela, le crece la nariz cuando miente, es colgado desde un árbol cuando busca enriquecerse sin esfuerzo y cuando se niega a tomar una amarga medicina para mejorar su salud, cuatro conejos negros se acercan a él con un ataúd para llevárselo. 

Por otro lado, Pinocho es un libro lleno de aventuras y humor, que retrata a un niño rebelde, con el que es fácil que niñas y niños se identifiquen. “¡Qué desgraciados somos los pobres niños! Todos nos gritan, todos nos retan, todos nos dan consejos. Si los dejáramos hablar, a todos se les metería en la cabeza que son nuestros papás y nuestros profesores; a todos, incluso a los grillos parlantes”, se dice Pinocho, quien mata a un grillo —Pepe Grillo en la película de Disney— que intenta darle aburridos consejos de prudencia. 

Pinocho ilustrado por Roberto Innocenti (1988)

Francesca Barbera, en el prólogo que escribe para la edición de La Pollera, considera Pinocho como una obra desconcertante: “Detrás de cada aventura se asoma la risa, seguida de cerca por la muerte. Las intervenciones moralizantes del narrador se ven constantemente opacadas por la irrupción de personajes vívidos y situaciones disparatadas que le otorgan a la obra una libertad casi anárquica”. Es una obra compleja, añade Barbera, sólo simple en apariencia. 

La complejidad de Pinocho se percibe en las numerosas interpretaciones que existen de esta obra. Muchos han hecho una lectura religiosa y han visto en Pinocho, por ejemplo, la historia de Jesús. El escritor norteamericano Paul Auster, por su parte, lo menciona en su libro La invención de la soledad, que escribe tras la muerte de su padre. Lo que Auster destaca del relato es la relación de Pinocho con Geppetto, un humilde carpintero, que se convierte en el padre del muñeco al darle forma a lo que era inicialmente un pedazo de madera parlante (“Esto implica que el alma de Pinocho precede a su cuerpo y que su tarea a lo largo del libro es encontrarla, o en otras palabras, encontrarse”, escribe Auster). La mayor parte del relato de Collodi, anota el autor norteamericano, consiste en la búsqueda entre Pinocho y Geppetto, quienes casi al final del relato se logran encontrar en el vientre de un monstruo marino.

Pinocho ilustrado por Lorenzo Mattotti (1993)

Una nueva traducción

Francesca Barbera —quien ganó experiencia como traductora al encargarse de traducir libretos de ópera del italiano al español para el Teatro Municipal de Santiago— comenta que intentó hacer una versión de Pinocho para el público sudamericano. “Supongo que se me escaparon cosas muy chilenas de las que, como chilena, no soy consciente. Intenté lo más posible no caer en iberismos tanto en el vocabulario como en la gramática. En un momento pensé en hacerlo más chileno de campo, pero preferí no hacerlo porque podía caer en lo caricaturesco”, señala. 

Detalle portada de La Pollera, diseñada por Pablo Martínez.

¿Cambió tu visión sobre Pinocho después de traducirlo? 

—Mi relación con Pinocho es rara, probablemente porque es un libro raro. Estoy constantemente cambiando de opinión sobre él: me enoja, me divierte, me incomoda, me hace reír. Hay temas sobre los que aún no me decido, como el del trabajo: ¿eleva Pinocho el trabajo como una virtud? Si es así, ¿por qué la transformación de Pinocho nace precisamente de la negación a trabajar y cumplir con las funciones que se nos han asignado, como cuando Pinocho se rehúsa a ser un pedazo de madera? ¿Por qué se nos muestra también la crueldad del trabajo, como cuando Mecha, el amigo de Pinocho, es convertido en burro y obligado a trabajar hasta morir? Quizás el mensaje sea que la única forma de que no nos exploten como burros es educarnos de alguna u otra forma, lo que está bien lejos de las advertencias sobre no mentir y ser bueno que se supone que son la base de Pinocho.

Uno llega esperando algo muy correcto a Pinocho y resulta que un “clásico” como Collodi transgrede muchas de las reglas que le hemos impuesto a la literatura.

Cuando lo volví a leer de adulta me esperaba un libro sensiblero al estilo Corazón (1886), de Edmondo De Amicis, así que me sorprendió mucho lo anárquico tanto del libro como del personaje. Al traducirlo me gustó aún más. Admiro lo bien que caracteriza Collodi a sus personajes, que son memorables aun cuando aparecen por poco tiempo. También me gusta que, para ser un libro que tradicionalmente hemos interpretado como un sermón, es una obra muy libre. Uno llega esperando algo muy correcto y resulta que un “clásico” como Collodi transgrede muchas de las reglas que le hemos impuesto a la literatura y parece menos dogmático que nosotros: algunos conflictos se resuelven a la rápida—porque sí, por risa o por muerte­­—, se pasa sin mayores transiciones de un pasaje violento a uno tierno o cómico, los personajes entran y salen e incluso vuelven de la muerte sin mucha explicación. Creo que eso es muy lindo, es como si el narrador estuviera llamando la atención sobre el hecho de que está narrando y se escondiera al mismo tiempo.

«Pinocho es un libro muy coloquial», has dicho. ¿Cómo conservar eso en la traducción al español? 

—Una cosa que desaparece en la traducción es el significado adicional que le otorga a la obra el uso constante de toscanismos. Recordemos que cuando apareció el primer número de Pinocho, en 1881, Italia se había unificado hace poco y la questione della lingua (¿cuál es el lenguaje nacional en un país con cientos de dialectos?) era un tema muy importante. Los toscanismos aparecen en la gramática y en el vocabulario y le dan a la obra un tono cómico y doméstico que no es directamente traducible. No puedo estar indicando con notas todo el tiempo: “Oigan, aquí hay un toscanismo, esto es importante por el contexto, sorpréndanse, ríanse, etc”. Lo que sí puedo hacer es tratar de encontrar otros espacios que me permitan deslizar este tono coloquial y cómico sin resultar invasiva. Por ejemplo, en el texto se repite mucho la expresión piangere dirottamente para indicar que Pinocho llora mucho, así que aproveché eso para decir que lloraba a moco tendido, que lloraba como Magdalena, etcétera. 

Interior edición de La Pollera

Este libro sigue siendo muy vigente en Italia y ha sido ilustrado por artistas contemporáneos italianos, como Roberto Innocenti y Lorenzo Mattotti.

Pinocho habla de una Italia que a veces se nos olvida, que no es la de las grandes ciudades y la buena vida, sino la Italia pobre del campo y la casa, la Italia de la que miles de personas emigraron en el siglo XIX y el siglo XX. Creo que por eso ha calado tan hondo en la cultura italiana, porque sitúa una fábula en un mundo que es muy fácil de reconocer, a pesar de que los personajes sean una marioneta de madera y un montón de animales parlantes. Yo diría incluso que Collodi les habla directamente a los niños pobres de Italia, como él lo fue alguna vez.

Esto no quita que Pinocho pueda hablarle a cualquiera: todos nos enfrentamos al mundo cuando crecemos, todos tropezamos a cada rato (o, para usar una imagen de Pinocho, descansamos nuestras piernas en el brasero y terminamos quemándonos), nuestros caminos son sinuosos e imperfectos. En ese sentido, Pinocho nos habla a todos. Y nos habla en un lenguaje sumamente original y memorable. El mejor ejemplo es el más conocido: ¿hay alguien que no asocie la nariz larga con mentir, a pesar de que no haya una conexión lógica entre ambas cosas? En Pinocho tenemos la mezcla perfecta de un tema universal con situaciones y personajes insólitos, y creo que por eso seguirá despertando interés en el mundo por mucho tiempo.

*El Universo de la literatura infantil. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000074717_spa. Accedido 30 de junio de 2021.

**Pascual, Emilio. “Carlo Collodi, el padre de Pinocho”. Clij : Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil.