“Lemebel es de los pocos que no buscan la respetabilidad (esa respetabilidad por la que los escritores chilenos pierden el culo) sino la libertad. Sus colegas, la horda de mediocres procedente de la derecha y de la izquierda, lo miran por encima del hombro y procuran sonreír. No es el primer homosexual, válgame Dios, del Parnaso chileno, lleno de locas en los armarios, pero es el primer travesti que sube al escenario, solo, iluminado por todos los focos, y que se pone a hablar ante un público literalmente estupefacto”

Roberto Bolaño

 

Escribir por medio de la voz, desde esa voz contestataria, fuerte, a veces delicada, muchas veces nostálgica. Pedro Lemebel es de esos escritores imprescindibles, de esos que deberían analizarse una y otra vez en las escuelas de periodismo, en los cafés, en las perfomances, en las críticas literarias, en las conversaciones cotidianas. Pedro Lemebel y su escritura, que no es otra que su voz, henchida, personal, la misma voz perentoria de “Manifiesto” o de su programa radial “Cancionero”, resuena todavía en y entre nosotros, incluso después de su muerte y este libro, Poco hombre (Ediciones UDP, 2013), de todos modos una antología, casi muchas cosas, que reúne los siete libros de crónica publicados en vida por Lemebel, es una apertura significativa, autobiográfica, para volver a leerlo, a maravillarnos o estremecernos.

 

El libro comienza con El abismo iletrado de unos sonidos, texto inaugural que inspecciona la violencia de la lengua escrita contra la cultura oral a partir del encuentro entre el inca Atahualpa con el fray Vicente de Malverde, emisario de Francisco Pizarro. Aquí podemos encontrar un elemento articulante del pensamiento de Lemebel: la oralidad como un ejercicio que invierte  la lógica escritural en tanto lengua dominante, puesto que “leer y escribir son instrumentos de poder más que de conocimiento”. En este sentido, la oralidad se cuela en la escritura, asomando su guadaña, travistiéndola, doblándola. Una verdadera “boca escrita”, postulada por el mismo Lemebel, que venga a “revertir la mordaza impuesta”, dispuesta a “usar lo que omiten, niegan o fabrican las palabras, para saber qué de nosotros se oculta, no se sabe o no se dice”. Aunque reconoce en A modo de sinopsis que llegó a la escritura “sin quererlo”, su escritura, pletórica de habla, es en propiedad una subversión, una acción política al servicio del “otro”, los pobres, los subalternos.

 

“Vadeando los géneros binarios, escurriéndose de la postal sepia de la familia y sobre todo escamoteando la vigilancia del discurso; más bien aprovechando sus intervalos y silencios; entremedio y a medias, reciclando una oralidad del detritus como alquimia excretora que demarca en el goce esfinteral su crónica rosa. Me atengo a la perturbación de este aroma para comparecer con mi diferencia (…) Desde un imaginario ligoso expulso estos materiales excedentes para maquillar el deseo político en opresión. Devengo coleóptero que teje su miel negra, devengo mujer como cualquier minoría. Me complicito en su matriz de ultraje, hago alianzas con la madre indolatina y aprendo la lengua patriarcal para maldecirla” (crónica Loco afán, pág. 165).

 

El barroco o barroquismo es otro eje articulante de su obra, pero esto no hay que entenderlo como simple artefacto estético al servicio de un lenguaje espectacular, fanfarrón, lleno de complejas figuras literarias, sino como una manera de visibilizar el mundo popular, darle “voz”, además de tensionar la contradicción entre alta y baja cultura. Como dice Carlos Monsiváis, la escritura de Lemebel es “menos dramática, menos enamorada de sus propios laberintos, más ansiosa de invocar la complicidad del lector”. Por tanto, detrás de ese barroquismo, esa intencionalidad del exceso, de lo complejo, busca, una vez asentada esa complicidad, un estilo más directo, más evidente. En un país profundamente desigual y segmentado donde las clases sociales se miran con sospecha,  Lemebel, a través de lo kitsch, lo cursi, nos permite dialogar, transitar, navegar, no sin denuncia, desde una “territorialidad movediza, tránsfuga”. Sus crónicas, en el fondo, son verdaderas bombas de racimo que desmantelan el buen gusto, el buen lenguaje.

 

“Podría escribir clarito, podría escribir sin tantos recovecos, sin tanto remolino inútil. Podría escribir casi telegráfico para la globa y para la homologación simétrica de las lenguas arrodilladas al inglés (…) Podría mejorar el idioma metiéndome en el orto mis metáforas corroídas, mis deseos malolientes y mi desbaratada cabeza de mariluz o marisombra, sin sombrilla o con el paraguas al revés, a todo sol para que la globa me haga mundial, exportable, traducible hasta el arameo que me canta como un florido peo. Podría guardarme la ira y la rabia emplumada de mis imágenes, la violencia devuelta a la violencia y dormir tranquilo con mi novelería cursi. Pero no me llamo así, me inventé un nombre con arrastre de tango maricueca, bolero rockerazo o vedette travestonga” (crónica A modo de sinopsis, pág. 279).

 

La palabra crónica es clave. Una crónica seductora, carnavalesca, festiva, sin duda. Una crónica elegida “por decir algo, por la urgencia de nombrar de alguna forma lo que uno hace”. Una crónica urbana con la potencia de travestir de  elucubración “cierto afán escritural embarrado de contingencia”. Dice Lemebel: “Te digo crónica como podría decirte apuntes al margen, croquis, anotación de sucesos, registro de un chisme, una noticia, un recuerdo al que se le saca enamoradamente para no olvidar”. La crónica es el medio elegido para hablarnos de su infancia en el Zanjón de la Aguada, de los años de la Unidad Popular, de su militancia sexual, de las calles nocturnas de un Santiago gris, de las farsas de la transición pactada, de la crueldad y la marginación, del trauma del golpe militar “y sus golpecitos”, del horror de aquella “historia mordida”, acusando en el rol de verdugo a los inquisidores, asesinos, en medio de la hipocresía de otros tantos que prefirieron callar o no saber o simplemente omitir.

 

“En esa pequeña cordillera de mugres, los niños de los bloques jugábamos al esquí en los cerros de basura, nos deslizábamos en una palangana por las laderas peligrosas de fonolas humeantes. Allí, en los acantilados de escoria urbana, buscábamos pequeños tesoros, peinetas de esmeraldas sin dientes, papeles dorados de Ambrosoli, el pedazo de revista Ritmo bajo un espinazo de quiltro, una botella de magnesia azul churreteada de caca viva, un pedazo de disco 45 semienterrado, espejeando la muda música del basural que hervía de moscas, gusanos y guarenes esa mañana de septiembre de 1973” (crónica Los cinco minutos te hacen florecer, pág. 56).

 

“Nunca supe de ti, quizás escondido, arrancado, torturado, acribillado o desaparecido en el pentagrama impune y sin música del duelo patrio. Algo me dice que fue así. Santiago es una esquina, Santiago no es el gran mundo” (crónica La ciudad sin ti, pág. 69).

 

“Todo el mundo veía y prefería no mirar, no saber, no escuchar esos horrores que se filtraban por la prensa extranjera. Esos cuarteles tapizados de enchufes y ganchos sanguinolentos, esas fosas de cuerpos retorcidos. Era demasiado terrible para creerlo. En este país tan culto, de escritores y poetas, no ocurren esas cosas, pura literatura tremendista, pura propaganda marxista para desprestigiar al gobierno, decía Mariana subiendo el volumen de la música para acallar los gemidos estrangulados que se filtraban desde el jardín” (crónica Las orquídeas negras de Mariana Callejas, pág.113).

 

No es baladí que Lemebel haya comenzado a escribir crónicas a comienzos de los 90, o sea, el comienzo de la transición democrática postPinochet pero no posdictadura, o sea, una democracia protegida bajo el modelo autoritario. La crónica es entendida, entonces, como un material político, como una bala de memoria, que le permite sacar cuentas “sobre una realidad ausente, sumergida por el cambiante acontecer de la paranoia urbana”. Lemebel escribe con rabia, “una rabia macerada y en espera de su pronta ebullición”, una rabia desde el resentimiento y profundamente contra: contra el macho, contra el milico, contra la whiskierda, contra la patricia familia chilensis, contra el arribismo desclasado, contra la sociedad anestesiada y neoliberal, contra la despolitización.

 

Todo lo anterior nos permite afirmar que la escritura de Lemebel, aquella “boca escrita” es trans, y lo es profundamente. También porque sus obras circulaban y circulan en diversos formatos. Y esto es consciente, lo fue. Casi como un panfleto, sus crónicas pasaban por internet, por la radio, por revistas. Con mayor o menos divulgación, pero siempre desde una posición de izquierda, periférica, no institucionalizada. Dice el mismo autor: “De alguna manera lo que hacen mis textos es piratear contenidos que tienen una raigambre más popular para hacerlos transitar en otros medios donde el libro es un producto sofisticado”. Crítico de los ambientes académicos, literarios y siúticos, Lemebel escribe con intención, a veces con furia, con riesgo, y muy lejos de los “paladares difíciles, finos”, porque allí, y con la vigencia de siempre, está Chile, con la urgencia del descontento y la pervivencia de los oprimidos.