La escritora argentina, una de las invitadas de la Furia del Libro 2018, publicó su primera novela en 2012 y llamó la atención de críticos y lectores con esta pequeña gran historia de ruralidad. El libro llega a Chile editado por Montacerdos.

Selva Almada. Crédito foto: Agustina Fernández.

Se estima que 44 millones de personas viven en Argentina y que de ellas, unas 30 millones no viven en la provincia de Buenos Aires. Aún así, a toda esa vasta zona del norte, sur y oeste de la capital los argentinos le llaman “el interior”, una zona aparentemente lejana y confusa que puede ser selva, pampa o montaña, pero que en todos los casos –según los ojos de los citadinos- pareciera ser salvaje. De algún lugar de esa zona proviene Selva Almada (Entre Ríos, 1973) y allí –en otro lugar de esos- transcurre “El viento que arrasa” (2012), una novela corta en donde el encuentro fortuito entre dos microfamilias incompletas –una de ellas, encabezada por un pastor protestante- de pronto se convierte en una gran historia sobre la fe.

El viento que arrasa. Selva Almada, Montacerdos, 2017.

“Es una novela llena de silencios, aunque el pastor Pearson sea un gran orador”, explica la autora sobre “El viento que arrasa”, libro que ya lleva nueve reimpresiones y que la autora presenta en la Furia del Libro, editado por Montacerdos. “Después que la terminé y que pasó un tiempo como para poder pensar en ese texto, me di cuenta de que es un susurro. Y que está bien que sea así porque a dios se le habla susurrando y no a los gritos. Al dios cristiano y si somos animistas a les dioses que habitan la naturaleza. En los dos personajes adultos hay mucho de eso: son dos personas de fe. Y ese es el tono que tiene la novela.

—¿Por qué en Argentina hablan de “el interior”? Suena a algo escondido, guardado, más esencial y quizá más salvaje.

—Sí, creo que aquí también nos preguntamos (sobre todo quienes hemos nacido y crecido en las provincias) qué se quiere decir cuando se dice “interior”. Por supuesto es una denominación que responde únicamente al centralismo de Buenos Aires, pero a veces también la pienso como vos, de una manera más poética: el interior como algo más esencial. Me gusta: esencia y salvaje. Salvaje en el sentido de indómito, claro. ¡Una vez titularon una entrevista que me hicieron: El interior salvaje, y alguna gente de mi pueblo se enojó bastante! Pero sí es verdad que la vida en las provincias, que el universo de las provincias que es bien distinto en el norte, en el sur, en el oeste y en el este, que tiene su propio lenguaje, es bien interesante. Para mí tiene una potencia narrativa que no encuentro, al menos no todavía, en la vida urbana. Creo que una de las cosas que más me interesa de ese universo es todo lo que no se dice; la sensación de que por debajo está pasando algo y no sabemos qué, no sabemos cuándo eso nos va a estallar en la cara.

No me interesan los temas en la literatura; no me interesa de qué habla una novela. Me gusta entrar a un libro y habitarlo.

—La historia de “El viento…” parece inclasificable. ¿Cuál fue tu primera inquietud detrás de esta historia?

—Siempre digo que a mí no me interesan los temas en la literatura; no me interesa de qué habla una novela. Me gusta entrar a un libro y habitarlo. Cuando escribo me pasa lo mismo. Nunca hay una “idea” antes. Hay situaciones, personajes atravesados de conflictos, un clima, una pequeña anécdota… un hilo del que hay que tirar a ver qué va apareciendo. Cuando empecé a escribir la novela sólo sabía que habría una hija y un padre obligados a convivir en un auto, sin una casa, sin un lugar de pertenencia, yendo de un lado a otro, todo el tiempo. No sólo sería una relación incómoda, sino una relación llena de conflicto como suelen ser las relaciones entre padres e hijas, sobre todo en la adolescencia. Después aparecieron los personajes del mecánico y de Tapioca, como personajes dobles del pastor y su hija, pero también como otra manera de relacionarse. Pero, volviendo a la pregunta, claro que puede leerse como una novela sobre las paternidades. Creo que todo lo que escribo tiene que ver con eso: con la familia como algo que hay que poner en cuestión. Siempre repito un verso de Fabián Casas: “todo lo que se pudre forma una familia”. Estoy completamente de acuerdo. También puede leerse como una novela de iniciación. Y creo que también es una novela sobre la fe, aunque yo no sea una persona creyente.

—¿No es incómodo escribir sobre la fe no siendo una persona creyente?

Bueno, no se me hubiera ocurrido escribir sobre la fe… pero como te dije no escribo sobre. En ese universo los personajes tienen fe, ahí funciona, yo simplemente lo escribo. De todos modos no le tengo miedo a la incomodidad. Creo que escribir es un acto incómodo; debe serlo. No tiene sentido para mí escribir desde y en la comodidad. Si no hay interpelación, si no me siento interpelada, molestada por lo que escribo, la verdad es que me interesa poco y nada la escritura. Me pasa lo mismo con la lectura. Tal vez por ello abandono más libros de los que termino.

Creo que escribir es un acto incómodo; debe serlo. No tiene sentido para mí escribir desde y en la comodidad.

—A las autoras suelen exigirles más personajes femeninos. Aquí desaparecen las madres y Leni, la hija, está sola entre hombres (y perros). 

—Curiosamente, o no, en realidad estoy siendo irónica (acá, ahora sí) a las escritoras se nos exigen siempre un montón de cosas… no ocurre lo mismo con los escritores varones. Pero por supuesto me tiene sin cuidado qué se espera (quién, quiénes) de una escritora. No tengo que rendirle cuentas a nadie. Las madres en la novela están ausentes por diferentes motivos: una fue abandonada por su marido, fue arrojada del auto como un perro, su hija le fue arrebatada. La otra decidió que era mejor para su hijo vivir con ese hombre desconocido a seguir con ella. Podemos leerlo también como un acto de generosidad de parte de la madre de Tapioca. Podemos leerlo, en efecto, como un acto de abandono. Y está bien, ¿por qué no? Esa idea de que las madres, las verdaderas madres, se deben a sus hijos es una idea instalada por el patriarcado: el hijo como ancla, la mujer cautiva de su rol de madre. Leni es la única mujer de la novela y tampoco es una chica convencional. Me gustan los personajes corridos, desenfocados. Leni es un personaje así: no sabemos muy bien qué quiere, qué piensa… pero podemos intuir que lo que ella quiere no es lo que los demás esperan de ella.

Volver a la no ficción

 

Los últimos dos libros de Almada se alejan de la ficción: “Chicas muertas” (Random House, 2014) es una crónica de tres adolescentes asesinadas (en un crimen aún impune) en los años 80 y “El mono en el remolino: Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel” (Random House, 2017), fue escrita a partir de sus observaciones durante el rodaje de dicha película. Es una vuelta a los inicios para la autora, cuyas primeras incursiones en la escritura fueron mientras estudiaba Comunicación Social.

Chicas muertas. Selva Almada, Random House, 2014.

—¿Fue difícil salirse de la estructura periodística para escribir de forma creativa? ¿Cómo fue luego la experiencia para escribir no ficción en “Chicas muertas”?

—En realidad empecé a escribir ficción estando en la facultad. De chica había decidido ser periodista, sin embargo siempre había leído literatura. No sé por qué no se me había ocurrido escribir… y fue estudiando comunicación que empecé a hacerlo. Ahí todo me pareció tan claro, es decir: ¡que lo quería ser era escritora y no periodista! Así que dejé la carrera y empecé a estudiar literatura, allí conocí otra gente que escribía, empezamos a juntarnos, a leernos, a recomendarnos otras lecturas. Escribir “Chicas muertas” en realidad fue volver y cerrar algo que había quedado abierto y que tenía que ver con ese deseo del periodismo.

De algún modo ese libro vino juntar esa que fui a los veinte años con esta que soy a los cuarenta y pico. Y sí, me pasó que cuando empecé a escribir el libro sentía que tenía que hacerlo “periodísticamente” para que tuviera credibilidad pero esa voz me resultaba falsa, impostada… no me reconocía ahí. Lo hablé con la editora: ella me dijo es que vos no sos periodista, sos escritora; escribí el libro como la escritora que sos. Y entonces, echando mano de las herramientas de la literatura, de la ficción, pude escribir un libro que no tiene nada de ficción, que es absolutamente documental y sin embargo se deja leer con la amabilidad de una novela.

—¿Y cómo resultó “El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama”?

El mono en el Remolino. Selva Almada, Random House, 2017.

—El mono en el remolino fue un proyecto que se les ocurrió a los productores de “Zama”: ellos y Lucrecia Martel me invitaron a ir al rodaje y después escribir lo que se me ocurriera. Fue una experiencia rarísima, la verdad. Yo tampoco nunca había estado en un rodaje. Puedo decir que es una de las cosas más aburridas que hice jamás: en un rodaje cada uno tiene una función muy específica y la mía era simplemente observar… así que me sentía un estorbo; estaba todo el tiempo tratando de no pisar un cable, de no toser y malograr el sonido de una escena, de volverme invisible. Creo que esa incomodidad que me produjo fue lo que finalmente le dio forma al libro. Son textos no escritos detrás del rodaje si no desde la periferia del rodaje: escenas avistadas desde lejos; los alrededores; los personajes secundarios; los bolos, los técnicos, las locaciones… el libro cuenta eso, son impresiones fugaces y muy personales sobre una película. Estoy muy contenta con ese libro. Fue un desafío enorme: ¡qué tipo de libro puedo escribir! Escribí uno bastante raro, atípico.

 

Presentación de “El viento que arrasa”

 

Domingo 16 de diciembre, 20:00 horas, Sala C2: Presentación/entrevista sobre “El viento que arrasa”, de Selva Almada. Participan Carolina Melys (Chile) y Selva Almada.