En Colección particular, de Gonzalo Eltesch, preguntarse por la familia equivale a preguntarse por la literatura. La ficción puede ser incluso más cercana que la realidad. Y la tristeza parece ser un estado neutro desde el cual se narra y se entiende la propia historia.

Colección particular
Gonzalo Eltesch
Libros del Laurel
2015

Gonzalo Eltesch en Colección particular (Libros del Laurel, 2015) utiliza la técnica del collage para construir esta obra, pero en vez de unir recortes de revistas viejas, parece haber tomado los diarios de vida y álbumes fotográficos de la casa de sus padres. Esto, por cierto, es solo una imagen, la única que encuentro para intentar transmitir la sensación que produce esta novela. Colección particular es una obra resuelta a deshacerse de piezas muy valiosas de la vida privada para hacerlas ficción. “La imaginación es como recordar. ¿O es como confundir el recuerdo?” (103) dice el narrador.

La estructura de esta novela es particular, parece estar construida con una enorme sofisticación y cuidado, ubicando cada pieza en el lugar apropiado, al mismo tiempo que parece ser una novela que se reescribe en sí misma. Desde la metaficción se problematiza a sí misma pero persiste, hace un borrón y continua en la siguiente línea.

Hay al menos dos historias que se están narrando al mismo tiempo: en primer lugar, la historia de la memoria que reconstruye una historia familiar; luego, está la historia de la autoficción y la metaficción, que es la historia del escritor que trabaja en esta novela, que problematiza la primera historia, que problematiza, diríamos, la capacidad que tenemos de escribir la memoria.

“¿Cómo sería esta historia narrada por mi padre? ¿O por mi madre? ¿O por mi abuela? ¿O por mi hermano que aquí no existe? ¿También sería una traición?” (56). Son preguntas que se realiza el narrador protagonista y es que la narración en sí misma es un tema en esta novela, hay plena consciencia de que el ejercicio de la escritura atenta en contra de la realidad.

Hay algo de sacrificial en la historia que se construye en esa novela, que se construye a pesar de la novela y su estructura autoproblemática. Hay una memoria puesta sobre la mesa, expuesta para ser analizada, de la historia privada de Gonzalo Eltesch o del personaje con el mismo nombre. Un padre pinochetista que no es capaz de cuidar de sí mismo, que se autodestruye con el cigarro y que en último caso asume la distancia que provoca con su hijo. A un padre así se le puede odiar o se le puede matar o se puede escribir acerca de él, alterando la realidad y de esa forma se le protege. La violencia literaria es una forma de amor. Por eso el personaje les habla cuando están dormidos, así la conversación no sucede, aunque estén ambas personas. Es solo un diálogo de ficción: “Espero a que su respiración se haga más profunda, interminable, para estar seguro de que no me escucha cuando le empiezo a hablar a mi padre, de mi madre, de la abuela, de Valparaíso. Cuando inicio mi historia” (14).

Colección particular es también una novela profundamente triste, no de una tristeza desgarradora, pero sí de una emocionalidad contundente. La tristeza parece ser un estado neutro desde el cual se narra y se entiende la propia historia. En esta obra preguntarse por la familia equivale a preguntarse por la literatura. La ficción puede ser incluso más cercana que la realidad. El protagonista se conmueve más con el derrame cerebral de la anciana de la película Amour del director Michael Haneke, que con el de su abuela, precisamente porque se siente más cercano a la ficción, y por lo tanto a los libros y al cine, que a la realidad.

Los libros no son interlocutores demandantes, podrían serlo, pero se les puede controlar: cuando se hace una colección particular de libros, cuando se compra los libros de un tema y no se sabe si es para leerlos o para coleccionarlos. Como hacía su padre con los libros que se publicaban acerca de Valparaíso. Como hace el narrador quizás emulando el hábito de su padre. Y como hacemos muchos de los lectores.