Violencia, éxtasis y abyección en una historia cultural del columpio, escrita por el historiador español Javier Moscoso, cuyo método cambia el contexto profundo por la seducción de la semejanza, según señala el reseñista.

Los muebles han llamado la atención de los historiadores culturales en la última década. Desde la “historia natural” de la silla de Witold Rybczynski (2016), pasando por la “historia horizontal” de la cama de Brian Fagan y Nadia Durrani (2019), hasta la “historia visual y cultural” de los asientos de los astrónomos Omar W. Nasim (2021), las antiguas superficies de la vida cotidiana se han convertido en nuevos objetos de estudio. Estos especialistas ven los divanes y los sofás como planos de fricción donde la cultura esculpe el cuerpo y las posturas del cuerpo, a su vez, configuran la materia de la historia.
¿Qué nos pueden enseñar los balancines, las hamacas o los neumáticos que cuelgan de los árboles sobre el pasado y el presente de la humanidad? Para Javier Moscoso, cuya Historia del columpio ofrece una historia global del mismo, tal pregunta puede responderse realizando una “arqueología de lo visible”, una indagación sobre “la trascendencia de las cosas cotidianas, las circunstancias que determinan sus usos, sus abusos y abandonos”. Moscoso, historiador de las emociones y los sentidos, autor de una Historia cultural del dolor (2011), postula que estos asientos móviles, ahora confinados principalmente a patios de recreo y pórticos, desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la religión, la sexualidad y “la fisiología de la orientación”. Dividiendo esta última frase en distintas sensaciones, sostiene que los columpios ayudan a explicar la aparición del vértigo, la desorientación, la angustia, el impulso y la suspensión como categorías de experiencia. Esta no es una historia del diseño, y los estudiantes de esa disciplina pueden sentirse menospreciados por la escasez de marcas y modelos. Esta es una historia sobre la percepción humana.
Moscoso, historiador de las emociones y los sentidos, postula que los columpios desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la religión, la sexualidad y la fisiología de la orientación.
Sexo y muerte son los polos entre los que oscila Moscoso en Historia del columpio. “Sus orígenes mitológicos —¿pues hay acaso otros orígenes?— se remontan al momento en que la diosa Isis se columpió en el pene de su esposo muerto, que también era su hermano, bajo la forma alada de un milano”. Esta frase resume el estilo vivaz de Moscoso, que se desarrolla a nivel de cada línea, párrafo y capítulo. Su oscilación entre el saber erudito, la intrusión editorial, la revelación inexpresiva y la conclusión esotérica crea resultados dramáticos, aunque ocasionalmente abrumadores.

Como todos los mecanismos de lo erótico, el columpiarse también implica violencia, éxtasis y abyección en sus apariciones a lo largo de la historia. En cuestión de páginas leemos sobre la tortura europea con cuerdas, la ceremonia hindú de balanceo de carak-puja, donde los cuerpos suplicantes son suspendidos de ganchos afilados, la novela erótica china del siglo XVII Jin Ping Mei, en la que un personaje pierde misteriosamente su virginidad al caerse de un columpio, y un tal “doctor Amelunken”, que creía que la mejor cura para el vértigo era “el polvo de la deposición de ardilla roja, mejor hembra que macho, hasta el peso de un escudo, que se tomaría cada mañana en vino o en cerveza”. Moscoso describe la historia del uso del columpio como tratamiento médico, en el que la dosis creaba el veneno. El mismo movimiento que se utilizó durante siglos para ayudar a los enfermos —Avicena lo prescribió para la lepra, Cristóbal Méndez para la gota, Benjamin Rush para la manía— fue criticado por Louis-Charles-Henri Macquart, quien creía que el balanceo excesivo podía invertir el sentido de la circulación de la sangre, y por Immanuel Kant, quien denunció el balanceo por inducir vértigos y vómitos, así como la costumbre de acunar a los niños por personas que “juegan con sus hijos como si fueran monos”.
Una de las afirmaciones centrales de Moscoso es que el columpio acompaña al “festival de licencia” carnavalesco: actuaciones rituales que transponen las obligaciones de clase y género.
Se puede elogiar Historia del columpio por su ambición y audacia, lo que ayuda a justificar el alcance global. Este tipo de método comparativista, necesariamente, cambia el contexto profundo por la seducción de la semejanza. “La Horca”, un capítulo con una lectura ampliada del suicidio de Erígone en la horca en la leyenda griega, linda con “El yugo”, que comienza con una discusión sobre el significado político de la ondulación en el sudeste asiático. Luego ofrece un relato vertiginoso de los rituales que involucran a mujeres balanceándose, desde las ceremonias akha del norte de Tailandia, pasando por la festividad del Dano en Corea, hasta las danzas tradicionales de los pueblos ashanti en Ghana y tekinam en Guinea. Este tema se retoma en un capítulo titulado “Sexo”, donde encontramos una extensa historia visual de la venus pendula erótica, en la que las mujeres están suspendidas sobre los hombres. Una de las afirmaciones centrales de Moscoso es que el columpio acompaña al “festival de licencia” carnavalesco: actuaciones rituales que transponen las obligaciones de clase y género. “Quien está abajo puede jugar a estar arriba y quien está arriba, abajo”. A pesar de la atención sostenida a la sexualidad, hay una notoria ausencia de las culturas queer en esta historia global.
En última instancia, el columpio surge aquí como representando un proceso que Herbert Marcuse alguna vez llamó desublimación represiva: crear “la ilusión de libertad y emancipación” a través de “formas ritualizadas de favorecer el autoengaño”. Javier Moscoso busca descubrir “esos espacios compartidos que permiten trazar una historia global de lo común”, pero admite, como conclusión, que esas leyendas, historias y vaivenes que tanto le interesan “no serían nada sin el proceso social en el que se inscriben”.

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