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Los experimentos de Carlo Ginzburg

El último libro del historiador italiano Carlo Ginzburg aborda en diversos ensayos cuestiones que ponen siempre en juego al observador y su presente, pues formulan las preguntas con el lenguaje del presente, pero las respuestas deben reconstruirse comprendiendo el lenguaje del pasado y el de los demás.

Carlo Ginzburg (1939), historiador italiano.

La letra mata es una colección de ensayos publicados por Carlo Ginzburg a lo largo de veinte años, más otros inéditos, que continúa un camino marcado por sus otros volúmenes como Mitos, emblemas e indicios, Ojazos de madera, El hilo y las huellas, Relaciones de fuerza, Miedo, reverencia, terror. Se trata de ensayos dedicados a temas, casos, personajes históricos, testimonios y documentos sólo aparentemente dispares, unidos por una red de referencias y una profunda continuidad, constituida por la intención de “hacer emerger la complejidad que se esconde en la dimensión literal de un texto”. Este objetivo ha caracterizado la obra de Ginzburg desde los primeros experimentos en microhistoria, como las investigaciones sobre los procesos inquisitoriales que dieron lugar a obras maestras como Los Benandanti y El queso y los gusanos: la dificultad, en esos casos, radicaba en el intento de interpretar voces de individuos acusados de herejía y por tanto condicionados por la amenaza, como el molinero friulano Menocchio, quien se jugó su libertad y su vida durante sus interrogatorios. El gesto fundamental de la historiografía de Ginzburg consistió entonces en intentar reconstruir el pensamiento expresado en esos minutos, reconectándolo con tradiciones populares y cultas de inesperada amplitud y profundidad. El trabajo filológico sobre la letra del texto y sobre las relaciones de poder entre clases y culturas que lo atraviesan continuó en las colecciones de ensayos breves a partir de otros casos, con la conciencia de que el historiador y el antropólogo ocupan la posición de interrogadores que en su tiempo había sido la de los inquisidores.

La investigación de Ginzburg, de hecho, conlleva siempre poner en juego al observador y su presente. Esta relación con los acontecimientos actuales, que cobra vida cuando se cuestiona la supuesta evidencia del significado de textos e imágenes, es recordada por el término “experimento”, con el que Ginzburg caracteriza sus ensayos. Varias reflexiones que recorren La letra mata están dedicadas al método implicado por este término: en el experimento siempre se trata de poner a prueba una hipótesis formulada por el investigador y, en este sentido, puede valer el lema de Croce según el cual “toda historia es historia contemporánea”; pero Ginzburg inmediatamente precisa (refiriéndose a la distinción que hace Kenneth Pike entre emic y etic, es decir, entre el punto de vista de los actores sociales y el punto de vista de los observadores externos) que, si las preguntas se formulan siempre con el lenguaje del presente, por tanto con un anacronismo, las respuestas deben reconstruirse comprendiendo el lenguaje del pasado y el de los demás. Debemos concluir, por tanto, que más bien “toda historia es historia comparada”, es decir, fundada en una comparación de puntos de vista y lenguajes pertenecientes a contextos diversos.

El queso y los gusanos, publicado en 1976 por Ginzburg, es considerado por el reseñista «una obra maestra».

Pasar por alto este punto implica un riesgo de agobio por parte del historiador, similar al mencionado anteriormente respecto de los procesos inquisitoriales, y un consiguiente aplastamiento del pasado por el presente (como ocurre, por ejemplo, en el actualismo de Giovanni Gentile). A este riesgo Ginzburg contrapone la exigencia de defender la perspectiva histórica en su búsqueda de la verdad. En esto reside un aspecto filosófico de la historiografía de Ginzburg, que se encuentra en confrontar a figuras como Agustín, Hobbes, Spinoza, Vico, Hegel, Freud, Benjamin, y que lleva a una conclusión de gran importancia. Desde el punto de vista de Ginzburg, hay que rechazar dos alternativas: la “empatía”, que busca una completa transparencia de los demás, y la “ventriloquia”, que consiste en atribuir nuestros pensamientos a los otros. Dos “trampas” —actualmente muy extendidas— que tienden a coincidir, ya que al descartar la complejidad irreductible de la interpretación en nombre de la empatía siempre se corre el riesgo de hacer hablar a los demás con la propia voz. Frente a este riesgo, no debemos renunciar a la posibilidad de comprender, ni denunciar cualquier conocimiento como una forma de abuso del Poder a costa de un individuo inefable (como efectivamente reprochó Ginzburg a Michel Foucault en el prefacio de El queso y los gusanos); debemos, en cambio, intentar comprender mejor a partir de los documentos: la letra, de hecho.

Pero el punto de origen de la cuestión, de la que procede el título de este volumen, es la exégesis bíblica. Como recuerda el propio Ginzburg, un ensayo suyo anterior había llevado a la hipótesis de que nuestra idea de perspectiva histórica de un texto, es decir, de interpretar la letra del texto a la luz de un contexto pasado, nació con Agustín y el problema cristiano de encontrar un significado más profundo que la letra del texto hebreo de la Biblia, para presentar así el cristianismo como la “verdadera Israel”. El tema se retoma aquí en relación con el término paulino “revelación”, “descubrimiento”: para Pablo se trata precisamente de sostener que el cristianismo permite ver un sentido todavía inaccesible a los judíos y, por tanto, superar sus puntos de vista (como lo expresaría Hegel), según la máxima de que “la letra mata, el espíritu da vida”. Pero Ginzburg parte de nuevo de Lorenzo Valla, quien del método histórico-filológico recabó la falsificación de un documento como la donación de Constantino; y de Baruch Spinoza, que entiende la revelación transmitida por los profetas como un elemento de un texto que debe ser interpretado en su dimensión histórico-lingüística. A partir de estos ejemplos, Ginzburg se remonta a una larga tradición de origen judío dedicada a la interpretación del texto bíblico según el principio de “acomodación” a un contexto histórico perdido, sobre el que ya se había centrado Amos Funkenstein en un libro fundamental, Teología y la imaginación científica. La hipótesis de Ginzburg, al final de su recorrido por la historia de la exégesis, es que la perspectiva histórica es “una versión secularizada de la revelación”. En esta perspectiva, la conciencia histórica del presente adquiere una complejidad y un dominio nunca completo del sentido, que la escatología busca superar de una vez por todas.

La historia y las conclusiones de Ginzburg son interesantes para comprender el colonialismo del pasado, pero una vez más implican un horizonte actual, sugiriendo consideraciones sobre la recurrencia del conflicto ideológico y material entre (ex)colonizadores y colonizados.

Es un reconocimiento historiográfico que vale también en el sentido psicoanalítico, como se aclara explícitamente en el ensayo «Revelaciones involuntarias», ya que a menudo se trata de captar un significado que el autor del texto no quiso transmitir conscientemente. Además, la investigación histórica implica una comparación consciente con el papel del azar, tematizado en «Conversar con Orión»: a menudo el descubrimiento de textos desconocidos y comparaciones aparentemente superficiales, que pueden ocurrir con el uso cuidadoso de archivos y motores de búsqueda, pueden proporcionar respuestas (o preguntas) que el investigador no había previsto. Se trata de refinamientos metodológicos a los que Ginzburg se refiere, en breves comentarios, en defensa de un modelo de conocimiento basado en la búsqueda indiciaria de la evidencia y de la verdad compartida, que durante muchos años se han visto amenazadas por el relativismo posmoderno y la reevaluación asociada de la “identidad” como principio de validación de las creencias: “una palabra de moda, completamente engañosa”.

Relaciones de fuerza y ​​complejidad de sentido se encuentran en estudios sobre temas coloniales, como el largo ensayo “La latitud, los esclavos, la Biblia”. Al analizar los panfletos de Jean-Pierre Purry, un calvinista suizo que trabajó para la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y fundó una colonia en la Carolina británica a principios del siglo XVIII, Ginzburg muestra cómo su justificación del colonialismo fue fruto de una lectura de la Biblia, probablemente superpuesta a la de Locke: derivó argumentos sobre el derecho de propiedad adquirido por trabajar la tierra y no por el simple hecho de haber habitado una región durante mucho tiempo. De este caso Ginzburg deriva una reconsideración de la famosa tesis de Max Weber sobre los orígenes religiosos de la ética protestante, que sin embargo debería corregirse teniendo en cuenta el aspecto económico del proceso colonial identificado por Marx. En resumen, en palabras de una figura individual, se concentra y revela una complejidad que los modelos historiográficos generales no captan. La historia y las conclusiones de Ginzburg son interesantes para comprender el colonialismo del pasado, pero una vez más implican un horizonte actual, sugiriendo consideraciones sobre la recurrencia del conflicto ideológico y material entre (ex)colonizadores y colonizados, por ejemplo, en el Brasil de hoy.

El tema colonial está asociado al del método: se puede ver en el ensayo “Etnofilología”, dedicado al trabajo de traducción de la lengua quechua de un historiador mestizo como Garcilaso de la Vega, la reivindicación de la especificidad lingüística y cultural de los nativos hace uso de categorías y conocimientos de los colonizadores, como la filología. Surge entonces una “trama inquietante” similar a la que Ginzburg encontró en el caso de Agustín, “inventor” de la perspectiva histórica: la flexibilidad y la voluntad de compromiso del cristianismo, facilitadas por las ciencias lingüísticas y filológicas, fueron un arma muy poderosa del colonialismo, pero al mismo tiempo, constituye un patrimonio científico indispensable, que también puede ser utilizado por quienes quieran dar voz al punto de vista indígena y a las víctimas de la violencia colonial.

Es una lección que Ginzburg ya encontró en el “etnocentrismo crítico” de Ernesto De Martino, historiador y pensador al que siempre ha hecho referencia, presente también en este libro en un ensayo dedicado al proyecto El fin del mundo. Este recuerdo es evidencia de que las investigaciones de Ginzburg mantienen abierta una línea de investigación de orígenes del siglo XX sobre la crisis de la sociedad y la racionalidad occidentales, que no desemboca en una “abdicación”, sino en una profundización crítica y una continua ampliación de horizontes.

La invitación explícita es a recuperar la capacidad de leer la complejidad del pasado y del presente en una era de manipulación peligrosa y nociva de las noticias y la falsificación de conspiraciones.

Así, contra toda teleología histórica y partidismo ideológico seguros, Ginzburg continúa revelando episodios poco conocidos y sorprendentes, mostrando cómo toda tradición tiene su ambivalencia. Hay otros ejemplos, en La letra mata, la identificación de los precursores de la Ilustración en la obra de los jesuitas en China (en el ensayo “Aún sobre los ritos chinos”), o de las raíces judías del escepticismo irreligioso de Montaigne (en el ensayo “El secreto de Montaigne”). Una vez más, esto no es mera erudición al servicio de la corrección filológica. La invitación explícita es a recuperar la capacidad de leer la complejidad del pasado y del presente en una era de manipulación peligrosa y nociva de las noticias y la falsificación de conspiraciones (tema en el que Ginzburg ha estado trabajando durante años): “En un mundo como el nuestro, inundado por las fake news, la invitación a leer los testimonios entre líneas, para recoger las ‘revelaciones involuntarias’, es muy actual. Enseña a reconocer la fuerza de los mitos y de las mentiras, y desenmascarar a unos y a otros”.

La letra mata, de Carlo Ginzburg . Trad. R. Gaune, FCE, Santiago, 2024, 370 pp.

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