Fleur Jaeggy: “El vacío es una planta que hay que regar constantemente”

Ediciones Universidad Diego Portales ha publicado de Jaeggy sus “Vidas conjeturales” y “Oda, seguido de Encuentro en el Bronx”, mientras que Tusquets recupera sus dos primeras novelas “El dedo en la boca” y “Las estatuas de agua”. Nacida en Suiza, pero escritora en lengua italiana, pasó su infancia en internados, entre Zurich y Roma. Dedicada a la literatura, a escribir y traducir, se casó con Roberto Calasso. Una entrevista con algunas confesiones de una autora fundamental de la literatura europea.

Fleur Jaeggy con su máquina de escribir. Milán, 1989. Crédito: Ferdinando Scianna.

Conozco desde hace años a Fleur Jaeggy. Admiro sus delgados libros. Me fascinan sus silencios. Interrumpidos en su mayor parte por dudas, reflexiones, incertidumbres. Ganó el Premio Internacional “Tomasi di Lampedusa” por su último libro de relatos El último de la estirpe. “Me gusta Sicilia”, dice. “Y me tortura tener que ir allí”, agrega. Sus desasosiegos se manifiestan en ella en el signo de la brevedad. La palabra debe ser breve. Concisa. Entonada con una angustia a veces hilarante como si los estados de ansiedad que la envuelven fueran el mismo aire que respira. Fleur Jaeggy no es una mujer frágil. Ella es una mujer surrealista en algunos aspectos. A veces tengo la impresión que ella mira el mundo con un microscopio. Que observa a los demás como un entomólogo estudiaría sus propios insectos. Creo que es una cuestión de proporciones. Ama lo infinitamente pequeño: el detalle que se desvanece, la frase que nace, las cosas inanimadas que se dejan conservar en la memoria.

Tiene una comprensión y un apego muy particular a sus propios objetos. Son pocos, pero nunca se separaría de ellos: una máquina de escribir, unas tijeras de podar, un corazón de plata que le regaló Ingeborg Bachmann. En un cierto momento de nuestro largo encuentro en Milán me dice que tiene otro objeto, pero que ya no lo encuentra: un revólver. No sé si es algo que inventó en el momento. Me dice que lleva días, semanas, buscándolo. Una sonrisa indescifrable acompaña las pocas palabras. Sospecho que me estoy dejando absorber dentro de la inspiración para un relato.

Vidas conjeturales, de Fleur Jaeggy. Trad. M. A. Cabré, Ediciones UDP, Santiago, 2022, 2024, 68 pp.

-¿Cómo se inventa un cuento?

-No lo invento. Me siento durante horas frente a la máquina de escribir. Es una pequeña historia de disipación. Miro dentro de mí. Miro fuera de mí. Y no hay nada. Durante meses no hay nada. A veces durante años.

-¿Qué haces en aquel punto?

-Obra de resistencia y de abandono.

-¿A qué te resistes o a qué te abandonas?

-La resistencia es fruto de la disciplina. El uso de técnicas. Crear fricción o sufrirla en vista de un objetivo. ¿Cuál? Sobrevivir, flotar, protegerse. Y cuando la resistencia ya no aguanta más, se impone el abandono. Es como nadar. Brazos en el agua. Esfuerzos. Metas por alcanzar. Te engañas a ti mismo sobre devorar el mar, sobre resistirlo. Y cuando ya no tienes más fuerzas, te abandonas a él. Al desorden se impone la calma. Al frenesí, la paz.

-Parece casi a punto de la catástrofe.

-No querría nunca una catástrofe. Demasiado polvo y escombros que remover. Demasiados indicios de saturación.

-¿Es mejor el vacío?

-“Vacío” es una buena palabra. Se tiene que estar en el propio vacío. El vacío es silencio. Es soledad. Es la ausencia de relaciones. A veces me considero una persona carente de personalidad. Sin vida. No quisiera nada. Excepto, quizá, mi máquina de escribir. Es mi aliada. Su color verde pantano me tranquiliza. Se llama Hermes.

A veces me considero una persona carente de personalidad. Sin vida. No quisiera nada. Excepto, quizá, mi máquina de escribir. Es mi aliada.

-Has escrito que la escarcha crea al poeta.

-Sí, lo escribí, con un gran sigo de interrogación. Lo escribí pensando en mí misma. En el hielo que avanza. Cada vez menos movimiento. Pero también lo escribí pensando en mi amigo Joseph Brodsky.

-¿Qué tan amigo era?

-Creo que lo suficiente como para poderlo recordar. Me impactó su total afición al frío. Le gustaba. Lo buscaba como algo familiar. Una cualidad báltica indispensable en su vida. Recuerdo ciertas noches en Nueva York. En invierno. En Brooklyn, frente al Hudson. Con un frío agobiante. Joseph salió solo con una chaqueta puesta. Estaba agotado. Verlo indiferente a las temperaturas más bajas. Ahí se ve que la escarcha regresa. El conocimiento necesita el frío.

-¿Qué tan bien te conoces?

-Cada vez sé menos de mí misma. Y confieso que empiezo a sentir cierto fastidio de mí.

-¿Eres siempre tan implacable?

-Es una impaciencia introspectiva. Estoy aquí contigo en este momento. Siento tu presencia. Debería responder a algo que me preocupa. Pienso: ¿qué podría decirle? Y luego: ¿quién soy yo para poder decirle algo? Cuanto más pienso en mí, menos existo.

-Sin embargo, tienes una biografía.

-Desafortunadamente.

-Me sorprende el adverbio.

-¿Por qué?

-Después de todo, tus libros están imbuidos de la sustancia vivida. Desde Los hermosos años del castigo.

-Fue un ejercicio de azotes.

Oda / Encuentro en el Bronx, de Fleur Jaeggy. Trad. M. A. Cabré, Ediciones UDP, Santiago, 2024, 76 pp.

-Tienes un nombre suizo. ¿Dónde naciste exactamente?

-En Zúrich. Viví mi infancia y adolescencia en internados. Luego en Roma. Y finalmente en Milán.


-¿Qué recuerdas de Roma?

-A menudo me consideraba una romana. Vivía en la Via Lisbona. Salía con jóvenes. Montaba a caballo. Una vida agradable e insulsa al mismo tiempo. Estuvieron mis años en el internado. En Roma estudié con las monjas. Obtuve mi diploma de secundaria en Villa Pacis. Hoy ese internado ya no existe. Casi siento pena.

-¿Qué te da pena?

-Había algo agradable en la diversión de aquellos días. Besábamos la mano de la madre superiora. A la abadesa se le hacía una reverencia escandida en ocho tiempos. Me parece. Entonces todo se terminó. Fui a Zug, en Suiza. A un internado de monjas que enseñaban a manejar una casa. Una doma para niñas buenas. Todas las muchachas del internado querían tener una boda grandiosa.

-¿Y tú?

-Tenía 17 años. Era la preferida. Un día, con otras muchachas, hojeando una revista de moda, vimos el anuncio de un concurso de modelos.

-¿Participaste?

-Sí. La monja nos acompañó a tomar las fotos para enviarlas. Pensamos que era un juego. En realidad, fuimos elegidas dos. Poco después, comenzó mi breve carrera como modelo.

-¿Cuán breve?

-Un par de años. En aquel entonces no me gustaba la moda. Firmé un contrato. Empecé a viajar entre Europa y los Estados Unidos.

-¿Desfilabas?

-No. Eran sesiones de fotos. Ya era un poco insociable por aquel entonces. Detestaba que me fotografiaran. Tal vez quería verificar hasta qué punto podía desenamorarme de mi imagen.

-¿Tuviste éxito?

-Hoy prefiero observar más mis pensamientos que mi imagen.


-Estás casada con un gran editor, Roberto Calasso, quien fundó Adelphi. ¿Cómo se conocieron?

-En la segunda mitad de los años sesenta. Nos conocimos en la Universidad de Roma. Roberto dice que yo llevaba un abrigo loden verde, una blusa blanca y un bolso en bandolera. Me tomó por una jovencita. Dice que me ha notado, o mejor: observado. Nos casamos en 1968 en Londres.

Roberto Calasso (1941-2021), en su despacho, en 1989.

-Ese año publicaste tu primer libro.

-Es cierto. Fue mi pequeña revolución en el gran caos que se avecinaba. Dejamos Roma por Milán. Casualmente volví a Roma por mi amiga Ingeborg.

-¿Te refieres a Ingeborg Bachmann?

-Sí. Nos conocimos en un bar. Ella estaba sentada en un taburete. Parecía protegida por un escudo que la volvía intangible. Hablamos. Por casualidad. Hasta que nos hicimos amigas. Verdaderas. Tal vez sea la única amistad que añoro.


-¿Qué añoras exactamente?

-Su levedad. Nuestras charlas nocturnas. Una cierta dulce monotonía. En 1971 decidimos tomarnos unas vacaciones. Dejamos Roma para irnos a un lugar no lejos de Forte dei Marmi. Pasamos un mes juntas. Comprendí completamente la delicadeza de su alma.


-Murió inesperadamente un par de años después.

-Fue desgarrador su fin y el vacío absoluto que me ha dejado.

-Murió porque una bata se incendió mientras dormitaba y sostenía un cigarrillo encendido.

-La llevaron al hospital Sant’Eugenio. Estuve allí, con ella, los últimos días. Parecía que se había calmado. En el horrible tormento que se percibía bajo las vendas había una fuerza emocional extraordinaria. No puedo olvidarlo.

-¿No puedes olvidar qué?

-Su capacidad para mantenerse alejada del mal. Una noche fuimos a escuchar en el Instituto Austriaco a Thomas Bernhard. Roberto también estaba allí. Bernhard era el hombre más silencioso que conocía. Me sentía muy bien en silencio. Terminó la lectura. Salimos los cuatro. Era tarde. De repente, una hilaridad involuntaria estalló.

Fleur Jaeggy junto a Ingeborg Bachmann (1926-1973), poeta y autora austríaca.


-¿Provocada por qué?

-No lo sé. Tal vez la causa fui yo. En cierto momento nos echamos a reír. Hasta las lágrimas. Y entonces descubrimos que Bernhard podía ser un actor excepcional. Empezó a hablarnos, casi actuando, sobre las piedras de Irlanda, los cementerios de Viena, las pirámides que estaban demasiado sucias como para no ser un peligro para la higiene. Su facilidad para pasar de un tema a otro era memorable. Las de Bachmann y Bernhard fueron vidas sorprendentes.


-Has escrito un libro, Vidas conjeturales. Vidas, podríamos decir, “hipotéticas”.

-Me divertía, o quizá es mejor decir me fascinaba, que algunas de ellas encajaran a la perfección con mi visión mental. Hablo de las vidas de De Quincey, Keats y Schwob. Viejos amores. Terriblemente melancólicos.

-Bajo el signo del láudano.

-Estaba muy de moda. El láudano crea sueños y presencias.

-¿Sueñas?

-Tal vez no. Pero sinceramente no lo recuerdo. Más que soñar, me invade el insomnio.

-¿Cómo lo combates?

-No lo combato. Me entrego a su suave violencia. Es una gran molestia. Me tumbo en la cama y me quedo inmóvil. No puedes resistirlo. Entonces llega ese odioso momento que es el amanecer y te quedas dormida.

El dedo en la boca / Las estatuas de agua, deFleur Jaeggy. Trad. M. A. Cabré, Editorial Tusquets, Barcelona, 2025, 224 pp.

-¿Te consideras un animal nocturno?

-Me gusta la noche. Pero ahora no hay mucha diferencia con el día. No sé qué animal podría ser.

-Eres afelpada y cautelosa como una gata.

-¡Ah, los gatos! He amado a una gata en particular. En un cuento hablo de un don particular de los gatos: lo que los etólogos llaman Übersprung.


-¿Qué es Übersprung?

-Se trata de un pequeño movimiento. El gato apunta a la presa y, cuando está listo, finge distraerse. Luego juega con la víctima. Después mira hacia otro lado. Y finalmente ataca. Mecánica de precisión. En un asalto ligero y ágil.

-¿Qué te produce?

-Creo que es una manera de distraerse de la agonía de la muerte: es la disolución melancólica del vínculo con la víctima, como lo escribí.

-Escribes muy poco. ¿Por qué?

-Cada vez tengo menos que decir. Me siento frente a la máquina de escribir como si estuviera frente al piano. Practico. Como con las escalas. Un buen ejemplo de meditación.

-¿Cuál es tu relación con la música?

-Muy estrecha, comencé de niña con mi madre, que tocaba el piano. Ahora está aquí, entre los pocos objetos que amo. Un viejo Steinway & Sons. Para mí, el mejor que existe. Una vez asistí, por casualidad, a una clase de Dietrich Fisher Dieskau. Explicó cómo a través de la música y el canto se interpretan las palabras. Puso los ejemplos de Hugo Wolf y Franz Schubert. La música es un gran ejercicio mental.

-¿Tiene una relación con la escritura?

-Para mí, sí. Pero si me preguntas por qué, no sé responder.

-Además de los ejercicios mentales, existen los manuales. ¿Te gustan las manualidades?

-Miro con cierta sospecha el manejar, más que las manualidades, con las que tengo poca familiaridad.

-¿Manejar en qué sentido?

-Se puedes manejar las personas y las cosas. ¿Cuál es la diferencia? Me lo pregunto. Se maneja todo. Los recuerdos. Los muertos. Los vivos.

-¿Quieres decir que todo es utilizable?

-Todo puede ser utilizado. Así como utilizamos las cosas, así nos usamos a nosotros mismos. ¿Qué diferencia hay entre nosotros y las cosas? Tal vez que tenemos una vida más breve.

-¿Es por esto que te gusta contar historias sobre personajes que viven en la vejez o en la adolescencia?

-Nunca lo había pensado. Intenté escribir sobre una mujer de mediana edad. Pero no pude. Una noche, con Ingeborg Bachmann, hablamos sobre la vejez. La encontraba horrible. Le dije: todo es horrible. Y, sin embargo, en ese momento, éramos felices. Pero fue como si un presagio me dejara intuir su fin.

-¿Alguna vez regresas a tus lugares de origen?

-No me sucede muy a menudo. No me queda nadie en Zúrich. Vivía en una de las casas más bonitas de la ciudad. La demolieron para construir un paso elevado. Tengo algo así como la impresión de que ya no existe nada.

-En uno de tus cuentos la abuela le pregunta a su nieta: ¿qué quieres ser cuando seas grande? Abuela, cuando sea grande quiero morir, responde.

-Encuentro que ella es hermosa, ¿y tú?


-Encuentro inquietante tanta determinación.

-¿Preferías una respuesta más pegajosa? Empezamos esta “confesión” hablando del vacío. Aquí. El vacío es una planta que hay que regar constantemente. El deseo de no existir es un ejercicio que se renueva una y otra vez. También la creación es una forma de destrucción. Incluso quienes no existen mueren poco a poco.

Fleur Jaeggy. Crédito: www.deutschlandfunkkultur.de

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