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Kay Dick: todo arte es peligroso

"Ellos", publicado en 1977 por primera vez, es un redescubrimiento, un relato oscuro sobre artistas que luchan por resistir la supresión; pandillas violentas deambulan destruyendo distintas formas de expresión cultural: “ellos” se acercan, mientras los disidentes intentan escapar de esas turbas. La novela de Kay Dick es una distopía donde, a medida que la violencia se extiende, los artistas buscan “pozos de calma”.

Escena de la película La naranja mecánica (1972), de Stanley Kubrick.

Entre las víctimas de Alex y sus “drugos” en La naranja mecánica hay un autor que vive en una casa de campo. No solamente lo maltratan, sino que rompen las páginas del libro que ha estado escribiendo, de manera que “el veco escritor placaba que le habían arruinado la obra de su vida”. Las bandas de Ellos, de Kay Dick (publicada por primera vez en 1977, quince años después de la novela de Burgess) no son menos brutales con cualquiera que sea sospechoso de ser alguien creativo. Pero a diferencia de Alex, que finalmente es atrapado y enviado a prisión, ellos tienen carta blanca: la política del gobierno es erradicar el individualismo, y estas bandas son sus ejecutores sin licencia. Gracias a una mezcla de suerte y astucia, la narradora del libro, que vive junto al mar, se libra de ser atacada. Pero es consciente de que la están vigilando. Después de que le devuelvan su último manuscrito hecho trizas, ella esconde todas sus cartas y fotos en un pozo en desuso.

Digo “ella”, pero el “yo” de Ellos no tiene nombre ni género. El hecho de que el narrador hable de llevar pantalones y de que varios hombres le llamen “amor” sugiere que se trata de una mujer, pero Kay Dick (cuyo apellido es caricaturescamente masculino y que a veces utilizaba el seudónimo de Edward Lane) dijo una vez a un entrevistador que “el género no tiene ninguna importancia”. Ciertamente, tiene poca importancia en Ellos, ya que una minoría oprimida de hombres y mujeres —escritores, pintores, músicos, arquitectos, escultores y tejedores— se aferra a sus obras y a sus vidas, mientras los funcionarios del Estado y las turbas justicieras se dedican a destruirlos. En la distopía de Dick, todo arte es samizdat; incluso la ópera se considera “peligrosa” porque “sugiere demasiadas libertades”. Los bárbaros no están a las puertas, sino que ya las han atravesado, quemando libros, pinturas y partituras musicales y mutilando a quienes las producen.

Kay Dick

Resulta tentador leer Ellos como una intervención oportuna en nuestras propias guerras culturales, incluso en lo que respecta a su título. Personas como la ministra Nadine Dorries no se reconocerían como el enemigo. Pero si se vieran obligadas a leer la novela, la encontrarían un desafío, no por su extensión (apenas cien páginas) o su política, sino por su forma repugnante. De hecho, podría decirse que no es una novela en absoluto, ya que parte de ella apareció primero como un cuento. Carmen María Machado, en su prólogo a la reedición por Faber & Faber, ve el libro en “algún lugar entre una colección de cuentos y una novela fix-up” (un subgénero asociado con la ciencia ficción de novelas creadas a partir de una serie de relatos). La propia Dick le da el subtítulo de “secuencias del desasosiego”, y es este desasosiego creciente el que le da a Ellos cierta continuidad narrativa a pesar de que cada sección es independiente, con su propio título y su propio conjunto de “personajes” (una palabra que pongo entre comillas porque los protagonistas no están descritos ni desarrollados y siguen siendo poco más que nombres). Sólo el narrador vuelve a aparecer, e incluso él/ella puede ser una persona diferente cada vez, unida por una creencia común en lo que hace que valga la pena vivir: el arte, la belleza, la naturaleza, la amistad, la libertad, el aire fresco y el ejercicio.

«Ellos» debe su resurgimiento a un agente literario que lo encontró por casualidad en una tienda benéfica. La nueva edición llega con homenajes de Margaret Atwood, Eimear McBride y Claire-Louise Bennett, entre otros, que enfatizan la condición de Dick como una “pionera escritora inglesa queer”.

Al principio, el ambiente es más ominoso que aterrador. Siguen desapareciendo libros de las estanterías; preocupado por que desaparezcan por completo, el narrador intenta memorizar a Keats y a Henry James. La National Gallery se vacía de pinturas. Un niño pregunta “¿Qué es un periódico?”, sin haber visto nunca uno (un escenario bastante plausible en nuestro propio mundo). Las primeras manifestaciones de “ellos” son subrepticias: una extraña pareja pasa la noche en la cabaña del narrador; un funcionario que lleva a cabo una “inspección de rutina” intenta entablar conversación. Su estrategia es tomar a los infractores por sorpresa. Y a medida que sus filas aumentan (“¿Cuántos son?”; “Más de un millón, cerca de dos, sospecho”), se vuelven menos sigilosos. Una poeta pierde el uso de su mano derecha después de verse obligada a sostenerla durante ocho minutos en el fuego del que intenta rescatar sus poemas. Una escritora de libros infantiles es lobotomizada porque sus libros están “demasiado llenos de fantasía”. Un granjero es agredido por negarse a “llevar la granja a la nueva manera. Amaba a sus animales”. A medida que la violencia se extiende, los artistas asediados se agrupan en busca de “pozos de calma”.

No es solamente la solidaridad lo que los une. Estar soltero, vivir solo, es una señal de inconformidad y, por lo tanto, una “enfermedad” y una fuente de “contagio”. Sentir también es ilícito. Solamente se permite expresar dolor si uno se autolesiona, y por un tiempo estrictamente limitado. El delito más grave es llorar a los muertos. Quienes lo hacen son llevados a “torres de la tristeza”, para ser purgados de emociones y recuerdos: “No podemos tener gente lamentándose. Perturba el ambiente del barrio”. Una vez curados, los delincuentes regresan como versiones tipo zombie de sí mismos, con “pérdida de identidad garantizada”.

El Estado tiene eufemismos para sus métodos: en lugar de perseguir a los disidentes, se dedica a la “investigación”. Para evitar ser detectados, el narrador y sus amigos siguen moviéndose. Se permite viajar por rutas designadas, aunque pasar por Londres o lo que queda de ella (“una destrucción desafortunada”, admite un funcionario visitante, “pero necesaria”) implica un interrogatorio prolongado. Todo paseo por el campo o visita a la playa conlleva un riesgo; cada transeúnte es potencialmente un enemigo. En la sección más llena de suspense de la novela, el narrador camina durante horas hasta la casa donde se aloja un amigo siguiendo instrucciones en clave (“no hubiera sido astuto hacerlo directamente en una carta que ellos podían llegar a leer”). El momento de la llegada es un triunfo. El régimen ha sido burlado temporalmente; su vigilancia no está tan desarrollada como la de 1984, de Orwell o la de Nosotros, de Zamiatin. El amor sobrevive y, con ella, intermitentemente, la felicidad. La novela termina con una nota alta, o una marea alta, con el narrador sintiendo que había “posibilidades” y “saludando al nuevo día”.

A Ellos no le fue bien con su publicación. Vendió pocos ejemplares y el Sunday Times la descartó como “una fantasía surgida de algún espasmo menopáusico colectivo en el inconsciente nacional”. Si “menopáusico” suena ad feminam (Dick tenía sesenta y tantos por aquel entonces), el obituario que Michael De-la-Noy le dedicó en The Guardian en 2001 lo superó, describiendo a Dick como “una mujer talentosa atormentada por la ingratitud y una especie de deseo maníaco de vengar agravios totalmente imaginarios”, una mujer que “dedicaba mucha más energía a perseguir venganzas personales y amistades lésbicas románticas que a escribir libros”. Pero la amplitud de la obra de Dick a lo largo de medio siglo como editora, redactora, reseñista, biógrafa y novelista, junto con su campaña para introducir el Derecho de Préstamo Público, no sugiere falta de energía como autora. Ellos fue su penúltima novela y, al parecer, muy diferente de la media docena que la precedieron. Debe su resurgimiento a un agente literario que lo encontró por casualidad en una tienda benéfica. La nueva edición llega con homenajes de Margaret Atwood, Eimear McBride y Claire-Louise Bennett, entre otros, que enfatizan la condición de Dick como una “pionera escritora inglesa queer”. ¿Han sido otros novelistas influidos por ella? Prefiero pensar en Ellos como algo inimitable: innovadora en su estructura, pero estilísticamente anticuada (“El día de enero tenía la claridad de un cristal… Miré el azul cerúleo del cielo”); futurista pero nostálgica; una visión apocalíptica transcrita con inocencia infantil. El deleite del narrador por los paisajes y jardines ingleses, con su “despilfarro de exuberante sensualidad”, es una respuesta a las hordas que los cubrirían de concreto. Pero todos los paseos por los campos (“Brillaban de color ámbar las hectáreas de trigo en la tarde de agosto”) y los picnics (“scones caseros, cuencos con mermelada, fuentes con pan y manteca, berros, huevos duros, un budín con semillas y otro de jengibre. A los niños les dieron gelatinas de fruta”) me recordaron a Los Cinco, de Enid Blyton. El narrador incluso tiene un perro; no se especifica su nombre ni raza, pero no pude evitar pensar en Timmy.

Ellos también se ve obstaculizada por su clasismo. Los Sebastians, Fionas, Blanches, Gervases y Thobys que recorren sus páginas pertenecen a una tribu al estilo de Bloomsbury, mientras que sus enemigos son proletarios filisteos que, cuando no están acosando a artistas o sentados “desplomados” en reposteras en la playa, malgastan su tiempo viendo la televisión (a cada ciudadano se le ofrece una, y negarse a aceptarla es una mancha negra) o escuchando música pop a todo volumen. En las ciudades viven en bloques; en los pueblos, mantienen las ventanas cerradas. Atrapados en círculos de envidia, evitan los jardines y odian las flores (cuando el narrador ofrece una rosa a un vecino, este la destroza). Sus hijos salvajes torturan a perros y gatos. Un par de pasajes hacia el final del libro presentan todos los clichés de la altanería burguesa; la palabra “horrendo” no aparece, pero se puede sentir el escalofrío que la acompaña:

Kay Dick, la audaz transgresora, es también Kay Dick, la gruñona y esnob de clase media. Su distopía es en parte dispepsia. Hay que tener en cuenta ambas.

“La afluencia de turistas no me sorprendió. Al igual que las langostas, migraban en la vigilia de un relevamiento. Se movían con pereza por las áreas bajo vigilancia y aliviaban su apatía con pequeños actos de vandalismo, tirando basura en las calles, lanzando miradas maliciosas a todos aquellos con los que se cruzaban, empujando gente al pasar. Incitaban a sus niños a apedrear a los animales domésticos, lo que muchas veces terminaba con alguna fatalidad. Por la noche merodeaban bajo las ventanas, espiaban dentro donde podían, aullaban cuando creían que la gente estaba durmiendo, rompían botellas de leche, arrojaban latas de cerveza y orinaban o defecaban en las puertas de las casas. Físicamente, presentaban una fealdad uniforme”.

Kay Dick, la audaz transgresora, es también Kay Dick, la gruñona y esnob de clase media. Su distopía es en parte dispepsia. Hay que tener en cuenta ambas.

Machado ofrece una forma alternativa de abordar la novela. En lugar de “etiquetar con ‘ellos’ a quienes han hecho la vida de artistas e intelectuales un infierno: políticos conservadores, comentaristas reaccionarios, padres engreídos e instituciones cobardes”, ella nos invita a comprender nuestra “propia complicidad: la forma en que somos ellos, aunque no queramos serlo”. Es una lectura inclusiva, pero excesivamente generosa con la novela, que es demasiado apasionada y polémica como para permitir la equivalencia de errores por ambas partes.

Aunque inocentes, los atribulados protagonistas de Ellos aún tienen dudas y preguntas. ¿Cómo deberían lidiar con sus opresores: confrontarlos, resistir pasivamente o ceder? Y ahora que todo lo que representan es despreciado, ¿están perdiendo el tiempo o manteniendo “abierto el camino de la imaginación creativa” para que las futuras generaciones puedan heredar algo? Tras el fracaso crítico y comercial de Ellos, Dick debió preguntarse si ella también había estado perdiendo el tiempo. Pero aquí está el libro, casi medio siglo después, con su amenazante relato de artistas e intelectuales perseguidos tan resonante ahora como siempre lo fue.

Ellos, de Kay Dick. Trad. T. Downey, Editorial Fiordo, Buenos Aires, 2023, 114 pp.

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