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Jacques Rancière: la ocupación, la policía y lo político
Por Richard Figuier | Jul 03, 2025
En "Los presentes inciertos", colección de textos publicados durante las últimas dos décadas en periódicos y diversos medios, el filósofo francés Jacques Rancière desafía las ideas preconcebidas sobre la política. En su mayoría breves, estos textos resultan esenciales para comprender los acontecimientos políticos que han marcado los últimos años, en particular, como destaca el reseñista Richard Figuier, los movimientos de ocupación.

Con Los presentes inciertos (Godot, 2024), Jacques Rancière reúne diversas intervenciones, foros y artículos sobre diferentes escenarios políticos, como ya hiciera en Momentos políticos: intervenciones 1977-2009 (2009; Clave intelectual, 2011). Para el lector atento a las publicaciones del filósofo, resultará evidente que la sección más interesante se encuentra en la parte final, titulada “Los momentos de la democracia”, donde Rancière intenta comprender los movimientos de ocupación (Occupy Wall Street, Nuit Debout, chalecos amarillos, etc.) de los últimos años.
En el volumen publicado originalmente en francés, Rancière recapitulaba nueve de los veinticinco textos que conformaron el volumen de 2009. Momentos políticos no incluyó subdivisiones en su índice, a diferencia de la presente obra, que organiza el material, reintroduciendo estos mismos textos insertados en un orden dinámico “como una reflexión sobre los procesos que han construido nuestros presentes divididos”. ¿No debería este segundo volumen haber incluido material previo? Hay muchas intervenciones de Rancière en el extranjero que el público francés desconoce, y habría sido interesante conocerlas.
Pero centrémonos en los movimientos de ocupación. Jacques Rancière parece explicar primero lo que podría parecer un fracaso: ¿por qué no se conectan con la realidad, por qué no logran transformarla, a diferencia de la “performance Macron”, que modificó radicalmente el paisaje? ¿Por qué aparecen y desaparecen sin modificar los límites?
Nadie podría responder a esta pregunta mejor que Jacques Rancière, pues, desde El desacuerdo (1995; Nueva visión, 1996), nadie ha impulsado tanto la reflexión política sobre el tiempo y el espacio. De hecho, más precisamente, deberíamos hablar de “lugar”. Para él, la política representa una ruptura, una emergencia que deshace lo que él llama los mecanismos de la policía (“el conjunto de procesos mediante los cuales se efectúan la agregación y el consentimiento de las colectividades, la organización de poderes, la distribución de los lugares y funciones y los sistemas de legitimación de esta distribución”, escribió en El desacuerdo). La oposición, que los constituye en una pareja inseparable, entre la policía (en un sentido más amplio que el policial) y la política, disloca los tiempos y los lugares. Si la policía organiza un tiempo homogéneo, el del gobierno de los hombres y la gestión de los bienes, y establece lugares de ocupación (el término ya se encuentra en El desacuerdo), es decir, organiza el mundo sensible de una sociedad dividida entre los lugares del trabajo, de la vida “privada”, del ocio, etc., lo político en Rancière viene a cuestionar las lógicas “policiales” que someten a los sujetos humanos, y la “política” lo hace en nombre de la igualdad de los hombres. El orden de los lugares se altera: la fábrica, durante la huelga, no es principalmente el espacio de una reivindicación salarial, sino que se convierte en el nuevo espacio público donde se replantea la cuestión del sentido del trabajo, así como la casa, ante las protestas del personal doméstico, se convierte en el lugar político donde debe encontrar respuesta la cuestión de la participación de las mujeres en la política.

Ahora bien, ¿qué ocurre con los diversos movimientos de ocupación? Si bien Jacques Rancière explica que efectivamente transforman los lugares designados por la “policía” para la circulación en lugares de reunión y de foro, no los modifican desde el interior, no inscriben nuevas relaciones sociales desde “dentro” de lo real, como la ocupación de las fábricas. Ya no es “un espacio del adentro, situado en el núcleo de la distribución de las actividades económicas y sociales”. Es la ocupación de un remanente, de una actividad marginal: “la ocupación […] ya no es la transformación de un lugar de dominación sufrida en un lugar de poder afirmado”. Ella queda “huérfana” del lugar y del sujeto a emancipar.
¿Qué ocurre con los diversos movimientos de ocupación? Si bien Jacques Rancière explica que efectivamente transforman los lugares designados por la “policía” para la circulación en lugares de reunión y de foro, no los modifican desde el interior, no inscriben nuevas relaciones sociales desde “dentro” de lo real.
Pero Rancière no se detiene en esta observación, que sería cierta si no hubiéramos cambiado de época. Recupera este espacio marginal y lo dota de la capacidad de simbolizar, en un espacio de circulación, el lugar, que se opone a cualquier dislocación (económica, social, etc.). Un no-lugar, el de paso, el de la dispersión —la imagen misma de la fragmentación causada por el economicismo tecnocrático— se convierte en un lugar de oposición. Frente a la crítica, demasiado fácil según el autor, de no instituir nada nuevo, cabe afirmar que estos movimientos crean al menos “contrainstituciones y organizaciones autónomas” que escapan a la “máquina estatal”, a la que las organizaciones clásicas, sindicatos y partidos, se han integrado desde hace tiempo. La nueva ocupación, si bien no tiene el poder de reconfigurar una nueva sensibilidad común, al menos simboliza un “conflicto de mundos”, aunque este ya no pueda articularse con un “conflicto de fuerzas”.
Pero esto no es un signo de impotencia, sino que, por una especie de necesidad objetiva, estos movimientos ya no pueden depender de las fuerzas sociales establecidas; han sido destruidos. Este “margen”, este remanente, revela en su “pureza” (Rancière arriesga la palabra, de la que, sin embargo, desconfía), su aislamiento (la “soledad” de la democracia evocada en El odio a la democracia, 2005; Amorrortu, 2006), que la democracia se resiste a ser una forma estable, una forma “llegada” (así como hay personas que han llegado, advenedizos), una democracia “policial” atrapada en los efectos perversos de una representatividad engañosa que produce un “pueblo” que no debe abandonar en absoluto sus lugares asignados. Justificados por su exterioridad, estos movimientos escenifican un espacio público, un acceso a la “visibilidad”, que permite a los hombres “aprehenderse unos a otros como iguales” (Claude Lefort, Ensayos sobre lo político, 1986; Universidad de Guadalajara, 1991). El desacuerdo hablaba de la “práctica del como si, que constituye las formas de aparecer de un sujeto y que abre una comunidad”. Es este teatro de la igualdad, este “espacio polémico” lo que importa a Jacques Rancière (de ahí el subtítulo de su libro, “Escenas políticas”). Representa el exceso de toda política sobre toda policía posible.
Al pensar en la política en términos de la asociación obrera del siglo XIX, es decir, en términos del reconocimiento mutuo de iguales, cabe preguntarse si toda política, lejos de exceder toda policía, no llega, por el contrario, demasiado tarde, como complemento, para introducir en ella no una dosis de igualdad, como un reequilibrio en la asignación de puestos, sino más bien una inclinación hacia la igualdad, un peso en la gestión de las personas y la propiedad, en la justicia, una especie de “nunca sin igualdad”: toda decisión policial debe poder ir acompañada de un “nosotros” igualitario (cada hombre vale por cada hombre).
Jacques Rancière recuerda las propuestas concretas formuladas por estos movimientos para reducir los efectos de poder de una oligarquía disfrazada de democracia: selección aleatoria, mandato único y breve, instituciones de control, referendos de iniciativa popular. Pero necesitan un “poder autónomo de la maquinaria estatal” que los mantenga en el tiempo. ¿Basta, desde fuera, desde un “margen”, con repetir la «acción ejemplar», según la expresión de Mayo del 68 que Rancière actualiza, o es necesario multiplicar los experimentos locales para formar este poder? Esta práctica de acción simbólica denunciante que ataca la esencia de lo que está en juego —pensemos en la “marcha de la sal” de Gandhi— puede producir resultados más allá de su carácter aparentemente irrisorio, pero para que esto suceda, se requiere un colectivo numeroso (ya no se puede escribir una “clase”, un “pueblo”, un “sujeto”), creado por la propia acción. Tal vez la gente que aún no está en situación precaria, terminará generando ese poder.

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