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“Orbital”: dando vueltas al planeta y buscando a Dios

En la novela de Samantha Harvey, que ganó el premio Booker, seis astronautas flotan en una nave espacial, observando la Tierra. Desde 400 kilómetros sobre la superficie meditan sobre lo común y lo extraordinario. Un libro “magníficamente extraño y absolutamente original”, según el reseñista.

Samantha Harvey con «Orbital» y el premio Booker 2024.

No puedo ser el único viajero que mira por la ventanilla de un avión, ve las esponjadas nubes debajo y reflexiona que este asombro, ahora rutinario, no se les ofreció ni a Blake, Melville, Tolstói ni a Dickinson. El narrador de Proust rompe a llorar al divisar un avión e imaginar lo que ve el piloto; Virginia Woolf escribió un ensayo extraordinario en el que imagina Londres desde la cabina de un piloto. Pero, al igual que sus predecesores literarios, ellos nunca subieron allí para contemplar el paisaje por sí mismos. Y uno siente que son precisamente estos los escritores a quienes se les debería haber dado acceso a la experiencia real: los artífices cósmicos, los poetas y novelistas que se movieron con naturalidad de lo mundano a lo grandioso, que vieron a Dios y conocieron la muerte y narraron el tiempo, que sintieron que, más allá de este “huevo mundano” (Blake), “este mundo no es conclusión» (Dickinson).

En la década de 1960, llegó un nuevo asombro, seguido de su rutinización. La fotografía “Salida de la Tierra” de Bill Anders, tomada durante la misión lunar del Apolo 8 en 1968, presentó la Tierra, por primera vez, tal como vemos la Luna: gibada, aplastada, medio envuelta en la oscuridad y casi laboriosamente lúdica, como si jugara al escondite. El primer plano de la imagen, que muestra un fragmento del firme paisaje lunar, hacía la perspectiva aún más vertiginosa. “La canica azul” del Apolo 17, imagen de 1972, era extrañamente tranquilizadora; el orbe azul y verde se asemejaba tanto a las canicas arremolinadas de la infancia como a los globos iluminados de las jugueterías; cuando imaginábamos el mundo desde el espacio, tal vez esto era lo que veíamos con los ojos de nuestra mente. Incluso esta maravilla finalmente acabó convirtiéndose en algo habitual, y esas famosas fotografías se transformaron en carteles para dormitorios y salas de espera. La imagen de la Voyager 1 de 1990, de nuestro mundo visto como un diminuto punto azul a casi seis mil millones de kilómetros de distancia, es, como sugirió Carl Sagan, saludablemente humilde; le han seguido transfiguraciones igualmente minúsculas, raspados visuales desde Marte y Saturno.

Pero la mayoría de nosotros no vivimos como si fuéramos humildes. Ya sea que en estas hermosas imágenes nuestro mundo parezca grande o diminuto, central o radicalmente descentrado, lo verdaderamente notable es la rapidez con la que nuestro asombro vuelve a dormirse. ¿Cuántos de nosotros damos algo más que pensamiento, por ejemplo, a la H flotante de la Estación Espacial Internacional, que orbita la Tierra dieciséis veces al día mientras seguimos con nuestras vidas, a unos trescientos kilómetros por debajo de ella? ¿Y cuántos novelistas se han molestado en pensar cómo sería la vida para los humanos que intentan vivir en este vertiginoso cubículo? Describir en palabras cómo luciría nuestra deslumbrante Tierra desde las ventanillas circulares de alguna frágil nave sería una declaración de fe sobre lo que únicamente las palabras pueden hacer.

Harvey, una de las más sorprendentes novelistas británicas contemporáneas, se convierte en una especie de artífice cósmica de nuestra era con su novela, esbelta y enorme, Orbital, que imaginativamente construye la vida cotidiana de seis astronautas a bordo de una Estación Espacial Internacional.

Samantha Harvey, una de las más sorprendentes novelistas británicas contemporáneas, se convierte en una especie de artífice cósmica de nuestra era con su novela, esbelta y enorme, Orbital, que imaginativamente construye la vida cotidiana de seis astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional. Orbital es el más extraño y mágico de los proyectos, no solamente porque es apenas lo que la mayoría de la gente llamaría una novela, sino porque realiza la clase de tarea que únicamente una novela se atrevería. Es apenas una novela porque apenas cuenta un conjunto de historias humanas en una trama, y las historias que cuenta apenas interactúan entre sí. Sí, Harvey da a sus seis astronautas nombres ficticios y diversas nacionalidades. En este sentido, ellos son preliminarmente personajes ficticios. Roman y Anton son de Rusia, Chie es de Japón, Nell del Reino Unido, Pietro de Italia y Shaun de Estados Unidos: dos mujeres y cuatro hombres. Roman, Nell y Shaun, que llegaron hace tres meses para unirse a los otros, son los nuevos de la nave. Cada uno recibe una o dos trazas de trasfondo, suficientes para movilizar una rudimentaria trama. En Japón, la madre de Chie acaba de morir. El hermano de Nell, en Gales, tiene gripe. A bordo, Pietro escucha a Duke Ellington mientras hace ejercicio. El matrimonio de Anton es infeliz; su esposa lleva mucho tiempo enferma. Y así sucesivamente. Además, los astronautas tienen sus tareas particulares mientras están en órbita. Pietro monitorea microbios, Chie y Nell experimentan con ratones. Todos ellas experimentan con sus propios cuerpos, probando y comprobando los límites y las tensiones de una prolongada existencia sin gravedad.

Pero esta mínima ficcionalidad no es realmente el punto; es simplemente el rescate pagado al género para asemejarse a lo novelesco. El punto es todo lo demás: la casi inimaginable extrañeza de la situación. Seis profesionales encarcelados dan la vuelta al mundo a 28.000 kilómetros por hora. Giran la Tierra dieciséis veces al día, y por lo tanto presencian diariamente dieciséis amaneceres y dieciséis atardeceres (“el chasquido matutino llega cada noventa minutos”). Un gigantesco tifón se puede ver formándose sobre el Pacífico occidental y avanzando hacia Filipinas e Indonesia; este evento, desde la posición privilegiada de la Estación Espacial Internacional, es importante pero también irrelevante, no más que un espiral vicioso de nubes distantes sobre esa lejana canica azul. El verdadero objetivo de Orbital es demostrar cómo una escritora podría capturar esta espectacular extrañeza con un lenguaje adecuado al espectáculo. Y cómo podría hacerlo con el apropiado excedente, de formas que sobrepasen las prerrogativas más estructuradas del periodismo y la prosa de no ficción.

Harvey, al escribir como una especie de Melville de los cielos, encuentra ese oportuno excedente una y otra vez. Primero, atiende con imaginativa curiosidad a la cuestión de la corporalidad. Una cosa es aprender como un hecho que, por ejemplo, los astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional sufren dolores de cabeza y náuseas, o que su comida seca —ya de por sí deteriorada— es insípida porque sus senos paranasales suelen estar bloqueados. (Sin gravedad, nuestros senos paranasales no drenan como deberían). O aprender que las mañanas a bordo de la nave espacial comienzan con dos horas de carrera en cinta, levantamiento de pesas con dispositivos de resistencia y bicicleta estática, para que los músculos de los astronautas no se atrofien. Pero ¿qué se sentiría al experimentar estas cosas, al navegar en este Pequod sin fricción, en estos espacios reducidos donde, como dice Harvey, los suelos son paredes, las paredes son techos y los techos son suelos? Harvey escribe sobre Pietro: “su cuerpo entero parece haber perdido la dedicación a la causa de su vida animal”, una descripción que puede ser o no ser fisiológicamente precisa, pero que posee una gran agudeza imaginativa. En una línea similar, escribe sobre la suspensión del tiempo en órbita, sobre cómo los astronautas “sienten que el espacio trata de arrebatarles la idea de los días. Les dice: ¿Qué es un día? Ellos insisten en que un día son veinticuatro horas y los equipos de tierra no dejan de recordárselo, pero el espacio les arrebata sus veinticuatro horas para arrojarles, a cambio, dieciséis días con sus respectivas noches”.  De nuevo, una cosa es aprender cómo duermen los astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional (atados a una cama y encajados en un compartimento similar a una vieja cabina telefónica). Pero ¿qué se siente al dormir flotando en el espacio, al dormir con la vaga conciencia de que un desquiciado espectáculo terrestre de luz y oscuridad se desenreda constantemente debajo de ti? La prosa de Harvey tiene un instinto para una especie de magia exacta. “Incluso cuando duermes sientes que la Tierra gira”, escribe. “Sientes todos los días que penetran en tus siete horas de noche. Sientes todas las estrellas burbujeantes y los cambios de humor de los océanos, y la sacudida de la luz cuando penetra en tu piel, y si la Tierra se detuviera un segundo en su órbita, te despertarías sobresaltado sabiendo que algo va mal”. ¿Es así como realmente se siente? Me convence su precisión imaginativa, del mismo modo que me convence la precisión imaginativa de las descripciones de Tólstoi sobre la guerra.

Las fotografías y los vídeos nos traen el terror enfermizo de ver a los astronautas caminando por el espacio, colgados de las ramas de su estación mientras arreglan algo, con la Tierra iluminada asomándose debajo de ellos. Pero la imaginación de varias páginas de Harvey sumerge al lector, como ni siquiera el vídeo puede hacerlo, en el juego de convertirse en ese caminante espacial, entre el terror y el éxtasis. Nell y Pietro están instalando un espectrómetro. A Nell le han dicho que no mire hacia abajo, pero ¿cómo podría no hacerlo? De manera alarmante, la Tierra bajo ella «no tiene la apariencia de un objeto sólido, su superficie es fluida y lustrosa”. Sus pies están suspendidos sobre un continente: “su pie izquierdo eclipsando Francia, su pie derecho sobre Alemania. Su mano enguantada borrando el poniente de China”. Ella reflexiona que su entrenamiento subacuático no la ha preparado del todo para algo más parecido al surf que a la natación. Luego vuelve a mirar hacia abajo, y ahora la Tierra no es aterradora, sino magnífica, “girando azul, cubierta de nubes rápidas, inconcebiblemente tersa bajo el armazón de la nave”. Se relaja un poco en sus tareas. La analogía más cercana que Nell puede evocar es cómo uno vuela en sueños, “porque debería ser imposible que un cuerpo pesado y sin alas pueda planear libre y suavemente, y sin embargo eso es lo que ocurre, y parece que al final estás haciendo aquello para lo que nació tu ser. Cuesta creerlo”. Ella mira hacia abajo una vez más, y la Tierra parece estar suspendida como una “alucinación, una creación de la luz hecha de luz, algo por cuyo centro podrías pasar, y la única expresión que tal vez le haga justicia es decir que parece de otro mundo”.

He citado este episodio en extenso para transmitir la notable cualidad de inmersión que ofrece Orbital, cómo la narrativa se convierte no en trama, sino en el ritmo de la sensación. (Es una visceralidad que caracterizó el último libro de Harvey, Un malestar indefinido, un ensayo sobre su insomnio; esta persona con el sueño ligero tuvo que dejar de leerlo por temor a contagiarse de su ansiedad). Y hay que notar también las modulaciones musicales de la prosa de Harvey, con qué facilidad lo ordinario (el vértigo) se conjuga con lo maravilloso (el vértigo espacial), y con qué rapidez esta música en prosa se adentra en la clave de lo metafísico: hay algo inevitable, pero a la vez hermosamente inesperado, en llegar a la visión de nuestra Tierra como “de otro mundo”.

Por supuesto, cualquier poética cósmica está destinada a ser también una metafísica cósmica. Como Melville describe y redescribe a su ballena, Harvey incesantemente envuelve nuestro globo terráqueo en palabras, y, como en el caso de Melville, cada redescripción es también un ajuste de cuentas, un dimensionamiento teológico. Siempre hay asombro —Harvey empieza y termina con asombro—, especialmente por la forma en que el mundo está iluminado, cómo se “sale a escena con la luz encendida”:

“En la nueva mañana de la cuarta órbita del día de hoy el polvo sahariano avanza hacia el mar formando unos festones de casi doscientos kilómetros de longitud. El mar, de un verde claro, brumoso, resplandeciente: la tierra, brumosa, anaranjada. Es África, que sale a escena con la luz encendida. Casi puedes oírla, esta luz, desde el interior de la nave. Los escarpados barrancos radiales de Gran Canaria levantan el relieve de la isla como un castillo de arena construido a toda prisa, y cuando las montañas del Atlas anuncian el fin del desierto aparece una banda nubosa en forma de tiburón, con una cola que barre la costa sur de España, una aleta que roza las estribaciones meridionales de los Alpes, un hocico que se zambullirá de un momento a otro en el Mediterráneo. Albania y Montenegro son suave terciopelo montañoso”.

Esta iluminación hace que el mundo parezca como un palacio, algo celestial: “Si es verdad que nos aguarda ir a un sitio inverosímil, esa esfera distante, vidriosa, con sus preciosos y solitarios espectáculos de luz bien podría ser el destino”. En otros momentos, desde esa distancia, la Tierra parece completamente deshabitada; o la humanidad, una criatura que solamente sale de noche, con destellos. Quizá este lugar deshabitado no sea más que las ruinas de una civilización. A tan solo 400 kilómetros de distancia, en la Estación Espacial Internacional, nuestro resplandeciente mundo aún parece ocupar un lugar privilegiado. Estos astronautas, escribe Harvey, “aún podrían dejarse convencer de que Dios lo puso personalmente, en el mismo centro de este universo en danza permanente… algo tan nimio no debería brillar con tanta luz, un satélite tan ínfimo, arrojado a la lejanía, no debería molestarse en ofrecer estas demostraciones de belleza, una roca insignificante no debería ser capaz de organizar cosas tan complejas como los hongos y las mentes”. Por otro lado, también pueden ver la oscuridad infinita que la rodea, y tienen una mejor percepción que la mayoría de los humanos de los vastos espacios eternos que tanto aterrorizaron a Pascal. Desde esta Tierra enviamos sondas, cápsulas y cámaras a planetas distantes, orientamos enormes antenas parabólicas para captar señales de otras formas de vida, pero las galaxias parecen no tener nada que decirnos, y debemos comprender “la asombrosa magnitud de nuestra falta de magnitud”. Puede que estemos terriblemente solos. Harvey se pregunta acaso, si la civilización humana es como una sola vida, estamos en una etapa postrera de la adolescencia dominada por el nihilismo y la autolesión, destrozando el planeta “porque nunca pedimos vivir, nunca pedimos heredar una tierra de la que cuidar, y nunca pedimos estar tan completa, injusta y tenebrosamente solos”. Cuando finalmente llegue el final, dentro de unos pocos miles de millones de años, y la Tierra hierva mientras el sol nos consume, solamente será, desde el punto de vista de las galaxias, “una humilde escaramuza, un minidrama”.

Metafísicamente hablando, solamente hay silencio. De manera no distinta Dios, las galaxias no responden a nuestras peticiones. Melville se sentía atormentado por esta silenciosa soledad: en Moby Dick está atormentado por “el silencio piramidal” de la ballena, y, en su novela Pierre o las ambigüedades, escribe: “El Silencio es la única voz de nuestro Dios (…) ¿Cómo puede el hombre obtener una voz a partir del Silencio?”. Harvey no es una angustiada incrédula del siglo XIX, a la deriva en el Mar de la Fe. Se acerca más espiritualmente a la escritora que ha dicho admirar más, Virginia Woolf: curiosa acerca del sentido, escéptica acerca de la fe religiosa, pero abierta a la aprehensión del misterio. En Orbital no hay un capitán Ahab demente, ni siquiera una Lily Briscoe buscando con ahínco. Profesionales en todos los sentidos, los astronautas de Harvey son también atletas de la metafísica, lo suficientemente competentes como para guardarse sus visiones del mundo para sí mismos. Nell, la británica, quiere preguntarle a Shaun, el estadounidense, cómo siendo astronauta puede creer en un Dios creacionista, pero ya anticipa su respuesta: ¿cómo puedes ser astronauta y no creer en Dios? Ella señalaría las ventanas, la violenta diáspora estrellada, y le preguntaría quién pudo haber creado eso sino “una fuerza inconsciente, atropellada y bella”. Y él señalaría las mismas ventanas y diría: “Esto solo puede haberlo creado una fuerza consciente, atropellada y bella”. Parece casi inexistente y, sin embargo, todo gira en torno a ella. Así que Nell no dice nada, y su generosa coexistencia parece ser un eco de un generoso agnosticismo en la propia visión de las cosas de Harvey.  “Cuesta creerlo”, reflexionó Nell antes, sobre el hecho de estar suspendida en una nave espacial a cientos de kilómetros sobre la Tierra. Samantha Harvey ha escrito un libro magníficamente extraño y absolutamente original que facilita un poco creer en ese milagro en particular. En cuanto a creer, ¿no es eso bastante para seguir adelante?

Orbital, de Samantha Harvey. Trad. A. Fuentes, Editorial Anagrama, Barcelona, 2025, 200 pp.

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