Sin certezas absolutas, el filósofo Justin Smith-Ruiu plantea la debatida cuestión de la “buena muerte” facilitada o aprobada por el Estado por personas que consideran que su vida no vale la pena de ser vivida y de qué manera esto se podría aplicar no solamente a enfermos terminales en sentido estricto, sino también a enfermos de la “enfermedad de la vida”.

Los lectores habituales habrán notado una ausencia general en The Hinternet de tomas de posición inequívocas sobre temas sustantivos de primer orden de actualidad. La razón principal es que, con muy pocas excepciones, desconozco cuáles son mis compromisos. “Es complicado”, es lo que casi siempre quiero decir. “Puedo verlo desde diversos ángulos”. O incluso: “los mejores están sin convicción, y los peores / llenos de apasionada intensidad”. En la mayoría de los temas mantengo lo que considero una lúcida distancia etnográfica. ¿Deberían los seres humanos estar entregados a la práctica x? Bueno, en realidad, mi respuesta habitual a preguntas como esta es que algunas sociedades humanas de hecho han integrado x en sus sistemas de valores y parecen haber salido adelante al menos tan bien como lo hacemos nosotros. Entonces, ¿quién sabe?
Pero, como he dicho, hay excepciones, y una de ellas es que el Estado no debería dedicarse a matar, ni a ayudar a matar, ni a aprobar iniciativas privadas para matar a sus ciudadanos. Lo cierto es que incluso en este caso mis convicciones flaquean. No me convenzo del todo de que alguien merezca ser castigado por, digamos, administrar una sobredosis de morfina a un paciente terminal en un hospicio. Vamos con eso, supongo, si parece la mejor estrategia para todos los implicados. El problema más profundo surge, pienso, del reconocimiento del hecho de que todos somos enfermos terminales, simples mortales, nacidos para morir, y que esta cruda realidad puede utilizarse para argumentar que cualquiera de nosotros, potencialmente, estaría mejor no solamente muriendo algún día, sino muriendo ahora.
En Canadá y los Países Bajos en particular, la legalización del suicidio asistido por un médico se ha expandido rápidamente desde ofrecer una solución para pacientes con enfermedades terminales en el sentido estricto y habitual, a “pacientes” con enfermedades terminales en el sentido existencial.
Esto no es una preocupación abstracta sobre lo que pudiera suceder, sino de una descripción concreta de lo que ya está sucediendo. En Canadá y los Países Bajos en particular, la legalización del suicidio asistido por un médico se ha expandido rápidamente desde ofrecer una solución para pacientes con enfermedades terminales en el sentido estricto y habitual, a “pacientes” con enfermedades terminales en el sentido existencial y un tanto de broma que invoqué en el párrafo anterior.

Es decir, la gente recurre a esta opción legal y recientemente aprobada a nivel social como una solución a la condición de simplemente estar vivo. Como Sócrates cuando pide que se sacrifique un gallo a Asclepio, estas personas intuyen que la vida, en un sentido fundamental, es en sí misma una enfermedad. Las normas y sensibilidades de nuestra época les exigen que inventen designaciones más específicas para su condición que simplemente “la vida misma”, y por eso hablan de “depresión”, “trastorno límite de la personalidad”, etc. Que el Estado apruebe estos eufemismos ad hoc para la pulsión de muerte, como si fueran tan sólidos e indiscutibles como las enfermedades reales, es un testimonio del pensamiento mágico sobre los tipos sociales que ha surgido en la era de internet y que ha debilitado tanto el tejido de la sociedad, como si nombrar una condición fuera tenerla, y como si tener una condición fuera ser una persona esencialmente caracterizada por ella. A mí mismo me han diagnosticado, con la debida benevolencia por parte de los médicos diagnosticadores, una larga lista de trastornos psiquiátricos. Y estoy seguro de que, si el Estado me hubiera permitido usar estos diagnósticos para facilitar mi propia muerte, esto no habría sido nada menos que un asesinato.
Si creen que estoy exagerando, consideren el caso de Zoraya ter Beek, una holandesa de 29 años que parece haber sufrido principalmente un grave caso de pasar demasiado tiempo en las redes sociales. Profundamente deprimida y prematuramente segura de la permanencia de esta condición, convenció al Estado para que la matara. Ahora está muerta. Cada vez que veo noticias sobre ella, creo que debo estar alucinando. «¡Esto no puede ser real!», murmuro. Pero lo es. Está muerta, y los Países Bajos la mataron. No tengo la menor duda de que la profunda desesperación que sentía Zoraya era real, pero tampoco dudo de que no fuera más profunda que la que yo mismo he tenido. Y, aun así, con todo: ¡gracias a Dios que estoy vivo! ¡Me queda tanto trabajo por hacer!

Hay que observar también que cuando el Estado empieza a facilitar el asesinato de personas jóvenes que sufren intoxicación por internet, ya estamos en la fase prodrómica de la toma de control robótica que preocupa a algunos agoreros, incluyéndome a mí mismo. Cuando las máquinas primero nos enferman; y luego nos ayudan a poner nuevos nombres a nuestras enfermedades, que posteriormente se tratan como descripciones de cosas tan reales como los tumores inoperables; y luego, basándose en nuestras condiciones apresuradamente cosificadas, nuestra tecnocracia recomienda que se nos sacrifique; cuando todo esto empiece a suceder, sostengo, habremos ya superado la “singularidad”, estaremos ya en esa fase de la historia en la que la vida humana, con todas sus disfunciones, con toda su trágica susceptibilidad a las heridas y al daño, importa menos que el buen funcionamiento de nuestras máquinas.
A estas alturas, se podría decir que mi negativa a tratar las enfermedades mentales como enfermedades en el sentido más amplio de la palabra delata mi “dualismo”. A esto respondería, en primer lugar, que se me demuestre que el dualismo es falso, en lugar de simplemente seguir la corriente de nuestro tiempo y asumir que lo es. En segundo lugar, respondería que, incluso si no eres dualista, tu comprensión de lo mental y lo físico, de la superposición y la diferencia parciales entre ellos, está casi seguramente sumida en la confusión. Sé que mi propia comprensión lo está, y sospecho que no has avanzado mucho más que yo en la resolución de este profundo problema filosófico. El comediante Mitch Hedberg, muerto por sobredosis a los 37 años, comentó una vez sobre la adicción, que ella es una enfermedad, pero extraña: es la única enfermedad por la que la gente te regaña por tenerla. Algo similar puede decirse de la depresión y otras afecciones similares por las que el Estado holandés está ahora dispuesto a matarte: no importa cuán diligentemente intentemos adherir a la línea oficial y hablar como si la depresión estuviera a la altura ontológica de la leucemia, no podemos excluir por completo de nuestra percepción de la realidad social la existencia de agentes morales en ella. Y parte de lo que significa ser un agente moral es ser el tipo de entidad cuyo éxito o fracaso es en parte su propia responsabilidad.
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