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¿Justicia para todos?

El legado de la obra maestra del filósofo estadounidense John Rawls (1921-2002), es visto en su nuevo libro por el economista y filósofo Daniel Chandler. Chandler, comenta el reseñista, se propone convencernos de que un enfoque como el de Rawls de las políticas públicas y de la política es deseable y factible hoy.

John Rawls en Francia, 1987 (Frederic Reglain).  

El presidente: Muy bien, profesor Justicia ¡Lance!

John Rawls: El primer principio de una sociedad justa es que todos deberían tener libertades básicas iguales y amplias. Libertad de asociación, libertad religiosa… todo ese tipo de cosas.

El presidente: Entendido. ¡Siguiente!

John Rawls: Igualdad de oportunidades. No solamente leyes antidiscriminación, sino educación de alta calidad para todos, para que todas las personas puedan desarrollar su potencial si tienen la motivación.

El presidente: Genial. ¿Qué más?

John Rawls: Por último, asegurarnos de que los más desfavorecidos disfruten de la mayor prosperidad posible. Asegurarnos de que la economía funcione para el mejor beneficio de los menos favorecidos, incluso si las ganancias corporativas caen.

El presidente: (en forma dubitativa) ¿Y cómo hacemos todo esto?

John Rawls: Usted lo resuelve. Yo solamente le digo cuáles son los objetivos.

El presidente: ¿Y eso le tomó 560 páginas?

En un (ciertamente ficticio) resumen, esta es la historia de cincuenta años de frustración tras la publicación de Teoría de la justicia de John Rawls (1971). El libro suele considerarse la mayor obra de filosofía política escrita en inglés desde el siglo XIX. Sin embargo, aunque Rawls presenta una visión inspiradora, entre quienes ejercen el poder político real, en gran medida, ha fracasado en inspirarlos. Si bien el centelleante libro Anarquía, Estado y utopía de Robert Nozick, publicado apenas dos años después en respuesta a Rawls, ha calentado la sangre de los diseñadores de políticas públicas de tendencia libertaria desde entonces, nunca se ha visto a un político progresista blandiendo una copia de Teoría de la justicia ante sus oponentes políticos. El economista y filósofo Daniel Chandler considera esto una oportunidad perdida y, en su atractivamente escrito y sólidamente argumentado Libres e iguales, intenta mostrar cómo ser un rawlsiano en la política pública, aquí y ahora.

Teoría de la justicia, de John Rawls (FCE, 1995).

Resulta ligeramente irónico, sin embargo, que Chandler haya escogido embarcarse en este proyecto en un momento en que Rawls se encuentra bajo intensas olas de presión crítica en la academia. Raymond Geuss ha liderado una cruzada acusando a Rawls de un tipo de abstracción indulgente y destructiva; Charles Mills ha sondeado en la preocupante falta de atención de Rawls a las cuestiones raciales; y Katrina Forrester ha sido una de los varios autores que han explorado a Rawls como un hito en la historia de las ideas, una lección para quienes leímos Teoría de la justicia en la universidad, cuando se consideraba algo nuevo y de moda. Sin embargo, de los innumerables libros y artículos académicos escritos sobre Rawls, pocos han abordado la tarea de Chandler de crear un mundo político rawlsiano.

En Libres e iguales, Daniel Chandler se propone convencernos de que un enfoque rawlsiano de la política y de las políticas públicas es deseable y factible.

El autor se propone, entonces, convencernos de que un enfoque rawlsiano de la política y de las políticas públicas es deseable y factible. Para lograr el primer objetivo, ofrece un resumen claro y útil de Teoría de la justicia, su significación y, de igual importancia, el argumento de Rawls en su defensa. La teoría en sí misma se presentó en el diálogo anterior. En esencia, se compone de tres principios. Los dos primeros —el principio de libertad fundamental y el principio de igualdad de oportunidades— son ampliamente conocidos por ser el objetivo de los liberales democráticos en todo el mundo. La innovación de Rawls consiste en profundizarlos más que lo muchos otros lo han hecho y en cuestionar sus detalles. ¿Qué significa, por ejemplo, dar a las personas la misma libertad para postularse a un cargo político? Para Rawls y Chandler, esto descartaría las prácticas actuales de financiación de campañas que vemos en Estados Unidos y requeriría un patrón de financiación equitativa para los competidores.

Sin embargo, la verdadera singularidad de Rawls reside en su tercer principio —el principio de la diferencia—, el cual nos aleja de un territorio previamente conocido. Hasta donde he podido determinar, Rawls fue el primer filósofo en exigir explícitamente que la sociedad se organice para que los más desfavorecidos logren el máximo posible en términos de ingresos y riqueza. Vale la pena detenerse un momento en este punto. Este implica que, si es posible mejorar la situación del grupo más desfavorecido de la sociedad sin que ningún otro grupo caiga por debajo de la posición en que está ahora el grupo más desfavorecido, entonces nuestra sociedad es injusta. No estamos hablamos de un “goteo”, como han sugerido algunos críticos descuidados de Rawls, sino de maximizar la suerte de los más desfavorecidos. Esta es una afirmación verdaderamente radical, y desde esta perspectiva probablemente nunca ha existido una sociedad justa. Incluso las sociedades con una preocupación genuina por los más desfavorecidos nunca han priorizado la mejora de su situación. Una primera reflexión obvia es que el principio de diferencia exige igualdad absoluta: la manera de hacer que la rebanada más pequeña del pastel sea lo más grande posible es cortarlo en porciones iguales. Pero Rawls es receptivo a la idea de que la forma en que se corta el pastel puede, a lo largo del tiempo, influir en su tamaño. Podría ser que, por ejemplo, sin precios de mercado ni incentivos, la producción total se redujera drásticamente y todos salieran perdiendo, pues para que el mercado funcione deben existir desigualdades. De ser así, Rawls aceptaría que las desigualdades resultantes son justas, pero solo mientras beneficien al máximo a los más desfavorecidos, aunque limita el principio de diferencia con lo que él llama “el principio de ahorro justo” para lograr la provisión de las generaciones futuras.

Un claro atractivo de la obra de Rawls reside en la audacia, claridad y concisión de su teoría, que encapsula un sentimiento progresista en tan solo unas pocas líneas directas. Si hubiera presentado solamente esto, animado con una retórica florida, habría hecho una contribución significativa a la filosofía política. Pero la retórica florida no es el estilo de Rawls. Lo que hizo de Teoría de la justicia una de las obras verdaderamente grandes de la filosofía política es su método de argumentación. Este es el desarrollo de la teoría del contrato social: el recurso de la “posición original”. La percepción de Rawls es que muchos desacuerdos sobre la justicia son el resultado de sesgos quizás inconscientes, por los cuales las personas razonan de maneras influidas por sus intereses y valores. De ser así, idear una manera en la que podamos razonar sin sesgos de intereses y valores proporcionará una perspectiva más pura sobre la justicia. Y esto es lo que hace Rawls. Nos pide que nos imaginemos en una situación en la que desconocemos nuestra raza, religión, talentos, intereses, carácter, género, valores o cualquier otra cosa que pueda influir en nuestro juicio. Luego nos pide que consideremos qué principios de justicia querríamos que rigieran nuestra sociedad. La tarea, entonces, es determinar cómo te gustaría que fuera tu sociedad si no supieras cuál es tu lugar en ella. Sugiere que, si no sabes dónde terminarás personalmente, querrás que cada posición te ofrezca las mayores posibilidades de una buena vida. No querrías que nadie fuera discriminado, que se le ofrecieran menos oportunidades o que se viera abandonado a su suerte con pocos recursos, porque podrías ser tú. De hecho, dice, elegirías los principios de justicia de él.

La combinación de los principios de justicia de Rawls y el argumento de la posición original es un brebaje embriagador, y ha mantenido a los filósofos políticos intoxicados durante los últimos cincuenta años, debatiendo los argumentos y conclusiones abstractos de Rawls. Pero, como señala Chandler, se ha prestado mucha menos atención a cómo sería una sociedad rawlsiana en la práctica. Y es aquí es donde él entra.

Utilizo el término “rawlsiano” de manera deliberada. Chandler no nos guía por el laberinto de las propias publicaciones de Rawls ni por la vasta literatura secundaria, y los lectores de Libres e iguales podrían tener la impresión de que su lectura de Rawls se basa exclusivamente en las 560 páginas originales de la edición de 1971 de Teoría de la justicia. Sin embargo, Chandler no está presentando el enfoque de Rawls a la política pública, sino que propone lo que podría llamarse un enfoque “rawlsista”. Y las notas finales revelan que él se basa en muchos otros escritos de Rawls, incluido su libro La justicia como equidad: una reformulación, publicado en 2001, justo un año antes de su muerte. Chandler también aborda las ampliaciones de las ideas de Rawls presentadas por intérpretes y comentaristas como Samuel Freeman, Thomas Nagel, Frank Michelman e incluso Jürgen Habermas. Extrae consecuencias sustanciales de meros fragmentos de Rawls. Anteriormente mencioné que Rawls calificó el principio de diferencia con el principio de ahorro justo, pero en realidad Rawls apenas desarrolló esta idea. Sin embargo, Chandler la menciona repetidamente para justificar la inclusión de la preocupación por el cambio climático en el paquete rawlsiano. Incluso aboga por al menos una política pública, la renta básica universal, que, como él mismo señala, Rawls rechazó. Su objetivo, por lo tanto, es presentar un enfoque conjunto motivado por e inspirado en Rawls, en lugar de una versión fiel y literal. Y, como forma de hacer que Rawls sea importante para las políticas públicas, esto parece totalmente adecuado.

¿Cuál es entonces el fruto de este esfuerzo? En la segunda parte, Chandler nos lleva a través de una multiplicidad de cuestiones políticas en las áreas de la libertad, la democracia, la igualdad de oportunidades, la prosperidad compartida y la democracia laboral. Proporciona una guía perspicaz para muchas propuestas que se discuten en la política progresista y muestra cómo pueden funcionar unidas. Aunque muchas de las políticas públicas nos resultan familiares, impresiona verlas combinadas en una sola obra. De hecho, Chandler ha hecho más que la mayoría para considerar las implicaciones de tomar los principios de Rawls en su conjunto. Aunque Rawls insistió en que fueran presentadas en “orden léxico”, en el que las libertades básicas debían garantizarse antes de pasar a cuestiones de oportunidades, y que las oportunidades justas tienen prioridad sobre el bienestar económico, Chandler argumenta de manera convincente que los principios en realidad funcionan mejor si se tratan entrelazados. Por ejemplo, un principio de oportunidades justas por sí solo parece compatible con grandes desigualdades, como vemos, por ejemplo, en los salarios pagados en el deporte profesional. Aunque en teoría está subordinado al principio de oportunidad justa, el principio de diferencia, en la explicación de Chandler, impone límites a las posiciones que deberían estar disponibles para la competencia. Los que vuelan alto solamente pueden recibir las recompensas que surgen de un sistema que beneficia a todos.

Chandler defiende hábilmente ciertas políticas en el Reino Unido, en relación a temas como la educación vocacional y en los primeros años, las leyes de financiación de campañas, la democracia en el lugar de trabajo, un fondo de riqueza para los ciudadanos, la financiación de las cooperativas, la renta básica universal, la educación cívica (incluido el servicio cívico nacional), una constitución escrita, mayores protecciones de la libre expresión y muchas otras. Son el elemento básico del debate político progresista, en el mundo académico, en los think tanks y, sin duda, en las mesas de la cocina, al menos en cierto tipo de cocina. Naturalmente, todos pueden ser cuestionados, ya sea en sí mismos o como el desarrollo más natural de un enfoque rawlsiano, pero se trata de debates muy necesarios. Este es un bienvenido recordatorio de lo que debería ser la política progresista, lejos del énfasis reciente en, por ejemplo, ser los más duros con la inmigración y el crimen.

El enigma que motiva el libro, sin embargo, es por qué Rawls ha tenido tan poco impacto en la política y las políticas públicas. Se podría sugerir que la academia y la política son simplemente mundos diferentes, pero esto no es cierto. La queja constante contra la política británica es que demasiados políticos estudiaron Filosofía, Política y Economía en Oxford. Bueno, sería un estudiante extraordinario el que pudiera obtener ese título y no pasar noches con los ojos llorosos tratando de proponer nuevas objeciones a Rawls a tiempo para la tutoría del día siguiente. Gordon Brown ciertamente conocía el trabajo de Rawls y Ed Miliband estudió filosofía política en Harvard. Entonces, ¿por qué Rawls no ha influido en la dirección del Partido Laborista en Inglaterra? Bueno, tal vez lo haya hecho, pero más por filtración que por su nombre.

También es posible imaginar que la línea de influencia en realidad va en sentido contrario. Rawls estudió en Oxford en la década de 1950 y pasó tiempo con pensadores como el filósofo del derecho H. L. A. Hart, quien era cercano a los intelectuales del Partido Laborista. Cuando se publicó Teoría de la justicia, esto es lo que escribió sobre el libro el filósofo británico Stuart Hampshire, en su reseña en la New York Review of Books, en 1972:

Una imagen noble, coherente, altamente abstracta de la sociedad justa, tal como la ven los socialdemócratas. En Inglaterra, los libros sobre los objetivos del Partido Laborista —por ejemplo, los escritos por Douglas Jay y Anthony Crosland después de la guerra— necesitaban una teoría de la justicia como esta, expresada en toda su generalidad filosófica. Este es ciertamente el modelo de justicia social que ha regido la defensa de R. H. Tawney y Richard Titmuss y que mantiene unido al Partido Laborista. La sociedad debe reparar las crueldades de la naturaleza, y existe no solamente para preservar la ley y el orden sino también para corregir las diferencias naturales entre los fuertes y los débiles, y para dar apoyo institucional al respeto por uno mismo, que para Rawls es un valor primordial.

Según Hampshire, entonces, Rawls era el teórico que el Partido Laborista necesitaba en 1971. Anteriormente, a mediados de la década de 1940, los políticos laboristas habían argumentado que las desigualdades en la sociedad solamente eran aceptables si beneficiaban a todos. El giro muy significativo de Rawls es que las desigualdades son justas solamente si benefician en mayor medida a los que están en peor situación. Aun así, la continuidad entre Rawls y el Laborismo es reveladora.

Ahora que la fe en el statu quo se está desvaneciendo, tal vez haya llegado el momento de un Rawls adecuadamente revisado y renovado. La pregunta es: ¿qué podría aportar Rawls al debate político actual? Muchas de las propuestas de políticas que menciona este libro están bajo investigación en todo el mundo.

A finales de la década de 1970, el acuerdo progresista de posguerra se estaba desmoronando y una nueva escoba hayekiana empujaba las certezas ideológicas de pensadores como Crosland a los rincones oscuros. Pero ahora que la fe en el statu quo se está desvaneciendo, tal vez haya llegado el momento de un Rawls adecuadamente revisado y renovado. La pregunta es: ¿qué podría aportar Rawls al debate político actual? Muchas de las propuestas de políticas que menciona este libro están bajo investigación en todo el mundo, algunas han sido probadas y otras están en pleno desarrollo. De ahí que las políticas mismas ya sean parte de la cultura política. ¿Qué puede ofrecer de especial este particular enfoque rawlsista? Una cosa es un recuento unificado, lo cual sin duda es bienvenido. Pero quizá el aspecto más memorable de la teoría de Rawls sea el argumento por ese enfoque. ¿Podría marcar la diferencia una exposición pública de ese argumento rawlsiano?

Daniel Chandler no es optimista al escribir: “No es probable que los políticos ganen elecciones por medio de discursos que expliquen el experimento mental de la posición original”. Seguro que no, si eso es todo lo que hacen. Pero pensemos en el soberbio discurso de Neil Kinnock de 1983: “Si Margaret Thatcher gana el jueves, te advierto que no seas común. Te advierto que no seas joven. Te advierto que no te enfermes. Te advierto que no envejezcas”. Es cierto que la oratoria de Kinnock no fue suficiente para llevarlo a él o a Michael Foot al poder. Pero en manos de un hábil redactor de discursos, la posición original de Rawls tiene una fuerza innegable. Quizá sea ahora el momento de que el Partido Laborista despliegue una vez más alguna florida retórica rawlsiana.

Libres e iguales, de Daniel Chandler. Trad. A. Rodríguez Esteban, Editorial Paidós, Barcelona, 2025, 468 pp.

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