Reseña
El enigma John Carey, crítico literario y profesor de literatura inglesa
Por Stefan Collini | Dic 29, 2025
Crítico literario, ensayista y académico, John Carey, muerto a los 91 años en diciembre de 2025, sirvió de puente entre la academia y el periodismo literario. Fue catedrático de Oxford durante más de 40 años y fue crítico de The Sunday Time, cimentando su reputación como erudito y combativo crítico tanto de escritores como de académicos, con una fuerte impronta antielitista. Como homenaje, esta es la reseña de Stefan Collini a su autobiografía.

John Carey ha sido, entre otras cosas, profesor de inglés en Oxford, destacado crítico literario y jurado de premios literarios, y un apasionado apicultor. En The Unexpected Professor nos cuenta que consideró escribir una historia de la literatura inglesa, pero decidió escribir «algo más personal: una historia de la literatura inglesa y de mí mismo, cómo nos conocimos, cómo nos llevamos, qué resultó «. Esta es, pues, su autobiografía, pero una en la que los libros —los libros que leyó, los libros que escribió, los libros que admiró, los libros que reseñó— desempeñan un papel inusualmente amplio.
A veces parece una serie de disquisiciones sueltas sobre libros individuales, unidas por un atractivo hilo de reminiscencias. No se limita a mencionar esos libros: cita largas secciones, discute aspectos de su lenguaje o de sus imágenes, explora por qué le conmueven o le atraen. En general, esto está realizado con mucho talento. Lo seguimos hacia lo que creemos que será el jardín secreto de la revelación personal, solamente para descubrir que se nos ofrece una rápida tutoría sobre los monólogos dramáticos de Browning o el sonido de los versos de Milton. Como sucede con muchas de las enseñanzas, prestamos atención a las partes menos emocionantes porque nos fascina nuestro profesor, curiosos por saber qué significa todo esto para él.
La fusión de los libros y la vida funciona particularmente bien al recordar al tipo de autores que le abrieron la mente en su juventud: Chesterton, Shaw, Daudet, Horacio (todo el libro es un homenaje consciente a una especie particular de educación secundaria selectiva en la década de 1950, como estos nombres sugieren). Pero empieza a sentirse más artificial en las secciones posteriores, sobre todo cuando sin remordimiento alguno resume las reseñas que escribió de unos 20 variados libros, en su mayor parte de no ficción. Tal vez esto pretendía ilustrar algo de la aleatoriedad de la vida del reseñista, o el carácter omnívoro de Carey como lector, pero en la práctica genera la misma sensación que cuando alguien te lleva a una esquina y comienza a hablarte, largamente, acerca de libros que no has leído o películas que no has visto.

Los mejores momentos, como tan a menudo ocurre en las autobiografías, surgen cuando escribe con verdadero afecto, ya sea sobre sus juegos de niño durante la Segunda Guerra Mundial, o sobre su feliz matrimonio o sobre la jardinería en su cabaña en la zona de los montes Cotswolds, que “parece estar en lo profundo del campo”. O sobre sus abejas. Estas laboriosas criaturas lo inspiran no solamente a la admiración —“casi todo lo relativo a las abejas es asombroso”—, sino también a algunos de sus toques poéticos más logrados, como cuando recuerda “la vista de las abejas en la voladera o plataforma de aterrizaje, contoneándose en la oscuridad de las colmenas, con los paquetes de polen anaranjados en sus patas traseras brillando como luces de freno». Son momentos de pastoral en los que se invoca la solidez de una existencia más rural para mostrar la superficialidad del Londres literario o la futilidad de la política académica; después de todo, él ha encontrado un murmullo de mejor clase.
Lo mejor de todo, tal vez, son los escasos, pero generosos pasajes sobre su padre, un hombre que a principios de la década de 1930 pasó de una fortuna más que cómoda a una existencia algo precaria como contador, pero quien permaneció íntegro y sin amargura. Carey recuerda haber llevado a su padre de compras un par de días antes de morir de un derrame cerebral. Su padre pidió pasar por una frutería “donde compró una bolsa de duraznos como una sorpresa para mi madre. Era una simple bolsa de papel café con cuatro o cinco duraznos dentro, pero fue su último regalo para ella, y a menudo lo pienso como un símbolo de lo que él era: discreto, amable y leal”. El respeto de Carey por sus padres aumentó por el hecho de que tuvieron que cuidar de su hermano mayor, quien desarrolló una deteriorante forma de discapacidad mental, algo de lo que no se había sentido capaz de escribir antes.
Esperaba que este libro pudiera arrojar alguna luz sobre el antiguo enigma de por qué Carey, manifiestamente inteligente y culto (y, según todos los informes, también amable y simpático en persona), se hubiera encerrado de vez en cuando en el personaje del hombre sencillo y gruñón, empeñado en rebajar un poco a todos esos engreídos y farsantes. Hay unas pocas claves, aunque, lamentablemente, también hay ejemplos recientes de este patrón. Una combinación de la conciencia de clase del Oxford de la década de1950 y la veneración por Orwell podrían dar alguna respuesta. Y también, más especulativamente, podría ser una especie de desasosiego respecto de lo agradable de su propia vida y el éxito de su propia carrera. Él fue a Oxford con una beca en 1954 y nunca se fue. Consiguió una plaza de profesor permanente allí cuando tenía 26 años, se trasladó a una universidad más rica cuatro años después, fue elegido para la cátedra principal de inglés a la excepcionalmente temprana edad de 40 años, se convirtió en el crítico principal de The Sunday Times tres años después, y así sucesivamente. Tal vez parte de su hostilidad hacia los “intelectuales” sea una especie de afirmación perversa de que, a pesar de su brillante carrera, él, en realidad, está del lado de la gente “común” (y se toma con bastante libertad estas dos dudosas categorías).
Sin embargo, cuando Carey insiste repetidamente en que la mayor parte de la literatura académica está “calculada para repeler a cualquier lector común sensato” y que, por lo tanto, había decidido “nunca escribir yo mismo semejante cosa y burlarme de ella cada vez que me la encontrase”, empezamos a sentir que hay algún reflejo compulsivo operando aquí. Mucha de la escritura académica está, en efecto, pobremente escrita; si es por eso, así también lo está mucha de la escritura no académica. Pero estructurarlo todo en torno a un contraste binario en el que “académico” equivale a pretencioso y (¿deliberadamente?) ilegible, mientras que “común” equivale a auténtico y con los pies en la tierra es algo absurdo y reduccionista, obstruyendo toda reflexión más profunda sobre estos temas. También fomenta un conocido antiintelectualismo que se burla de esa misma vida de la mente de la que Carey es, en otros aspectos, un excelente ejemplo. De manera similar, él insiste en que es “cegadoramente obvio” que los “juicios sobre arte y literatura” son “cuestiones de gusto personal; ¿qué otra cosa podrían ser?”. Bueno, bastantes otras cosas, en realidad, como han explorado los escritores sobre estética a lo largo de los siglos. No es que no haya nada que decir a favor del punto de vista que Carey presenta de manera tan beligerante; es que su postura de ateo de pueblo pretende silenciar la discusión sobre el fundamento tendencioso de que todas las demás posiciones son intentos de las autoproclamadas élites por menospreciar el gusto de… sí, de esa gente “común”, nuevamente. No cabe duda de que, si tuviéramos que elegir entre el robusto escepticismo de Carey y algún fraude descarado que intenta ser condescendiente con nosotros, sabemos quién obtendría nuestro voto. Pero ¿por qué reducir una cuestión tan interesante y compleja a esa elección tan pobre?
De nuevo, cuando él habla del maravilloso Faber Book of Reportage que compiló en 1987, no puede resistirse a llevar su argumento demasiado lejos: “Todo conocimiento del pasado que no sea solo suposición proviene de personas que pueden decir: ‘Yo estuve allí’”. Bueno, el reportaje de primera mano es sin duda un tipo valioso de fuente, aunque a veces también es problemática, pero esto ignora deliberadamente la compleja forma en que se construye la comprensión histórica en favor de una insistencia tosca de que, si no es testimonio presencial, entonces es un montón de tonterías.
Estos reflejos se conectan con algo profundo en la identidad de Carey, como deja claro esta autobiografía, algo relacionado con la clase, el resentimiento y la agresión. Entre las pistas están su referencia a “la confianza en sí mismo que tanto envidiaba en Shaw” cuando era joven y su reconocimiento de “cuán desesperado estaba por triunfar” como estudiante universitario; el elogiar el libro “magníficamente abrasivo” de un colega tardío es también reveladoramente autorreflexivo. Obtiene evidente del hecho que el primer colega que abandonó su conferencia inaugural, en protesta por su rotunda condena de la crítica literaria, “fuera de sangre real y, se rumoreaba, el número 57 en la línea de sucesión al trono británico”. Después de todo, ¿qué mejor reivindicación de la línea de Carey que el que haya enfureció tanto a los dons (profesores) como a los nobs (nobles)?

Incluso el feliz recuerdo del temprano descubrimiento que él y su esposa hicieron de los placeres de las vacaciones en Normandía sirve para ilustrar el punto: “En nuestra primera mañana, el aire era fresco y el cielo azul pálido. Pero mientras sacábamos el mapa del Mini, una pareja bronceada, claramente de regreso a casa desde la Riviera, se acurrucaba en su Mercedes cercano y oímos al hombre comentar: «¡Qué frío bestial!”. Sin duda, este es otro de esos relatos de testigos presenciales, pero estamos obligados a notar el estilizado contraste — los “comunes” Carey, entusiasmados por la frescura de la escena, la hastiada y acaudalada pareja que regresaba de las guaridas de los ricos—, incluso hasta en la teatral insistencia en las marcas de autos y el lenguaje autocondenatorio del “hombre” de escuela privada. Pero tal vez mucho de la vida de Carey haya sido como esto, o, al menos, vivida a través de estas categorías.
La anécdota más reveladora tiene lugar cuando Carey, de 25 años, imparte algunas clases temporales en el Christ Church, por aquel entonces la más esnob y socialmente exclusivo de los colleges de Oxford. El eminente economista y biógrafo de Keynes, Sir Roy Harrod, era miembro del college, pero siempre ignoró al humilde Carey. “Una noche, yo estaba sentado frente a él en la cena cuando tenía un invitado, para cuyo beneficio estaba identificando a las diversas personalidades sentadas a la mesa. Oí a su invitado preguntar quién era yo, y Harrod respondió, de manera bastante audible: ‘Oh, ese no es nadie’”. Al leer esto, comenzamos por sentirnos indignados por cuenta de Carey y a despreciar este tipo de calculada rudeza. Pero a medida que avanzamos en la lectura, nos vemos constantemente impulsados a preguntarnos sobre el efecto distorsionador de heridas psíquicas de este tipo en sus escritos posteriores.
El propio Carey reflexiona en cierto momento que Harrod “y gente de su calaña” habrían “despreciado a mi padre”, como él mismo se sintió despreciado en aquella desagradable ocasión, y que en esta intuición está en la raíz de su ataque a Bloomsbury y a otros intelectuales en su muy citado y muy criticado libro de 1992, Los intelectuales y las masas. Ver esa polémica exagerada como, de manera indirecta, una reivindicación de su padre puede otorgarle una inteligibilidad parcial, incluso una especie de nobleza, de la que, de otra manera, carecería. Sin embargo, si ese fuera el caso, es inevitable preguntarse por qué el enormemente exitoso Carey habría aprovechado sus oportunidades literarias para saldar cuentas tan oscuras más de 30 años más tarde. The Unexpected Professor cuenta una vida fecunda, y lo hace con humor y ocasionales toques muy vívidos, pero también sugiere que algunas heridas nunca sanan.
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