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Devolviéndole la vida a Homero

Derek Walcott publicó su poema épico “Omeros” en 1990. Dos años después obtuvo el premio Nobel de Literatura. El título alude al escritor griego y hace referencias a personajes de la “Ilíada”, pero cuenta la historia de algunos pescadores y otros personajes de la isla de Santa Lucía, tierra natal de Walcott. En lugar de acción, como dice la reseñista, hay una creciente conciencia del sufrimiento ajeno.

Corriente del Golfo (1899), pintura del artista estadounidense Winslow Homer [The Metropolitan Museum of Art, Nueva York].

Hacia el final de su poema épico Omeros, Derek Walcott interrumpe repentinamente su apresurada narración y se pregunta si no ha “leído y reescrito hasta que la literatura / fue tan culpable como la Historia”.

“¿Cuándo se despedirían las velas / de mis ojos, cuándo dejaría de percibir la guerra troyana / en dos pescadores que sueltan pestes?”, pregunta. “¿Cuándo se detendría, / el eco en la garganta, insistiendo, ‘Omeros’? / Cuándo formaría parte yo de esa luz más allá de la metáfora?”. Este apóstrofe es un desafío conmovedor y apropiado no solamente para el poeta, sino también para el lector. ¿Por qué en el presente estamos siempre atormentados por el pasado, no sólo nuestro pasado, sino el pasado de otras personas y pueblos? Como el Odiseo de Homero, encontramos la respuesta al acompañar al poeta en un viaje emocionante e inquietante “para ver las ciudades de muchos hombres y conocer sus mentes”.

Pero es la figura del poeta Homero, más que los héroes de sus poemas, quien sirve como principal inspiración a Derek Walcott. Según una antigua leyenda, Homero provenía de un entorno humilde y tuvo una vida dura y solitaria. Nacido como hijo bastardo de una joven griega residente en Esmirna (la actual Izmir), de joven viajó por el Mediterráneo. Pero luego se quedó ciego y tuvo que ganarse la vida como mendigo, recitando sus versos. En ocasiones fue tratado con amabilidad, pero con mayor frecuencia lo expulsaban de las ciudades que visitaba; por ser un forastero y un parásito, adquirió el nombre de Homero, “rehén”. Tras mucho vagar, Homero finalmente murió en la isla egea de Íos, solo y sin amigos, incapaz de resolver un simple acertijo que le plantearon unos jóvenes pescadores.

Derek Alton Walcott (1930-2017), poeta, dramaturgo y artista visual santalucense, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1992.

Es este Homero común y corriente, y no el acomodado poeta cortesano que algunos imaginan que fue Homero, el que inspira el poema épico de Derek Walcott y el que registra los acontecimientos pasados ​​que determinan las vidas de las personas que describe, incluyendo la del propio Walcott y, en última instancia, la de todos nosotros. Este Homero es una figura proteica, infinitamente erudita, pero esquiva, constantemente cambiando de forma. Es Omeros (su nombre en griego moderno) y también el anciano ciego Seven Seas. Más tarde aparece como un barquero ciego y sin hogar aferrado a un manuscrito de papel de estraza, sólo para ser expulsado de las escaleras de la iglesia de St. Martin’s-in-the-Fields en Londres por un clérigo remilgado. Él es la voz del mar, (Winslow) Homero, y el poeta romano, Virgilio que guía al narrador (como una vez guió a Dante a través del infierno en la propia épica de Dante, la Commedia). La autoridad de Omeros proviene de una curiosidad y una simpatía aprendidas del aislamiento y el sufrimiento, y es este conocimiento solitario y doloroso el que constituye su principal legado a los personajes en la epopeya y, a través de ellos, a cualquiera que lea sobre sus vidas.

En la Ilíada y la Odisea, Homero necesitaba recordar sólo lo que ocurrió antes del regreso de Odiseo desde Troya, pero ahora el poeta debe reflexionar sobre un mundo más antiguo y más extenso, con nuevas guerras y nuevos continentes. Si sus personajes principales son personas antillanas con nombres homéricos, también encontramos aquí a emperadores romanos, conquistadores españoles, Herman Melville y James Joyce. Su mente abarca desde las Antillas actuales hasta el Mediterráneo en la Antigüedad, desde el Imperio Británico en su apogeo hasta la América fronteriza en las guerras con los indios, desde Boston y Londres la semana pasada o el año pasado hasta un África tan sepultada en los recuerdos de sus hijos exiliados que sólo un terrible trauma puede hacerles reflexionar sobre ella. Este es, como dice Walcott, un “mundo reversible”. “El arte es la nostalgia de la Historia”.

Es el Homero común y corriente, y no el acomodado poeta cortesano que algunos imaginan que fue Homero, el que inspira el poema épico de Derek Walcott y el que registra los acontecimientos pasados ​​que determinan las vidas de las personas que describe, incluyendo la del propio Walcott y, en última instancia, la de todos nosotros.

Pero su nueva epopeya no cuenta tanto una historia como explica los sentimientos y reflexiones de algunos habitantes —pasados, presentes o, como el propio Walcott, intermitentes— de Santa Lucía, en las Islas de Barlovento. Varios personajes tienen nombres homéricos, pero su conexión con sus homólogos de la Ilíada y la Odisea es deliberadamente tenue y evanescente.

Helena es tan hermosa como su homónima, pero su rostro no lanza mil barcos ni provoca la destrucción de su ciudad. Aquiles, el “protagonista principal”, hijo de un esclavo africano, es fuerte y valiente como el Aquiles de Homero. Pero en lugar de Patroclo, Walcott le da como compañero al lisiado Filoctetes, quien sufre, como su equivalente en la historia antigua, una herida que no cicatriza, y cuya curación marca el fin de la guerra. Pero, a diferencia de su homónimo griego, Filoctetes vive entre los hombres, soportando su dolor. Aquiles tampoco inflige su resentimiento a sus amigos, ni mata a Héctor, ni siquiera por Helena. Héctor muere como resultado de su propia imprudencia, pero el poema no termina con su funeral, sino con la existencia continua de los supervivientes que aprenden a vivir con sus recuerdos.

Cuando, hacia el final del poema, el narrador se encuentra con Omeros, se queja de que ya no puede usar a los dioses que dominan la acción de la Ilíada y la Odisea. “Olvida a los dioses”, aconseja Omeros, “y lee lo que resta”. En su lugar, Walcott coloca fuerzas aún más despiadadas e impredecibles que los dioses del Olimpo: la naturaleza, el mar, los violentos cambios de clima, lagartos e iguanas, y el follaje selvático que arroja desechos y desorden sobre el paisaje. Cuando el Aquiles de Homero desciende al mar, encuentra a su diosa madre Tetis dispuesta a acudir en su ayuda, pero el Aquiles de Walcott debe confiarse a una hermosa pero insensible Madre-Mar (Mer-mere) que puede apoyarlo o destruirlo.

Los dioses pusieron orden en el mundo de Homero, pero en la epopeya de Walcott, Odiseo (y todos los que, como él, somos exiliados) debe regresar a un hogar cuyo carácter ha cambiado con el tiempo, hasta el punto de que ya no podemos reconocerlo. Sin embargo, estas referencias al pasado antiguo, por breves e insustanciales que parezcan, constituyen la base del poema de Walcott. Dotan con heroísmo a sus nuevos personajes y situaciones; sugieren que sus experiencias, particulares como son, de lugares específicos y de tiempos presentes, son también atemporales y universales.

Omeros deriva su extraordinaria fuerza no del suspenso, pues Walcott nos pone la tanto por anticipado de lo que sucederá, sino de su capacidad para captar y expresar los pensamientos de sus personajes y recrearlos con una notable claridad, lo que invita al lector a seguir e incluso ver las rápidas mutaciones de ideas e imágenes en sus mentes.

La narrativa imita el proceso del pensamiento de diversas maneras. Como antes que todo hacemos asociaciones por patrones de sonido, hay juegos de palabras significativos, como mer y mere y O-mer-os, o bien ocasionales y por eso más llamativas rimas:

Casa del miedo, del resentimiento

y del aire que va siempre en aumento;

cuyo recuerdo me obsede y me obsedió

como las sombras de Edgar Allan Poe.

Luego están las reminiscencias literarias, a menudo incompletas, mutadas, congestionadas: los solitarios y melancólicos viajes de pesca de Aquiles adquieren dimensión por la alusión a El negro del Narcissus de Joseph Conrad o el sobreviviente del naufragio amenazado en la pintura “La corriente del Golfo” de Winslow Homer. Y justo cuando son necesarios para interrumpir las sombrías reflexiones, hay transiciones rápidas a las preocupaciones ordinarias o al ocasional humor amargo, como cuando nos enteramos de que el camarero que lucha con su bandeja a través de las dunas de arena de un club de campo junto al mar se llama Lawrence.

A lo largo del poema, como en la mente, hay reflexiones persistentes sobre los acontecimientos históricos que han moldeado directa e indirectamente la vida de los personajes: los brutales ataques de los esclavistas a los antepasados ​​africanos de Aquiles, de los europeos a los nativos americanos, de los buques de guerra franceses contra los británicos cuando las Islas de Barlovento fueron colonizadas por primera vez; del bombardeo impersonal y devastador de los ejércitos en la Segunda Guerra Mundial. Pero Walcott recuerda estas escenas de muerte y sufrimiento con la compasión objetiva de Homero, que narra lo que les sucedió tanto a los troyanos como a los griegos. Ninguna pérdida, individual o colectiva, se siente con más intensidad que cualquier otra. Los romanos esclavizaron a los griegos; los sureños construyeron casas de estilo neogriego y dieron nombres romanos a los esclavos que maltrataban. Los hijos se pierden, o nunca nacen, para los negros y para los blancos por igual.

En la época de Homero, el único medio posible para la narrativa épica era la poesía, con un estricto patrón métrico basado en la cantidad de sonidos. Walcott utiliza un verso blanco rítmico para llamar la atención sobre patrones sonoros y sugerir semejanzas y contrastes con metáforas y símiles repentinos y dramáticos. Aunque los acontecimientos de su historia transcurren, como debe ser, en un tiempo lineal a lo largo de varios meses, la narración se mueve en espiral, replicando la circularidad del pensamiento humano. El pasado puede fácilmente volverse presente a medida que lo recordamos: podemos hablar con los muertos, verlos ante nosotros y llegar a tener la misma edad, o incluso más, que nuestros padres. Podemos descubrir a un antepasado que murió en una guerra hace mucho tiempo y comenzar a llorar por él.

La epopeya de Walcott es un recordatorio significativo y oportuno de que el pasado no es propiedad de quienes primero lo crearon; siempre nos atañe a todos nosotros, no importa quiénes seamos o dónde hayamos nacido.

La narrativa de Omeros es emocionante y memorable, a pesar de la ausencia de persecuciones, duelos y descripciones de muertes violentas de las epopeyas griegas. Al final, Helena regresa con Héctor; un inglés herido de guerra en el exilio descubre que puede hablar con su difunta esposa con la ayuda de Ma Kilman, la sabia anciana que regenta un establecimiento llamado el No Pain Café (“Café sin dolor”) y quien también de alguna manera recuerda el antiguo remedio africano que cura la herida incurable del viejo Filoctetes. En lugar de acción, hay una creciente conciencia del sufrimiento ajeno. Como Odiseo y el legendario Homero, todos (incluidos el narrador y el lector) aprenden de sus andanzas y exilio, aunque sólo sea para comprender mejor lo que ha sucedido.

Tal vez lo más sorprendente de todo es que descubrimos que lo que importa es el pasado remoto, la antigüedad y la historia militar, más que las preocupaciones modernas sobre el dinero o la promoción de sí mismo. La epopeya de Walcott es un recordatorio significativo y oportuno de que el pasado no es propiedad de quienes primero lo crearon; siempre nos atañe a todos nosotros, no importa quiénes seamos o dónde hayamos nacido.

Omeros, deDerek Walcott. Trad. J. L. Rivas, Editorial Anagrama, Barcelona, 3ª ed., 2024, 456 pp.

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