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Miranda July o nuevas formas para la novela de la mediana edad
Por Lara Feigel | Abr 02, 2026
En su novela "A cuatro patas", la escritora y cineasta explora la danza, el deseo, la mortalidad, la trascendencia y la menopausia en un viaje que lleva la autoficción a nuevos límites.

Los personajes de Miranda July a menudo se preguntan qué es real y qué no. ¿Hasta dónde nos puede llevar nuestra mente —soñando, fantaseando, creando arte— y cuándo debemos regresar a una realidad compartida? “Lo real viene y va, no tiene demasiado interés”, aconseja una terapeuta en la novela debut de July de 2015, El primer hombre malo. La mayoría de los personajes de su primera película de 2005, “Tú, yo y todos los demás”, se entregan vertiginosamente a la fantasía y al juego. En la película, es la fantasía la que permite una conexión genuina; en la novela, la protagonista debe ir más allá de la fantasía para descubrir que la esencia de la vida reside en otra parte: en el contacto con un amante o un bebé.
Este descuidado compromiso con la introspección y la extrañeza ha llevado a que a menudo se describa a July como chiflada. No me gusta la palabra —¿por qué no honrar la extrañeza en lugar de menospreciarla?—, pero el propio personaje de July en la película me pareció un poco irritantemente encantador, mientras que la protagonista de El primer hombre malo parecía demasiado intencionadamente imaginada, o tal vez demasiado peligrosamente trastornada, como para que me preocupara profundamente su destino.
Recientemente, July ha reorientado estas preocupaciones hacia nuevos usos, elevando la apuesta y desarrollando algo así como una ética del inadaptado. Su distraídamente magistral película de 2020, “Falsos millonarios”, miraba hacia los márgenes de la sociedad. Estos estafadores eran, con demasiada probabilidad, productos de los Estados Unidos de Trump, incluso cuando las imágenes tendían al surrealismo. Un excesivo compromiso con la fantasía, en paralelo con una eliminación total de los sueños y la ternura: esto se convirtió en la materia de la supervivencia, y la vida y la muerte también están en juego en la nueva novela de July, A cuatro patas, mordazmente inteligente y radicalmente compasiva.

Aquí, la narradora de 45 años se pregunta de manera aún más clamorosa si su vida es real, lo cual no sorprende, dado que aparentemente es la autora de la obra de July. Varios años antes, su hijo Sam nació prematuro, casi muerto, y durante ocho angustiosas semanas, la narradora y su esposo, Harris, estuvieron unidos por un dolor “eufórico”. Desde entonces, ella se ha sentido distanciada de Harris y, más ampliamente, de la realidad. Se entrega más a su arte de lo que le revela a Harris; miente con frecuencia, creyendo que cada mentira revela “solo una de mis cuatro o cinco caras, cada una de ellas real y con sus propias necesidades”; y como es una persona “de mente presente” más que “una folladora de cuerpo presente”, el sexo se sustenta en elaboradas fantasías.
Para anclarse en el presente, ella decide viajar por carretera de Los Ángeles hasta Nueva York. Pero justo a las afueras de Los Ángeles, cruzan miradas por sobre el parabrisas con Davey, un apuesto y torpe empleado de un taller mecánico de un pueblo pequeño. Despilfarra miles de dólares encargando a Claire, la esposa de Davey, que rediseñe de manera exquisita la habitación que arrienda en un hotel feo, y allí permanece durante tres semanas, acompañada cada tarde por el propio Davey, con quien descubre una asombrosa pasión mutua, aunque no consumada. Él resulta ser, ante todo, un bailarín incandescente, de una levedad sobrenatural, y a través del baile ellos encuentran formas de intimidad que finalmente hacen que la vida parezca real.
Al volver a casa, ella debe, de alguna manera, dar sentido al resto de su vida. Está consciente de que su agonizante descenso desde el éxtasis a la miseria coincide con los síntomas de la menopausia; una imposición de la realidad cuyas connotaciones mortales han tenido consecuencias literales en su familia: su abuela y su tía se suicidaron cuando eran cincuentonas. La respuesta llega a través de una aceptación radical de la mortalidad, en parte moldeada por su enfrentamiento con la muerte en el nacimiento de Sam. El sexo es parte de esto. El característico estilo seco y de cuidadosa observación de July puede convertirse con la misma facilidad en un aforismo despreocupado o en la elocuencia lírica con la que escribe sobre el sexo extravagante, no binario y transfigurador que lleva a la narradora a los extremos de su propia introspección, a la vez que la obliga a nuevos tipos de contacto y honestidad, incluso con Harris. Mientras tanto, la narradora interroga a sus amigas, convirtiendo esto, de manera explícita, en una novela sobre la menopausia.
Con este libro, July forma parte de una generación de escritoras que buscan nuevas formas para la novela de la mediana edad, ya sea el “noir de bochornos” o la voz vacía y sin trama de la trilogía A contraluz de Rachel Cusk.
Con este libro, July forma parte de una generación de escritoras que buscan nuevas formas para la novela de la mediana edad, ya sea el “noir de bochornos” o la voz vacía y sin trama de la trilogía A contraluz de Rachel Cusk. La novela clásica sobre la menopausia sigue siendo El último verano de Mrs. Brown de Doris Lessing, otra historia en la que una mujer abandona su propia vida y descubre nuevas formas de rabia y lujuria. La novela de Lessing sobre esta oscura regeneración tenía, al igual que la de July, apuestas de vida o muerte.
Miranda July obtiene una carga adicional de su profundo compromiso con la autoficción a través de distintos medios. Debido a su cine y arte escénico, July existe tridimensionalmente para nosotros de maneras que otros narradores no lo hacen. Ha hecho arte de sí misma bailando, llorando, besando. A esto se suman los ecos literales de su vida: ella también tiene un esposo semi-distanciado y un hijo no binario; incluso su madre y tía muertas son referidas en los agradecimientos. A medida que la autorreferencialidad pasa de lo juguetón a lo serio, me sentí ansiosamente inquieta por la niña cuya existencia fuera de la página no debería importar, salvo que July construye un mundo donde tiene una especial resonancia. Al enredarse explícitamente con la realidad a través de los medios, empuja la autoficción a nuevos límites, revelando lo bien que este género permite cuestionar la realidad. ¿Cómo puede la narradora lograr que sus propias peculiaridades sean parte de una vida vivida? ¿Cómo puede ser real ante la muerte si lo que es más real es el arte?
La danza y el sexo son lo que permite acceder a la trascendencia que July retrata con descarada grandilocuencia. Habiéndose abierto a la divinidad, la narradora descubre que su habitación de hotel no es el juego perdido de una chiflada, sino una lección de cómo vivir. “Yo podría ser siempre la que era en la habitación. Imperfecta, no binaria, dispuesta a todo, libre de vergüenza. Todo lo que necesitaba lo llevaba conmigo: un alma plena”.

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