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El progreso de Don: sobre la celebrada novela debut de James Cahill
Por Michael Delgado | Abr 07, 2026
"Tiepolo en tonos de azul", la novela debut de James Cahill, nos habla de un reprimido historiador del arte, obsesionado con el pintor italiano Giovanni Battista Tiepolo, quien, sin embargo, tras su brillo académico esconde una gran inexperiencia vital. Él amplía sus horizontes al entrar en el mundo bohemio y la escena artística de los años 90.

Don Lamb, distinguido profesor de historia del arte en el Peterhouse College de la Universidad de Cambridge, el protagonista de Tiepolo en tonos de azul, solamente tiene cuarenta y tres años, pero mientras leía la novela tuve que recordarme constantemente ese hecho. El profesor es anticuado para su edad: se ve a sí mismo como un noble defensor de la tradición clásica, un cruzado contra aquellos académicos que se preocupan por las “irrelevancias sujetas a modas” de “asuntos de sociedad, política o psicología” en lugar de “conceptos fundamentales: forma, proporción, luz, equilibrio”. No faltan figuras públicas que expresan opiniones similares hoy en día, pero James Cahill ha decidido ambientar su cautivante primera novela no en mitad de las llamadas guerras culturales de hoy, sino en la década de 1990, con la influencia de “ese tipo horrible, Jacques Derrida” aún fresca en la memoria y el término “corrección política” recién de moda.
Don está escribiendo un libro sobre su amor eterno, el pintor rococó del siglo XVIII Giambattista Tiepolo. Dedica su tiempo a cartografiar la simetría de los cielos en los frescos de Tiepolo, intentando explicar que su “infinito espacio azul” puede “ser diseccionado, triangulado” para revelar una “geometría precisa y hermosa”. Tiepolo ha sido visto durante demasiado tiempo como un pintor místico de “luz y dulzura”. “Ya está bien”, imagina Don que el artista le dice en un momento dado. “Enséñales hasta qué punto soy un pintor clásico”.

Es su conservadurismo lo que, paradójicamente, conduce a una serie de cambios radicales, a menudo preocupantes, en su vida. El primero llega tras el nombramiento de una poeta residente en Peterhouse, Erica Jay (“una poetisa”, dice con desdén Val, aliado de Don y director del departamento). Su primera acción es la instalación de una escultura en el césped de la universidad: una versión ligeramente ficticia de Mi cama de Tracey Emin, que consiste en un marco de cama de hierro lleno de muelles, latas de cerveza vacías y ropa arrugada. Don, como era de esperar, se queda consternado y, durante una aparición en el programa de Radio 4 Perspectivas cambiantes, critica duramente la escultura calificándola de “desprovista de gracia… un artilugio cínico y carente de ingenio”. La actuación de Don lo convierte en un paria en la universidad; cuando se abre una vacante para la dirección de una galería del sur de Londres, él decide, impulsado por Val, tomarla.
Tiepolo en tonos de azul está marcada por la influencia de Alan Hollinghurst. No se trata sólo del ambiente de aristócratas, académicos y flâneurs del Londres gay, sino también de la prosa, que posee una atención magistral al detalle.
Tiepolo en tonos de azul está marcada por la inconfundible influencia de Alan Hollinghurst. No se trata sólo del ambiente de aristócratas, académicos y flâneurs del Londres gay, sino también de la prosa, que, en sus mejores momentos, posee una atención magistral al detalle (sobre todo visual) y un estilo irresistiblemente arrollador, casi arrogante. La mudanza de Don a Londres genera un lento florecimiento intelectual que encuentra salida en los encuentros homosexuales, y hay momentos aquí y allá que harían sonrojar incluso a Hollinghurst, incluyendo un episodio ambientado en los baños públicos de Brockwell Park que parece una réplica de pesadilla de la famosa escena inicial de La biblioteca de la piscina. El principal artífice de esta relajación es Ben, un joven artista bohemio que entabla una improbable amistad con Don y parece despertar algo en el profesor. Ben es lo suficientemente perspicaz como para ver que la actitud de Don hacia el arte está ligada a una represión más general y arraigada: “El modo en que miras los cuadros”, le comenta, “siempre apartas la mirada de la gente. De los actores, de la historia, de la vida”.
A pesar de las preguntas más generales que resuenan bajo la superficie —si el arte puede, por ejemplo, separarse de las preocupaciones sociopolíticas—, Cahill no es en absoluto un autor polémico, y la novela se beneficia de eso. Cualquier comentario del autor es apenas perceptible entre la multitud de personajes vívidos con los que Cahill ha poblado su novela, pues Tiepolo en tonos de azul es, en esencia, un perspicaz estudio de personajes. Don, cuya aspereza resulta un tanto caricaturesca al principio, evoluciona hasta convertirse en un protagonista inesperadamente matizado. Es pomposo, estirado, reaccionario y misántropo, pero nos compadecemos de él a medida que empezamos a comprender las razones detrás de su mojigatería y vemos que, en más de un sentido, no tiene tanto control de su propia vida como podríamos haber pensado.

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