Inspirándose en Thomas Hobbes, John Gray, considerado una de las luces principales del “posliberalismo” contemporáneo, plantea en en su libro "Los nuevos leviatanes" (Sexto Piso) cuestiones sobre el hoy y el mañana de nuestras sociedades, de manera escéptica y mordaz.

En su larga y apasionante expedición de la mente, el compañero constante de John Gray ha sido Thomas Hobbes. En su nuevo libro, Gray toma el Leviatán (1651), la obra con la que el filósofo político del siglo XVII está más estrechamente vinculado, y explora su importancia para el arte de gobernar, las ideologías y los regímenes autoritarios de los últimos tiempos.
Hobbes fue, como correctamente señala Gray, un liberal (“tal vez el único al que todavía valga la pena leer”). Consciente del “estado de naturaleza” predeterminado de la humanidad —una vida que sería “solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve”—, imaginó un contrato social hipotético en el que todas las personas transfieren sus derechos de autogobierno a un poderoso soberano que brinda seguridad y la perspectiva de una “vida confortable”.
Sin embargo, la mera ambición ontológica de los Leviatanes actuales, argumenta Gray, lo desconcertaría. Estos poderosos Estados lo que persiguen “es procurar el sentido de la vida de sus súbditos”; son “ingenieros de almas”; se han visto envueltos en “una lucha implacable por el control del pensamiento y del lenguaje”; y “ofrecen un sentido en forma de progreso material, seguridad derivada del hecho de pertenecer a unas comunidades imaginarias y placeres asociados a la persecución”.
Los Estados actuales lo que persiguen “es procurar el sentido de la vida de sus súbditos”; son “ingenieros de almas”; se han visto envueltos en “una lucha implacable por el control del pensamiento y del lenguaje”; y “ofrecen un sentido en forma de progreso material».
En el corazón de su relato se encuentra la persistencia de lo que él considera uno de los grandes delirios humanos, según el cual la noción religiosa de la providencia ha sido sustituida por una fe secular en la trayectoria, en última instancia benigna, de la historia. “En John Stuart Mill”, escribe Gray, “el liberalismo se convirtió en una religión separada en la que la humanidad hacía las veces de ser supremo, mientras que los hiperliberales han transformado el liberalismo en un culto a la autocreación”. Por “hiperliberales”, se refiere a los apóstoles de los “movimientos woke” que desprecia como “una revuelta de la burguesía profesional”.
Esto es demasiado desdeñoso para, digamos, los activistas de Black Lives Matter o las mujeres que se han manifestado en el movimiento #MeToo. Pero Gray tiene razón al afirmar que: “Una de las funciones de los movimientos woke es desviar la atención del impacto destructivo que el capitalismo de mercado tiene en la sociedad. Desde el momento en que las cuestiones identitarias comienzan a volverse centrales en la política, los conflictos entre intereses económicos pierden relevancia. Toda esa cháchara ociosa sobre microagresiones expulsa del debate temas como la jerarquía de clases…”.
Para que conste: en su excelente estudio, Identity Economics (2010), George A. Akerlof y Rachel E. Kranton buscan corregir esta “expulsión” y reconciliar la política de identidades con el análisis económico. Pero el argumento de Gray sigue vigente. Más de una década después, su libro es la excepción que confirma la regla.

Como sabrán quienes conocen su obra, Gray es un escritor instintivamente aforístico, que le debe más estilísticamente a Pascal o Cyril Connolly que a Mill o John Rawls. Aunque Los nuevos leviatanes tiene menos de 200 páginas, está repleto de ideas, provocaciones y pensées, y merece una segunda lectura.
Cuando Gray declara que “la historia no dibuja ninguna trayectoria definible, ni a la larga ni a la corta”; o que “el wokismo es tanto una carrera profesional como un culto”; o que “se pretende volver a desplegar el apolillado brocado musical de la esperanza progresista”, sabe perfectamente que su lector prestará atención. El sabio también es un embaucador. Aunque sus conclusiones suelen ser sombrías, se puede decir que escribe con un brillo especial en sus ojos, incitando con frecuencia al lector a una divertida autorreflexión.
Además de su estilo aforístico, Gray tiene un don para la anécdota y los retratos. Así, entre la discusión de principios políticos abstractos, se nos presentan personajes como el socialista zarista Konstantín Leóntiev (1831-1891), quien anhelaba un nuevo feudalismo en el que la tradición y la civilización bizantina serían salvadas de la nefasta influencia del individualismo universal y la sociedad de masas.
Una de las funciones de los movimientos woke es desviar la atención del impacto destructivo que el capitalismo de mercado tiene en la sociedad. Toda esa cháchara ociosa sobre microagresiones expulsa del debate temas como la jerarquía de clases.
Figuras menos desconocidas que aparecen en estas páginas incluyen a Nikolái Bujarin (1888-1938), líder de la Revolución rusa que murió en las purgas de Stalin; Arthur Koestler (1905-1983), cuya gran novela Oscuridad a mediodía ofrece una representación ficticia de Bujarin como Nikolái Salmanovich Rubashov; y el escritor de terror, fantasía y ciencia ficción H.P. Lovecraft (1890-1937), quien escribió que “todos mis cuentos se basan en la premisa fundamental de que las leyes humanas comunes, así como sus intereses y emociones, no tienen ni validez ni importancia en el vasto y amplio cosmos”.
Esta combinación de argumentos con florituras históricas puede causar escalofríos en algunos filósofos académicos. De ser así, es un punto a favor del libro. En sus viajes como un erudito Señor del Tiempo (de Doctor Who), Gray tiene presente que la carne y la locura de la experiencia humana son esenciales para cualquier comprensión de los grandes temas y de los ideales elevados. En este sentido, el medio es el mensaje. Ninguna teoría ni modelo puede competir con la madera torcida de la humanidad de Kant.
De hecho, este mensaje ha sido esencial para la escritura de Gray durante muchos años. Cuando lo conocí a principios de la década de 1990, él firmaba los papeles de divorcio intelectual que completaban su separación de la Nueva Derecha thatcherista. Mientras otros se entusiasmaban con la tesis del “fin de la Historia” de Francis Fukuyama y la idea de que la combinación del capitalismo de libre mercado y la democracia liberal representaba el fin lógico de la humanidad, Gray ya se enfrentaba al “vaciamiento” de las instituciones por las fuerzas del mercado y a las fallas estructurales inherentes al neoliberalismo. Su libro, Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global, se publicó en 1998, una década antes de la crisis financiera que le dio la razón.
Sin embargo, fueron dos libros posteriores los que marcaron las cumbres gemelas del pensamiento de Gray. En Las dos caras del liberalismo (2000), estableció una distinción crucial entre aquellos liberales que buscaban “un consenso racional sobre la mejor forma de vida” y aquellos que se conformaban con un “modus vivendi” basado en el “pluralismo de valores”. Concluyó que “no hay alternativa al largo recorrido de la política”.
En Perros de paja (2002), quizás su libro más influyente hasta la fecha (y especialmente apreciado por el difunto J.G. Ballard), describió a los seres humanos como “animales ilusos” que “no pueden vivir sin ilusiones” y depositan esperanzas absurdas en ideas utópicas y en la ciencia: “Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Esto es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué sí, entonces, los seres humanos?”.
Aunque Los nuevos leviatanes es una obra independiente, se hace eco de estos dos libros en cada capítulo. Gray llega a enterrar al liberalismo, no a elogiarlo. “El aparente triunfo del liberalismo y del libre mercado”, escribe, “no fue una tendencia evolutiva, sino un experimento político que ha agotado su recorrido”.
En este contexto, él se deleita con la ironía de que “en vez de una China cada vez más parecida a Occidente, es Occidente es el que se ha vuelto más similar a China. En ambos, el sistema económico dominante es una versión particular del capitalismo de Estado. Y tanto en China como en Occidente, la riqueza está muy concentrada en pequeños grupos con una poderosa influencia política”. También le divierte que la China de Xi Jinping deba más al panóptico de Bentham que al confucianismo, y señala con acierto que “el poder que continúan ejerciendo ciertas ideas iliberales occidentales es un detalle del escenario contemporáneo que se suele pasar por alto”.
Menos optimista es la respuesta de Gray a los esfuerzos por evitar el desastre ambiental. “Quienes sobrevivan”, escribe, “comprenderán que el cambio climático es una transformación causada por los seres humanos que estos no tienen la capacidad de detener”.
Es difícil no estimar un libro que critica con tanta naturalidad al filósofo en alza de las clases de Davos, Steven Pinker, y su “forma bastante insustancial de nihilismo”. Menos optimista es la respuesta de Gray a los esfuerzos por evitar el desastre ambiental. “Quienes sobrevivan”, escribe, “comprenderán que el cambio climático es una transformación causada por los seres humanos que estos no tienen la capacidad de detener”.
En cuanto a la Inteligencia Artificial, Gray no se alinea con quienes, como el inversor tecnológico Marc Andreessen, creen en el poder salvador de la nueva tecnología, ni con científicos como Geoffrey Hinton, que temen que traiga una catástrofe. “Nos disponemos a transmitir el don del conocimiento a nuevas formas de seres inteligentes», cita a Lovelock. Y escribe: “La humanidad está dejando de tener un papel central en la vida del planeta para que la vida misma pueda proseguir”. Deberíamos prepararnos no para la extinción, sino para la irrelevancia.
El Estado ruso, especula, puede que “se metamorfosee en una especie de Bizancio retrofuturista nuclearizado”. Estados Unidos, mientras tanto, podría simplemente “seguir vagando en esta deriva que lo está llevando a ser un florido híbrido de sectas fundamentalistas, cultos woke y oligarcas tecnofuturistas”. Es propio de la filosofía de Gray que aceptemos el anticlímax y la caída como el orden natural de las cosas; que dejemos de lado los delirios dramáticos y los arcos narrativos de nuestra imaginación colectiva.
Dado este lóbrego panorama, ¿qué se puede hacer (si es que se puede hacer algo)? Volver al «largo recorrido de la política». Según Gray, “los regímenes que se impongan serán aquellos que mejor se adapten al azaroso devenir de la historia. Las sociedades más aptas no son las más productivas, sino aquellas que mejor aprovechan las oportunidades generadas por la casualidad”. En otras palabras, la mejor de las suertes; la necesitarán.
A Gray se le suele nombrar como una de las luces principales del “posliberalismo” contemporáneo, pero creo que esto es un error. Más allá de su rechazo al liberalismo, él tiene poco o nada en común con polemistas como Patrick J. Deneen, Rod Dreher y Sohrab Ahmari. El reciente libro de Deneen, Cambio de régimen. Hacia un futuro posliberal, hace una defensa bastante fervorosa del “aristopopulismo”, “la afirmación descarnada del poder político por parte de una nueva generación de actores políticos inspirados por un ethos del conservadurismo del bien común” y la “renovación de las raíces cristianas de nuestra civilización”. Gray se reiría de la locura de este intento de construir una versión ligera de Gilead en Estados Unidos contemporáneo.
Para quienes aún sentimos lo que G. K. Chesterton llamaría “un tirón del hilo” y no estamos del todo dispuestos a renunciar a la Ilustración, los escritos de Gray son una medicina astringente. (Estoy seguro de que el hecho de que tenga que invocar un relato del Padre Brown para explicar mi continuo apego a tales ideas reforzaría su opinión de que los liberales del siglo XXI son esencialmente los últimos miembros de una orden religiosa en decadencia).
Quizás la característica más admirable de Los nuevos leviatanes sea la negativa de Gray a actuar como terapeuta de sus lectores, o a condescender con ellos con viñetas de falsa esperanza o “sentido”.
Sin embargo, la medicina es, o debería ser, bienvenida. El liberalismo y el centrismo, como argumenté en otra parte, necesitan urgentemente una renovación. La insistencia de Gray en que la renovación es inútil y que el edificio está condenado al fracaso es el desafío al que los liberales deben responder con palabras y con hechos. El liberalismo sigue siendo, adaptando a Churchill, el peor sistema de organización política, con la excepción de todos los demás. Pero eso por sí solo constituye una base débil para avanzar, y el argumento de Gray exige una respuesta práctica: una adaptación radical del liberalismo a los enormes desafíos del siglo XXI (cambio climático, desigualdad, Inteligencia Artificial pandemias, longevidad y asistencia social). Debemos reconocer que esta renovación con visión de futuro puede, de hecho, como Gray cree firmemente, resultar imposible.
Quizás la característica más admirable de Los nuevos leviatanes sea la negativa de Gray a actuar como terapeuta de sus lectores, o a condescender con ellos con viñetas de falsa esperanza o “sentido”. La llegada de las secciones de “pensamiento inteligente” en las librerías ha llevado a algunos filósofos a redefinirse como doctos gurús de la autoayuda. Pero la filosofía no sirve para eso.
Hobbes y Gray: un título magnífico para una serie de detectives, y uno que Gray, amante del cine negro, sin duda disfrutaría. Deberíamos estar agradecidos de contar con este intrépido dúo para mantenernos intelectualmente íntegros.

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