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Patricia Espinosa: «En la poesía hay una zona por hurgar y por descubrir excepcional»
Por Nicolás Rojas Inostroza + Pablo Espinosa Z. + Patricio Contreras | Ago 05, 2013
Tiene una voz particular, escribe sobre narrativa chilena reciente en Las Últimas Noticias, pero también mantiene fuertes vínculos con la academia y su lenguaje. Conversamos con Patricia Espinosa sobre los lectores, los premios a la creación, Bolaño y la relación entre escritores y críticos.

Tres frases que de ningún modo resumen esta entrevista, pero que marcan el tono adoptado por nuestra invitada: «En este país parece que todos saben lo que es la crítica»; «Bolaño está secuestrado por su agente literario, por la editorial y por los medios de prensa»; «Estamos en un mal momento de la narrativa. Siento que hay una recomposición, pero lenta».
Patricia Espinosa, académica y crítica literaria de Las Últimas Noticias, es clara para definir su estilo: «Lo que yo planteo es una crítica teóricamente híbrida que se alimenta de distintos vectores. Es difícil clasificarla, encapsularla».
Se reconoce una lectora compulsiva —dice que la teoría la lee «como una novela, como una ficción»— y adicta al trabajo de edición (está a cargo de la Revista Aisthesis, del Instituto de Estética de la UC). Sugiere leer literatura latinoamericana, recuperar las obras del pasado y poner atención a la poesía chilena, que tiene «una distancia feroz» con la narrativa local.
Muchos temas quedaron fuera (¿quién es el Ballero de la literatura chilena?), pero nuestra entrevistada se manifestó disponible para un segundo round; esperamos que se concrete pronto. Por ahora, esto es lo que grabamos con ella.
Ah, y en la música nos acompañan Payo Grondona y The Cramps.
—Comencemos la conversación por algo ineludible. Un mensaje que escribió Rafael Gumucio en Twitter donde él respondía a una crítica negativa que hiciste sobre el libro de Salvador Young “Lo que una ama”. Parte de lo que Gumucio escribió fue: “No sabes leer ni escribir ni pensar”.
—Creo que los escritores tienen el derecho a manifestar sus puntos de vista, en desacuerdo o en acuerdo con los críticos literarios. Es algo histórico. Algo que ha sucedido desde siempre y va a seguir sucediendo. Es casi como un género, un género de las polémicas unilaterales o cómo se quieran llamar. Pero es un género ese derecho a discrepar y a cuestionar, a invalidar, a negar; y alabar en algunos casos también, a sentirse cómplices.
Y no tengo nada más que decir en términos verbales. Creo que si uno tiene algo que decir es a través de escrituras. Escrituras que nos lleven a problematizar la situación desde una perspectiva más teórica. Eso es lo importante. Estas cosas pequeñas, estas piedrecitas en el camino, sirven para discusiones mayores, que es lo que creo que nos hace tanta falta en el espacio intelectual chileno. Análisis, profundización, discusión. Sin sacarle el cuerpo a lo contingente, sobre lo que es el pensamiento crítico en primer lugar, eso es algo que en nuestro país está en crisis hace mucho rato, desde la dictadura. Y quizás se ve antes, incluso. Qué pasa con los discursos críticos desde la academia, desde fuera de la academia y en sus distintas manifestaciones: crítica deportiva, literaria, cinematográfica, política; es decir, qué pasa en el día de hoy con el discurso crítico en nuestro país.
Creo que estos hechos formulan una pregunta motivante de manera permanente. Hay que productivizarlos en términos intelectuales.
—Escribes semanalmente críticas en Las Últimas Noticias ¿Sólo criticas narrativa?
La línea editorial privilegia la narrativa chilena. Ahora, también hay una sección en Cultura de Las Últimas Noticias que la hace el poeta y crítico Leonardo Sanhueza. Entonces, hay un contrapunto entre la narrativa que hago yo y la poesía que cubre Sanhueza.
—¿Y cómo eliges los libros que criticas?
—Prácticamente leo todos los libros que se publican en Chile en el ámbito narrativo. Y hay un trabajo constante de rastrear, porque las editoriales grandes publican muy poco de autores chilenos y en general de no muy buena calidad. Advierto que el día de hoy lo mejor que se está publicando es en editoriales independientes o editoriales autogestionadas. Y los libros hay que buscarlos porque son tiradas bajas. Esa es una de las razones por las cuales me parecen tremendamente útiles las redes sociales, donde uno puede acceder a información directa, ya sea de periodistas, comentaristas de libros o de los propios autores. La idea mía es diversificar, estar permanentemente buscando producciones de difícil visibilización. Es un trabajo que requiere una investigación continua. No creo en la figura del crítico que espera que le lleguen libros solamente. Nos estaríamos perdiendo el ochenta por ciento de la mejor literatura chilena si esperáramos que los libros nos llegaran a la casa. O si fuéramos a las grandes librerías, donde tienen muy poco de editoriales independientes o si tienen deben estar ocultos en el lugar más recóndito. Si es que hay polvo, en algún sitio, en ese lugar están, donde está la poesía y la narrativa chilena independiente.
—Además de este trabajo de rastreo, hay un trabajo de escritura. Te preocupas por cómo escribes los textos y, siendo muy directa, te preocupas del lector. Por ejemplo, sobre el libro “Diez mujeres”, de Marcela Serrano, escribes: “Esta novela de supermercado nos hace reflexionar sobre temas en extremo trascendentales como, por ejemplo, la reciclabilidad del papel, lo que permite en este caso mandar el libro derechito a la basura sin mayor problema de conciencia”. ¿Cómo es tu proceso de escritura, considerando que el público que lee Las Últimas Noticias es muy variado?
—Tengo un tránsito de escritura. Yo escribo artículos académicos, ponencias y publicaciones en revistas científicas, que tienen un formato súper estricto de lenguaje, y escribo crítica en medios. Escribo en ambos formatos. Y hay canales, vasos comunicantes, entre la crítica académica y la crítica que se puede hacer en un medio de prensa. Eso es algo que yo he desarrollado siempre. Ahora, los tiempos de escritura en prensa son mucho más reducidos de lo que es la escritura académica, donde se puede tener un año para hacer una ponencia. Son muy diferentes los tiempos y eso también influye en la escritura. Ahora, claro, por la formación académica que uno tiene se preocupa muchísimo de la redacción.
—En un texto periodístico, además, uno tiene que hacer un esfuerzo por enganchar al lector del diario; que no es necesariamente el mismo que asiste a una ponencia académica.
—Es que también pasa lo mismo. Tú vas a ponencias académicas donde te quedas dormido a los cinco minutos. Yo conozco gente que se pellizca, se echa agua, se sacude. Hay una cosa tediosa en muchos congresos literarios. También hay cosas excepcionales, maravillosas, y por eso uno va; pero, claro, puede ser tremendamente aburrido. La crítica literaria puede ser tremendamente aburrida.
—Respecto a tu tránsito desde La Época y Rocinante a Las Últimas Noticias, ¿has sentido las presiones de estar en un medio que pertenece a El Mercurio, que forma parte de una gran cadena de Agustín Edwards?
—No. He podido encontrar a editores que son personas que les interesa mucho la cultura chilena y les interesa particularmente la literatura. En ese sentido, mi presencia en los medios siempre ha estado marcada más que por una relación con el medio, que tampoco la puedo eludir, por una relación directa con los editores. Fue Carlos Olivares en La Época, luego Faride Zerán de Rocinante y después José Miguel Varas. Entonces, imagínate, Varas y Olivares eran escritores. Y ahora con Andrés Braithwaite también, un tipo muy cercano a la poesía, a la narrativa y a la edición.
Ceo que uno establece vínculos con personas que tengan una cabeza que se abre, que sea liberal y que entiendan que la crítica es una lectura. Las críticas son una lectura, es una interpretación, es un tipo de discurso que se emite desde un lugar, desde una posición. Ya pasó la época en nuestro país, por suerte, del crítico único, estamos hablando desde el punto de vista de medios, aunque quizás se sienta nostalgia en algunos sectores de esa figura.
—¿En qué sectores ves esa nostalgia?
—En sectores que más bien conservadores a los que les parecía bien esta figura tutelar. Creo que ahora hay mucha más gente que escribe sobre libros. Están los reseñistas (en términos de notas breves, informativas, sin opinión), los comentaristas de libros, los opinólogos de la literatura y, en menor medida, la gente que hace crítica. En menor medida, porque la crítica requiere un trabajo más profundo. Hay una problematización de lo que es el texto literario, hay una puesta en contexto y hay una eliminación de la figura autorial, de la biografía del autor, que es algo que le digo permanentemente a mis alumnos.
Sobre todo a propósito de la muerte. A propósito de la conmemoración de los diez años de Bolaño, mucho profesor le ha dado de tareas a los alumnos que hagan reportajes o entrevistas con respecto a Bolaño. Y los alumnos tienden a caer en lo que los medios presentan porque Bolaño está secuestrado por su agente literario, por las editoriales y por los medios de prensa. Secuestrado biográficamente, digamos, con fines comerciales.
Hay una fetichización biográfica que es muy problemática y que puede ser perjudicial para la lectura. En ese sentido mi recomendación para los alumnos es autonomizarse de los autores: leer el libro, lo que está ahí. A no ser que hayan casos muy particulares donde los autores han estado permanentemente; por ejemplo, en el género crónica, ahí entra la biografía, en ese caso es como inevitable. Pero yo le sugiero a los alumnos que eliminen las biografías. Creo que es algo bastante saludable para un país como el nuestro, un país de tanta trama oscura digamos, de tanto lobby, de tanta gente que se conoce, tanto padrinazgo, mecenazgo, tanta relación social que existe en este mundillo y que ocurre en la crítica de artes visuales, que ocurre en el cine, no es algo particularmente destacable en la crítica literaria. Esas oscuridades a las que yo me refiero están atravesando las artes en general y la crítica en general. En ese sentido me parece necesario evitar las vinculaciones con la biografía del autor. A menos que sea el propio autor el que se encargue en su propio texto de establecer los nexos o que sean textos de no ficción
—¿Cuáles son los criterios que tú evalúas para decidir si un texto es bueno o malo?
Mucha crítica que hacen los propios escritores, novelistas o poetas, es crítica impresionista. Y logran hacerlo muy bien a veces, desprendidos absolutamente de lo que es la teoría, porque es un sujeto que habla de su experiencia con el texto. Creo que esa parte no se puede perder. Es una impresión primaria o más visceral que uno tiene con una obra de arte, que es como la primera lectura. Ahora, claro después vienen múltiples lecturas. Después viene la lectura estilística y el famoso estructuralismo, que siempre está ahí, y es un instrumento tremendamente útil que yo pongo en práctica. Y también elementos del post estructuralismo, la preocupación por el descentramiento. Y luego viene la línea situada, que tiene que ver con el texto desde una visión más bien culturalista, una relación del texto y su contexto. Esto es todo un tipo de crítica híbrida; es decir, lo que yo planteo es una crítica teóricamente híbrida, que se alimenta de distintos vectores, así que es difícil encapsularla un solo rótulo.
Hablando de escritura, ¿hay escritores o críticos que te hayan influenciado a ti para escribir tus críticas?
Libros bien escritos, quizás eso es lo más importante. En ese sentido soy muy diversa para leer. Leo de todo, desde crónicas, comentarios deportivos de los diarios, farándula. Veo televisión, veo mucha televisión. Cuando tengo tiempo veo realities. Entonces, me interesan los lenguajes narrativos, porque hay una construcción, un texto, también en los realities y eso me parece súper interesante en términos literarios. Leo también mucha teoría. Reconozco que el último tiempo, porque estuve trabajando en mi tesis doctoral, fueron como dos años de leer mucha teoría literaria. Pero, claro también hay novelas y poesía. Me encanta la poesía, creo que hay muy buenos poetas chilenos.
Empezaste escribiendo sobre Jack Kerouac cuando entraste al periodismo.
Sí, ese fue mi primer texto. Cuando fui por primera vez al diario La Época sin ningún padrino, sin ninguna madrina, como una estudiante de literatura que se atreve a ir a un universo desconocido. Para una estudiante de literatura es algo más lejano que para uno de periodismo. Existe mucho estudiante de literatura con un resentimiento atroz con los periodistas. Yo creo que hay algo ahí, quizás quisieron ser periodistas, no sé. Pero, bueno, yo fui así como NN digamos, como transito por la vida en realidad hasta el día de hoy.
Entonces, el editor me pregunta qué autor me interesa a mí ofrecerle. Y yo, estudiante de Literatura, le digo Rodrigo Lira, Pablo de Rokha y La Nueva Novela, de Juan Luis Martínez. Y el tipo me escucha, me deja que hable su rato de cada uno de ellos y cuando termino me dice: “Ahí donde estás tú, han pasado muchos y todos me dicen los mismos. ¿Habrá por casualidad otro nombre?”. Yo había terminado de leer como tres días antes una biografía de Jack Kerouac y me dice: “Ya po, escribe sobre eso”. Después, con el transcurso del tiempo, a través de las conversaciones con el editor, advertí que era uno de sus autores favoritos. Sobre todo la generación Beat. Pero, en ese momento no hubo nada, simplemente un: “Ándate a tu casa, escribe cinco mil palabras y mándamelo después por correo electrónico”. Escribí a ciegas por primera vez un texto no académico y se lo mandé en la misma semana, ponte tú del lunes al miércoles. Y el domingo nos levantamos súper temprano, iba con mi pareja, Eduardo, y fuimos al quiosco de la esquina. Toda esta fase como linda, compras el diario, lo ves, lo hueles y es lindo y todo eso y lo guardas. Ahora no tengo idea dónde está.
Era mucho texto y lo disfruté muchísimo. Fue una labor muy entretenida, que es algo que no he perdido hasta el día de hoy. El gozo de la lectura, digamos, el placer del texto, citando a Roland Barthes. Es decir, hay libros que son extremadamente detestables. Muy malos, muy mal escritos pero, de repente, una palabra. De repente, se preocupó el autor de ir a la RAE o recogió una palabra de la calle, un lenguaje callejero muy hermoso en nuestro país. Mirando de repente fragmentariamente, hay una zona placentera en la lectura siempre. Es decir, un libro puede tener trescientas páginas y uno espera que en la dos noventa y nueve aún haya algo. De repente no lo hay, pero la expectativa no se pierde jamás. Uno está constantemente esperando que haya una provocación del texto, está ese ánimo seductor del que hablaba Roland Barthes. El texto intenta seducir y yo me quiero dejar seducir. Se produce todo este juego erótico. Y hay por supuesto libros que rechazan ese acto de eroticidad.
¿Evitas dejar un libro a mitad de camino?
Lo encuentro antiético. Creo que los libros si uno los tomó, los termina. Ahora, claro, uno lee en paralelo. En mis libros digitales tengo como doscientos que estoy permanentemente entre uno y otro, en distintos géneros. Pero el libro que comienzo a leer, lo termino. Jamás lo dejaría a medias. Por lo que señalaba anteriormente con respecto a esa expectativa que siempre está. Y a veces, claro, esa expectativa se ve frustrada. Pero esa expectativa está y eso es lo que genera que tú no lances el libro a la basura digamos; es decir, lo lees y después lo tiras a la basura.
¿Y has tirado libros a la basura literalmente?
No. Igual yo presto muchos libros y ustedes saben que prestar un libro es regalarlo. Entonces, por por ahí van circulando los libros que creo que no voy a releer. Es una forma de que circulen los libros, cada libro podrá encontrar su lector. Esa es una cosa que me parece también destacable. Si una crítica, una lectura, es negativa con respecto a un texto, taxativa (porque también hay críticas que tienen matices), habrá otras lecturas. Eso es algo tan básico, tan pedestre, y que cuesta tanto comprenderlo. Es decir, al sujeto A no le gusta el texto pero, puede que sí al B, C y D. Tienes un universo de posibles sujetos lectores que les puede satisfacer ese libro. Yo estaría viviendo un delirio si creyera que yo agoto la lectura de un libro, absolutamente absurdo.
Volvamos a la figura de Roberto Bolaño. Recientemente entrevistaron a Jorge Herralde, el editor de Bolaño en Anagrama, y él lamentaba la multitud de gente que escribe a la manera de Bolaño. ¿Crees que hay muchos imitadores de Bolaño?
No creo que sea así, por lo menos no acá en Chile. Creo que no es tanta la gente que se ha leído los libros de Bolaño en profundidad. Sabemos lo que son las tendencias, hay una tendencia, una moda. En ese sentido creo que son pocos los lectores de Bolaño en nuestro país y también creo que hay poca gente que lo imita. Creo que sería hasta entretenido que alguien imitara a Bolaño. Sería entretenido porque es casi natural también. Como les decía antes, todo sujeto tiene la posibilidad de exponer su juicio con respecto a la lectura que se hace de un libro. Y creo que en este caso pasa lo mismo.
Has comentado que tenemos autores olvidan que son latinoamericanos y escriben con palabras españolas como follar o coger. Escritores poco situados.
Eso es una crítica que yo realizo a lo que sucedió en un momento. En este instante puede que no sea tanto, porque en algún momento los escritores chilenos estaban desesperados por ser publicados en España y por ser leídos fuera de Chile. No sé si ser leídos; es decir, que sus libros circularan y que por supuesto los pudieran invitar a alguna feria, digamos. Entonces, en ese sentido se hacen estos guiños, que es como la forma mal entendida de globalizarse: creer que tienes que utilizar un lenguaje que sea “internacional”, pero más que internacional es un lenguaje español. Sobre todo habiendo palabras tan nuestras, que también se comprenden perfectamente. Claro, está coger pero tienes un abanico bastante grande en nuestro país que ya sabemos.
Pero yo creo que eso ha ido disminuyendo. Creo que ha ido desapareciendo esa intención de forzar el texto a que pase en una ciudad que puede ser cualquier capital del mundo y a no mostrar giros lingüísticos regionalistas. Ha ido como en retroceso, favorablemente. Quizás precisamente por esta multiplicación de editoriales autogestionadas y que publican cosas súper interesantes y donde hay una preocupación por el libro objeto y por trabajar el libro con más cercanía con el autor.
Cada dos años hay polémica por la entrega del Premio Nacional de Literatura. ¿Cuál es tu visión desde la crítica de los escritores y los premios en Chile?
Todos los concursos, ustedes saben, están manejados por las editoriales o por algún tipo de poder. Casi todos, digamos. Me ha tocado participar en algunos concursos y puedo dar constancia de que en las personas que han estado en el jurado han operado criterios literarios. Bueno, en todos los concursos hay intereses políticos. Entonces, encontrar un concurso absolutamente ético y donde prime solamente el valor estético, la propuesta literaria como desnuda, es difícil.
Creo que los concursos son políticos. Hay tácticas y estrategias políticas que están en funcionamiento y que eso determine la elección del jurado no es casual. Hay una entidad que selecciona al jurado y la elección del jurado de algún modo configura el resultado que puede haber. Creo que los jurados deben ser heterogéneos y eso contribuye a tener diversidad de puntos de vista y que se generen discusiones y debates y que finalmente gane el texto que genere más debate, que no sea fácil la elección. Pero, claro el Premio Nacional en Chile ha sido tremendamente político.
¿A quién le darías tú el premio?
A mí me parece que para narrativa hace rato que debiera ser Diamela Eltit y Germán Marín. No tengo idea si les importa o no. Y en poesía me parece que Elvira Hernández y José Ángel Cuevas.
Un fragmento de tu libro La crítica literaria chilena, en el que fuiste editora, nos ayuda a comprender la figura del crítico y del intelectual. Es una definición que da Edward Said: “El intelectual es un sujeto capaz de decirle la verdad al poder, un individuo duro, elocuente, inmensamente valiente y aguerrido para quién ningún poder mundano es demasiado grande e imponente como para no criticarlo y censurarlo con toda intención”.
Esa cita pertenece al texto de la figura del intelectual, un texto testimonial de Edward Said donde él cuenta su experiencia como palestino en Estados Unidos. Es un libro profundo en términos teóricos, pero de fácil lectura. Es una muy buena entrada para los libros más capitales de Said. Él rescata la figura del crítico secular, un crítico que esté situado, en diálogo con el contexto, con la época que le tocó vivir, con la historia, con la cultura. Rechaza, entonces, esta idea del crítico académico, en su claustro, encerrado en el espacio académico. Y también privilegia el concepto de ética, que a mí me parece fundamental. Creo que todas las carreras universitarias deberían meter a todos los alumnos a cursar ética. Debería ser fundamental para egresar de cualquier carrera universitaria y también en la enseñanza escolar. Said es muy entusiasta en presentar ese concepto adherido al sujeto crítico, es decir, él postula como la necesaria mancomunión entre sujeto crítico intelectual y la ética. El sujeto que no puede tranzar, que no va a negociar y que por supuesto tiene algo que decir. Y yo lo comparto bastante, lo comparto muchísimo
Antes de despedirnos, ¿nos puedes contar qué estás leyendo?
Otra vez estoy leyendo teoría. Me entretiene, lo leo como una novela, una ficción. Leo mucha teoría, sigo leyendo a Rancière, Badiou, Espósito. Y en términos de literatura latinoamericana creo que es necesario también mirar para los lados y hacia atrás. Creo que la literatura no es puro presente, sino que hay un camino que hacer de búsqueda. Creo que hay que rastrear y están las bibliotecas virtuales que son maravillosas.
Como Ayacucho
Sí, toda la biblioteca Ayacucho, hay colecciones excepcionales. Hay literatura latinoamericana y poesía chilena, está buenísima la poesía chilena. Yo creo que mucho mejor que la narrativa. Hay una distancia feroz entre lo que es la narrativa y la poesía. Si tomo cinco libros de narrativa y cinco de poesía, de los cinco de poesía por lo menos tres están muy buenos y los cinco de narrativa probablemente los tenga que desechar de una. En la poesía hay una zona por hurgar y por descubrir excepcional. Y acá no se lee mucha poesía, increíblemente; habiendo tanta gente que escribe poesía y hay muchos buenos poetas: Gloria Dünkler, Elvira Hernández, Camilo Brodsky, Gladys González, Germán Carrasco. Hay una cantidad impresionante de buenos poetas. Hay que dar una vuelta por ese camino. Y no es un género que al mercado le interese, lo que es un acicate más para leer poesía, para mí al menos, que estoy buscando cosas que no sean atractivas para el mercado.