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Leonardo Sanhueza, poeta: «La obviedad es muy poco efectiva. Son más bonitos los goles con chanfle»
Por Nicolás Rojas Inostroza + Pablo Espinosa Z. + Patricio Contreras | Jun 02, 2011
Aquí está el primer capítulo de Ojo en Tinta. Fue grabado en el café Waldini, en Bellavista, el centro de Santiago. El lugar fue propuesto por el mismo entrevistado: el poeta Leonardo Sanhueza. De fondo se pueden escuchar las conversaciones de las mesas vecinas (a veces demasiado cerca). En este primer capítulo Sanhueza nos cuenta sobre su experiencia como columnista en el diario Las Últimas Noticias, sus estudios de geología y lo determinante que fueron en él las clases de literatura que tomó con Nicanor Parra en la Universidad de Chile.
Sanhueza, también, recita algunos de los poemas de su libro “La Ley de Snell” y de «Leseras», sus traducciones del poeta latino Catulo. Nos cuenta, además, sobre sus andanzas como editor en Quid y sobre algunos de los libros de su biblioteca. Tiene un declarado favoritismo por la poesía chilena. En el bloque final nos ponemos derechamente faranduleros. Sanhueza habla de la televisión, de Luli y del caso zafrada.
Atentos a las canciones. Escuchamos Los Beatles, la banda del Cinzano y una canción que nos recomienda el mismo Sanhueza —algo que ya es una tradición en nuestro programa—: una versión sound de una balada de The Cure. Imperdible.

Transcripción de la entrevista
Llevas ya varios años trabajando en el diario Las Últimas Noticias. ¿Cómo ha sido tu experiencia de poeta y periodista?
Hace nueve años que escribo columnas en el diario y la verdad es que ya es mi modo de vida. Nueve años haciendo lo mismo durante toda la semana es harto. Si se saca la cuenta, son unas 500 columnas o más; además de todas las que a veces escribo de manera ocasional. Entonces, es algo que modifica un poco la manera de ver el mundo, porque siempre estás a la casa de nuevos temas, de observaciones. A veces no tienes nada sobre qué escribir y ahí te das cuenta de que el oficio pesa mucho: mientras más años lleves en el asunto, es más fácil salir de ese tipo de embrollos. Como escribir en contra de la hora del cierre. En el diario siempre me retan porque me pongo a escribir a veces a las 8 de la noche y hay que entregar a las 9 yo a las 9:15 todavía no pongo el punto final. Entonces, tengo que aplicar improvisación, escritura automática.
¿Te llama la atención que Las Últimas Noticias, y en general los diarios vinculado a la televisión, sean tan atractivos de leer para la gente?
El asunto farandulero siempre ha estado presente en diarios y revistas. Lo que pasa es que LUN marcó un punto crítico cuando se salió de su línea informativa y se convirtió en un diario que comenta la realidad de la industria de la entretención. Es un modelo de negocio. LUN prefiere dar temas de conversación. Me refiero a temas de la calle, noticias curiosas, datos freak, y deja de lado la información misma. Lo cual tienen un correlato, ahora uno se informa por otras vías, por los medios digitales, redes sociales. Los diarios en papel están cambiando su función.
Un caso bastante crítico en la búsqueda de la entretención fue el Zafrada. Los medios, buscando un personaje para terremoto del 27F, le arruinaron la vida. Pareciera que abusan de este tipo de historias.
Claro, hay una obscenidad en general en todos los medios con respecto a entretener a cualquier precio. Yo no soy un beato ni nada, pero a veces da pena el espíritu con el que se hacen las cosas. Esto antes llegaba al siguiente límite. Enrique Maluenda tomaba a una viejita de 80 años y la sentaba en un sillón de mimbre pintado blanco y le decía “¿cuál es su sueño?” Y el sueño era reunirse con su hijo. Y el hijo llegaba y le cantaba una canción triste. La vieja se ponía a llorar y ese era su sueño por un día. Pero hasta ahí llegaba y dejaban a la vieja en paz.
¿Qué pasa ahora? Toman al Zafrada, hacen lo que deben hacer, que es mostrar su historia porque es algo espectacular, bonito, pero no basta con eso. Alguien va y le regala algo. Después lo llevan a la tele. Después hacen llorar a la mamá. Después le regalan un caballo. Después el caballo se le está muriendo de hambre porque nadie le regala comida. Después lo castigan porque no tiene nada nuevo que decir. Y así la vida de los niños la empiezan a estrujar, hasta que los liquidan, los revientan. Y ese espíritu es maligno, realmente perverso. Pero supongo que cada país tiene lo que se merece no más.
En un poema de la Ley de Snell está presente la televisión, en el poema Quién vive.
Claro, ahí aparece el tema de la tele. Y es curioso, porque yo no tengo tele. Pero como trabajo en Las Últimas Noticias sé prácticamente todo lo que sucede en la tele. Me imagino a todos los personajes. Había un concurso en los años 80 que era un concurso de pruebas, que era como todos los programas de concurso que conducía Alejandro Chávez, de estupideces. Y se me quedó grabado para siempre. Era un programa muy estúpido, pero ahí estaba metida toda la humanidad, la esencia del ser humano estaba ahí. Ese lo mezclé con otro programa, uno en que pusieron unos bichos en un terrario y la gente tenía que meter las manos, tipo Jackass, y palpar y decir qué es lo que era. Había una tarántula, una iguana, y las minas ponían unas caras de asco, repugnantes. Uno lo toma a la chacota, pero en realidad ese es el ser humano. Ahí está, no es un show no más. Si uno ve esas caras pareciera que están diciendo otra cosas No están diciendo solamente “Tengo asco”, sino que están remitiendo ese miedo más profundo.
¿Quién vive?
Uno de esos juegos que hacen en televisión,
decide si es tarántula, serpiente o iguana
el animal que se palpa en el terrarium,
con la vista vendada y el siquismo expuesto en carne viva,
mientras todos los demás llenan sus trajes con globos,
hasta que el concursante se despierta
y se ve amarrado con incontantes hilos,
como Gulliver rodeado de verdugos
que corren en círculos sobre un cielo puntillista,
donde las muchachas obscenas leen el tiempo y el destino
en las líneas de la carta sinóptica.
Decide si es tarántula, serpiente o iguana,
el animal que sacia su sed en la laguna,
y se estilla la cara, otra vez con su lengua de lija.
Y compatibilizas el oficio de periodismo con otras ocupaciones.
Claro, el negocio y el ocio. Yo soy un mercenario, cobro por escribir. Es lo único que sé hacer más o menos decorosamente. Entonces, me gano la vida así, escribiendo. Y me la gasto también escribiendo. O sea, lo que gano trabajando escribiendo, lo gasto trabajando escribiendo. Es lo único que hago. En realidad, no veo mucho la diferencia, hay un solo impulso que origina todo esto: tratar de dibujar un poco el pensamiento mediante las palabras. Y eso ocurre en las columnas, en los poemas, en los artículos, en los ensayos. No hay otro impulso. Yo no soy un opinador, no tengo muchas ideas; no soy un Fernando Villegas, que tiene tantas ideas sobre todo. A mí me gusta más tener pocas ideas y darles forma. Pienso que eso es más efectivo, tratar de buscar una forma para una idea que atiborrar un texto de opiniones.
Tus columnas han tenidos distintos nombres. Agüita Perra, primero, y luego Tinta China.
Después de que se publicó el libro con una antología de los textos de Agüita Perra, le cambiamos el nombre a la columna. Porque yo también estaba un poco lleno, cansado. Entonces decidí hacer un cambio, y el cambio fue cambiarle el nombre a la columna. Seguí escribiendo lo mismo, pero es increíble como esos pequeños cambios a veces te dan un nuevo impulso. ¿Conocieron a Fileo? Fue un columnista, Sergio Latorre, escritor de la vieja guardia. A Fileo una vez le dio un patatún, estuvo muy mal, a punto de morir. Y a su regreso dijo que necesitaba hacer un cambio en su columna, porque había tomado un nuevo aire. Así que se sacó una foto con sombrero. Y ese fue el cambio. La foto anterior era como del año 80, así que se puso una foto con sombrero y con eso empezó a escribir de otra manera. Bueno, a mí me pasó más o menos eso, y ahí le pusimos Tinta China. La primera fue ocurrencia mía y la segunda fue idea de mi editor, Andrés Braithwaite.
Estudiaste Geología en la Universidad de Chile ¿Fue determinante tu paso por el curso de Nicanor Parra?
Cuando entré a la facultad, una de mis motivaciones era conocer a Nicanor Parra. Sabía que en la Facultad de Ingeniería estaba el curso, entonces apenas pude tomarlo me inscribí. Por suerte tenía buen puntaje. En ingeniería tú tomas los cursos de acuerdo a tu ranking. El curso tenía 60 vacantes y era el más solicitado. Todos postulaban. Curiosamente, ese año resultó un curso excepcional. Tengo un recuerdo muy bonito del grupo. De este grupo de 60, se fueron 20 de la Facultad después de hacer ese curso. Uno se fue a estudiar Arte, otro Teatro, otro Cine, otro Danza, otro Sociología. Ése fue el nivel de importancia de ese curso. Yo no me fui, pero cambió mucho mi manera de ver las cosas. Entendí un poco mi destino. Ahí comprendí que yo quería ser escritor.
¿Cómo era el curso?
De Literatura en el Departamento de estudios humanísticos, donde hacía clases Enrique Lihn, Cristián Huneeus, Jorge Guzmán. Era un centro de las mentes más brillantes de Santiago. En los mejores tiempos llegaron a ser como 32 profesores, pero con la dictadura se empezó a desmantelar. Cuando yo estaba ya eran como 10 profesores y entre ellos Nicanor Parra. En ese curso lo curioso es que uno no hacía nada. Era un taller libre. No había pruebas, no había control de asistencia, las clases no seguían ningún patrón, sino que Nicanor Parra llegaba con una maleta de libros, que le llevaba el hijo, o quien se ofreciera para ayudarlo, desde la Comby. Entonces Nicanor Parra pescaba un libro cualquiera y lo empezaba a hojear. De repente leía un párrafo y a partir de eso se organizaba la clase en una conversación. Por supuesto, las elecciones no eran inocentes. Él hacía toda esta puesta en escena. Escogía un fragmento de Zaratrusta y en seguida escogía algo de Altazor. Parecía todo muy casual, pero estaba todo fríamente calculado. Y eso me enseñó un poco a leer, porque las cosas que se hablaban ahí me llevaban a la biblioteca, y yo me encerraba en la biblioteca de los Estudios Humanísticos, y ahí pasaba más tiempo que en la Facultad. Leía algo que me había llamado la atención y eso me llevaba a otra cosa. Así empecé a estudiar y a escribir también.
¿Fue entonces cuando empezaste a escribir o lo hacías de antes?
Escribía un poco, pero de una manera poco consciente. No sabía lo que estaba escribiendo en el fondo. Pero no fui un escritor adolescente. Cuando fui adolescente lo único que quería era estudiar Matemática. Creo que lo primero que escribí, lo escribí a los 18 años. Hay poetas que cuentan que a los 8 años escribieron su primer poema. No, yo a los 8 estaba arriba de los árboles, salía al cerro, al río, no me interesaba mucho el colegio. Esa es la verdad.
¿Te gustó estudiar Geología?
Sí. Llegué a la Geología de rebote, porque al principio quería estudiar matemáticas y adentro me empecé a decepcionar y empecé a entender que no era lo que yo pensaba. Entonces mis flechas apuntaron a Ingeniería Civil, por razones prácticas. Y ahí sí que choqué contra un muro, una cosa espantosa, no me veía resolviendo estructuras toda la vida. Alcancé a tomar unos cursos de Ingeniería Civil y ahí se me apareció Geología y dije “Aquí voy yo, en este bus”. Me gustó mucho. Trabajé unos buenos años en Geología. Mi último trabajo fue en Pascualama. A lo mejor esa fue una de las razones que me hicieron abandonar la Geología, haber trabajado en Pascualama.
Y gracias a la Geología llegamos a la Ley de Snell
Claro, ahí se trasluce un poco mi formación científica. Me inquietan mucho los fenómenos naturales. Soy un poco perno para ese tipo de cosas. Inevitablemente hay estructuras que se quedan pegadas y donde puedes hacer símiles con procesos de la experiencia. Por ejemplo, algo obvio, si uno sabe cómo funcionan los volcanes, esa información de manera inevitable la asocias a experiencias de la vida. Lo usas como molde para explicar una situación, como una crisis. Entonces, hay 200.000 procesos geológicos que yo sé y esos 200.000 procesos tienen su equivalente con cuestiones cotidianas. Son asociaciones que a cada rato uno está haciendo. Y de ahí surge la poesía, de encontrar vínculos entre las cosas, vínculos que no existían antes.
Es un lugar común decir que la poesía surge de un vacío. Yo me di cuenta en un momento que cuando tú ves una serie estratos de una roca, si esa roca es sometida a un esfuerzo, se empieza a doblar; los estratos se despegan unos de otros. Y en el espacio vacío que surge ahí, se rellena con un material nuevo. Y esa era exactamente la misma idea que uno venia escuchando que la poesía sirve para llenar un vacío. ¿Qué tipo de vacío? Uno que surge después de una presión, un esfuerzo, una crisis, una catástrofe, un poder. Ese tipo de ideas son las que me quedaron de mi formación geológica.
Una vez me preguntaron por qué no usaba palabras geológicas y dije que porque las palabras geológicas son feas, son horribles. No hallaría qué hacer con petrogénesis, por ejemplo. No tiene sentido. Además que son tecnicismos que nadie entendería. Si digo metamorfismo de bajo grado, de qué cresta estoy hablando.
Pero el nombre La Ley de Snell sí tiene algo de enigmático.
Sí, pero hasta por ahí no más, porque existe Wikipedia. Y también es la provocación, porque si a ti te ponen un libro con un título así, lo primero que haces es tratar de averiguar qué es. Ahí hay otro truco. En ese libro, el primer poema no tiene un título. Lo tenía y se lo saqué. Ese título era el ejemplo típico de la Ley de Snell, que es de la cuchara en el vaso de agua, que se produce ahí un ángulo extraño que te hace ver dos cucharas, o una cuchara que se tuerce.
La cuchara en el vaso de agua se muestra erguida y pueril. En el comienzo de su viaje. Pero al llegar a la superficie, sufre una pérdida y sale doblada, como un ciervo al cruzar la oculta línea de fuego.
Ésa es en el fondo la declaración del libro, esa es la idea general. Y por eso se llama la Ley de Snell. Independiente que muchos poemas surjan a partir de fenómenos asociados a la luz: cristales, espejos, el arcoíris. Es un poco programático. Me impuse hacer poemas sobre la luz y ahí surgió el libro.
Antes de este libro vino Leseras, tus traducciones del poeta latino Catulo. ¿Cómo conociste a este personaje?
Estudié Lenguas Clásicas, paralelamente a Geología. Y una de las razones que tuve para estudiarlas fue que me gustaba mucho Catulo. Pero notaba que las traducciones eran deficientes, porque si lees dos o tres traducciones de Catulo, te das cuenta de que algo está fallando. Es como si te presentaran un Mercedes Benz cubierto por un saco, tapado de tierra. Entonces, empecé estudiar Lenguas Clásicas por eso, para poder leer en las lenguas originales. Y cuando era estudiante hice esas traducciones, hace 12 años o algo así. Traduje todo el libro de Catulo y lo dejé guardado. Hice las traducciones para poder leer mejor.
En el poema XVI, tu traducción, bien chilenizada, dice: “Los sentaré en la picana y les pondré el chupete / Aurelio maricón del hoyo y Furio chupapicos, ya que me consideran poco sobrio / porque mis versos son sensualitos”.
El punto de Catulo ahí es bien interesante porque plantea por primera vez la distinción entre la vida y la obra, que es una discusión que hasta el día de hoy está vigente. Es un cliché prácticamente, pero en esa época no era tan obvio que el poeta no tenía por qué ser igual a sus versos. Catulo ahí está reaccionando a sus amigos que se burlan sobre sus versos más tiernos hacia los besos de Lesbia. Los amigos seguramente lo subieron al columpio por hablar de tantos besos en un poema. Lo consideraron poco viril porque no escribía cosas de hombres. Él les dice: ¿Porque leyeron muchos miles de besos creen que no soy macho? Los sentaré en la picana y les pondré el chupete.” En latin es muy fuerte: “Pedicabo ego vos et irrumabo”. Pero en castellano de Chile, nosotros cuando queremos ser más fuertes no decimos las palabras directamente. No decimos “Te daré por el culo y te lo meteré en la boca”, sino que recurrimos a un eufemismo, que es un insulto más fuerte que la palabra directa. Por eso lo traduje así.
El otro día escuché en un programa de televisión que alguien decía para insultar: “Guatona, anda a comerte los postres”. Excelente insulto. No dice ni una palabrota. Bueno, esa manera oblicua de hablar en Chile, que la ha rescatado muy bien por ejemplo Raúl Ruiz, me interesa mucho. Es una manera lateral de decir cosas terribles. La obviedad en general es muy poco efectiva. Son más bonitos los goles con chanfle.
¿Cómo fue tu experiencia de editor en tu sello Quid Ediciones?
Pésima, porque perdí mucha plata. O sea, la experiencia de todos los editores no más. Fue agradable, pero lo tuve que dejar porque tenía una familia, no puedo dilapidar la plata. Yo lo que hacía cuando tenía Quid era gastar toda la plata en libros no más. Si ganaba un premio, editaba tres libros. Y yo mismo los distribuía. Agarraba una mochila, los llenaba de libros y partía a las librerías. Que no me pagaron, todavía me deben.
¿Lo volverías a intentar?
Sí, pero en otras condiciones. El panorama es totalmente distinto ahora porque ha pasado mucho tiempo. Para eso se necesita mucho entusiasmo y no me siento con la misma fuerza. Y además hay tantas editoriales independientes actualmente que parece que una más sería un exceso. En esa época había tres o cuatro editoriales independientes más o menos de calidad. El estímulo para hacer una editorial era alto. En cambio ahora tengo al menos cinco, seis amigos que tienen editoriales. Entonces, si yo tengo una idea les puedo proponer a ellos. Pero es duro, porque es harto trabajo, sobre todo cuando se hace como yo lo hacía, que hacía todo. Desde la diagramación hasta ir a la imprenta y después repartir los libros. Entonces es mucho trabajo, más encima sin ver ni un peso de vuelta.
Y sobre tu carrera como escritor, ¿qué te motiva a seguir?
Misterio. Misterio absoluto. Si yo supiera por qué escribo, tal vez no escribiría. A lo mejor es una de las razones por las que escribo, para averiguar por qué escribo. Por necesidad supongo, de todo tipo.
¿Hay libros en tu colección a los que les tengas particular cariño?
Muchos, sobre todo mis primeros libros de poesía chilena, que tengo muchos. Por ejemplo, tengo la primera edición de los últimos poemas de Huidobro, que fue uno de mis primeros libros. Lo compré en un persa a precio de huevo y esa fue una de mis primeras lecturas importantes, en serio, conscientes. Yo a Huidobro entré por los últimos poemas, no por Altazor. Yo entré al revés. Los libros de De Rokha y los de Teillier son libros que guardo con cariño. Representan una etapa de mi vida que está ahí guardadita. A las novelas no les tengo aprecio, salvo una que otra por ahí. Por ejemplo, tengo 2666, de Bolaño, y creo que debo haber sido una de las primeras personas que lo leyó en Chile, y por una casualidad, porque un amigo en España trabajaba en la editorial del Club de Lectores y me mandó la edición del Club de Lectores, antes que llegara a ninguna parte. La leí de una sentada. Ese libro tiene un recuerdo bonito, emocionante, un libro tan esperado en ese momento. Me senté a leerlo y no me paré más hasta que terminé. A la semana ya estaba liquidado. Pero en general las novelas son más fáciles de desprenderse. Si se me pierde una novela no la echo de menos.
Y hay también libros que son emotivos por las condiciones en que los compré. Como Kafka. Creo que las Obras Completas de Kafka fueron lo primero importante que compré. Había ganado un premio, fui al persa y me encontré con este libro y con los diarios. Fue impactante, porque yo había leído algo de Kafka, pero recién ahí lo leí en serio, a los veinte años. Entonces inevitablemente tú los aprecias, porque al libro quedan pegadas todas sus circunstancias. Y así son un puñado los que tienen una historia. El resto se puede quemar si quiere, no va a pasar nada.
