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Adam Phillips: la conversión y la resistencia

Todo cambia y también nosotros cambiamos, así como nuestras opiniones y perspectivas. En su libro "Sobre el deseo de cambiar", publicado en Chile por Roneo, el psicoanalista inglés Adam Phillips se pregunta si es posible transformar a una persona sin coerción y cómo ocurre esto en relación a la práctica psicoanalítica, que podría entenderse como “una forma de persuasión honesta”.

Adam Philips

Quienes consideran la escritura una faena rutinaria, mejor que no conozcan el método literario de Adam Phillips. Todos los miércoles, él camina por Londres a su oficina en Notting Hill. En este breve viaje, una idea empieza a tomar forma, usualmente relacionada con su trabajo diario (Phillips es un psicoanalista freudiano que pasa el resto de la semana atendiendo pacientes). Si esta noción despierta su interés, para cuando se siente frente al computador, se habrá transformado en su primera frase. Las siguientes horas las dedica a desarrollar esa frase en un ensayo, que suele formar parte de una colección. A lo largo de 30 años, esta rutina ha producido casi la misma cantidad de libros, en el estilo desenfadado y aforístico de Phillips, sobre temas que van desde la monogamia hasta la cordura y la democracia.

La fluidez de la prosa de Phillips está condicionada por su reticencia a “convencer” a nadie, incluido él mismo. El autor trata a sus lectores como a sus pacientes, buscando provocar y estimular en lugar de persuadir. Sin embargo, si el psicoanálisis —y la literatura psicoanalítica— es un discurso preocupado por el cambio, ¿cómo se logra este sin argumentar, sermonear ni persuadir? ¿Existe un paradigma para transformar a otra persona en el que la coerción esté completamente ausente? Esa es la pregunta que Phillips plantea —con un dejo de ansiedad sobre su propia práctica literaria y terapéutica— en Sobre el deseo de cambiar. Si hay “algo pernicioso en el deseo de persuadir a la gente; o más bien de persuadir a los demás desarmándolos de alguna manera”, entonces el psicoanálisis ofrece “una forma de persuasión honesta. O, al menos, eso es lo que aspira a ser”.

La fluidez de la prosa de Phillips está condicionada por su reticencia a “convencer” a nadie, incluido él mismo. El autor trata a sus lectores como a sus pacientes, buscando provocar y estimular en lugar de persuadir.

“Conversión” es el lema de Phillips para la persuasión deshonesta. Al convertirnos, experimentamos algo parecido a una regresión: impotencia, dependencia, sobreidentificación con un Otro omnisciente. Se evoca nuestro estado primario de apego, que es la razón por la cual la posibilidad de conversión inspira, simultáneamente, miedo y emoción. No hay nada que deseemos y temamos más que un padre sustituto que nos diga qué pensar.

Exteriormente, el recién convertido puede parecer transformado, luciendo túnicas color azafrán o tatuajes de Nigel Farage. Pero estos gestos performativos ocultan una estasis interna: una sujeción impotente al deseo incestuoso original. Para Phillips, es nuestra reticencia a reconocer este deseo lo que genera fantasías de autotransformación radical. La conversión parece ofrecer una vía de escape, en la que podemos descartar el fundamento edípico de nuestra identidad. Pero las reinvenciones drásticas a menudo están “al servicio de sostener aquello mismo que supuestamente se reemplaza”. Puede “cambiarlo todo manteniendo todo igual”.

El psicoanálisis ofrece un antídoto contra esta inercia. Phillips nos recuerda que Freud veía el tratamiento analítico como una “experiencia de conversión resistida”: la paciente trae sus conflictos internos e instintos prohibidos a la sesión; pero en lugar de convertirlos en algo más tolerable (un sistema de creencias dogmáticas, un síntoma corporal), se la anima a confrontarlos. El deseo ya no es desplazado, sino interpretado. Como resultado, analista y analizando forjan un diálogo más allá de este marco restrictivo, un diálogo que ya no mira hacia atrás, hacia la relación parental, sino hacia adelante, hacia un futuro abierto.

Con eso, el potencial para un auténtico cambio suplanta la compulsión de convertirse. Tras afrontar su deseo, la paciente adquiere la capacidad de reconfigurarlo. Sin embargo, el resultado de este proceso no puede ser predeterminado; su curso será sinuoso, desorganizado e impredecible. “El deseo de que ocurra una transformación concreta anula la posibilidad de sorpresa”, escribe Phillips. Si los conversos “restringen sus posibilidades de sorpresa”, el trabajo del analista es ampliarlas creando un espacio sin exigencias ni expectativas, donde la conversación sea ilimitada, improvisada y de libre asociación; donde ninguna de las partes quiere conducir a la otra hacia un destino fijo.

Esta es una visión inspiradora del consultorio; pero surgen problemas cuando Phillips la traduce a una filosofía política. Sugiere que el “deseo de que ocurra una transformación concreta” es igualmente tóxico cuando se busca el cambio social —así, ¿incluiría esto lógicamente el objetivo de reducir las emisiones de carbono?—. Él rechaza los principios firmes en favor de una conversación abierta y continua, lo que sugiere que la permisibilidad del abuso infantil, por ejemplo, debería ser un tema de intercambio crítico constante, en lugar de una cuestión cerrada. El compromiso político apasionado es un mero intento de “simplificarse», y “los intereses compartidos son formas de sumisión voluntaria”, lo que sugiere que podemos olvidarnos, por ejemplo, de los trabajadores de los almacenes de Amazon en huelga por mejores condiciones.

A pesar de la tendencia de Phillips a la sorpresa, sus conclusiones reiteran los clichés liberales —provisionalidad sobre fijeza, conversación sobre acción colectiva— que se desintegran al contacto con la realidad.

A pesar de la tendencia de Phillips a la sorpresa, sus conclusiones reiteran los clichés liberales —provisionalidad sobre fijeza, conversación sobre acción colectiva— que se desintegran al contacto con la realidad. En un libro que opone la amenaza del “dogma” al deseo de un cambio significativo, resulta irónico que Phillips recurra continuamente a estas suposiciones inflexibles. Si sometiéramos al autor a su propia línea de razonamiento, podríamos preguntarnos qué motiva su inversión en este esquema estrecho. ¿Qué complejidades simplifica? ¿Qué contradicciones omite?

Si el pensamiento de Phillips es menos adaptable de lo que parece, también cabe cuestionar su declarada negativa a convencer o convertir a sus lectores. Tiene razón en que un analista debe evitar el didactismo; pero el impulso de un escritor por persuadir no implica necesariamente el mismo abuso de poder. La “persuasión honesta” sin duda significa ser explícito sobre ese impulso, en lugar de disfrazar los argumentos como reflexiones impresionistas o provocaciones juguetonas.

Sin embargo, cuando uno aborda los argumentos de Phillips como tales, su perspicacia es a menudo innegable. Sobre el deseo de cambiar termina con una coda sobre el COVID-19, especulando que “cuando se nos inflige un cambio catastrófico”, podemos volvernos más capaces de “crear el tipo de cambio que querríamos”. El cambio pasivo puede allanar el camino para el cambio activo. Phillips advierte que esta transición no debe ser estrictamente planificada ni “sobreorganizada”, para no perder el carácter experimental de la sesión freudiana, una condición que expresa su hostilidad instintiva hacia la política radical, pero que, no obstante, los radicales harían bien en considerar.

Sobre el deseo de cambiar, de Adam Phillips. Trad. I. Arrese, Roneo, Santiago, 2025, 118 pp.

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