Como un manual de autoayuda, pero escrito por una de las clasicistas más destacadas y reconocidas de la actualidad, Edith Hall, y teniendo como guía a Aristóteles, se muestra cómo el pensamiento antiguo es lo que necesitamos hoy, en un libro que la reseñista, Mika Provata-Carlone, considera espléndido.

Aristóteles

“La felicidad nos provoca confusión. Casi todo el mundo cree que quiere ser feliz, entendiendo la felicidad como un prolongado estado psíquico de satisfacción”, escribe Edith Hall en La senda de Aristóteles, señalando sin embargo que la mayoría de nuestras expresiones cotidianas de felicidad son efímeras, si no categóricamente triviales e insustanciales, insostenibles y, eventualmente sin duda, fundamentalmente decepcionantes. En este nuevo libro, Hall emprende un viaje exuberante de descubrimiento, con Aristóteles como guía; su tarea es evaluar y demarcar las circunstancias de nuestra felicidad comunitaria y privada, y proporcionar un mapa de ruta hacia ese elusivo y tan codiciado estado-unicornio.

La senda de Aristóteles. Edith Hall. Trad. D. Najmías, Editorial Anagrama, Barcelona, 2022, 306 pp.

Los tratados o manuales sobre la felicidad escritos por eminentes filósofos siempre han sido el fruto de un trabajo formidable, y no pocas veces han causado tanto júbilo como temores de desesperación en sus lectores menos expertos. Uno trae a la mente las enseñanzas de Platón, los cínicos, Epicteto y los epicúreos, o incluso las exhortaciones de Aristipo en elogio de una vida de lujo desenfrenado y placer sensual, así como Boecio y sus consolaciones de la filosofía, la felicidad trascendental de san Agustín y el camino más agudo y razonado de santo Tomás de Aquino; también los mandatos más sombríos de Montaigne, o las afirmaciones a menudo inquietantes de Schopenhauer; quizá también los paradigmas literarios de, digamos, Iván Ilich, Pierre Bezújov, Stephen Dedalus o Leopold Bloom; los poemas de Constantino Cavafis. Hall agrega con serena brillantez sus fascinantes análisis del hedonismo utilitarista de Jeremy Bentham (que incluía un “cálculo hedónico” calibrado para medir con precisión nuestro cociente de felicidad), y del propio hedonismo prudencial de John Stuart Mill, que cambió el énfasis de la cantidad a la calidad del placer.

Sin embargo, todas las cuestiones anteriores y las muchas que están condenadas a permanecer sin mencionar se desvanecen en la insignificancia en este relato radiantemente elogioso, ante la magnitud y la sabiduría eterna de un hombre: Aristóteles. “La ética aristotélica abarca todo lo que los pensadores modernos asocian con la felicidad subjetiva: realización personal, búsqueda lograda de ‘un significado’ o ‘un sentido’ y el ‘fluir’ del compromiso creativo con la vida (o ‘emoción positiva’)”. Hall aborda todo: desde la satisfacción física, las nimias objeciones personales y pecadillos, o las transgresiones más trascendentales, hasta la realización espiritual, la angustia de lo que, en todo caso, se encuentra más allá de nuestra existencia. Incluso la pregunta de si la inteligencia artificial puede reformar nuestra noción de felicidad está en su agenda amplia y cautivadora, como le pareció al mismo Aristóteles, quien consideró los resultados beneficiosos de una sociedad donde los autómatas erradicarían la necesidad de mano de obra esclava. Hall es también una intrépida optimista en todo momento, lo que le da a su libro un ímpetu alegre, a pesar de su cuidadosa erudición y su astuto ejercicio de nuestras pequeñas células grises: al menos por ahora, “queremos ser felices [en la vida real] y parecemos creer que la felicidad es algo más que una serie de experiencias agradables. Para ser feliz hace falta algo más permanente, más valioso, más constructivo”. Este “algo” es lo que Aristóteles buscó definir, y su forma de hacerlo, afirma Hall, puede cambiar verdaderamente nuestras vidas, como lo hizo con la de ella.

Aristóteles no proporciona una fácil línea recta hacia este objetivo final de la vida humana: no existe un camino real hacia la felicidad, como admitirán tanto Hall como Aristóteles, al igual que Euclides insistió en que no hay un camino real hacia la geometría. Aristóteles “pensaba que, si nos entrenamos para ser buenos, si ejercitamos las virtudes y controlamos los vicios, descubriremos que el estado de ánimo feliz acostumbra surgir cuando hacemos lo correcto”. Para Hall, esta es una revelación central y una afirmación fundamental del potencial humano: la felicidad no es otorgada por la divinidad, sino “el resultado de una bondad [humanamente alcanzable], junto con un proceso de aprendizaje y un esfuerzo”. Es un proceso exigente, pero que está completamente dentro de nuestras facultades de humanos mortales y, de hecho, es este mismo proceso el que nos define y nos confirma como seres humanos, distintos de todas las demás especies existentes.

Hall evoca una visión fascinante de Aristóteles como filósofo y de su pensamiento como una forma de comprometerse con la vida y con uno mismo que desafía tanto la temporalidad como la diferencia.

Hall reconoce en Aristóteles y su filosofía una resonancia muy particular para el estado de nuestra sociedad: Aristóteles defiende lo que pocos parecen apreciar hoy, ya sea en la esfera pública o privada, a saber, que la felicidad (el cumplimiento y la realización de nuestra humanidad) está indisolublemente ligada a un consciente esfuerzo crítico, y especialmente a un esfuerzo emprendido sin la garantía de una gratificación instantánea, de un punto de llegada cuantificable o de una meta a alcanzar. Nos dice que ningún factor externo (economía, genética, parámetros sociohistóricos) es de verdadera importancia o puede determinar el resultado: todo está en la mente y sus poderes de deconstruir y reconstruir. También es una cuestión de ética activa, o una ética de la acción buena y correcta: “no es cuestión de aplicar fanáticamente grandes normas y principios, sino de comprometerse con la textura de la vida en todas las situaciones”. Aristóteles es un maestro exigente, pero también es “ameno sin ser chabacano o grosero, y observa las debilidades humanas con un inconfundible centelleo en los ojos», nos tranquiliza Hall.

Hall evoca una visión fascinante de Aristóteles como filósofo y de su pensamiento como una forma de comprometerse con la vida y con uno mismo que desafía tanto la temporalidad como la diferencia. Él es, cree Hall, la mente verdaderamente universal, el maestro ecuménico, el hombre que fue capaz de leer los fundamentos de cada alma humana a través de las épocas y las culturas. Ella también tiene una gran habilidad para pintar un retrato vívido de la vida de Aristóteles, aprovechando la biografía sobreviviente del hombre escrita por Diógenes Laercio, de los tiempos extraordinarios y muy desafiantes en los que vivió, del entorno único en el que pudo cultivar su comprensión de la naturaleza humana y desarrollar su metodología, su propia poética del eudaimon bios, la vida verdaderamente feliz.

Hall es apasionantemente erudita, pero también juguetonamente consciente de que sus lectores pueden distraerse en su lectura por suegros gruñones, niños rebeldes, jefes duros, vecinos complicados o señoras de la limpieza indiferentes. Sobre todo, que puedan tener demonios de mayor o menor enormidad a los que enfrentarse. Este es un libro fascinante y de ritmo rápido, un viaje a la historia, la filosofía, el laberinto de nuestra propia sociedad. Un descenso al inframundo del alma humana y un ascenso a los cielos de un Elíseo secular, vernáculo y cotidiano.

Aristóteles, el profesor, el intelectual, el escritor, el esposo y amigo, el reformador social y el bon viveur, el músico no confeso, emerge casi como en un carrete de película en blanco y negro que se desvanece, pero muy evocador, con sus poderes de encantamiento que desafían toda resistencia. Hall también sabe ser crítica de manera perspicaz: esta ciertamente no es una hagiografía del hombre o de su época. Aristóteles escribió tanto para los estudiosos como para los legos, componiendo textos en diferentes estilos específicamente adaptados. Ambos tipos tenían el mismo mérito para su pensamiento, y el mismo resumen de medios y propósitos puede aplicarse felizmente a la propia Hall.

Este libro es un paseo astutamente docto por la filosofía de la buena vida y un relato muy personal, a veces incluso confesional. Aristóteles le proporcionó a Hall un camino para salir de un crítico callejón sin salida en su vida, y esto es lo que busca compartir generosa y deliberadamente con sus lectores.

Este es un paseo astutamente docto por la filosofía de la buena vida y un relato muy personal, a veces incluso confesional. Aristóteles le proporcionó a Hall un camino para salir de un crítico callejón sin salida en su vida, y esto es lo que busca compartir generosa y deliberadamente con sus lectores. Ella tiene un incisivo sentido de cómo y cuándo crear vínculos con realidad lega, o de si establecer una conexión con la cultura popular y la política agregará valor a su argumento y a nuestra comprensión, forjando puentes entre la teoría y la actualidad factual y ordinaria sin comprometer, diluir u ofuscar ninguna. Tiene una fina sensibilidad para revelarnos raros ejemplos de humanidad, así como para exponer a los falsos amigos (y aún más las falsas doctrinas, nuevas o viejas).

Muy temprano en tu peripatos (paseo) con Hall podrás saber si eres un egoísta ético (Bernard Mandeville), un utilitarista (Stuart Mill), un kantiano que busca universales y sigue deberes y obligaciones, o un relativista cultural, en cuyo caso probablemente estés muy en tu elemento en el mundo de hoy. Al final de La senda de Aristóteles, sabrás cómo fijarte los criterios buenos y correctos para la felicidad; cómo definir tu potencial y darle un buen uso; cómo volverse consciente de la relacionalidad esencial en el propio sentido de identidad e individualidad, y especialmente en el logro de la regla de autosuficiencia de Aristóteles. Podrás tomar decisiones acertadas, apreciar el arte de comunicar bien, concentrarte en las mejores intenciones; estarás listo para enviar el CV perfecto y aprobar la entrevista más difícil (Hall ofrece un curso intensivo aristotélico sobre ambas cosas); sabrás cómo enamorarte o desenamorarte, cómo entablar amistades o incluso romperlas, cómo “sentarse y mirar”, cómo ser gentil, amable y generoso, cómo vivir bien y también, a lo que aspira Hall, cómo morir.

Si sientes que aún no te has dado cuenta completamente de tu potencial, Hall se complace en animar tu espíritu también en ese sentido: recuerda, “Aristóteles no consiguió realizarse de verdad hasta los cincuenta años, ¡así que no desespere, aún tiene tiempo!”. Tiempo, lo más importante, para pensar y actuar sobre el pensamiento. Este es la senda de un lego hacia la filosofía de Aristóteles, pero ciertamente es un camino de un lego que piensa y de manera electrizante. La de Hall es una invitación alegre, vivaz, pícara y seria a ejercitar los músculos intelectuales, a sorprenderte ante la magnitud de las nimiedades y la falta de consecuencias de los grandes fenómenos, un recordatorio del placer casi hedonista del pensamiento y la ética, de la percepción social y de la tranquila contemplación de la vigorosa actividad de la mente y del alma. Al llegar a la última página, te encontrarás disfrutando de cómo pensar, cómo pensar bien, incluso si eso significa moderar las elecciones egoístas y la inclinación fuertemente narcisista de nuestra sociedad hacia el desenfreno en lugar de la libertad.

Hall es una lectora penetrante y encantada de Aristóteles, pero no tanto del cristianismo, al que a menudo critica por lo que considera su perspectiva limitadora y dura. También ella es un poco menos clara o decidida sobre la cuestión de la inmortalidad, sobre los puntos de vista de Aristóteles sobre el tema, o quizá sobre su propia perspectiva de lo que Aristóteles debería decir sobre la escatología. Los expertos en filosofía pueden resistirse y doblarse ante su afirmación incondicional de que “no cabe duda de que el propio Aristóteles veía la muerte como el final, tal como opinan hoy la mayoría de ateos y agnósticos”. La oscuridad deliberada de Aristóteles en su tratado sobre el alma, que plantea la cuestión crucial de la inmortalidad del alma, sigue siendo uno de los temas filosóficos más debatidos, incluso después de más de dos milenios de comentarios y lecturas. Las palabras cruciales en De Anima iii.5, y el grito de guerra de todos los bandos, son athanaton kai aidion: inmortal y eterno. Lo que Hall enfatiza correctamente, y de manera muy aguda, es la negativa de Aristóteles a ver la vida como subordinada a la muerte, o como si estuviera en las garras de la muerte: “Aristóteles habría refutado a Pascal [sus imágenes de cadenas en los Pensées] con un argumento sólido: no estamos encadenados ni forzados a pasarnos la vida viendo morir al prójimo. Tenemos libre albedrío, tenemos agencia y un potencial para alcanzar la plena felicidad adquirido gracias a vivir correctamente”.

La propia apología que hace Hall de la necesidad vital de la felicidad, correctamente entendida, perseguida al máximo a la manera de Aristóteles, es en sí misma robusta, inspiradora, completamente atractiva y vigorizante. Su capítulo sobre el tiempo libre debería ser de lectura obligatoria para todo ministro y secretario de educación que sueñe con un año escolar de 12 meses. El análisis de Aristóteles sobre el valor insustituible de los “pasatiempos constructivos” o incluso del “aburrimiento constructivo” sin duda resonará en cualquiera para quien las largas (tres meses de duración) vacaciones de verano han sido momentos de los más extraordinarios descubrimientos, perplejidades y muy reales encantamientos. De manera divertida también señala que la etimología de la palabra inglesa para escuela es la palabra griega para ocio, schole. Para Aristóteles, schole era la más verdadera escuela de la mente creativa y una condición previa de un buen vivir, de la ética y de la felicidad. El libro de Hall es, de hecho, una celebración de tal ocio para reflexionar y meditar sobre las cuestiones más importantes de nuestra existencia a través de las minucias de nuestra vida diaria. Requiere una lectura pausada y lenta, y al final ciertamente proporcionará el tiempo libre de una comprensión más verdadera de nuestra felicidad, su potencial y actualidad. La senda de Aristóteles bien puede ser, como las doctrinas del filósofo, un libro que podría cambiar tu vida, en la medida en que lo desees y permitas que lo haga. Es un libro espléndido, una tesis muy polémica y atrevida, un análisis literario y filosófico con una voz propia de una particular riqueza.

[Artículo aparecido en la revista “Bookanista” agosto 2018. Se traduce con autorización de su autora. Traducción: Patricio Tapia].

Mika Provata-Carlone

Mika Provata-Carlone es investigadora independiente, traductora, editora e ilustradora. Colabora en la revista “Bookanista”. Tiene un doctorado de la Universidad de Princeton y vive y trabaja en Londres. Su publicación más reciente es un artículo sobre la ilustración de la Divina Comedia de Dante en el siglo XXI, que forma parte del libro editado por Francesco Ciabattoni y Simone Marchiesi Dante Alive. Essays on a Cultural Icon (Routledge, 2022).