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Arnaldo Momigliano en el Instituto Warburg. Los orígenes de un estilo
Por Anthony Grafton | May 13, 2026
El italiano Arnaldo Momigliano, uno de los grandes historiadores del siglo XX, conocido por sus estudios sobre el mundo antiguo y la historiografía, estuvo exiliado en Londres, como judío, donde se vinculó al Instituto Warburg, la legendaria institución de autores emigrados tan eruditos y excéntricos como él. Lo recuerda su alumno allí, otro historiador erudito de primera línea, Anthony Grafton.

En 1973, cuando llegué como estudiante al Instituto Warburg, las eminencias se codeaban en los oscuros pasillos de Londres y murmuraban mientras comían pasteles Jaffa en el salón de té. El director, E. H. Gombrich, dominaba el animado y peleador mundo de la erudición histórico-artística como un amable coloso vienés. Cada conferencia que impartía se convertía en un acontecimiento público. Sus compañeros emigrados A. A. Barb y Otto Kurz, aunque menos celebrados fuera del Instituto, eran reverenciados —y temidos —dentro de él por su dominio de tradiciones olvidadas de todo tipo. Frances Yates y D. P. Walker, ambos británicos, pero tan asombrosamente eruditos como sus colegas continentales, seguían trabajando arduamente, abriendo nuevos caminos en el estudio de la magia del Renacimiento. Mi propio profesor, Arnaldo Momigliano, daba clases al otro lado de la calle, en el University College de Londres. Pero mantenía su fascinante y aterrador seminario sobre historiografía, que abarcaba siglos y continentes, en el Instituto Warburg. Después de dormitar la lectura en voz alta de los ensayos por los integrantes de la flor y nata, los acribillaba con preguntas agudas y alusivas que daban por sentado que todos nos movíamos tan cómodamente como él desde los anales chinos, pasando por los fragmentos de los historiadores griegos perdidos, hasta el mundo contemporáneo de la teoría histórica francesa.

Como estudiantes, mis contemporáneos y yo admirábamos con asombro y desconcierto a estas grandes figuras. Y no nos equivocábamos al encontrarlas aterradoras. La crítica Marjorie Perloff, quien abandonó Viena siendo una niña, ha publicado recientemente unas vívidas memorias de su infancia. Allí recuerda lo que Ilde y Ernst Gombrich, Hilde y Otto Kurz solían decir sobre Inglaterra en los años cincuenta, en su propio círculo: “Uno se burlaba de casi todos los historiadores de arte británicos —especialmente Kenneth Clark y Anthony Blunt— de quienes se decía que no sabían nada. Uno despreciaba a Bernard Berenson… Pero el mayor desprecio en este círculo casi exclusivamente de emigrados era para los estudiantes de posgrado estadounidenses, que obviamente carecían de los idiomas y de los conocimientos históricos para realizar la labor requerida en el Instituto Warburg o en Oxford”. Materializándonos en el momento justo para desempeñar nuestro papel de inocentes en el extranjero, nosotros, los anglófonos, nos preguntábamos cómo ellos habían aprendido a escribir en todo momento con tanta eficacia en una lengua y cultura extranjeras. Cuando Momigliano emigró de Italia a Inglaterra, por ejemplo, él ya estaba iniciado en sus treinta años de edad y casi no dominaba el inglés. Sin embargo, en unos pocos años, su inglés escrito llegó a ser soberbio: un idioma como el de Tácito, potente y recortado, muy diferente de la prosa académica más abstracta y ciceroniana que había escrito cuando era joven en Italia. Según un ingenioso dicho que lo enfurecía, Momigliano escribía la segunda mejor prosa en Gran Bretaña, después de Gombrich, por supuesto. A finales de los años 70 y 80, cuando enseñaba en Chicago, sus ensayos, elegantes y de amplio espectro, aparecían regularmente en la revista The American Scholar, y él mismo fue miembro de su consejo editorial durante diez años.
Según un ingenioso dicho que lo enfurecía, Momigliano escribía la segunda mejor prosa en Gran Bretaña, después de Gombrich, por supuesto.
Al menos captamos un punto. Desde la década de 1930, el Instituto Warburg publicaba una revista erudita, el Journal of the Warburg and Courtauld Institutes, la que George Steiner alguna vez describió como “ferozmente mandarín”. Muchos de los grandes estudiosos del Instituto Warburg comenzaron sus carreras como escritores en sus páginas. Y la mayoría de ellos adoptó algo así como un estilo de la casa. Sus artículos variaban muy ampliamente tanto en tema como en método, pero todos ellos eran concisos y precisos en estilo, y en gran medida carecían de afirmaciones teóricas majestuosas. Todos ellos descansaban en magníficas notas al pie extraídas de las fuentes originales, oscuras y sólidas como las mazmorras de Piranesi. Todos ellos, finalmente, vibraban con múltiples voces: las voces de escritores recónditos, citados en extenso, olvidados contadores de historias que tejían narraciones, oscuros estudiosos que se atacaban entre sí. La exposición a este estilo a menudo resultaba contagiosa, aunque ninguno de nosotros, de manera nada sorprendente, nunca lo ha dominado por completo. Nos dimos cuenta de que el Journal había servido como una especie de incubadora para los nuevos estilos de erudición que los miembros del Instituto Warburg habían creado. Pero aún desconocíamos qué cosa explicaba este éxito institucional colectivo, y al menos yo me fui a Estados Unidos todavía con esa duda.

Los años iniciales del Instituto Warburg —e incluso mis primeros años allí— se han vuelto, a su vez, historia, y los documentos recientemente accesibles han mostrado algunas cosas con mayor claridad que lo que hacía la tradición oral. El Instituto Warburg tiene ahora un archivo extenso y meticulosamente organizado, que contiene muchas cartas tanto dirigidas como recibidas por Momigliano: las cartas que acompañaban la lectura, aceptación y producción de sus primeros artículos en el Journal. Resulta que Momigliano escribía sus artículos a mano. Hasta que encontró un trabajo a tiempo completo en Bristol y contó con la ayuda de una secretaria del departamento, los editores del Instituto Warburg leyeron su trabajo en manuscrito. Luego, después de aceptarlo, lo hacían pasar a máquina para editarlo e imprimirlo. Pero la sustancia de las negociaciones que él y los editores llevaron a cabo es aún más reveladora que estos detalles sobre un continente hundido de hábitos de trabajo.

En la década de 1940, cuando Momigliano realizaba su involuntario aprendizaje como un escritor en inglés, Rudolf Wittkower —él mismo un emigrado y un gran historiador de la arquitectura, que posteriormente impartió clases durante muchos años en la Universidad de Columbia— fue el editor oficial del Journal. A pesar de su erudición y su amplia capacidad de análisis, Wittkower no trabajó de forma aislada. Uno de sus proyectos fue un número todo en italiano del Journal, que él esperaba pudiera ayudar a restablecer las relaciones intelectuales entre Inglaterra e Italia. Cuando Wittkower no logró convencer a Momigliano para que contribuyera con un artículo, recurrió a una autoridad mayor: Fritz Saxl, el erudito vienés que había trasladado el Instituto Warburg desde Hamburgo a Londres en la década de 1930 y lo había dirigido después de eso. La modesta y suplicante carta de Saxl evidentemente representaba una orden que Momigliano no pudo rechazar.
El artículo que Momigliano efectivamente envió era un estudio sobre el erudito clásico alemán Friedrich Creuzer, un profesor de Heidelberg que, poco después de 1800, fundó el estudio serio de los historiadores griegos. En su forma publicada, el ensayo ejemplifica lo que podríamos llamar el estilo vintage de Momigliano. Este comienza con s sorprendentes relatos sobre el inmensamente pintoresco Creuzer, quien, aunque famoso por su fealdad, hizo que la escritora romántica Karoline von Günderode se enamorara tan perdidamente que finalmente se suicidó por añoranza de él. Sólo después de que Momigliano haya presentado al lector a Creuzer y su mundo, se adentra en la discusión de la obra de Creuzer y sus implicaciones para el método histórico.

El ensayo original, en cambio, comenzaba de forma mucho más intimidante, como áun lo hace la segunda sección del artículo publicado: “Die historische Kunst der Griechen in ihrer Entstehung und Fortbildung, de Friedrich Creuzer, se lee ahora en la segunda edición de 1845”. Saxl temía que este comienzo in medias res fuera desagradable, especialmente para los lectores que no tenían una formación continental: “Recordará”, escribió, “que usted empieza el artículo diciendo: ‘Estamos acostumbrados a leer a Creuzer en la segunda edición’, y me pregunto cómo sonará esto a los oídos ingleses, porque casi nadie lee a Creuzer ni en la primera ni en la segunda edición… Debería haber una introducción que ofrezca alguna indicación de la obra de Creuzer a quienes no estén familiarizados con esta parte de la filología alemana”.
Momigliano accedió de inmediato. De hecho, no sólo transformó el artículo de Creuzer, sino que también convirtió la forma de exposición que Saxl sugirió en su forma estándar durante décadas, tanto en The New York Review of Books como en publicaciones periódicas especializadas. Evidentemente, Momigliano desarrolló la atractiva forma de exposición con la que presentó al público británico y estadounidense a Creuzer, Vico, Hardouin y muchos otros autores pintorescos y curiosos de una tradición olvidada en diálogo con editores y asesores a quienes respetaba. El estilo Warburg fue creación no sólo de celebridades prolíficas como Gombrich y Momigliano, sino también de Saxl y otros. Los propios menos famosos, y quizá un poco menos brillantes, comprendieron el problema de traducción cultural que sus amigos más jóvenes enfrentaban en el mundo angloparlante e idearon formas deslumbrantemente efectivas de resolverlos.

Aún más impactantes fueron las cartas que Momigliano intercambió con Frances Yates, quien en aquel entonces preparaba las copias del Journal para la imprenta. Para la década de 1970, cuando yo llegué a Londres, él y Yates ya no parecían tener una relación estrecha. No asistían a los seminarios del otro, ni se mencionaban a menudo ni se movían, al menos que un estudiante pudiera apreciarlo, en los mismos círculos. Pero alrededor de 1950, ella editó el trabajo de él, incluyendo el que se convirtió tal vez en su artículo individual más influyente, “Ancient History and the Antiquarian”. Este análisis, abrumadoramente erudito y astutamente persuasivo, de la erudición histórica desde el Renacimiento hasta principios del siglo XIX puso la agenda para dos generaciones de trabajo en la historia de la historiografía. Continúa determinando las principales líneas de discusión incluso ahora. Yates —una brillante y, a veces, especulativa historiadora de las ideas más descabelladas del Renacimiento y el Barroco sobre la naturaleza, la historia y la magia— resultó haber contribuido en buena medida a la obra de Momigliano, quien detestaba las especulaciones de cualquier tipo.
El Instituto Warburg, en otras palabras, se convirtió en un semillero sumamente efectivo para híbridos únicos: hombres y mujeres asombrosamente eruditos que podían escribir, a menudo en un nuevo idioma, para un público novato e inocente.
Momigliano conocía y respetaba a Yates incluso antes de que por primera vez trabajaran juntos. A finales de la década de 1940, mientras realizaba un amplio estudio sobre los comentaristas renacentistas de Tácito, Momigliano le preguntó a Saxl si Yates podía aportar su “excepcional experiencia en las relaciones culturales anglo-italianas” a un artículo suyo, que estaba destinado a otra revista. El nuevo artículo sobre el anticuarianismo no sólo creó un campo de estudio; también forjó una amistad. Momigliano ofreció el primer borrador como conferencia pública en el Instituto Warburg en enero de 1949. Cuando llegó su texto terminado, un año después, Yates comprendió de inmediato, como le escribió a él, que “el artículo es magnífico: una pieza de erudición profunda, rica y, al mismo tiempo, pulida y elegante».

Cartas posteriores revelan que ambas partes conservaron la admiración y el afecto mutuos, así como la pasión por sus intereses académicos y literarios compartidos. Momigliano también contó con otros asesores, sobre todo las académicas de Oxford Isobel Henderson y Beryl Smalley, quienes lo ayudaron a convertirse en un escritor fluido en inglés. Pero él nunca olvidó lo que el Instituto Warburg había hecho por él, y nunca dejó de apreciar su rol como un vivero dentro del cual florecieron por primera vez nuevas formas de erudición.
El Instituto Warburg, en otras palabras, se convirtió en un semillero sumamente efectivo para híbridos únicos: hombres y mujeres asombrosamente eruditos que podían escribir, a menudo en un nuevo idioma, para un público novato e inocente. Grandes eruditos ayudaron a lograr eso, grandes eruditos que tenían un agudo sentido de los estilos culturales y literarios, y que se dedicaron a la discreta y exigente tarea de editar el Journal. En la era de la estrella académica y de las conferencias semanales, de los relatos de investigación y de las millas de viajero frecuente, es bueno recordar, de vez en cuando, el papel que han jugado los oficios literarios más tradicionales en la escritura de una historia verdaderamente original e imaginativa.

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