En la recuperación de la colección “clásicos radicales” se consideran algunas obras de E. M. Cioran (1911-1995), el escritor y filósofo de origen rumano que se afincó en Francia (escribió en francés gran parte de su obra). “El aciago demiurgo” es una de estas obras, que posee el encanto, el vigor y la valentía de sus otros libros, al decir del reseñista, quien señala que hay que admirar a un autor como este y también temerle un poco.

E. M. Cioran huyó de Rășinari, Rumania, para establecerse en París, Francia, en 1937. Tenía entonces veintitantos años, acababa de salir de la universidad, y el exilio —la condición necesaria de simpatía para un profeta— parece haber sido su primera y última vocación. Solo y sin restricciones, habita en un desierto que él mismo ha creado: en este árido lugar de reflexión, sus nervios están completamente en paz.
Los títulos de los libros de Cioran indican algunos de sus temas, desde Précis de Décomposition (“Breviario de podredumbre”) hasta La Chute dans le Temps (“La caída en el tiempo”). El aciago demiurgo posee el encanto, el vigor y la valentía de los demás volúmenes de su «novela filosófica». Hay que admirar a un autor como Cioran y también, quizá, haya que temerle un poco. Es el observador más sutil del abismo. Su gran tema de meditación ha sido el paso de la humanidad “de la lógica a la epilepsia”.
Escribir en una lengua extranjera como Cioran escribe en francés es aislarse de ciertas tentaciones. La lucidez se convierte en la prioridad del quehacer. Es muy posible que el ascetismo de Cioran comenzara como un efecto de su estilo; le desagrada la elegancia de la variedad aprobada y prefiere lo que es extraño. “El paso de la lógica a la epilepsia”. La frase podría fácilmente provenir de Dostoievski, Nietzsche, Baudelaire, los santos patronos de Cioran del siglo XIX. Pero ellos, en el mejor de los casos, improvisaban a partir de un texto oscuro, mientras que Cioran es un nihilista consecuente y, cuando puede hacerlo sin ironía, totalmente convencido: “El pensamiento es destrucción en su esencia. Más exactamente: en su principio. Se piensa, se comienza a pensar, para romper lazos, disociar afinidades, comprometer la armazón de lo ‘real’”. Esa filosofía es la más verdadera en cuanto es la que más se aniquila a sí misma.
La autoconciencia, con su interminable viaje de regreso a la zona cero, dicta la forma y el contenido de todo lo que Cioran escribe. El hábito de la inversión ha alimentado en él una notable facilidad para el aforismo, y casi ninguna frase de El aciago demiurgo carece de un pequeño toque de asombro. Así, en “Paleontología”, que trata sobre viejos huesos en un museo de historia natural: “Dudo de que me hubiese referido tan a menudo a esos lugares si, visiblemente, no halagasen mi inaptitud para la ilusión”. Se observa de qué manera, como palabras fósiles que cobran vida, “inaptitud” y “halagasen” bailan una danza contraria, una palabra alrededor de la otra, primero recompensando al narrador por su perspicacia y luego criticándolo astutamente por su arrogancia.
Pero los aforismos que piden ser recordados no son meramente verbales. “Incurable”, señala Cioran, “adjetivo honorífico del que no debería beneficiarse más que una sola enfermedad, la más terrible de todas: el Deseo”. Cioran tiene la precisión de quien no respeta demasiado las palabras. Al fin y al cabo, para adoptar por un momento su estilo como si tratara con enfermos, el lenguaje es el tartamudeo que pone a prueba su poder cuando el silencio se agota.
Cioran habla con la autoridad de un sobreviviente. Y a pesar de su declarada misantropía —es un “apesadumbrado por decreto divino”—, su diligencia en la desagradable labor de pensar contra sí mismo es sin duda tonificadora.
“Encuentros con el suicidio”, el mejor ensayo del libro, ofrece una imagen desgarrada de la vida al límite de las cosas: “Este furor en plena noche, esa necesidad de una última explicación consigo mismo, con los elementos”. El pensamiento de la muerte te reanima al mismo tiempo que te lleva al descanso y, aunque tiemblas, sigues adelante y tu “sangre se anima”. (“Tú”, para Cioran, casi siempre es la primera persona del singular). Solamente después de tomar la decisión “viene la impresión tranquilizadora que inspira la ausencia de prójimo. Todos duermen. ¿Cómo abandonar un mundo en el que aún se puede estar solo? No llega uno a separarse de esta noche que debía ser la última, no se concibe que pueda desvanecerse. Y quisiérase defenderla contra el día que la zapa y pronto la sumerge”.
Cioran habla con la autoridad de un sobreviviente. Y a pesar de su declarada misantropía —es un “apesadumbrado por decreto divino”—, su diligencia en la desagradable labor de pensar contra sí mismo es sin duda tonificadora. Él está libre de los pequeños prejuicios arbitrarios que pueden desacreditar a un profeta, tanto en su patria como fuera de ella, y si él se expone a ataques, es por temperamento: que su elenco de personajes, la humanidad en su conjunto, es demasiado amplio; o tal vez que el ánimo que debe sustentar al elenco es psicológicamente demasiado limitado.
“El deber primordial del moralista”, escribe Cioran, “es despoetizar su prosa; y, sólo después, observar a los hombres”. Se puede decir que él cumple el segundo de estos deberes admirablemente y el primero con irregular éxito. A pesar de sus peculiaridades, su prosa es a menudo, si no poética, al menos ingeniosamente dramática. Sin embargo, la autoconciencia es la enfermedad moderna, de forma muy distintiva, y meditaciones de este tipo, precisamente por su postura de autobservación, puede impedir que se convierta en un alivio. A veces, como un personaje de Dostoievski a quien debió haber estudiado, Cioran tiene el aire de saludar amablemente y conversar con cada portador de malas noticias: “¿Quiere un té, Stavrogin?”.

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