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El bestiario de Foucault: bajo las marcas de las bestias miramos nuestras propias marcas
Por Martín Hopenhayn | Oct 22, 2026
"El bestiario de Michel Foucault" es una publicación que reúne 31 ensayos de distintos especialistas sobre figuras marginadas de la sociedad, que fueron tratadas por el francés Michel Foucault. Entre las figuras están el delincuente, la bruja, la prostituta, el loco y el verdugo. Las ilustraciones fueron hechas por el chileno Claudio Romo. Comenta el libro Martín Hopenhayn, quien destaca que esta relectura de Foucault no solo refleja cómo estamos constituidos socialmente, sino que también reflexiona sobre la libertad que permite ese autoconocimiento.

Quisiera, en primer lugar, compartir mi entusiasmo por la resolución gráfica de El bestiario de Michel Foucault (Akal). En términos editoriales y de imprenta, pero principalmente por el acompañamiento ilustrado que nos trae la inspirada mano de Claudio Romo. Nos provee no sólo de una experiencia estética. Sobre todo, torna más viva la inmersión en la historia de estos personajes que el libro visita. Las ilustraciones leen estas bestias de Foucault y les dan una segunda resonancia.
Los guiños de épocas y estilos que Romo ha cuajado en este libro operan como reverberaciones y contrapuntos a los textos, los temas y las lecturas que los distintos autores de esta composición nos convidan, sobre múltiples figuras que dialogan, a su vez, en la obra de Foucault. Las ilustraciones parecen plasmadas con el mismo espíritu del archivo, el ojo que escruta los delirios organizados y los recrea como verdaderos artefactos epistémicos. Apela a los imaginarios infernales o tortuosos, inquisitorios, pesadillescos, grotescos, quirúrgicos y también angelicales. Navega desde evocaciones que nos pueden acercar a la extracción de la piedra de la locura de Bosch, pero también a El Grito de Mundt. Foucault respira tras los textos e ilustraciones de este libro: ese desfile de máscaras que no ocultan sino que esculpen rostros (rostros en sentido metafórico: personajes, tipologías, constructos), a través de los cuales los autores recrean las relaciones discursivas que se establecen entre el poder, la moral, la subjetividad y la violencia simbólica.

El bestiario como género o como taxonomía tiene antigua data y recurre en el imaginario colectivo tanto como en las clasificaciones doctas. Los editores reseñan su trayectoria en el prólogo no tan prólogo. En el caso de un bestiario de Foucault, lo que se ha intentado aquí es notable, a saber: aislar cada uno de esos tipos humanos, socialmente construidos y discurseados en distintos momentos de la historia, y que recorren la obra del filósofo francés; y luego consagrarle a cada uno de ellos, respectivamente, una pluma distinta, una mirada específica, un modo distintivo de apropiarse del “modo Foucault” y remitir a la obra de Foucault.
Pero allí no acaba el proyecto. No se trata sólo de dar cuenta de estos tipos ideales puestos de cabeza en la minuciosa deriva que Foucault emprende para hablar (y hacer hablar) del loco, el enfermo, el criminal, el perverso, el homosexual, el onanista, el marginal, el miserable o el infame. Tratándose de Foucault, estas distintas figuras que en sociedades disciplinarias se confinan a extramuros o grietas de la sociedad, son leídas y puestas en el centro, traídas desde su estigma de anomalía o falla, a su rango de perspectivas y revelaciones sobre lo que se impone, de manera dominante y hegemónica, como saber y como poder. Las bestias las construye a su manera un sistema discursivo que habla más de sí mismo cuanto más se empeña en expurgar lo que no soporta. El poder no sólo reprime o expulsa, sino que al hacerlo se vuelve productivo: produce sujetos e identidades, no los niega. Lo hace con los saberes instituidos (la escuela con el niño, la clínica con el enfermo, las ciencias jurídicas y las prisiones con el delincuente). Es eficaz precisamente porque es constitutivo.

De allí, también que este libro se ocupa de figuras situadas en ambos lados de la batalla por los sentidos: del lado de los confinados y estigmatizados, pero también del lado instituyente (el pastor, figura tan nietzscheana, o el psiquiatra). Como en Foucault, podemos leer cómo se connota la normalidad, la salud mental o moral, a partir de aquello que se acusa como faltante, desviado, deficiente.
Quiero destacar, también, que en este baile de máscaras no sólo desfilan aquellos a quienes de alguna manera rescatamos en cuanto los entendemos en su dialéctica de poder y resistencia, de subjetividad impuesta y líneas de fuga para encontrar descampados donde respirar. Están el también el sacerdote pederasta, el verdugo, el tirano, el parricida. El libro se hace cargo de aquello que siempre merece, desde una humanidad irrenunciable, una impugnación tajante. Hay bestias, y bestias. Como se expresa de modo tan elegante en el prólogo-no tan prólogo del libro, “No te apresures en responder que las bestias son la contracara del fascista contemporáneo. Todas estas vidas infames, animadas por la violencia, la energía, el exceso o la desventura, constituyen algunos casos rostros arrancados a la noche por la luz de su encuentro con el poder, y en otras oportunidades, semblantes que han encarnado el ejercicio mismo de la dominación.”
La edición de un bestiario
Tenemos, ante nosotros el magnífico trabajo de edición y coordinación por Rodrigo Castro y Pablo Lópiz, dos de los más calificados expertos en la filosofía de Foucault en lengua española, junto a las ilustraciones de Claudio Romo. El libro está integrado por 31 ensayos, cada uno de los cuales no sólo ha elegido una figura distinta del bestiario, sino una lectura propia para hacer recrear a Foucault en esta galería de personajes discurseados y discurseantes. Le hace justicia a la profusa obra del filósofo francés, y lo excede al mismo tiempo. Me explico: no todo aquí es volver a Foucault sino, cómo él probablemente lo querría, recurrir a su caja de herramientas para avanzar otro poco, perpetuar y recrear la sinfonía de voces que ya se hicieron eco en el propio trabajo de Foucault, pero siguen conversando con otras voces.
No podemos más que agradecer y celebrar este largo, selectivo y cuidadoso trabajo de recopilación por parte de los editores. Lleva mucho tiempo y criterio reclutar tantas plumas lúcidas, conjugarlas en este proyecto, hacerlas confluir en el bestiario de Michel Foucault. También quiero reconocer la apuesta de la Editorial Akal, en tiempos en que estas apuestas generosas no abundan desde la industria editorial.

La idea de un bestiario puede suponer un género literario. O más aún, una línea de fuga respecto de la filosofía en su versión más docta, academicista, especializada, especulativa. Sobre todo aquí, cuando opera parcialmente como parodia, guiño o simulación. El texto transgrede el formato convencional. Un prólogo que no es del todo un prólogo y es bastante más que un prólogo. Un epílogo o cierre que es a la vez un manifiesto imaginario y una invitación al lector a profundizar con otras lecturas en cada uno de los capítulos, para cada uno de los animales humanos del bestiario. Una referencia a los autores que no responde al canon curricular sino a sus hábitos, deseos y gustos (por lo que cada autor termina, en esta reseña biográfica, convertido en un vecino del propio bestiario). Hay un modo distinto en el juego de la invención conceptual, de la idea de libro; una contra-taxonomía, un simulacro de catálogo de tipologías en los márgenes, como son simulacros de diccionarios los abecedarios filosóficos (y en este bestiario, se han organizado los capítulos alfabéticamente: desde el asceta hasta el verdugo). Un artilugio que dispara desde la periferia hacia el centro, tanto en la forma como en los contenidos.
Los lectores y las lectoras encontrarán aquí una colección de tipologías o constructos, abordadas cada una por un autor distinto, que en su conjunto urden una especie de fiesta de la filosofía, una orgía de mentadas desviaciones que vuelven, tras cada texto, a su lugar explicativo en las genealogías foucaulteanas, pero que avanzan otro poco a la luz de los tiempos que nos tocan. Aparte de algunos ejemplares ya aludidos, se indaga en la bruja, la histérica, el hermafrodita,el disidente, el monstruo, el onanista, la poseída, la prostituta, el suicida, el el sodomita, entre otros. En cada una de estas figuras se abre siempre su contraparte: quién y desde dónde los y las nombra, los confina a un lugar, les confiere una subjetividad o bien se las impone. El conjunto de capítulos que abordan estas figuras nos lleva por las formas que el poder-saber ha tomado históricamente para regir cuerpos, conductas, deseos, pensamientos, voluntades y relaciones.

Retorna, como leitmotiv, la interrogación o interpelación formulada por el propio Foucault: ¿quién ejerce ese poder, en la sociedad, para jerarquizar entre lo normal y lo anómalo, para ordenar lo permitido y lo proscrito, lo sujeto a disciplinamiento y a confinamiento, de qué modo se vuelven performativos los discursos de esa jerarquía, hasta dónde podemos leer en estos mecanismos el ordenamiento de un mundo, pero también las limitaciones y trampas de este ordenamiento, cuáles son los saberes y las instituciones que hacen posible estas tipologías y categorías?
Este bestiario es una topología dinámica, no una taxonomía estanca. No “da cuenta” ordenada de los textos de Foucault. Procura, en cambio, poner en movimiento la herencia filosófica, echar a andar los fragmentos para que hablen también, “a lo Foucault”, de lo que vivimos hoy.
Este bestiario es una topología dinámica, no una taxonomía estanca ni una panorámica bibliográfica de Foucault. No “da cuenta” ordenada de los textos del filósofo. Procura, en cambio, poner en movimiento la herencia filosófica, echar a andar los fragmentos para que hablen también, “a lo Foucault”, de lo que vivimos hoy, casi cuarenta años después de su muerte. Esto se propone, como forma de leer el libro, desde el prólogo.
Por un lado, ofrece una “enciclopedia de los héroes oscuros del corpus foucaultiano” (el bestiario siempre se alimenta del formato de enciclopedia). Pero la enciclopedia puede ser entendida aquí como excusa o estrategia o incluso línea de fuga.. Visto como un todo, el libro opera con piezas que se espejean, se alejan y se acercan entre sí: un “laberinto transparente” de personajes que por detrás de la página dialogan o se apilan, un mapeo en que el mapa se va convirtiendo en el territorio, y que avanza desde los márgenes. Su lectura será tanto más movilizadora cuanto más se sumerja en esta lógica de mosaico, en este sordo rumor de bestias que aúllan y gesticulan por debajo. La originalidad de este Bestiario es ésa: revolver y barajar las cartas del genealogista Foucault, reescribir en código casi dramático o teatral, cómo a él le hubiese tentado escribir, volver al modo nietzscheano de desembozar lo soterrado en la cultura, mediante rostros que hablan desde el mutismo que se les impone.
Conquista de la libertad
Este bestiario aparece en un momento particular, tal como lo plantea el prólogo: una vuelta de tuerca en que el neofascismo se cuela en todas partes, navega por las redes, gana elecciones a destajo, se re-naturaliza pese a cualquier Ilustración que procure conjurarlo. El bestiario apunta a un gesto alternativo de resistencia o revulsión, una trama donde lo que importa es el “subsuelo de la escritura” en que se convoca al lector a sacudir un cierto letargo o una fatal resignación, mediante una polifonía de voces en que resuenan gritos y gestos de personajes con los que se ha urdido la textura del poder, pero que vociferan para agrietar ese poder.

El epílogo, titulado «Para dejar de ser lo que somos», firmado por el Colectivo Maurice Florence (seudónimo usado por el propio Foucault en su autobiografía incluida en el diccionario de filósofos editado por Denis Huisman, publicado el año de la muerte de Foucault), sugiere que Foucault no sólo se interrogó por cómo estamos constituidos y el espacio que se nos asigna y lo que se espera de nosotros; también, y sobre todo, lo que se abre, a partir de ese autoconocimiento, es la invitación a salir, conquistar espacios de libertad que puedan sustraerse al sometimiento que nos ha hecho ser como somos.
Bajo las marcas de las bestias miramos nuestras propias marcas, históricamente construidas, que nos han vuelto no sólo heterónomos, sino producidos. Como si se tratase de una segunda ilustración, el desafío es salir de esta Matrix. ¿Hasta dónde ostentamos, hoy, el poder de transformarnos? Pregunta que ronda a Nietzsche, a Freud, a Foucault.

En el epílogo, los editores (o el Colectivo Maurice Florence) echan mano de la célebre cita que hace Foucault de Borges en Las palabras y las cosas, a modo de parodia de la episteme taxonómica, para clasificar a los animales. Borges se refiere, en su ficción, a una clasificación de los animales según categorías aleatorias, según si pertenecen al Emperador, embalsamados, amaestrados, fabulosos, perros sueltos, que se agitan como locos, dibujado con un pincel finísimo de pelo de cabello, etc. Pero a la vez, atribuye estas distinciones a un personaje de su relato, Franz Kuhn, quien a su vez lo habría visto en una enciclopedia china. Como muñecas rusos, Foucault cita a Borges, que cita a Kuhun, que cita una enciclopedia china. Análogamente, tanto Foucault, como este bestiario, pueden ser leídos como textos que vienen de atrás, han sido reapropiados y recontextualizados, se vuelven a utilizar con nuevas narrativas. A este propósito, concluyo esta presentación con una referencia y analogía adicional, magistralmente escrita por los editores, en el -a su vez ficcionado- manifiesto que hace de epílogo:
“De manera no idéntica, pero sí semejante a esos animales que, según Borges, Franz Kuhn encontrase listados en la mencionada enciclopedia china, las figuras que componen nuestro bestiario han sido extraídas de los textos de Foucault, quien a su vez las extrajera de otros textos, de otros campos, de otras literaturas. En realidad, la vida de las figuras no empieza ni acaba en la obra de Michel Foucault que, para nosotros, ha sido su lugar común. Puedes perseguir su rastro y ver corretear a las bestias por toda otra serie de documentos escritos, por libros aparecidos con anterioridad y posterioridad a las figuraciones foucaultianas, en registros médicos, manuales de filosofía, archivos policiales, pasquines políticos o novelas baratas. Nosotros -el Colectivo Maurice Florence- te ofrecemos aquí solo algunas posibles huellas para despertar tu deseo de penetrar en esa selva oscura. Y si la exposición de estas huellas resulta dispersa y fragmentaria hasta el punto de parecer confusa y desordenada, ello se debe a que la jaula de las bestias aquí ha abierto sus puertas y ya es solo el espacio sin rejas ni centro del discurso. Las figuras ahora corretean de un lado a otro siguiendo trayectorias inciertas, ya sin nada que las reúna, sin un suelo común que las coja. El guarda que las mantenía atadas ha desaparecido.”
[Texto leído por Martín Hopenhayn en la presentación del libro, el domingo 11 de octubre del año 2026, en la Furia Ilustrada, realizada en el Centro GAM de Santiago]

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