Javier Serena: “Me cuesta pensar a un lector o escritor de lengua española que conciba su tradición solamente como la de su país”

El autor español Javier Serena, director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, estuvo de visita en Chile donde tuvo lugar la celebración transatlántica de los 75 años de la publicación con un festival internacional en que participaron, en varias actividades, escritores de Hispanoamérica. También dos escritores (uno de España y otro de América) inspiraron, sin responder a programa alguno, sus dos últimas novelas.

Fotografía: EFE/Elvis González
Javier Serena [Fotografía: EFE/Elvis González]

¿Qué podría unir a dos escritores tan distintos como Aliocha Coll y Roberto Bolaño? Ni su origen geográfico, ni social, ni la literatura que escribían. Tampoco los unió España (cuando el segundo se fue a vivir allí, ya el primero se había marchado a Francia), tal vez ni siquiera el idioma que aparentemente compartían, pues frente al lenguaje conciso y directo de Bolaño, Coll podía entregarse a un experimentalismo a ratos inaccesible.

Sin embargo, algunas cosas los unían, pues tuvieron algo de escritores “malditos”: la falta de reconocimiento (en el caso de Bolaño al menos inicial), una muerte temprana (por enfermedad uno; por mano propia, el otro) y una obstinada fidelidad a sus concepciones literarias al costo que fuera. Ambos, por otra parte, han servido de inspiración para los dos últimos libros de Javier Serena: Coll en Atila. Un escritor indescifrable (2014) y Bolaño en Últimas palabras en la Tierra (2017).

La escritora chilena Nona Fernández, en la portada de Cuadernos Hispanoamericanos (Noviembre, 2022).

Actualmente director de la reconocida revista Cuadernos Hispanoamericanos, Javier Serena (nacido en 1982) estuvo en Santiago de Chile, para participaren un festival que celebró los 75 años de la publicación que dirige. Pero la vocación hispanoamericana la ha tenido desde siempre, como lector (sus reseñas han mostrado una permanente atención a Latinoamérica) y también como escritor. Si en Atila recreó los últimos años de Coll, un autor español que apostó por la literatura de vanguardia, en Últimas palabras en la Tierra cuenta la historia de un escritor latinoamericano errante (no siempre por voluntad propia) que vivió gran parte de su vida en la fragilidad económica.

El personaje de Últimas palabras en la Tierra recuerda a Bolaño, aunque cambian “las circunstancias y uno o dos nombres propios”. En la novela se llama Ricardo Funes. No es chileno, como Bolaño, sino peruano. Pero vivió en México donde fundó con Domingo Pasquiano el movimiento “negacionista” —en el universo paralelo de la realidad de Bolaño, el amigo es Mario Santiago Papasquiaro y el movimiento, el “infrarrealismo”, por ejemplo—. El escritor marchó más tarde a España donde formó una familia y siguió escribiendo no obstante la falta de reconocimiento hasta que finalmente obtuvo prestigio, fama, lectores y seguidores.

Su celebridad fue creciente. Incluso en el año 2003 hubo en Sevilla un congreso al que asistió Bolaño como estrella indiscutida. Sería su última aparición pública y tal vez allí diría sus últimas palabras en la tierra literaria. Alguien le preguntó qué consejo podía dar a los autores jóvenes. En la novela de Serena, que por algo es novela y no registro, responde: no escribir. Hay recuerdos de quienes estuvieron —como en el libro Mentiras contagiosas (2008) de Jorge Volpi— que señalan que respondió algo como: les recomiendo que vivan.

-Considerando sus dos últimas novelas, centradas en Aliocha Coll y Roberto Bolaño, quienes en algún sentido podrían ser escritores malditos, ¿le atrae el malditismo?

-Lo cierto es que fueron dos libros que se me presentaron de manera no premeditada; de pronto, me di cuenta de que en mi subconsciente había trabajado en torno a esos personajes durante años. En el caso de Aliocha, porque era un autor amigo de Javier Marías, de quien a su vez había escrito. En el caso de Bolaño, porque su aparición coincidió, creo, con los años en que, siendo muy joven, con apenas veinte años, leía mucho y con mucha voracidad. Mi fantasía funcionó en torno a ellos, y, como bien dice, suelen ser catalogados de “malditos”. Sin embargo, creo que me interesa más su aura romántica, por así decirlo, fuera de época: dos personajes anacrónicos, como creo que es en sí la dedicación a la literatura, una tarea que tiene un espacio de difícil encaje en la realidad. Y por tanto dos románticos a conciencia de que esa elección es una ruta de otro siglo y, sin embargo, merece la pena. Esa contradicción me interesa y creo que es en la que viven muchos creadores y mucha otra gente: elegir contra lo más razonable y lógico, guiados por una pulsión que no admite ninguna interpretación cabal, a pesar de que sea la mejor o la única posible.

Atila, un escritor indescifrable, de Javier Serena (Tropo, 2014).

-Al parecer se suele cargar las tintas en los aspectos oscuros de ese tipo de autores, en una especie de mitificación de sus características más deleznables o trágicas, la configuración del artista genial y réprobo…

-Es cierto que, en el retrato de personajes reales del pasado, a veces se cae en la caricatura. En mi caso, opté por dos ficciones en el sentido más puro. En el caso de Aliocha Coll, tomo su nombre, pero siendo el nombre de un completo desconocido, pues nadie sabía de él, para atribuir a su personaje real mi inspiración. En el caso de Bolaño, por supuesto, renuncio a su nombre, y, de hecho, no es un libro sobre Bolaño, sino sobre mi propio personaje: Ricardo Funes, un personaje que comparte con Bolaño los rasgos principales, su entrega juvenil a la poesía, su exilio, su penuria y el tiempo en la sombra, su irrupción y éxito repentino y su muerte casi inmediata. En un caso, el de Aliocha, me parecía un paradigma de algo así como un poeta de la renuncia o la integridad: habiendo tenido la opción de beneficiarse de una época tan ventajosa como la España de los 80 para un hombre de clase burguesa, con buena educación, políglota, etc., optó por no ceder a ninguna facilidad, y mantenerse firme en un proyecto creativo prácticamente imposible. Como personaje, es un artista extremo: no cede en su pretensión creativa ni un ápice, hasta el punto que se suicidó justo después de escribir su último libro, a los 42 años. Es justo lo contrario de lo que hicieron muchos colegas suyos de generación, que siguieron los dictados del mercado editorial y ocuparon espacios en la prensa y otras instituciones. En el caso de Funes —inspirado en Bolaño— me interesaba su percepción del tiempo: cierta sabiduría que, creo, nos permite anticipar lo que nos va a suceder y cuándo, y crea la inevitable nostalgia de que las cosas ocurran de manera tardía, pese a que el resultado sea feliz y el esperado. Alguien que ha cumplido una ambición antigua y muy profunda, pero muy tarde, ya con la cuenta atrás puesta, y tiene una noción del tiempo lúcida: saber que nada nos redime salvo la felicidad en el presente, aun cuando ese motor que arrastra desde joven sea la fuente de su dignidad personal.

-La tragedia, según recuerda Marías en Negra espalda del tiempo, realmente acompañó la vida de Coll. Allí cuenta de la muerte de un hijo recién nacido. ¿Es eso verdad o parte del mito?

-Efectivamente, en Negra espalda del tiempo Javier Marías ensaya sobre un tema que es una tragedia subterránea: lo que nunca sucedió, pero pudo suceder. Para eso, recuerda el caso un hermano suyo, Julián, que falleció prematuramente. Aliocha perdió un hijo también (aunque no recuerdo si recién nacido o al poco de nacer). Esa negra espalda del tiempo es ese silencio u oscuridad anestesiada: lo que no pasó y no dejó huella, algo de una blancura más aterradora que el olvido. En el caso real de la vida de Aliocha Coll —mi libro es una ficción— su vida sí estuvo marcada por su tragedia personal, desde luego, pues tuvo varias tentativas de suicidio hasta que finalmente procedió al suyo propio. Es un caso, el suyo real, francamente de difícil explicación: un hombre que tenía la capacidad de traducir las obras completas de Marlowe desde el inglés al español (a día de hoy, son sus traducciones las que se leen), médico de profesión, políglota, nacido en una buena familia barcelonesa, que dedica sus fuerzas a una obra creativa deliberadamente imposible (unas novelas de un surrealismo extremo, ilegibles), y no concibe la vida después de acabar su última novela. Desde luego, es una tragedia y es difícil de entender, si bien fue un hombre muy apreciado y creo que de una educación y un trato exquisito, que se aleja del cliché de un “maldito”, y creo que por eso mismo es interesante.

-¿Usted se siente un escritor maldito o bendito?

-Creo que ser maldito es ya algo anacrónico, y me gustaría ser alguien que se tomara la literatura como un recurso para disfrutar, sin ningún pulso contra la tradición, contra los contemporáneos ni la posteridad ni ninguna otra tontería parecida. Procuro tomarme así la literatura: sólo como un recurso más para disfrutar.

Creo que ser maldito es ya algo anacrónico, y me gustaría ser alguien que se tomara la literatura como un recurso para disfrutar.

-Existe una tradición latinoamericana de autores que escriben o simulan documentadas biografías, usualmente breves (como diccionario, “siluetas” o enciclopedias) de artistas imaginarios. ¿Le interesa esa tradición?

-Es cierto que mis dos novelas previas pueden encajar en esa tradición, aunque fue algo casual. Y a veces me preguntan sobre eso, si es un proyecto o algo deliberado, y lo cierto es que no. Ahora llevo años trabajando en otra literatura, por así decirlo, de realidades más cercanas a la mía. Eso en cuanto a escritor. Y como lector, me interesan todas las tradiciones, no sólo aquella que guarde más relación con la que yo estoy trabajando como autor en un momento determinado. Diría que, en este ámbito, dentro de la tradición latinoamericana, me interesa el “perfil”, la semblanza personal, pues mis propios libros son retratos también.

-¿Es como la contracara de lo anterior imaginar como ficciones las vidas de autores existentes (algo a lo que el propio Bolaño no era reacio)?

 -Es cierto que Bolaño mismo ensayó alguna vez estos textos, como en su cuento “Sensini”, si no recuerdo mal. En literatura es difícil establecer categorías, pero entiendo que, al menos, sí se puede hacer una división, digamos, entre los perfiles periodísticos (los de Plano americano de Leila Guerriero, por ejemplo), y las ficciones de personajes reales, que vienen a ser muy parecidas a lo mismo que las ficciones de personajes inventados.  

Últimas palabras en la Tierra, de Javier Serena (Gadir, 2017).

-La vida de Bolaño que relata responde a muchos datos de su biografía. ¿Hizo una investigación detallada o confió en los poderes de la imaginación?

-No hice una investigación. Es una ficción en torno a un personaje, Ricardo Funes, que reproduce los grandes movimientos de su vida, porque al fin y al cabo en Bolaño se producen los movimientos de los héroes clásicos: la partida hacia el viaje o la aventura, la caída o el largo periodo de oscuridad de la larga travesía, y el regreso a casa, que en su caso puede equipararse con la llegada al triunfo que ambicionó en el momento de emprender el viaje. Por eso se construyó en mi imaginación un personaje de ficción a partir de su ejemplo y hay un juego con la realidad de un autor citado, pero es una ficción que ni investiga ni usa su nombre ni aborda ningún aspecto personal de su vida. Una ficción de un autor que trabaja en la sombra y el exilio hasta su éxito y su muerte casi inmediata: alguien con la melancolía del tiempo, obligado a una revisión rápida de su pasado al borde del precipicio.

-En una entrevista, Bolaño al preguntarle por la idea de escribir de autores que no existen e inventarles una vida, señala que no la tomó de Borges, porque éste, a su vez, la tomaba de Alfonso Reyes quien la tomaba de Schwob. Cuesta creerle…

-Sí, sobre las declaraciones de autores —supongo que yo mismo me delato al decir esto— hay que ser cauto. Habrá algo de impostura o de no querer dejar claro el rastro que le guía a uno, quizá porque nunca es tan nítido y todos rehuimos de explicaciones muy elementales. Pero, en todo caso, en el ámbito de las invenciones de personajes reales, esa tradición creo que es tan larga como la literatura, y se trata de un juego más, uno de los muchos que se han introducido por la necesidad constante de renovación que exige la literatura.

-Su personaje se apellida Funes, aunque se le cambia el nombre de pila. ¿Es Borges el origen de todo?

-Tomé su nombre porque quería que en el libro se admitiera, de partida, el juego con la tradición y la creación de otros autores, pero esas referencias creo que son un simple recurso, un andamiaje que hace más sostenible una narración. Borges utiliza mucho la referencia inventada, y es cierto que esos pequeños juegos hacen más fácil el pacto con el lector. Borges es uno de los orígenes de mis lecturas, desde luego.

-En su novela, en el congreso de escritores en Sevilla, cuando le piden al personaje un consejo para un joven escritor, responde: el consejo es no escribir. Hay quienes estuvieron allí y recuerdan otra respuesta: les recomiendo que vivan. ¿Cuál considera mejor consejo?

-Sí, no sé cuál fueron sus palabras, porque, como digo, mi novela es una invención de un personaje que reproduce algunos de los grandes hitos de alguien como Bolaño, pero no lo he investigado, y mi libro tiene una lectura autónoma de su vida. Pero la pregunta está bien planteada, porque, al fin y al cabo, en cierto momento la respuesta es intercambiable, aunque admite muchas formulaciones. Supongo que viene a señalar que la idea de éxito o de logro es un anacronismo o una estafa, algo que a uno puede deslumbrarle de muy joven, y hasta por causas nobles (un éxito artístico como una entrega a una actividad que a uno le ennoblezca), pero que no puede desligarse de la experiencia vital, aunque sea difícil si uno es escritor y vive desde el lugar de un escritor. Simplemente, creo que escribir y vivir no deben estar opuestos, si uno sigue esos impulsos correctamente, aunque creo que es más difícil de lo que parece conjugar ambas necesidades.

-¿Le parece que hablemos algo de “Cuadernos Hispanoamericanos”? Ya antes de dirigirlos, usted colaboraba en ellos. ¿Es muy considerable el cambio entre dirigir y colaborar?

-Sí, totalmente distinto. Yo hacía entrevistas o reseñas, pero la línea editorial de la revista era responsabilidad del anterior director. Yo opté por un cambio en la revista con algunos objetivos: 1) pensar la literatura en español sin perspectiva nacional (con el mismo interés por la literatura española, argentina, mexicana, chilena, etc.; o, dicho de otro modo: trabajar para que esta revista esté hecha igual desde Madrid que desde cualquier lugar de Latinoamérica); 2) crear un espacio distinto al del periodismo cultural y la academia, que creo es el espacio de los creadores, el de los autore/as. Un espacio para la reflexión creativa, no académica, pero con más posibilidades de entrar a fondo que el periodismo, con un ritmo creo más natural para la literatura que la inmediatez.

A la prensa cultural le pediría que distinguiera la crítica de la promoción editorial. Se extraña cierta crítica exigente.

-En sus reseñas allí muestra cierta debilidad por autores latinoamericanos. ¿Es así o se cumplía con honrar el título de la revista?

-Siempre me ha interesado la literatura latinoamericana y de hecho nunca he distinguido la literatura de España de la de América Latina. No sería lector ni escritor sin esa tradición enorme de creatividad, de vanguardia, de innovación y juego con el lenguaje. Me cuesta mucho, de hecho, pensar a un lector o escritor de lengua española que conciba su tradición solamente como la de su país.

-¿Cómo ve la situación de la prensa cultural en España? Pregunto porque por estos lados va de la minusculización a la desaparición…

-En general, la prensa escrita, en España y muchos otros países, tiene una importancia decreciente. Y la prensa cultural también. Diría que la única ventaja para la literatura es que gran parte de los periodistas culturales son escritores o lectores, y hay mayor presencia de la creación literaria que de otras disciplinas en los suplementos y demás. Dicho esto, también considero positivo la aparición de otros espacios de prescripción (redes sociales, podcast y demás), y no creo exagerado pensar que la bienvenida proliferación de buenas editoriales independientes tenga relación con estas nuevas vías de dar a conocer los libros. A la prensa cultural sí le pediría que distinguiera la crítica de la promoción editorial. Se extraña cierta crítica exigente, habiendo tantos libros y necesidad de discernir.

-Las razones que se señalan suelen reducirse a que estos cuerpos de diarios o revistas completas no se financian. ¿Es una opción el financiamiento público, como es el caso de Cuadernos Hispanoamericanos o hay otras?

-Creo que Cuadernos Hispanoamericanos ocupa un lugar muy singular, y, como modelo empresarial, tal vez sería complejo. Pero pienso que hace falta, financiados o no, espacios como este: un lugar para hablar de la literatura escrita en español sin otros criterios que los estrictamente literarios, a un ritmo distinto del dictado editorial y sin otra exigencia que buscar buenos colaboradore/as a un lado y otro del Atlántico. Yo suelo utilizar un término en las charlas de Cuadernos que define, creo, el espacio literario en que trabajamos: “el canon imposible”, porque es imposible jerarquizar una literatura tan abundante como la escritura en español, porque es de una variedad y una riqueza inagotable, porque la idea de canon es en sí un error (trata de “fijar” o “perpetuar” determinado criterio lector desde un tiempo o lugar concreto), y porque la exploración es infinita tanto en el presente como en el pasado, pues muchas novedades son descubrimientos tardíos a los que hay que prestar tanta atención como a la novedad editorial y a la novedad de nuestro país. Mucho y bueno por leer, en definitiva.

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